Tiem­po de ci­ne

Latitud - - NEWS - Por An­to­nio Gar­cía Án­gel

En es­ta edi­ción del se­ma­na­rio cul­tu­ral del dia­rio EL HERALDO, una se­lec­ción de tex­tos con al­go en co­mún, el ci­ne co­mo mo­ti­vo de ins­pi­ra­ción pa­ra la crea­ción. Des­de la vi­sión de la ci­neas­ta ba­rran­qui­lle­ra Sa­ra Harb, quien nos ofre­ce su vi­sión per­so­nal del sép­ti­mo ar­te co­mo bús­que­da per­so­nal no exen­ta de di­fi­cul­ta­des, has­ta una sem­blan­za de las aven­tu­ras e in­cur­sio­nes ci­ne­ma­to­grá­fi­cas del es­cri­tor cu­bano Gui­ller­mo Ca­bre­ra In­fan­te, así co­mo una evo­ca­ción a pe­lí­cu­las de ayer y hoy, el turno es pa­ra el ci­ne en La­ti­tud.

Tie­ne la ca­be­za so­bre el vien­tre de Na­dia, un bra­zo atrás y el otro abra­zán­do­la. Las co­bi­jas re­vuel­tas, la luz del ba­ño en­cen­di­da y la puer­ta en­tre­abier­ta. Un ca­lle­jón lu­mi­no­so par­te en dos la ha­bi­ta­ción, tre­pa por los cuer­pos y se es­tre­lla en la ca­be­ce­ra de la ca­ma.

–¿En to­tal cuán­tas ve­ces he­mos ti­ra­do? – pregunta, rom­pien­do el si­len­cio que se ha­bía ins­ta­la­do en­tre ellos. Na­dia sus­pi­ra y él ca­si pue­de es­cu­char có­mo se for­man las cuen­tas en su ca­be­za. – Sie­te. No, ocho. Sí, son ocho. –Cuá­les, a ver… –El año pa­sa­do, en agos­to, cuan­do em­pe­za­mos. Des­pués en di­ciem­bre, esa tar­de que me lla­mas­te. –Lue­go de que ha­bía ju­ra­do que no se iba a re­pe­tir. –Van dos. En enero, cuan­do nos vi­mos des­pués de va­ca­cio­nes, tres. –Na­dia ha­ce una pau­sa, mien­tras le aca­ri­cia la ca­be­za–. En mar­zo, no, fi­na­les de fe­bre­ro, cuan­do ba­ja­mos al par­quea­de­ro y nos me­ti­mos en tu ca­rro. Ahí van cua­tro. El fin de se­ma­na pa­sa­do, dos ve­ces, y hoy… Es­pé­ra­me, yo ha­bía con­ta­do otra… Ya: ha­ce co­mo un mes, en el ba­ño del ter­cer pi­so, al la­do del ar­chi­vo.

–Esa no cuen­ta, fue una ma­ma­da –pre­ci­sa Raúl, ri­sue­ño, sube la mi­ra­da y ve las te­tas pe­que­ñas de pe­zo­nes sa­lien­tes. Los la­bios del­ga­dos, la na­riz rec­ta, los ojos pe­que­ños y el pe­lo lar­go, des­me­le­na­do. –Ay, pues, te vas a po­ner de pu­ris­ta –di­ce Na­dia mien­tras re­bus­ca en el ce­ni­ce­ro, en­cuen­tra el po­rro, se lo lle­va a los la­bios, to­ma el en­cen­de­dor, acer­ca la lla­ma y le da una lar­ga ca­la­da–. ¿Quie­res? Raúl, con un ges­to, lo re­cha­za. –En to­do caso, he­mos ve­ni­do au­men­tan­do la fre­cuen­cia. – Sí… Ya no es tan ca­sual –con­ce­de Raúl. –¿Tú crees que en la ofi­ci­na sos­pe­chen? – pregunta Na­dia, sol­tan­do una bo­ca­na­da que se va dis­per­san­do en la fran­ja de luz. – Se­gu­ro que Pe­ral­ta sí. –¿Por qué?, ¿te ha di­cho al­go? –Na­da, pe­ro a ve­ces, cuan­do no­so­tros es­ta­mos ha­blan­do, echa unas mi­ra­das ra­ras. –¿Se­gu­ro que no quie­res un po­qui­to?, ¿lo apa­go? –Así es­toy bien. –No creo que sos­pe­che. No­so­tros so­mos muy

se­rios. Apa­ga el po­rro en el ce­ni­ce­ro. Raúl se aco­mo­da has­ta que­dar fren­te a fren­te con ella. Le gus­ta mi­rar­la a los ojos. Unas pe­pi­tas ne­gras y enig­má­ti­cas que ja­más re­ve­lan lo que es­tá pen­san­do. –O a lo me­jor es que le gus­tas –di­ce Raúl. –Uhmm, de­tec­to un po­co de ce­los. –¿De Pe­ral­ta?, ¡ja! El ce­lu­lar de Raúl em­pie­za a tim­brar. –Con­tes­ta. –No. Lo voy a de­jar tim­brar –di­ce, mien­tras es­ti­ra la mano has­ta el no­che­ro, to­ma su ce­lu­lar, mi­ra la pan­ta­lla y lo po­ne más cer­ca. Se dan un be­so lar­go y den­so, pro­fun­do y mo­ro­so co­mo so­lo se lo sa­ben dar los aman­tes. El ce­lu­lar sue­na por se­gun­da vez, obli­gán­do­los a se­pa­rar­se. Raúl es­ti­ra la mano y mi­ra de nue­vo, lo si­len­cia. –¿Es Constanza? – Sí. –Da­le, con­tes­ta. –No. –¿Por qué? –Me da ver­güen­za que me oi­gas echan­do men­ti­ras en vivo y en di­rec­to –di­ce Raúl, mien­tras se sien­ta en la ca­ma y sus ojos que­dan fi­jo en el ven­ta­nal. Los ár­bo­les, la ave­ni­da y la fi­la de ca­sas que ab­sor­ben to­do el pa­no­ra­ma–. Y tam­po­co me pa­re­ce jus­to con ella con­tes­tar aquí, des­nu­do, al la­do tu­yo. –Pue­des sa­lir al co­rre­dor o ir a la sa­la. Mé­te­te al ba­ño, fresco –di­ce Na­dia, pe­ro el te­lé­fono ya se ha ca­lla­do. Ellos tam­bién. Na­dia se da vuel­ta y él la abra­za por la es­pal­da.

2.

–¿To­da­vía cuen­tas? – Sí: van vein­ti­dós –di­ce Na­dia. Es­tán, co­mo siem­pre, en ca­sa de ella. Luz apa­ga­da y te­le­vi­sor en­cen­di­do. Pe­lí­cu­la orien­tal de pla­nos lar­gos, sin mú­si­ca, que aún no lo­gra cau­ti­var­los. –Y qué, ¿va­mos a ce­le­brar los nú­me­ros re­don­dos? ¿Cham­pa­ña pa­ra el pol­vo cin­cuen­ta? –No seas optimista, de pron­to no lle­ga­mos has­ta allá –di­ce Na­dia con la mi­ra­da fi­ja en el te­le­vi­sor. Raúl pue­de no­tar que su cuer­po es­tá ten­so. – So­lo di­go que no va­le la pe­na, ¿qué di­fe­ren­cia ha­cen diez más o diez me­nos? –Es­te ti­po de la cor­ba­ti­ca es un im­bé­cil, ¿por qué le cree al otro? –cam­bia ella el te­ma. –¿Ese es el po­li­cía? –El her­mano. –¿Son ge­me­los? – Son chi­nos, se pa­re­cen. – Son ja­po­ne­ses –co­rri­ge Raúl. –Tam­bién se pa­re­cen. –¿Qué tie­nes? –Na­da –di­ce Na­dia, po­nién­do­se un me­chón de pe­lo tras la ore­ja. –Ven, da­me un be­so, que ya ca­si me ten­go que ir. –Es­pe­ra a que se aca­be la pe­lí­cu­la. –Es­tá ma­lí­si­ma. –No im­por­ta, qué­da­te. –¿Qué ho­ra es? –di­ce Raúl, es­ti­ran­do la mano pa­ra ver su ce­lu­lar–. Uy, son las ocho y me­dia. Ade­más ten­go tres lla­ma­das per­di­das. –Le tie­nes mie­do. ¿Por qué no le di­ces? Di­le hoy. Di­le es­ta no­che. –Le voy a de­cir, pe­ro no es­ta no­che –ale­ga Raúl mien­tras se sien­ta en la ca­ma–. Te­ne­mos que en­tre­gar la cam­pa­ña de Te­le­fan­te en vein­te días y te­ne­mos que ha­cer la pro­pues­ta de Pro­fit­ness pa­ra la pró­xi­ma se­ma­na. No pue­do dis­traer­me. –Pa­la­bras pa­la­bras pa­la­bras… –can­ta Na­dia una ba­la­da ton­ta de los ochen­ta. –A lo me­jor de aquí al cin­cuen­ta ya le he di­cho. – Quí­ta­te, que me es­tás ta­pan­do –di­ce Na­dia, ha­cién­do­se a un la­do pa­ra ver la te­le­vi­sión. Raúl con­ti­núa vistiéndose de pie. –¿Pa­ra qué en­tras­te hoy a la ofi­ci­na de Pe­ral­ta? –¿Cuándo? –Es­ta ma­ña­na, co­mo a las on­ce. –¿Y di­ces que no te dan ce­los de él? Raúl se ter­mi­na de abo­to­nar la ca­mi­sa. Se ama­rra los za­pa­tos. Na­dia se con­cen­tra en la pe­lí­cu­la. –En­ton­ces, ¿qué que­ría?, ¿pa­ra qué te lla­mó?

3.

–¿Sabías que ha­ce tiem­po per­dí la cuen­ta de cúan­tas ve­ces lo he­mos he­cho? –No. –Lle­gué co­mo a trein­ta y cin­co y de ahí en ade­lan­te se me fue ol­vi­dan­do con­tar. –Me­jor así. Es­tán a os­cu­ras. Na­dia lo abra­za por la es­pal­da, los pies en­tre­la­za­dos. Afue­ra llue­ve. –En reali­dad fue des­de que em­pe­cé con Se­bas­tián. –Es ra­ro oír­te de­cir­le así, an­tes era Pe­ral­ta. –An­tes. Sue­na el ce­lu­lar de Na­dia. Ella se vol­tea, mi­ra la pan­ta­lla, di­ce “ha­blan­do del rey de Ro­ma” y con­tes­ta. –Aló. Ho­la. ¿Có­mo lle­gas­te? Yo, bien. Aquí, en la ca­mi­ta. Es­tá ha­cien­do un frío… ¿Qué tal el ho­tel? Ay, mi amor­ci­to, me en­can­ta­ría es­tar allá con­ti­go. Raúl se apar­ta, en­cien­de la lám­pa­ra de su la­do. Na­dia con­ti­núa ha­blan­do, me­lo­sa, con­sen­ti­da, se des­pi­de con un so­no­ro be­so. –“Mi amor” –re­cal­ca él. –Mi amor­ci­to –co­rri­ge ella. –¿Y si le da por lla­mar­te al fi­jo? – Siem­pre lla­ma al ce­lu­lar. –Yo sé que no pue­do ha­cer­te re­cla­mos, pe­ro… –Raúl mi­ra a la ven­ta­na de su cuar­to. El cie­lo es­tá ne­gro y la ciu­dad ti­ti­la en me­dio de las go­tas que se que­dan pe­ga­das al vi­drio. –En­ton­ces no re­cla­mes na­da. Raúl se que­da pen­sa­ti­vo y mi­ra, por un mo­men­to, un por­ta­rre­tra­tos que aún no ha que­ri­do guar­dar. –¿Constanza dor­mía a es­te la­do?, ¿aquí don­de es­toy yo? – Sí. –¿Có­mo es­tá ella? –Bien. –De­be ser ra­ro pa­ra ti. – Sí. Mu­cho. –Pe­ro no te pon­gas tris­te, que es­ta no­che me voy a que­dar a dor­mir. Raúl tra­ta de son­reír. –Jus­to cuan­do ya íba­mos a es­tar jun­tos, apa­re­ce él. –Es­ta­mos jun­tos aho­ra. –¿Cuán­tas ve­ces han he­cho el amor? –Pa­ra que quie­res sa­ber? –No sé. Ma­so­quis­ta que soy. –Die­ci­sie­te. Raúl en­ca­ja el gol­pe. Se vuel­ve a acos­tar, bo­ca­rri­ba, un bra­zo ba­jo la ca­be­za. –¿Te es­tás ven­gan­do de mí? –Dur­má­mo­nos. Apa­ga la luz. Raúl obe­de­ce. Ella lo abra­za, apo­ya la ca­be­za en su pe­cho, le sube una pier­na. –Na­dia… –¿Qué? –To­da­vía cuen­tas los nues­tros, ¿ver­dad? –… –¿Ver­dad? –… Sí. –¿Cuán­tos van? –No te voy a de­cir. –¿Por qué? –No va­le la pe­na. ¿Qué di­fe­ren­cia ha­cen diez más o diez me­nos? –Di­me cuán­tos cuán­tos cuán­tos… –can­ta Raúl con voz de bo­le­ris­ta. –Cin­cuen­ta. –¿En se­rio? – Sí, cin­cuen­ta con el de hoy. Un si­len­cio gra­ve, con fon­do de llu­via, se es­par­ce en la pe­num­bra. Él des­li­za la mano por la es­pal­da de Na­dia y la de­ja in­mó­vil, co­mo muer­ta, en la hon­do­na­da de su co­lum­na ver­te­bral. El tiem­po pa­sa de ma­la ga­na mien­tras el in­som­nio y el sue­ño se re­par­ten el bo­tín. Des­de la otra orilla, ella es la úl­ti­ma en ha­blar: –Raúl, duér­me­te. No pien­ses más.

Cuen­to ex­traí­do del li­bro ‘Ani­ma­les do­més­ti­cos’, edi­to­rial Ran­dom House , 2017.

ZHSH / FLICKR

AR­CHI­VO

CLA­RE GALLOWAY

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