El in­ter­cam­bio

« Se aco­mo­dó en su ca­mi­lla con un ron­qui­do. Se de­jó po­ner los ca­bles asig­na­dos y ce­rró los ojos pa­ra el in­ter­cam­bio. Fue co­mo caer en un sue­ño pro­fun­do. La ca­be­za se le vol­vió un nu­do de círcu­los y he­xá­go­nos, y des­pués fue la os­cu­ri­dad im­pe­ne­tra­ble de la

Latitud - - News - Un cuen­to de Iván Da­río Fon­tal­vo

El in­ven­to de Craw­ford fue un even­to cien­tí­fi­co mo­nu­men­tal. Un apa­ra­to ca­paz de in­ter­cam­biar las men­tes de dos su­je­tos era al­go así co­mo una ma­ra­vi­lla tec­no­ló­gi­ca. Pe­ro pa­ra Bobby Ber­trand —el gáns­ter más bus­ca­do de la ciu­dad— era, ade­más, una opor­tu­ni­dad de sa­lir­se con la su­ya de una bue­na vez, de es­ca­bu­llir­se de las au­to­ri­da­des sin te­ner que re­nun­ciar a sus ga­nan­cias mal ha­bi­das. El plan era sim­ple: po­ner su men­te en un cuer­po dis­tin­to.

—Muy bien he­cho, Craw­ford —fe­li­ci­tó Bobby al cien­tí­fi­co des­pués de una bre­ve de­mos­tra­ción con dos adic­tos que se ha­bían ofre­ci­do pa­ra la prue­ba a cam­bio de una bue­na do­sis de dro­ga—. Has cum­pli­do tu par­te.

En el só­tano ma­ci­len­to de lu­ces opa­cas se fi­ni­qui­ta­ron los de­ta­lles pri­ma­rios. Craw­ford re­ci­bi­ría mil mi­llo­nes por el in­ven­to y Bobby ob­ten­dría la po­si­bi­li­dad in­va­lua­ble de no sen­tir­se ace­cha­do siem­pre.

— So­lo le res­ta de­ci­dir una co­sa —in­di­có el jo­ven cien­tí­fi­co—: ¿en el cuer­po de quién desea es­tar?

Era una cues­tión tan im­por­tan­te que Bobby Ber­trand no qui­so dis­cu­tir­la sin an­tes to­mar­se un tra­go de vod­ka.

Des­pués de des­pe­dir a los vo­lun­ta­rios por un ac­ce­so al­terno, subie­ron por el es­tre­cho sen­de­ro de es­ca­le­ras has­ta la sa­la cá­li­da. Bobby es­pe­ró el li­cor aco­mo­da­do en el so­fá de ga­mu­za ca­fé. Craw­ford sir­vió dos va­sos gran­des, su­fi­cien­tes pa­ra una ca­vi­la­ción que pre­sen­tía lar­ga.

—Pues bien —em­pe­zó el ma­lean­te des­pués de dar un pri­mer sor­bo al vod­ka—, hay va­rias op­cio­nes.

Craw­ford lo ob­ser­vó po­ner­se en pie con un sus­pi­ro. Bobby era un cin­cuen­tón de buen as­pec­to, del­ga­do y ele­gan­te, con una ca­be­lle­ra de co­lor ca­fé que caía has­ta sus hom­bros.

—Mis pla­nes —con­ti­nuó— con­tem­plan des­de el pre­si­den­te has­ta Igor Va­si­levsky, el fut­bo­lis­ta.

—No son bue­nas po­si­bi­li­da­des —res­pon­dió Craw­ford le­van­tán­do­se los len­tes—. Son per­so­nas de­ma­sia­do no­to­rias. Yo pien­so que en­tre me­nos co­no­ci­do sea el ti­po es mu­cho más se­gu­ro. —Co­mo por ejem­plo... —No ten­go can­di­da­tos aún —acla­ró Craw­ford. Be­bió un po­co y con­ti­nuó—. Lo que sí sé es que al que eli­ja de­be ma­tar­lo una vez he­cho el cam­bio. Es, di­ga­mos, una cues­tión de ca­bos suel­tos.

Bobby asin­tió con la ca­be­za. In­sis­tió, sin em­bar­go, en la no­to­rie­dad de su nue­vo in­qui­lino. Que no fue­ra un don na­die, que fue­ra más jo­ven y, en lo po­si­ble, más gua­po que él, y que pu­die­ra mo­ver­se con li­ber­tad por los al­tos círcu­los so­cia­les. Es­tu­vie­ron con­tem­plan­do po­si­bi­li­da­des du­ran­te al­gu­nos mi­nu­tos sin lle­gar a na­da con­cre­to has­ta que se vie­ron in­te­rrum­pi­dos por el so­ni­do me­tá­li­co del tim­bre. A Bobby lo sor­pren­dió el lla­ma­do. Con­tra­jo las ce­jas, sa­có su pis­to­la y per­ma­ne­ció a la ex­pec­ta­ti­va mien­tras Craw­ford iba a ver quién era. El jo­ven in­ven­tor vol­vió dos mi­nu­tos des­pués con un nom­bre: Gre­gory Fla­na­gan, el ve­cino de jun­to.

—Vino a que le pres­ta­ra una man­gue­ra — ex­pli­có—. Di­ce que su es­po­sa le hi­zo un re­gue­ro en la sa­la.

Bobby Ber­trand iba a exi­gir que lo echa­ra, pues sus per­can­ces con la mu­jer no eran pro­ble­ma de ellos, pe­ro lo de­tu­vo en se­co una idea ines­pe­ra­da.

—Di­le que pa­se —di­jo—. Tal vez sea el cuer­po que an­da­mos bus­can­do.

Gre­gory Fla­na­gan en­tró en la sa­la con pa­sos len­tos. Era un trein­ta­ñe­ro ru­bio, al­to y fuer­te que ha­bía con­se­gui­do una bue­na po­si­ción eco­nó­mi­ca gra­cias a las ven­tas por in­ter­net. Bobby lo sa­lu­dó con una son­ri­sa. —Es un ho­nor, se­ñor Fla­na­gan —di­jo. Craw­ford in­di­có que te­nía la man­gue­ra en el só­tano y pi­dió que lo es­pe­ra­ran mien­tras iba por ella. Des­cen­dió por la es­ca­le­ra, re­vi­só en­tre sus es­tan­tes ati­bo­rra­dos y al­can­zó una bo­te­lla de clo­ro­for­mo. Em­pa­pó su pa­ñue­lo con el som­ní­fe­ro y re­gre­só si­gi­lo­sa­men­te a la sa­la. Bobby y Fla­na­gan, sen­ta­dos en el so­fá, con­ver­sa­ban ani­ma­da­men­te so­bre chi­cas. Craw­ford es­pe­ró un des­cui­do del vi­si­tan­te pa­ra po­ner­le el pa­ñue­lo hú­me­do en la na­riz y so­me­ter­lo.

—De pri­sa —di­jo el cien­tí­fi­co con tono de alar­ma—, lle­vé­mos­lo aba­jo.

Bobby to­mó al jo­ven por los pies y Craw­ford por las ma­nos y lo lle­va­ron has­ta el só­tano. La má­qui­na de in­ter­cam­bio es­ta­ba en un rin­cón. No te­nía na­da que ver con los tra­di­cio­na­les ar­te­fac­tos en­re­ve­sa­dos que se pre­sen­tan en las pe­lí­cu­las de cien­cia fic­ción, sino que con­sis­tía en un par de ca­mi­llas, ca­bles mul­ti­co­lo­res de co­ne­xión ce­re­bral y una compu­tado­ra por­tá­til que con­tro­la­ba to­do el pro­ce­so. Craw­ford ha­bía di­cho va­rias ve­ces que el ver­da­de­ro avan­ce era el soft­wa­re de es­ca­neo, pues las de­más he­rra­mien­tas ha­bían si­do con­ce­bi­das y apli­ca­das des­de mu­cho tiem­po atrás en el de­sa­rro­llo de la cien­cia mé­di­ca. Ubi­ca­ron a Fla­na­gan en una de las ca­mi­llas y Craw­ford pro­ce­dió a co­nec­tar­le los ca­bles en la ca­be­za.

—¿Fun­cio­na­rá es­tan­do él dor­mi­do? —pre­gun­tó Bobby.

—Por su­pues­to —res­pon­dió Craw­ford—. El ce­re­bro per­ma­ne­ce ac­ti­vo aun du­ran­te el sue­ño.

Bobby tuvo un aso­mo de du­da. Lue­go sa­có el ar­ma y la pu­so en el re­ga­zo de Gre­gory Fla­na­gan.

—No quie­ro que él pue­da usar­la en cuan­to es­té en mi cuer­po —ex­pli­có.

Se aco­mo­dó en su ca­mi­lla con un ron­qui­do. Se de­jó po­ner los ca­bles asig­na­dos y ce­rró los ojos pa­ra el in­ter­cam­bio. Fue co­mo caer en un sue­ño pro­fun­do. La ca­be­za se le vol­vió un nu­do de círcu­los y he­xá­go­nos, y des­pués fue la os­cu­ri­dad im­pe­ne­tra­ble de la in­cons­cien­cia. El ros­tro cer­cano de Craw­ford lo re­ci­bió en la en­tra­da del mun­do cuan­do es­tu­vo de vuel­ta.

—¿Có­mo se sien­te? —es­cu­chó que le pre­gun­ta­ba—. To­do salió bien.

Ha­bía fun­cio­na­do. El ar­ma en su re­ga­zo, los bra­zos fuer­tes, la ro­pa dis­tin­ta. Mi­ró a un la­do y se vio a sí mis­mo, su cuer­po le­jano, el cuer­po en el que so­lía es­tar, y sin­tió una sin­ce­ra nos­tal­gia que Craw­ford con­fun­dió con preo­cu­pa­ción.

—Es­tá dor­mi­do —di­jo el in­ven­tor mi­ran­do el an­ti­guo cuer­po de Bobby—. En cuan­to vi que reac­cio­na­ba le pu­se el pa­ñue­lo con clo­ro­for­mo en la ca­ra.

Bobby se le­van­tó y se acer­có a la ca­mi­lla en la que es­ta­ba su vie­ja hu­ma­ni­dad con la men­te de Fla­na­gan. Le­van­tó la pis­to­la y le dis­pa­ró en la ca­be­za. ¿Ase­si­na­to? ¿Sui­ci­dio? Des­pués se vol­vió y vio a Craw­ford ba­jo la luz opa­ca de una lám­pa­ra. Le apun­tó di­rec­to al ros­tro. Craw­ford le­van­tó los bra­zos. —¡¿Qué mier­da cree que ha­ce?! —gri­tó. Res­pon­dió la bo­ca de Gre­gory Fla­na­gan por or­den de la men­te de Bobby Ber­trand:

—Es, di­ga­mos, una cues­tión de ca­bos suel­tos — di­jo, y dis­pa­ró.

Aca­bó de des­pren­der los ca­bles de su ca­be­za. Des­pe­da­zó la compu­tado­ra y se apre­su­ró a aban­do­nar la ca­sa, rum­bo a su nue­va vi­da li­bre de zo­zo­bra. Abrió la puer­ta de la ca­lle y lo pri­me­ro que di­vi­só fue­ron las lu­ces de las pa­tru­llas po­li­cia­cas fren­te a la re­si­den­cia de jun­to. Apre­tó el pa­so. Un agen­te aten­to le hi­zo una se­ñal de al­to que él aten­dió sin ma­yor an­gus­tia. El po­li­cía le pi­dió iden­ti­fi­car­se. —Fla­na­gan —di­jo él—, Gre­gory Fla­na­gan. El uni­for­ma­do se sor­pren­dió. Dio un pa­so atrás y sa­có su ar­ma.

—Arri­ba las ma­nos, se­ñor Fla­na­gan —or­de­nó—. Que­da de­te­ni­do co­mo pre­sun­to res­pon­sa­ble del ase­si­na­to de su es­po­sa.

Los de­ta­lles los co­no­ció en pri­sión. Gre­gory Fla­na­gan ha­bía ma­ta­do a su es­po­sa con un pa­lo de golf en la sa­la de su ca­sa mien­tras ella ha­bla­ba por te­lé­fono. Bobby en­ten­dió en ese mo­men­to el apre­mio con el que el su­je­to tra­ta­ba de con­se­guir una man­gue­ra. No de­jó de pa­re­cer­le una iro­nía aquel cri­men pri­ma­rio (de to­das for­mas de­bía ma­tar a la es­po­sa, otro ca­bo suel­to). Lo que lo lle­vó al bor­de de la ri­sa fue el he­cho de que lo es­tu­vie­ran juz­gan­do por dos es­ca­lo­frian­tes crí­me­nes más: el del muy res­pe­ta­ble cien­tí­fi­co Ti­mothy Craw­ford y el del gáns­ter Bobby Ber­trand. En el jui­cio de­jó es­ca­par un par de son­ri­sas bre­ves cuan­do de­fi­nie­ron a Ber­trand co­mo un hom­bre que, a pe­sar de te­ner cuen­tas pen­dien­tes con la ley, po­dría ha­ber al­can­za­do un per­dón ra­zo­na­ble si se hu­bie­ra acer­ca­do a ne­go­ciar.

—Tie­ne al­go que de­cir, se­ñor Fla­na­gan — pre­gun­tó el juez al fi­nal.

Bobby res­pi­ró pro­fun­do. Tuvo ga­nas de po­ner­se en pie y de­cir la ver­dad, la in­creí­ble ver­dad, pe­ro no lo hi­zo. —No ten­go na­da que de­cir —res­pon­dió. Es­cu­chó su sen­ten­cia con una tran­qui­li­dad pas­mo­sa: muer­te por in­yec­ción le­tal. Des­pués se pu­so de pie y se de­jó lle­var a la cel­da en la que ha­bría de es­pe­rar has­ta el cum­pli­mien­to te­rri­ble de su con­de­na.

Iván Da­río Fon­tal­vo de la Cer­da: (San­to To­más, Atlán­ti­co, 1991). Jo­ven es­cri­tor cos­te­ño, fi­na­lis­ta en 2016 del V Con­cur­so de Cuen­to La Cue­va. Cuen­to ga­na­dor del Ter­cer Con­cur­so Mi­ra­bi­lia de Cuen­to de Cien­cia Fic­ción (Bo­go­tá, 2015)

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