La ex­pli­ca­ción de la Ver­wand­lung

Latitud - - News - Un cuen­to de Leo­nar­do Es­co­bar Leo­nar­do Es­co­bar: es­cri­tor e in­ves­ti­ga­dor ra­di­ca­do en Mé­xi­co. Es au­tor de ‘Cor­to me­tra­jes’, se­rie de cuen­tos breves en los que se fu­sio­nan las fron­te­ras de la pro­sa y la poe­sía.

Es­ta vi­da mía es real­men­te du­ra. Es más, sé que mu­chos de us­te­des leerán mis pa­la­bras co­mo las de un ser hu­mano que­jum­bro­so, pe­ro, créan­me, to­do va más allá de las sim­ples que­jas de un hom­bre abu­rri­do y har­to de sus días. Es­ta tris­te­za mía lle­ga mu­cho más le­jos, lle­ga has­ta ese pun­to don­de ya no se pue­de ni se desea vi­vir, ese es­ta­do en el que se sien­te que se vi­ve pa­ra otros, cuan­do las ra­zo­nes pa­ra exis­tir no son las pro­pias: no es el ali­men­to, una vi­vien­da o las preo­cu­pa­cio­nes de un hom­bre cual­quie­ra. No, la vi­da se ha con­ver­ti­do en una to­ta­li­dad ob­se­quia­da a otros.

Des­de que mi pa­dre en­fer­mó de­bo man­te­ner a mi fa­mi­lia, la cual lo in­clu­ye a él, a mi her­ma­na y a mi ma­dre. Lo peor es que no lo ven co­mo el ges­to ca­ri­ta­ti­vo de un hi­jo in­tere­sa­do en el bie­nes­tar co­lec­ti­vo. No, lo ven co­mo una obli­ga­ción que ni si­quie­ra pue­do de­jar de cum­plir, aun­que sea na­da más con una sim­ple ac­ti­tud de des­preo­cu­pa­ción. Creo que si al­gún día de­ja­se de tra­ba­jar, o me le­van­ta­ra tar­de o me re­sis­tie­ra a via­jar de ciu­dad en ciu­dad y los mi­ra­ra fi­ja­men­te al ros­tro di­cién­do­les: «es la úl­ti­ma vez», me lan­za­rían una gran va­rie­dad de im­pro­pe­rios y me pon­drían de pa­ti­tas en la ca­lle de in­me­dia­to.

Ya ni pue­do leer tran­qui­lo. Si es­toy le­yen­do, mi pa­dre di­ce: «Gre­gor, creo que lo me­jor que pue­des ha­cer es ver qué clien­tes es­tán atra­sa­dos en sus pa­gos». Yo nun­ca le di­go na­da, lo úni­co que ha­go es mi­rar­lo de sos­la­yo y asen­tir de ma­ne­ra si­len­cio­sa. Ni si­quie­ra pue­do ir a ver cua­dros en al­gu­na ga­le­ría del centro de la ciu­dad. Ape­nas lle­go, mi ma­dre me da ra­zón de to­das las car­tas que han lle­ga­do, de las deu­das que de­be­mos pa­gar, de la men­sua­li­dad de Gre­te pa­ra el pro­fe­sor de vio­lín, de tan­tas co­sas jun­tas… Y pa­ra re­ma­tar, agre­ga la fra­se: «Si tra­ba­ja­ras más y no gas­ta­ras el tiem­po vien­do cua­dros sin va­lor, las deu­das se­rían me­nos y vi­vi­ría­mos más tran­qui­los».

Tal cual es mi vi­da has­ta hoy. Pe­ro creo que ya he en­con­tra­do el re­me­dio pa­ra es­ta cri­sis que me es­tá lle­nan­do la vi­da de un te­dio in­so­por­ta­ble. La so­lu­ción lle­gó una ma­ña­na en que leía un ar­tícu­lo de una re­vis­ta de en­to­mo­lo­gía. El ar­tícu­lo de­cía:

En las cer­ca­nías de los bos­ques ubi­ca­dos en­tre la Sel­va Ne­gra ale­ma­na y los te­rri­to­rios del ac­tual reino de Pru­sia se ha­llan es­tos in­sec­tos asom­bro­sos. Son es­ca­ra­ba­jos de has­ta un me­tro se­sen­ta de lar­go y has­ta se­ten­ta cen­tí­me­tros de an­cho. Es, has­ta aho­ra, el in­sec­to más gran­de que ha­bi­ta so­bre la tie­rra, al me­nos des­cu­bier­to. Den­tro de su die­ta se ubi­can las ho­jas de los ár­bo­les, lle­gan­do a co­mer un tron­co gran­de de abe­dul de un so­lo mordisco. Vi­ven en gran­des gru­pos den­tro de fo­sas.

Si us­ted quie­re ser to­ca­do por la na­tu­ra­le­za, so­lo llá­me­nos y sea tes­ti­go de una de sus tan­tas ma­ra­vi­llas.

Des­co­noz­co has­ta qué pun­to lo an­te­rior re­sul­te cier­to. La ver­dad es que lle­gó en una jau­la enor­me, a eso de las cua­tro de la ma­ña­na. Na­die se dio cuen­ta. Lo de­jé allí en mi ha­bi­ta­ción, to­mé mis co­sas y me fui de ca­sa. ¡Que ellos se las arre­glen con su nue­vo hués­ped! Mien­tras tan­to, yo voy en un tren ha­cia Pa­rís.

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