“Ha­ce fal­ta más tea­tro cos­te­ño en la es­ce­na na­cio­nal”: Fa­bio Ru­biano

En­tre­vis­ta rau­da con un hom­bre de tea­tro.

Latitud - - News - Por Ma­ría Ca­ro­li­na Guzmán Gon­zá­lez

Re­vis­ta La­ti­tud dia­lo­gó con Fa­bio Ru­biano, ac­tor y dra­ma­tur­go co­lom­biano de re­co­no­ci­da tra­yec­to­ria en la es­ce­na ar­tís­ti­ca na­cio­nal e in­ter­na­cio­nal y fun­da­dor, jun­to con la ac­triz Marcela Va­len­cia, del Tea­tro Pe­tra. Su vi­da, obra, así co­mo del es­ta­do del tea­tro en el Ca­ri­be co­lom­biano, en­tre los te­mas de es­ta en­tre­vis­ta.

¿Có­mo lle­gas al tea­tro? P R Es­tu­dié cin­co ca­rre­ras. En nin­gu­na me sen­tía có­mo­do, has­ta que lle­gué a es­tu­diar tea­tro. Allí sa­qué las me­jo­res no­tas de mi vi­da. Que­ría ser un ‹gran ac­tor›, y pron­to me di cuen­ta que era lo mío. Al co­mien­zo que­ría­mos re­no­var las van­guar­dias o pro­po­ner nue­vos len­gua­jes, pe­ro ese afán se va de­can­tan­do con el tiem­po.

¿Cuá­les han si­do tus in­tere­ses a la ho­ra de P es­cri­bir y ha­cer tea­tro? R Me gus­ta que el tea­tro ten­ga his­to­rias, y cuan­do di­go his­to­rias me re­fie­ro a su­je­tos a los cua­les les su­ce­den co­sas. Yo de­fien­do en es­te sen­ti­do un mo­de­lo de ac­ción dra­má­ti­ca en el que les pa­san co­sas a los per­so­na­jes. El tea­tro que ha­go y en el que es­toy in­tere­sa­do es ese que cuen­ta his­to­rias: una o va­rias, o en es­pi­ral. Es par­te de mi tra­ba­jo tam­bién co­mo pro­fe­sor de la maes­tría en Dra­ma­tur­gia de la Uni­ver­si­dad Na­cio­nal de Co­lom­bia.

Sa­be­mos que la obra ‘La­bio de lie­bre’ re­preP sen­ta­rá al país en va­rias ciu­da­des de Fran­cia es­te año. Tam­bién ha es­ta­do en Sui­za y en Es­pa­ña, y es una de las obras más re­co­no­ci­das y ga­lar­do­na­das en la his­to­ria re­cien­te del país. ¿Có­mo lle­gas­te a ella? R El pro­ce­so de es­cri­tu­ra de la obra na­ce de la pre­gun­ta: ¿a qué le pue­de te­ner mie­do un pa­ra­mi­li­tar? De allí vie­ne la idea ori­gi­nal, la res­pues­ta a es­te in­te­rro­gan­te me lle­va a pen­sar en que lo úni­co que no po­de­mos bo­rrar es la me­mo­ria, nues­tro pasado, por eso en la obra no ha­bla­mos de fan­tas­mas. Nun­ca qui­si­mos tra­ba­jar ba­jo la ló­gi­ca de bue­nos y ma­los. Era ne­ce­sa­rio ha­cer un ejer­ci­cio de re­pa­ra­ción sim­bó­li­ca, creo que ca­da per­so­na es su nom­bre y, por pe­que­ño que sea es­te ac­to, es lo úni­co que tie­nen las víc­ti­mas. La for­ma de no ol­vi­dar es re­cor­dar sus nom­bres.

¿Quié­nes son los per­so­na­jes de la obra? P R En la obra el pasado vie­ne a con­vi­vir, sin agre­sión, re­pre­sen­ta­do por los cam­pe­si­nos que es­tán ocu­pan­do el es­pa­cio de re­clu­sión del personaje que in­ter­pre­to. Allí po­de­mos ver en los diá­lo­gos y en es­ta for­ma de ser cam­pe­si­na al­gu­nos ma­ti­ces que nos ha­cen pen­sar que es­tas per­so­nas no siem­pre son bon­da­do­sas. La idea fue po­ner gen­te co­mún y co­rrien­te, esa gen­te que tie­ne tan­tos mie­dos que trai­cio­na su pro­pia cla­se. Eso pa­sa hoy en el país, por ejem­plo, cuan­do vo­ta­mos por quie­nes nos ha­cen da­ño. Creo que es­te es un jue­go ma­ca­bro, así que, ¿por qué no de­cir­lo?

Re­ci­bi­mos mu­chos co­men­ta­rios so­bre los per­so­na­jes. Al­gu­nos no es­ta­ban con­ten­tos con que la víc­ti­ma tu­vie­ra de­fec­tos o con po­ner­le voz su­fi­cien­te al vic­ti­ma­rio, pe­ro es pre­ci­sa­men­te de eso de lo que nos qui­si­mos apar­tar, de la ló­gi­ca ‹ami­go – enemi­go›. A fin de cuen­tas, lo que ve­mos en la obra son per­so­nas.

¿Có­mo ves a la Co­lom­bia y al ciu­da­dano del P pos­con­flic­to? R Yo sí creo que la gen­te quie­re la paz. Lo más di­fí­cil del pos­con­flic­to es en­fren­tar­nos ar­gu­men­ta­ti­va­men­te. Creo que es ho­ra de es­cu­char­nos, de apren­der a pe­lear sin vio­len­cia y no bus­car la dis­mi­nu­ción del otro. Es­ta­mos acos­tum­bra­dos a dis­mi­nuir al otro, y nos cues­ta ver­lo con res­pe­to y con ca­pa­ci­dad de ar­gu­men­tar. En Co­lom­bia el que ha­ce un aná­li­sis más allá de la su­per­fi­cie siem­pre es juz­ga­do. Ne­ce­si­ta­mos ir al ori­gen de la frac­tu­ra que hoy nos tie­ne así y es­ta­ble­cer dis­cu­sio­nes a lar­go pla­zo.

¿Cuál es tu apre­cia­ción del pa­no­ra­ma ar­tí­sP ti­co en el Ca­ri­be co­lom­biano? R La Cos­ta es y siem­pre ha si­do un re­fe­ren­te cul­tu­ral de Co­lom­bia an­te el mun­do en la mú­si­ca, la li­te­ra­tu­ra, la pin­tu­ra, la dan­za, pe­ro ¿qué pa­sa con el tea­tro? ¿Por qué ra­zón la Cos­ta no tie­ne una pre­sen­cia más po­ten­te den­tro del uni­ver­so ar­tís­ti­co na­cio­nal? Yo con­si­de­ro que es ne­ce­sa­ria la vin­cu­la­ción y apues­ta por el tea­tro de par­te de en­ti­da­des no so­lo gu­ber­na­men­ta­les, sino de to­da ín­do­le. La gen­te tie­ne de­re­cho a de­di­car­se al tea­tro.

¿Cuá­les son tus pro­yec­tos ha­cia fu­tu­ro? P R Aho­ra mis­mo es­ta­mos con Yo no es­toy lo­ca, una obra que in­ter­pre­ta Marcela Va­len­cia. En no­viem­bre em­pe­za­mos el mon­ta­je de otro pro­yec­to tea­tral de gran for­ma­to, y por aho­ra va­mos con La­bio de lie­bre a Eu­ro­pa. Nos gus­ta­ría po­der es­tar en Ba­rran­qui­lla con es­ta obra, oja­lá ten­ga­mos la opor­tu­ni­dad.

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