MI­CRO­RRE­LA­TOS

Latitud - - News - Carlos de la Hoz Al­bor

Un trom­po que da vuel­tas

Un trom­po que da vuel­tas es só­lo eso: un trom­po que da vuel­tas. Na­da más. Es­te sen­ci­llo y mi­núscu­lo ar­te­fac­to (así lo ha­bría lla­ma­do Ju­li­to Cor­tá­zar, un ve­cino de esta cua­dra en la que ha­bi­to) no po­dría al­te­rar nin­gu­na exis­ten­cia ni tras­to­car nin­gún mun­do. Bas­ta­ría con con­tem­plar ca­da uno de los ac­tos que pre­ce­den su gi­rar pa­ra com­pro­bar­lo: una cuer­da que se en­ro­lla a su al­re­de­dor, una mano que lo lan­za y... ¡zas! se ini­cia su ar­mó­ni­ca dan­za. Lo di­cho: un trom­po que da vuel­tas es só­lo eso... ¿De dón­de pro­vie­nen, en­ton­ces, la an­sie­dad y el ex­tra­vío que se apo­de­ran de mí con ca­da nue­vo gi­ro?

Es­ce­na tri­vial

–¡Dé­jen­la! –di­ce con re­suel­ta de­ter­mi­na­ción la voz. Des­pués, ha­bi­tua­da a dar ór­de­nes, agre­ga: –Esta mu­jer no lo sa­be, pe­ro des­de al­gún re­mo­to e ig­no­ra­do lu­gar otra mano (me­nos pia­do­sa, pa­ra su in­for­tu­nio) la es­tru­ja a ella len­ta­men­te, acer­cán­do­la ca­da vez más a ese abis­mo que es el ol­vi­do, a la Na­da. (Lo pri­me­ro que se ve al co­men­zar la es­ce­na es bas­tan­te tri­vial co­mo pa­ra ha­ber que­ri­do em­pe­zar esta his­to­ria por allí: has­tia­da del mo­nó­tono pa­so de los días, la mu­jer arran­ca la ho­ja del ca­len­da­rio. Con ra­bia, con un de­ses­pe­ro inocul­ta­ble que le des­com­po­ne el ros­tro, la es­tru­ja; lue­go, la arro­ja le­jos de ella).

AR­CHI­VO

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