¿A quién le gus­ta la poe­sía

Latitud - - News - Por Ramón Illán Bac­ca

El mes de ju­lio ter­mi­nó con la tris­te no­ti­cia de la muer­te de la actriz fran­ce­sa Jean­ne Mo­reau. Fue uno de esos amo­res im­po­si­bles que se tie­nen en la ado­les­cen­cia. Ten­go la du­da de si fue cuan­do se es­tre­na­ba La no­via ves­tía de ne­gro o de cuan­do se da­ba en el ci­ne club Ju­les et Jim, el he­cho fue que via­jé seis ho­ras de San Mar­tín del Aria­ri a Bo­go­tá de ida y otras seis de vuel­ta tan so­lo pa­ra ver­la a ella en la pan­ta­lla. Si eso no es una prue­ba de amor, ¿en­ton­ces cuál? Sea pues es­te re­cuer­do la flor que lan­zo so­bre su tum­ba.

¿A quié­nes le gus­ta la poe­sía? Es una pre­gun­ta que se formula en me­dios aca­dé­mi­cos y cul­tu­ra­les an­te la es­ca­sa di­fu­sión de los li­bros de poe­mas. La má­qui­na re­gis­tra­do­ra en las li­bre­rías so­lo se mue­ve cuan­do el li­bro de poe­mas es de Pa­blo Ne­ru­da, Jai­me Sa­bi­nes (en Mé­xi­co), Ma­rio Be­ne­det­ti y Kha­lil Gi­bran. Es co­mún oír que los poe­tas so­lo se leen en­tre ellos y al­gu­na vez en una li­bre­ría me di­je­ron, en for­ma gro­se­ra, que no ha­bía sec­ción de li­bros de poe­sía.

Hay tam­bién una lar­ga tra­di­ción de per­se­cu­ción con­tras ellos. En La Re­pú­bli­ca, Pla­tón ha­lla en los poe­mas de Ho­me­ro mu­chas imá­ge­nes no­ci­vas, po­co edi­fi­can­tes, na­da pe­da­gó­gi­cas, da­ñi­nas, no tan so­lo cuan­do son fan­ta­sías sino aun cuan­do di­cen al­go de ver­dad. El fi­ló­so­fo des­de­ña­ba a los poe­tas por­que no se ins­pi­ra­ban en el co­no­ci­mien­to sino en un don, en un en­tu­sias­mo pa­ra de­cir co­sas be­llas, su­bli­mes, pe­ro sin com­pren­der­las.

Jorge Luis Bor­ges, un poe­ta cie­go, más de dos mil años des­pués es­cri­be El in­for­me de Bro­die, un re­la­to don­de una tri­bu pa­leo­lí­ti­ca cree tam­bién co­mo los he­breos y los grie­gos en la raíz divina de la poe­sía.

El tex­to di­ce: Otra cos­tum­bre de la tri­bu son los poe­tas. A un hom­bre se le ocu­rre or­de­nar seis o sie­te pa­la­bras ge­ne­ral­men­te enig­má­ti­cas. No pue­de con­te­ner­se y las di­ce a gri­tos, de pie en el cen­tro de un círcu­lo que for­man, ten­di­dos en el sue­lo, los he­chi­ce­ros y la ple­be. Si el poe­ma no ex­ci­ta no pa­sa na­da, si las pa­la­bras del poe­ta los so­bre­co­gen, to­dos se apar­tan de él, en si­len­cio, ba­jo el man­da­to de un ho­rror sa­gra­do. Sien­ten que lo ha to­ca­do el es­pí­ri­tu, na­die ha­bla­rá con él, ni lo mi­ra­rá, ni si­quie­ra su ma­dre. Ya no es un hom­bre sino un dios y cual­quie­ra pue­de ma­tar­lo.

En las di­ver­sas pre­sen­ta­cio­nes del re­cien­te fes­ti­val de Poe­ma­río(del que se sa­be, su al­ma es Mi­guel Iriar­te) hu­bo un nu­me­ro­so pú­bli­co. ¿Es que la poe­sía, co­mo en la an­ti­güe­dad, re­gre­só a ser es­cu­cha­da y no leí­da? No me atre­vo a afir­mar­lo, pe­ro sí di­ría que la poe­sía de­cla­ma­da une vo­lun­ta­des y de pron­to esa per­so­na den­tro del pú­bli­co sien­te que el poe­ta ha di­cho al­go que era su­yo, siem­pre su­yo, y que él no ha­bía sa­bi­do ex­pre­sar.

En mis años uni­ver­si­ta­rios asis­tí a un ho­me­na­je al poe­ta León de Greiff en el tea­tro Co­lón de Bo­go­tá. De Greiff leía con di­fi­cul­tad y voz gan­go­sa sus poe­mas y de pron­to se en­re­dó con los pa­pe­les y ca­lló. Hu­bo un ins­tan­te de si­len­cio y co­mo una ava­lan­cha to­do el pú­bli­co con una so­la voz si­guió re­ci­tan­do el poe­ma ol­vi­da­do: “Es­ta ro­sa fue tes­ti­go/ de es­te que si amor no fue/nin­guno otro amor se­ría/ ¡Es­ta ro­sa fue tes­ti­go de cuan­do fuis­te mía!…”

To­dos ha­bía­mos vi­vi­do un amor se­me­jan­te, pe­ro so­lo ese vie­jo poe­ta de boi­na lo ha­bía sa­bi­do de­cir.

¿Es que la poe­sía, co­mo en la an­ti­güe­dad, re­gre­só a ser es­cu­cha­da y no leí­da? No me atre­vo a afir­mar­lo, pe­ro sí di­ría que la poe­sía de­cla­ma­da une vo­lun­ta­des”.

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