Andy Gibb: una fie­bre de 30 años

Andy Gibb fue con­si­de­ra­do siem­pre el cuar­to Bee Gees. Si vi­vie­ra, ha­bría cum­pli­do 59 años en mar­zo pa­sa­do, pe­ro su afi­ción por las dro­gas y el al­cohol lo lle­vó a la tum­ba cua­tro días des­pués de cum­plir los 30.

Latitud - - Portada - Por Joa­quín Ro­bles Zabala*

Andy Roy Gibb fue una es­tre­lla me­teó­ri­ca, una luz bri­llan­te en me­dio de un océano de es­tre­llas. La primera vez que es­cu­ché I Just Want to Be Your Everyt­hing, su pri­mer éxi­to dis­co­te­que­ro, fue co­mo una re­ve­la­ción, una es­pe­cie de epi­fa­nía. Lue­go su­pe que esa canción, que ha­bía per­ma­ne­ci­do du­ran­te cua­tro se­ma­nas co­mo nú­me­ro uno en la Bill­board Hot 100, la lista más im­por­tan­te de la mú­si­ca po­pu­lar es­ta­dou­ni­den­se, ha­bía des­pla­za­do del pri­mer lu­gar a una de las can­cio­nes más es­cu­cha­das en ju­lio de 1977: Sta­yin’ Ali­ve, de los Bee Gees, uno de los te­mas cen­tra­les de la icó­ni­ca pe­lí­cu­la Sa­tur­day Night Fe­ver. Cu­rio­sa­men­te, el te­ma que ca­ta­pul­tó a Andy al cé­nit de las es­tre­llas jó­ve­nes más im­por­tan­tes de fi­na­les de la dé­ca­da del se­ten­ta lo ha­bía com­pues­to su her­mano Barry, la voz lí­der de los Bee Gees y uno de los com­po­si­to­res más pro­lí­fi­cos de la in­dus­tria mu­si­cal.

I Just Want to Be Your Everyt­hing fue una es­pe­cie de tor­be­llino que con­vir­tió al her­mano me­nor de Barry, Ro­bin y Mau­ri­ce Gibb en un ícono, pues con so­lo 19 años era uno de los chi­cos más ri­cos de los Es­ta­dos Uni­dos, acu­mu­lan­do una for­tu­na que, cin­co años des­pués, su­pe­ra­ba ya los 400 mi­llo­nes de dó­la­res.

Andy era el ‹lo­co› de la fa­mi­lia, el más di­ver­ti­do y, se­gún sus fans, «el más lin­do» de los her­ma­nos. Su ros­tro an­ge­li­cal y su voz de­li­ca­da le da­ban ese to­que que tan­to atraía a las chi­cas. De Andy re­cuer­do un pós­ter que ador­na­ba una de las pa­re­des de mi

cuar­to en la ca­sa de mis vie­jos en la his­tó­ri­ca Car­ta­ge­na de In­dias. Ten­go que ad­mi­tir que ese es­pa­cio era, en reali­dad, un san­tua­rio a los ído­los de la mú­si­ca dis­co. Co­rri­jo: un san­tua­rio a los gran­des de la mú­si­ca po­pu­lar grin­ga de los se­ten­ta: Barry Whi­te, Donna Sum­mer, Glo­ria Gay­nor, Step­ha­nie Mills, Dia­na Ross, Kool and The Gang, Bee Gees, Ire­ne Ca­ra, Mi­chael Sem­be­llo, Jack­son Fi­ve y un lar­go et­cé­te­ra de gran­des es­tre­llas.

Para al­gu­nos crí­ti­cos mu­si­ca­les, en­tre es­tos va­rios fir­man­tes de In­ter­viú, co­mo Ro­ger Ebert, el éxi­to me­teó­ri­co de Andy Gibb es­tu­vo siem­pre de la mano de sus her­ma­nos, quie­nes no so­lo le com­pu­sie­ron las can­cio­nes que lo hi­cie­ron fa­mo­so, sino que te­jie­ron to­da una red de con­tac­tos y pu­sie­ron a su dis­po­si­ción el gran pe­so que re­pre­sen­ta­ba ser una de las ban­das más in­flu­yen­tes de la dé­ca­da del se­ten­ta.

El triun­fo del cuar­to Bee Gees, sin em­bar­go, iba más allá de te­ner a unos her­ma­nos cé­le­bres. Andy ad­mi­ra­ba a Barry, Ro­bin y Mau­ri­ce más que a otros músicos del mun­do. Tan­to que, en una oca­sión, cuan­do un en­tre­vis­ta­dor le pre­gun­tó qué ar­tis­tas ha­bían in­flui­do po­de­ro­sa­men­te en su vi­da mu­si­cal, no du­dó en se­ña­lar a sus her­ma­nos. «Son la me­jor ban­da del mun­do», ase­gu­ró.

An­tes de que la fa­ma to­ca­ra a su puer­ta, el me­nor de los her­ma­nos Gibb es­ta­ba de­di­ca­do a ha­cer gi­ras mu­si­ca­les por Eu­ro­pa. Iba por los ba­res de Lon­dres, Bar­ce­lo­na o Pa­rís con la gui­ta­rra al hom­bro to­can­do las can­cio­nes que hi­cie­ron cé­le­bres los Bee Gees. Con­ta­ba con 14 años, pe­ro ya te­nía esa voz que mar­ca­ría las pau­tas de sus in­ter­pre­ta­cio­nes y de la que el pú­bli­co ado­les­cen­te se enamo­ra­ría. En esas co­rre­rías co­no­ció a Kim Ree­der, con quien con­tra­jo ma­tri­mo­nio en 1976 y de la que se se­pa­ró un año des­pués. Pe­ro su amor ver­da­de­ro, co­mo en las his­to­rias de Dis­ney, fue Vic­to­ria Prin­ci­pal, la ac­triz que se hi­cie­ra fa­mo­sa por in­ter­pre­tar el pa­pel de Pam en la ce­le­bra­da se­rie de te­le­vi­sión Da­llas de la CBS.

Andy na­ció el 5 de mar­zo de 1958 en Mán­ches­ter, In­gla­te­rra, una co­mu­ni­dad de co­mer­cian­tes de la­na y te­las. Pe­ro a los po­cos años la fa­mi­lia se tras­la­dó a Aus­tra­lia, don­de el úl­ti­mo de los Gibb em­pe­zó a dar los pri­me­ros pa­sos en la mú­si­ca, imi­tan­do a sus her­ma­nos. Sin em­bar­go fue en 1977, en Es­ta­dos Uni­dos, cuan­do su nom­bre em­pe­zó a es­cu­char­se en los me­dios de co­mu­ni­ca­ción, y su ros­tro, re­cién sa­li­do de la ni­ñez, apa­re­ció en las por­ta­das de re­vis­tas tan im­por­tan­tes co­mo Ro­lling Sto­ne, Vo­gue e In­ter­viú. La ra­zón: su canción I Just Want to Be Your Everyt­hing, es­cri­ta por el ma­yor de sus her­ma­nos y lan­za­da en ju­lio de ese año, des­pla­zó del pri­mer lu­gar de la Bill­board Hot 100 a Sta­yin’ Ali­ve, una po­de­ro­sa y rít­mi­ca canción que hi­zo par­te de la ban­da so­no­ra de la hoy re­cor­da­da cin­ta Sa­tur­day Night Fe­ver.

El gran pro­ble­ma de Andy, re­co­no­ció Barry, años des­pués de su tem­pra­na muer­te, fue su po­ca ma­du­rez para asi­mi­lar el éxi­to a una edad en que los jó­ve­nes ape­nas sue­ñan con al­can­zar­lo. Un año más tar­de, su se­gun­do ál­bum (Lo­ve Is) Thic­ker than Wa­ter se con­vir­tió en uno de los su­ce­sos mu­si­ca­les de la tem­po­ra­da, ven­dien­do en po­co me­nos de tres me­ses más de un mi­llón y me­dio de co­pias. Con el éxi­to co­mer­cial, lle­ga­ron nue­vos con­tra­tos pu­bli­ci­ta­rios y mu­chas gi­ras que lo hi­cie­ron un chi­co ri­co. Al­gu­nos pro­gra­mas de ra­dio y te­le­vi­sión le ex­ten­dían in­vi­ta­cio­nes para en­tre­vis­tas y él iba y can­ta­ba, y las mu­cha­chas se pe­lea­ban por­que les fir­ma­ra la por­ta­da de uno de sus dis­cos.

Fue du­ran­te uno de esos pro­gra­mas que co­no­ció a la ac­triz Vic­to­ria Prin­ci­pal, una mu­jer be­llí­si­ma, ocho años ma­yor que él y de la que se enamo­ró per­di­da­men­te. Lue­go se ca­sa­ron y vi­vie­ron fe­li­ces un tiem­po. Pe­ro los pro­ble­mas sur­gie­ron dos años des­pués. Va­rios em­pre­sa­rios con los que Andy ha­bía fir­ma­do múl­ti­ples con­tra­tos se vie­ron en la ne­ce­si­dad de re­ti­rár­se­los por no cum­plir con las cláu­su­las es­ta­ble­ci­das: no iba a las en­tre­vis­tas pro­gra­ma­das, apla­za­ba los con­cier­tos con me­ses de an­te­rio­ri­dad y em­pe­zó a des­cui­dar su apa­rien­cia per­so­nal.

En una opor­tu­ni­dad, mien­tras se pre­pa­ra­ba para to­mar un avión en el Ae­ro­puer­to In­ter­na­cio­nal de Los Án­ge­les, las au­to­ri­da­des le con­fis­ca­ron una pis­to­la y lo de­tu­vie­ron du­ran­te va­rias ho­ras. En otra opor­tu­ni­dad le fue­ron de­co­mi­sa­dos va­rios gra­mos de co­caí­na que lle­va­ba en un bol­so de mano. La mis­ma pren­sa que en años an­te­rio­res lo ha­bía con­ver­ti­do en un em­ble­ma de la mú­si­ca ame­ri­ca­na, no va­ci­ló en pu­bli­car los re­gis­tros fo­to­grá­fi­cos don­de el can­tan­te apa­re­cía es­po­sa­do, en­tran­do a una pa­tru­lla de la Po­li­cía.

Los ru­mo­res ase­gu­ra­ban que la cul­pa de aquel des­ca­la­bro se de­bía a Vic­to­ria Prin­ci­pal, se­ña­la­da de ha­ber­lo in­du­ci­do a las dro­gas. Fue in­ter­na­do va­rias ve­ces en clí­ni­cas del Reino Uni­do, y sus her­ma­nos hi­cie­ron to­do lo po­si­ble por re­cu­pe­rar­lo. Sin em­bar­go, el 10 de mar­zo de 1988 lo in­gre­sa­ron de ur­gen­cia a un hos­pi­tal de Ox­ford con un fuer­te do­lor de pe­cho.

De­bo con­fe­sar que la muer­te de Andy Gibb me con­mo­vió. Pri­me­ro por­que era uno de mis ído­los de ju­ven­tud y, se­gun­do, por­que na­die de­be­ría mo­rir­se a los trein­ta años. La his­to­ria di­rá que el úl­ti­mo de los her­ma­nos Gibb fue un jo­ven re­pre­sen­tan­te de la mú­si­ca dis­co. Na­da más fal­so, por su­pues­to. El dis­co fue so­lo un ac­ci­den­te, un mo­men­to de con­fluen­cia his­tó­ri­ca. Lo su­yo fue el pop, co­mo lo fue de sus her­ma­nos.

*Ma­gís­ter en Co­mu­ni­ca­ción. Es­cri­be para va­rios dia­rios y re­vis­tas na­cio­na­les.

Andy Roy Gibb, con­si­de­ra­do el cuar­to in­te­gran­te de los Bee Gees.

Barry, Ro­bin y Mau­ri­ce, in­te­gran­tes de la icó­ni­ca agru­pa­ción Bee Gees, jun­to a su her­mano me­nor.

Andy al­can­zó el éxi­to con ‘I Just Want to Be Your Everyt­hing’.

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