Es­pa­cios

“Re­cuer­do la úl­ti­ma vez que es­tu­ve con ella. Es­tar, es de­cir, jun­tos, cer­ca y sin pre­cau­cio­nes mu­tuas. Fue en un ve­lo­rio. Ella llo­ra­ba des­con­so­la­da fren­te al pe­que­ño fé­re­tro”.

Latitud - - Portada - Por Fa­bián Buel­vas

Es­te­la y yo so­mos como her­ma­nos. Nos es di­fí­cil pre­ci­sar ha­ce cuán­to tiem­po ha­bi­ta­mos esta ca­sa por­que ni a ella ni a mí nos in­tere­sa­ba lle­var la cuen­ta. Aho­ra sí nos preo­cu­pa­mos por ello, pe­ro nues­tros re­cuer­dos con­jun­tos es­tán tan lle­nos de bru­ma que de­ter­mi­nar la fe­cha en que fue­ron con­ce­bi­dos es di­fí­cil y do­lo­ro­so.

Por el es­pa­cio ya no dispu­tamos. He­mos di­vi­di­do la ca­sa por seg­men­tos: mó­du­los de no agre­sión, va­llas di­vi­so­rias, ima­gi­na­rias, tan efec­ti­vas como si es­tu­vie­sen elec­tri­fi­ca­das. La cos­tum­bre, en con­di­cio­nes hos­ti­les, crea un apa­ren­te efec­to de res­pe­to en­tre las par­tes be­li­ge­ran­tes, que en es­te ca­so so­mos ella y yo. Por ra­zo­nes evi­den­tes la co­ci­na es te­rri­to­rio neutral; aún así, evi­ta­mos en­con­trar­nos.

Nues­tra die­ta se ha vis­to afec­ta­da por esta si­tua­ción: yo como dos ve­ces al día, en­tre el oca­so y el cre­púscu­lo, mien­tras que ella lo ha­ce –su­pon­go– en al­gún mo­men­to del tiem­po res­tan­te. Los ali­men­tos los trae el chi­co de la tien­da, ella los re­cla­ma por la entrada prin­ci­pal y yo por la pe­que­ña puer­ta de metal que es­tá en uno de los extremos del fren­te de la ca­sa, co­lin­dan­te con el ca­lle­jón. Pa­ga­mos todo de con­ta­do, la pen­sión que ca­da uno re­ci­be es su­fi­cien­te para cu­brir gas­tos de ali­men­ta­ción por se­pa­ra­do. Los ser­vi­cios pú­bli­cos siguen sien­do mu­tuos; como no ha­ya­mos una for­ma sa­tis­fac­to­ria de se­pa­rar los re­ci­bos, de­ja­mos la mi­tad del di­ne­ro so­bre la me­sa de la sala el ter­cer día de ca­da mes y nos tur­na­mos en los pa­gos. Así que creo que, al igual que yo, Es­te­la úni­ca­men­te aban­do­na la ca­sa una vez ca­da dos meses.

El día en que ella sa­le mi so­le­dad es in­con­men­su­ra­ble. Su au­sen­cia, que de­be­ría ser el in­di­ca­ti­vo de mi vic­to­ria, es al­go que me per­tur­ba. Po­dría no de­jar­la en­trar, cam­biar las ce­rra­du­ras mien­tras ella no es­tá, gri­tar­le desde den­tro que por fin la ca­sa es mía, pe­ro no. Me ur­ge que re­gre­se, que jus­ti­fi­que con su hos­ti­li­dad mi pre­sen­cia en es­te lu­gar.

* Re­cuer­do la úl­ti­ma vez que es­tu­ve con ella. Es­tar, es de­cir, jun­tos, cer­ca y sin pre­cau­cio­nes mu­tuas. Fue en un ve­lo­rio. Ella llo­ra­ba des­con­so­la­da fren­te al pe­que­ño fé­re­tro. Yo la mi­ra­ba de le­jos, como si al ser tes­ti­go de su do­lor és­te fue­se a ali­viar­se. De­bí acer­car­me más, de­cir­le al­go, con­ven­cer­la de que su su­fri­mien­to era tam­bién mío, ha­llar por fin una for­ma de

con­gra­ciar­nos en­tre la muerte. No.

Des­pués de aquel día ella nun­ca vol­vió a ser la mis­ma. En reali­dad, no vol­vi­mos a ser los mis­mos. Ca­da mo­men­to que com­par­tía­mos jun­tos nos ale­ja­ba has­ta ha­cer­nos des­co­no­ci­dos. Yo le re­pro­cha­ba el es­ta­do de pos­tra­ción en que ha­bía caí­do lue­go del fu­ne­ral: co­mía po­co, ha­bla­ba me­nos, es­ta­ba iras­ci­ble. De­jó de tin­tu­rar­se el pe­lo, de re­gar las plan­tas. El pun­to más ál­gi­do de su dra­ma fue cuan­do no vol­vió a can­tar en la du­cha.

Ca­da uno de sus nue­vos y ex­tra­ños com­por­ta­mien­tos me obli­ga­ba a es­tar cer­ca de ella, in­fruc­tuo­sa­men­te. Yo le re­pro­cha­ba lo su­ce­di­do. Sin sa­ber­lo, aquel fé­re­tro sir­vió de co­ra­za para am­bos. Fue, en par­te, lo que per­mi­tió que usá­ra­mos la ca­sa como un cam­po de ba­ta­lla; en gue­rra, pe­ro jun­tos.

* Sé que re­gre­só de la ca­lle por­que es­cu­ché el rui­do de sus lla­ves, de la puer­ta que se abre y que se cie­rra. Con si­gi­lo, sube a su ha­bi­ta­ción en el se­gun­do pi­so. De ahí en ade­lan­te no pue­do per­ca­tar­me de na­da. Empieza a pro­te­ger­se.

* Hay una ha­bi­ta­ción ve­da­da para am­bos. Allí es­tán guar­da­dos la ro­pa, los ju­gue­tes, la cu­na y de­más en­se­res. En su mo­men­to de­ci­dí que era mejor con­ser­var todo por si po­día ser uti­li­za­do en el fu­tu­ro. Ella que­ría bo­tar todo a la ba­su­ra pe­ro yo me ne­gué. La im­po­si­ción de mi cri­te­rio fue otro du­ro golpe para ella quien, en re­ta­lia­ción por lo su­ce­di­do, ju­ró nun­ca más dar­le uso a esos objetos.

Aque­lla ha­bi­ta­ción no es cus­to­dia­da. Tam­po­co tie­ne can­da­dos: no ha­ce fal­ta, nin­guno de los dos desea en­trar allí. Es el te­rror, no lo prohi­bi­do, lo que es ca­paz de de­te­ner a las per­so­nas.

* Es­te­la sa­le hoy. Qui­sie­ra que vi­vié­ra­mos en una is­la de­sier­ta para no te­ner que pa­gar la luz, el agua, el gas. En ca­sa no hay re­lo­jes pe­ro yo, irre­me­dia­ble­men­te, calcu­lo el tiem­po cuan­do Es­te­la no es­tá. Ob­ser­vo el mo­vi­mien­to de las som­bras, la afluen­cia de gen­te en las ca­lles, has­ta el rui­do in­tem­pes­ti­vo de la vie­ja ne­ve­ra me per­mi­te sa­ber el pa­so del tiem­po. La pro­lon­ga­ción de los se­gun­dos, los mi­nu­tos, las ho­ras, sa­ber que todo flu­ye es lo que nos in­di­ca a Es­te­la y a mí el avan­ce de la vi­da y el mun­do a pe­sar de no­so­tros mis­mos.

* Ha lle­ga­do tar­de e inusual­men­te acom­pa­ña­da. El hom­bre, un po­li­cía, tie­ne dos bol­sas en ca­da mano. Las de­ja fren­te a la puer­ta y se mar­cha. Es­te­la abre, to­ma las bol­sas y cie­rra. Me ve aga­cha­do en la ven­ta­na, ca­si al lado de la puer­ta, cru­za­mos mi­ra­das y me pre­pa­ro para la gue­rra. Ca­mino con ra­pi­dez por todos los rin­co­nes que es­tán ba­jo mi cus­to­dia, es­pe­ran­do con ello in­ti­mi­dar­la. Aho­ra es­tá en la co­ci­na. Ha cerrado la puer­ta.

* Al­guien to­ca el tim­bre. Es­te­la abre. Son dos hom­bres. Los in­vi­ta a se­guir y suben al se­gun­do pi­so, pa­re­ce que se di­ri­gen a la ha­bi­ta­ción ve­da­da. Te­mo. Lle­gan más po­li­cías, uno de ellos es el de las bol­sas. Traen cer­ve­za, car­ne y mu­je­res. Es­te­la en­cien­de el vie­jo equi­po, va a la co­ci­na y trae pa­sa­bo­cas. Las per­so­nas ca­mi­nan por la ca­sa, irres­pe­tan el acuer­do tá­ci­to que hi­ce con ella.

Los dos hom­bres que subie­ron al se­gun­do pi­so ba­jan las es­ca­le­ras car­gan­do pe­sa­das ca­jas. Es evi­den­te que es­tán va­cian­do la ha­bi­ta­ción ve­da­da. Todo lo que van sa­can­do lo ubi­can en el jar­dín sin el me­nor cui­da­do. Los ador­nos se rom­pen, los pe­lu­ches se en­su­cian, la ma­de­ra se quie­bra y con ella el pa­sa­do. Es­te­la, al pie de la puer­ta, ob­ser­va: es inú­til, no pue­do leer su ros­tro, me es in­com­pren­si­ble aho­ra, la des­co­noz­co, sus mo­vi­mien­tos son nue­vos, ella es otra. Yo me es­con­do ba­jo los mue­bles, de­trás de los es­tan­tes, es­pe­ran­do que todo es­to ter­mi­ne y mi vi­da con Es­te­la sea nor­mal de nue­vo.

* Es­te­la es­tá rom­pien­do nues­tros pac­tos. Bai­la, ebria y vie­ja, so­bre la me­sa: todo el pe­so de los años se le vino en­ci­ma, de golpe, cuan­do de­ci­dió mo­di­fi­car las re­glas y traer el tiem­po a esta ca­sa. Ya todo es tan­gi­ble, ob­je­ti­vo, cier­to. Los vie­jos fan­tas­mas ce­den an­te las nuevas per­so­nas.

Los po­li­cías me bus­can ba­jo la me­sa, me sa­can de allí a em­pu­jo­nes, me pa­tean, me es­cu­pen y me gri­tan. No sé qué ha­cer, que­do in­mó­vil a la es­pe­ra de que todo vuel­va a la nor­ma­li­dad pron­to.

Le­van­tan en­tre todos mi cuer­po y me arro­jan por la puer­ta. Cai­go so­bre los en­se­res del que fue­ra el cuar­to ve­da­do. Ha­ce frío, me siento ex­tra­ño. Es­te­la si­gue bai­lan­do so­bre la me­sa. Es her­mo­sa. Todas las lu­ces de la ca­sa es­tán en­cen­di­das, la gen­te ca­mi­na de un lu­gar a otro, con­ver­san, ríen. Me tum­bo bo­ca arri­ba y con­tem­plo las es­tre­llas.

Ilus­tra­ción de la ar­tis­ta Lo­la Ca­nal, per­te­ne­cien­te a la se­rie ‘Tim Til'trom­bi­ne : La Ci­té Éter­ne­lle’.

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