Dé un vis­ta­zo en­tre las re­jas con ‘Nie­bla en la yar­da’

Lo que em­pe­zó como un tra­ba­jo de gra­do para la pe­rio­dis­ta Es­te­fa­nía Car­va­jal ter­mi­nó con­ver­ti­do en una no­ve­la de no fic­ción.

Latitud - - News - Por Mi­guel Án­gel Ló­pez

Si un día de 1966, con A san­gre fría el pe­rio­dis­ta Tru­man Ca­po­te nos dio cá­te­dra de los al­can­ces de lo que des­pués lla­ma­rían no­ve­la de no fic­ción, aho­ra la an­tio­que­ña Es­te­fa­nía Car­va­jal nos re­cuer­da que es­te gé­ne­ro tie­ne la ca­pa­ci­dad de ge­ne­rar tan­to in­te­rés como la ima­gi­na­ción del más há­bil de los es­cri­to­res.

Es­tas dos obras se pa­re­cen, no por­que es­tén re­la­cio­na­das con el cri­men y el sis­te­ma ju­di­cial, sino por­que son pá­gi­nas que se atre­ven a ha­blar de per­so­na­jes que la mis­ma Ley ha ta­cha­do de villanos. Sin juz­gar­los ni jus­ti­fi­car­los, los

tes­ti­mo­nios que res­pi­ran en es­tos li­bros son una pe­que­ña muestra de la in­fi­ni­ta es­ca­la de gri­ses que exis­te en­tre el bien y el mal.

Nie­bla en la yar­da tu­vo su lan­za­mien­to el pa­sa­do 14 de sep­tiem­bre en el mar­co de la Fies­ta del Li­bro y la Cultura de Me­de­llín. Es la se­gun­da pu­bli­ca­ción en la co­lec­ción Ébano (no fic­ción) de An­gos­ta Edi­to­res, an­te­ce­di­da por Ciu­da­des al fi­nal de la no­che, de San­tia­go Gam­boa ( Per­der es cues­tión de mé­to­do, 1995).

Para la au­to­ra, esta in­ves­ti­ga­ción que em­pe­zó como su tra­ba­jo de gra­do para el tí­tu­lo de Pe­rio­dis­ta en la Uni­ver­si­dad de An­tio­quia, no solo es su ópe­ra pri­ma en cuan­to al mun­do editorial, sino que tam­bién le otor­gó una men­ción de ho­nor por par­te de su fa­cul­tad y el pre­mio del Círcu­lo de Pe­rio­dis­tas de Bo­go­tá (CPB) a mejor te­sis uni­ver­si­ta­ria en 2016.

DEN­TRO (O FUE­RA) DE LA YAR­DA

Las his­to­rias aquí pre­sen­ta­das tie­nen una ca­rac­te­rís­ti­ca en par­ti­cu­lar: son de co­lom­bia­nos que han pa­ga­do con­de­nas en el ex­te­rior. Por eso su nom­bre in­clu­ye la pa­la­bra yar­da, una apro­pia­ción del in­glés que los pre­sos his­pá­ni­cos ha­cen de su ex­pe­rien­cia en las co­rrec­cio­na­les nor­te­ame­ri­ca­nas. Una pa­la­bra que mar­có a la mis­ma es­cri­to­ra.

Si bien en es­pa­ñol exis­te, tie­ne una con­no­ta­ción di­fe­ren­te, solo una me­di­da de lon­gi­tud que re­pre­sen­ta 91,4 cen­tí­me­tros. No obs­tan­te, en las pri­sio­nes de Es­ta­dos Uni­dos, « yard » es el pa­tio al cual pue­den sa­lir.

Di­fe­ren­te a los pa­tios de las pri­sio­nes co­lom­bia­nas, que usual­men­te son de ce­men­to y se en­cuen­tran en el cen­tro de las edi­fi­ca­cio­nes, en Es­ta­dos Uni­dos son es­pa­cios ver­des, con can­chas de­por­ti­vas, ár­bo­les y has­ta huer­tas. Es el lu­gar don­de ven el sol, sien­ten la bri­sa y es­cu­chan el am­bien­te; en otras palabras, el es­pa­cio en don­de, por tiem­po li­mi­ta­do, sa­bo­rean la li­ber­tad sin te­ner­la en reali­dad.

«En el verano, en cam­bio, las no­ches en la yar­da eran otro cuen­to. La luz del sol res­plan­de­cía has­ta las nue­ve y me­dia de la no­che, el vien­to era cá­li­do, los cu­ba­nos to­ca­ban so­nes en gui­ta­rras, los ne­gros ar­ma­ban tor­neos de bás­quet­bol y los co­lom­bia­nos ju­ga­ban par­qués de­ba­jo de un ár­bol que les da­ba som­bra has­ta que lle­ga­ba la ho­ra de dor­mir».

Por esta ra­zón, así es­tos co­lom­bia­nos ha­yan pa­ga­do su con­de­na cer­ca a Flo­ri­da o por los lados de Ca­li­for­nia, sus re­cuer­dos van acom­pa­ña­dos de esa pa­la­bra. La yar­da que vio ca­mi­nar a As­drú­bal, el car­ta­ge­ne­ro; a Ja­vier, el pe­rei­rano; a Ri­car­do, el ca­le­ño, y por úl­ti­mo, a un pai­sa, de quien no se pue­de men­cio­nar su nom­bre por­que al fi­nal de­ci­dió que no que­ría ha­cer par­te de esta historia.

Así es, po­si­ble lec­tor, no se sorprenda si en­cuen­tra al fi­nal de su li­bro unas pá­gi­nas pin­ta­das de ne­gro. No es­tá ma­la su co­pia. Fue una de­ci­sión editorial de An­gos­ta al en­fren­tar­se con una fuen­te que, des­pués de rea­li­zar la im­pre­sión, pi­dió que lo ex­clu­ye­ran de esta. Por lo tan­to, a ma­ne­ra de pro­tes­ta si­len­cio­sa y res­pe­tan­do los de­seos de es­te hom­bre, se cu­bre su historia con la mis­ma tin­ta que en al­gún mo­men­to la es­cri­bió. ¿Qué se ha­bló, qué se con­tó, qué se des­ta­pó? Eso es al­go que que­da­rá en­tre la pe­rio­dis­ta y su en­tre­vis­ta­do.

LO LIN­DO, LO FEO, LO FÁ­CIL, LO DI­FÍ­CIL

«El pre­so vi­ve en una di­ver­sión per­ma­nen­te –di­ce Ja­vier– has­ta que asu­me su reali­dad» se lee en una de las his­to­rias, pe­ro se per­ci­be a lo lar­go de todas. Al­go que nos en­se­ña Nie­bla en la yar­da es que du­ran­te el en­car­ce­la­mien­to la vi­da con­ti­núa, de una u otra ma­ne­ra. Así como el pre­so que ase­gu­ra­ba que una ven­ta­ja de su con­de­na era no te­ner que preo­cu­par­se por pa­gar su se­gu­ri­dad so­cial, el que em­pe­zó una re­vis­ta li­te­ra­ria en la cár­cel des­pués de ha­ber si­do atra­pa­do ven­dien­do dro­gas o el que per­dió va­rios ki­los por todo el ejer­ci­cio que hi­zo du­ran­te el tiem­po li­bre que te­nía.

Por su­pues­to que es­tar en­ce­rra­do no es como es­tar en un ho­tel, y los mis­mos per­so­na­jes ex­pli­can las di­fe­ren­tes «le­yes» y pe­li­gros que ri­gen el día a día de una pri­sión. No bus­car pro­ble­mas, no me­ter vi­cio, no te­ner se­xo con ho­mo­se­xua­les o re­cha­zar a los vio­la­do­res son al­gu­nas de las nor­ma­ti­vi­da­des que los re­clu­sos han crea­do con el tiem­po, y el no cum­plir­lo se pa­ga ca­ro.

¿Les sue­na si­mi­lar? Se­gu­ra­men­te por­que lo han vis­to en una u otra pe­lí­cu­la o se­rie. Como ex­pli­ca la au­to­ra, la ima­gen que se ha ido cons­tru­yen­do en el ima­gi­na­rio co­lec­ti­vo no es en reali­dad tan le­ja­na de lo que le con­ta­ron a ella.

Pe­ro más allá de mos­trar bue­nos y ma­los mo­men­tos por los que pa­san los pre­sos, lo más lla­ma­ti­vo es co­no­cer su co­ti­dia­ni­dad. Pre­ci­sa­men­te es­te fue el in­te­rés ini­cial de la pe­rio­dis­ta, que des­pués de sen­tar­se a con­ver­sar con la primera de sus fuen­tes, apren­dió có­mo co­ci­na­ban los pre­sos, de qué for­ma se ar­ma­ban in­gre­sos ex­tras o has­ta có­mo ar­ma­ban una má­qui­na de ta­tuar ca­se­ra.

Eso es Nie­bla en la yar­da, una de­li­ca­da y a la vez ex­haus­ti­va na­rra­ción de los as­pec­tos más mun­da­nos del en­cie­rro car­ce­la­rio, los cua­les, en sus ma­nos, se con­vier­ten en las his­to­rias más fas­ci­nan­tes.

Así es, po­si­ble lec­tor, no se sorprenda si en­cuen­tra al fi­nal de su li­bro unas pá­gi­nas pin­ta­das de ne­gro. No es­tá ma­la su co­pia. Fue una de­ci­sión editorial de An­gos­ta al en­fren­tar­se con una fuen­te que, des­pués de rea­li­zar la im­pre­sión, pi­dió que lo ex­clu­ye­ran de esta”.

Car­va­jal es pe­rio­dis­ta de la Uni­ver­si­dad de An­tio­quia, y su li­bro em­pe­zó como su tra­ba­jo de gra­do.

‘Nie­bla en la yar­da’ es una no­ve­la de no fic­ción pu­bli­ca­da en la co­lec­ción Ébano de la editorial co­lom­bia­na An­gos­ta.

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