« La mu­jer eter­na del ‹ Che› fue la re­vo­lu­ción »

En­tre­vis­ta con Juan Mar­tín Gue­va­ra, her­mano del com­pa­ñe­ro de Fi­del en la re­vo­lu­ción cu­ba­na.

Latitud - - Portada - Por Alexandre Pey­ri­lle, AFP

Cin­cuen­ta años des­pués de su muer­te, el ar­gen­tino Er­nes­to ‹Che› Gue­va­ra, com­pa­ñe­ro en la re­vo­lu­ción cu­ba­na de Fi­del Cas­tro, es hoy una fi­gu­ra mí­ti­ca y lo se­rá den­tro de 300 años, ase­gu­ra su her­mano, Juan Mar­tín Gue­va­ra.

En una en­tre­vis­ta con la AFP, el her­mano de 74 años del re­vo­lu­cio­na­rio sin fron­te­ras cuen­ta la in­ti­mi­dad de la fa­mi­lia Gue­va­ra y con­fie­sa su pe­na de no ha­ber po­di­do acom­pa­ñar en su úl­ti­ma mi­sión al Che, eje­cu­ta­do por sol­da­dos bo­li­via­nos el 9 de oc­tu­bre de 1967.

Ha­ce po­cos me­ses, Juan Mar­tín, el me­nor de los cin­co hi­jos de la pa­re­ja Gue­va­ra De la Ser­na, pre­sen­tó el li­bro Mi her­mano el Che.

¿Có­mo mu­rió el Che en Bo­li­via? P R Di­cen que fue en com­ba­te, pe­ro en reali­dad, no. Fue un ase­si­na­to del ejér­ci­to bo­li­viano. Le sa­ca­ron una fo­to co­mo si fue­ra un tro­feo. El Par­ti­do Co­mu­nis­ta de Bo­li­via lo trai­cio­nó. No hay nin­gu­na du­da de que la URSS tu­vo mu­cha im­por­tan­cia en su muer­te. Las dos or­ga­ni­za­cio­nes de in­te­li­gen­cia más po­ten­tes del mun­do en esa épo­ca, la KGB y la CIA, es­ta­ban muy de acuer­do en que no fun­cio­na­ra ese pro­yec­to re­vo­lu­cio­na­rio la­ti­noa­me­ri­cano. No le con­ve­nía ni a Es­ta­dos Uni­dos, ni a la URSS. ¿Va­lía la pe­na que él se

pu­sie­ra al fren­te de un gru­po pe­que­ño en Bo­li­via? Ahí coin­ci­do un po­co más con Fi­del (Cas­tro).

Si no hu­bie­ra muer­to, ¿qué se­ría del Che? P R La­ti­noa­mé­ri­ca se­ría li­bre, so­be­ra­na, in­de­pen­dien­te y so­cia­lis­ta. Era lo que él que­ría. Hu­bie­ra triun­fa­do. Has­ta la vic­to­ria siem­pre, le va bien al pen­sa­mien­to del Che. ¿Por qué no se que­dó de mi­nis­tro de al­go en Cu­ba? Por­que no era su ob­je­ti­vo en la vida. No era de sen­tar­se en un es­cri­to­rio. Siem­pre pu­so el cuer­po.

CRIS­TO Y EL CHE

P ¿Có­mo te en­te­ras­te de la no­ti­cia? R Yo tra­ba­ja­ba en una em­pre­sa de pro­duc­tos lác­teos. En la ma­dru­ga­da apa­re­cie­ron los dia­rios con la fo­to. Ha­bían anun­cia­do su muer­te va­rias ve­ces. Es­ta vez pen­sé que sí era cier­to. Nos in­for­ma­ron des­de La Ha­ba­na que era el Che, que era Er­nes­ti­to. El se­cre­ta­rio de Interior de Bo­li­via ha­bía man­da­do a Cu­ba las ma­nos, que le ha­bían cor­ta­do pa­ra to­mar las hue­llas dac­ti­la­res, y el dia­rio del Che.

P ¿Có­mo ex­pli­cas la fa­ma mun­dial del Che, me­dio si­glo des­pués? R Si los mi­tos exis­ten es por­que las so­cie­da­des los ge­ne­ran. Las dos imá­ge­nes más co­no­ci­das en el mun­do eran la de Cris­to y la del Che. Un amigo des­pués de leer eso me di­ce: «La de Cris­to es mucho más co­no­ci­da». Cla­ro, pe­ro a Cris­to lo asesinaron ha­ce 2.000 años, al Che, ha­ce 50. Le di­je a una ami­ga: ni vos ni yo va­mos a vi­vir den­tro de 300 años y el Che va a seguir sien­do el Che.

P Su pres­ti­gio pa­re­ce más im­por­tan­te fue­ra de Ar­gen­ti­na... R Trans­mi­tir el pen­sa­mien­to del Che en Ar­gen­ti­na es más di­fí­cil, es ries­go­so. Acá di­cen que «el Che era san­grien­to y ase­sino». Es por el te­mor que esos va­lo­res triun­fen don­de vos te­nés mi­llo­nes de hec­tá­reas, no sé cuán­tas fá­bri­cas, mucho di­ne­ro. En otros lu­ga­res es más le­jano el ries­go. Na­da es in­ge­nuo.

P ¿Có­mo era su ca­rác­ter? R Cuan­do te­nía al­go en la ca­be­za, lo ha­cía. Era vi­sio­na­rio, pro­fun­do en el pen­sa­mien­to. En 1965 va­ti­ci­na que la URSS va pa­ra atrás y re­cién en los años 90 va pa­ra atrás. El le­ga­do que de­ja a la ju­ven­tud es su éti­ca, su ac­ción, los ‘ hue­vos’ (co­ra­je). Él nun­ca de­jó de ser ar­gen­tino. No pu­do ol­vi­dar el ma­te y el asa­do.

UN ‹ SEX SYM­BOL›

P ¿Có­mo era ser her­mano del Che? R Yo fui mi­li­tan­te es­tu­dian­til an­tes del triun­fo de la re­vo­lu­ción. Mi fa­mi­lia era po­li­ti­za­da. Y no es lo mis­mo ser her­mano del Che que ser her­mano de Pe­pe Gar­cía (un fu­lano cual­quie­ra). Nos en­se­ñó a no leer las co­sas co­mo la Bi­blia. Te­nía un con­cep­to an­ti­dog­má­ti­co, de li­ber­tad. Cuan­do fui a La Hi­gue­ra (Bo­li­via) pen­sé: «¿Por qué yo no es­tu­ve acá?, ¿por qué no lo acom­pa­ñé?». Ser su her­mano no siem­pre ha si­do fá­cil. Nos han pues­to bom­bas en ca­sa, ame­tra­lla­mien­tos, ti­ros. Uno sa­be que los in­tere­ses que ha to­ca­do son muy po­de­ro­sos.

P ¿Có­mo era su her­mano con las mu­je­res? R Atraía a las mu­je­res. No era muy exi­gen­te en la be­lle­za fe­me­ni­na, te­nía que ser gen­te nor­mal. Hil­da (su pri­me­ra es­po­sa) no era Bri­git­te Bar­dot, ni So­fía Lo­ren. ¿La mu­jer de su vida? Qué se yo. Alei­da March es la mu­jer más im­por­tan­te, le dio 4 hi­jos, con­vi­vió con él en Cu­ba. Pe­ro la más im­por­tan­te de se­xo fe­me­nino fue la re­vo­lu­ción, la mu­jer eter­na del Che.

Era vi­sio­na­rio, pro­fun­do en el pen­sa­mien­to. En 1965 va­ti­ci­na que la URSS va pa­ra atrás y re­cién en los años 90 va pa­ra atrás. El le­ga­do que de­ja a la ju­ven­tud es su éti­ca, su ac­ción, los ‘ hue­vos’ ( co­ra­je). Él nun­ca de­jó de ser ar­gen­tino”.

El Che, mien­tras to­ma­ba cla­ses pa­ra ba­tear en Sierra Maes­tra, Cu­ba, un año an­tes de la re­vo­lu­ción.

El re­vo­lu­cio­na­rio ar­gen­tino, Er­nes­to ‹ Che› Gue­va­ra, quien si­gue sien­do re­cor­da­do a 50 años de su muer­te.

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