Al­fre­do Stec­kerl, el pio­ne­ro del ace­ro en Co­lom­bia

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Una evo­ca­ción de Ben­ja­mín Sch­mul­son. Un hom­bre al­to, blan­co, de po­co ca­be­llo, aus­tria­co, de cin­tu­ra an­cha, que aún apren­día es­pañol, se pa­sea­ba a prin­ci­pios de 1941 de ca­sa en ca­sa con una pe­que­ña ca­rre­ta, ti­ra­da de una mu­la, to­ca­ba las puer­tas y pre­gun­ta­ba si te­nían cha­ta­rra.

Las se­ño­ras, amas de ca­sa de aque­lla Ba­rran­qui­lla con­cen­tra­da en los al­re­de­do­res de las Ca­lles de las Va­cas, el Pa­seo de Bo­lí­var y San Ro­que, abrían sus am­plias puer­tas de ocho bi­sa­gras y con ge­ne­ro­si­dad. "Mi­jo", de­cían a sus ma­ri­dos las da­mas, "hay un se­ñor con acen­to ra­ro que pre­gun­ta si te­ne­mos cha­ta­rra". Esa era una pa­la­bra nue­va pa­ra aque­llos que aún no en­ten­dían el va­lor de los de­ri­va­dos del ace­ro, del hie­rro, el bron­ce o el alu­mi­nio.

Pe­ro el aus­tria­co sí lo sa­bía, así que in­gre­sa­ba a la ca­sa y des­pués de una ex­pli­ca­ción a los pro­pie­ta­rios mos­tra­ba po­si­bles ma­tes sin uso que po­dían ser con­si­de­ra­dos co­mo cha­ta­rra.

Ben­ja­mín Sch­mul­son tie­ne ní­ti­do es­te re­cuer­do de su abue­lo, Al­fre­do Stec­kerl (1903-1991), quien fue el fun­da­dor de una em­pre­sa pio­ne­ra en Co­lom­bia en la im­por­ta­ción de ace­ros.

La ima­gen del com­pra­dor de cha­ta­rra, que aún hoy se ve en las ca­lles de Ba­rran­qui­lla, era una no­ve­dad en aque­lla la na­cien­te Puer­ta de Oro, ciu­dad abier­ta a los in­mi­gran­tes que, co­mo Al­fre­do Stec­kerl hu­ye­ron de la ame­na­za Na­zi en Eu­ro­pa.

Los Stec­kerl ha­bían lle­ga­do de Vie­na, Aus­tria, en el ve­rano de 1938. Arri­ba­ron a

Ma­llas elec­tro­sol­da­das, pro­duc­to ofre­ci­do al sec­tor de la cons­truc­ción.

Al­fre­do Stec­kerl y su es­po­sa Ro­sa en una de las pla­yas de la ciu­dad en 1941.

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