Za­pa­ti­llas de­por­ti­vas

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La ve­lo­ci­dad pro­me­dio del re­co­rri­do de un ca­rro den­tro de la ciu­dad, de lu­nes a vier­nes, es de 35Km/ h. Te­nien­do en cuen­ta fac­to­res de cos­to, ve­lo­ci­dad y tiem­po por tra­yec­to, si una per­so­na de­ja­ra de usar es­te ser­vi­cio en un año y de­ci­de uti­li­zar la bi­ci­cle­ta pa­ra des­pla­zar­se, po­dría aho­rrar al año más de $3’500.000 y es­ta­ría lle­gan­do a sus la­bo­res con el mis­mo tiem­po por re­co­rri­do.

EL CA­LOR NO ES UNA EX­CU­SA. Ba­rran­qui­lla es una ciu­dad ca­lu­ro­sa, sin em­bar­go, en cier­tos ho­ra­rios (en­tre las 5:00 a.m. y 8:00 a.m., y en­tre las 5:00 p.m. y 10:00 p.m.) el cli­ma se tor­na agra­da­ble. Es­to fa­ci­li­ta que el me­dio se uti­li­ce pre­fe­ri­ble­men­te pa­ra ir al tra­ba­jo.

Pe­se a eso, al­gu­nas per­so­nas no se han de­ter­mi­na­do a uti­li­zar la bi­ci­cle­ta co­mo un me­dio de trans­por­te dia­rio, pe­ro sí han op­ta­do por el uso de la mis­ma de ma­ne­ra re­crea­ti­va y de­por­ti­va.

Even­tos de pro­mo­ción y ci­clo­pa­seos en la ciu­dad han mo­ti­va­do a que más per­so­nas uti­li­cen la ci­cla pa­ra re­co­rrer las ca­lles de la ciu­dad.

Hai­ner Per­nett, je­fe de mer­ca­deo del Al­ma­cén Ci­clo­mar­tí­nez, em­pre­sa que apoya una de las ru­tas de ci­clo pa­seos en la ciu­dad, na­rra que ini­cial­men­te asis­tían a no más de ocho per­so­nas, pe­ro hoy pue­den ser acom­pa­ña­dos por más de 100 ci­clis­tas. “Ini­cia­mos ha­ce ca­si cua­tro años. En ellos so­lo asis­tían unas ocho o 10 per­so­nas, nú­me­ro que no se su­pe­ra­ba, pe­ro que con el tiem­po fue cre­cien­do. Fue co­mo una ca­de­na, al­go vi­ral que se fue di­fun­dien­do. Aho­ra mis­mo los ci­clo­pa­seos se ex­tien­den en va­rias par­tes de la ciu­dad y man­tie­nen en­tre 100 a 300 per­so­nas. El día de ma­yor con­cen­tra­ción fue en la inau­gu­ra­ción de la Ave­ni­da del Río, asis­tie­ron al­re­de­dor de 1.500 pe­da­lis­tas”, na­rró Per­net.

NO ES SO­LO MON­TAR UNA CI­CLA. Las ci­clas más ven­di­das du­ran­te 2015 fue­ron las de ni­ños, ci­fra que au­men­ta en na­vi­dad. “Una bi­ci­cle­ta pue­de te­ner una vi­da útil por más de cin­co años. En la me­di­da que el ni­ño va cre­cien­do los pa­dres co­me­te­mos el error, que pa­ra evi­tar com­prar una nue­va, le subimos la si­lla de la ci­cla pa­ra su ma­yor co­mo­di­dad. Es­te mé­to­do pue­de oca­sio­nar en el ni­ño le­sio­nes en la es­pal­da y en las ro­di­llas de­bi­do a que se es­tá for­zan­do una ma­la pos­tu­ra”, ex­pli­ca Gus­ta­vo Martínez, ge­ren­te de Ci­clo­mar­tí­nez.

En es­te sen­ti­do, quien desee prac­ti­car ci­clis­mo no de­be mi­rar so­lo en una bi­ci­cle­ta cos­to­sa, de­be pen­sar en que es­ta sea la ade­cua­da se­gún su pe­so y es­ta­tu­ra; re­cor­dar que la al­tu­ra de la si­lla de­be per­mi­tir es­ti­rar la pier­na de ma­ne­ra ca­si com­ple­ta cuan­do el pe­dal se en­cuen­tre en su po­si­ción más ba­ja.

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