Ro­yal Films, una em­pre­sa con una vi­da de pe­lí­cu­la 1,5

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Con el sue­ño de en­trar a ci­ne to­dos los días y que en la ta­qui­lla no le co­bra­ran el cos­to de la bo­le­ta, Abraham Os­man tra­ba­jó des­de los 13 años pa­ra te­ner su pro­pia sa­la y pro­yec­tar las me­jo­res pe­lí­cu­las. “Cuan­do te­nía ocho años un tío me re­ga­ló cin­co cen­ta­vos y me fui a ci­ne. De la emoción de en­trar por pri­me­ra vez al tea­tro no le avi­sé a mis vie­jos. Se me pa­só el día y ca­si la no­che. Lle­gué a ca­sa a las 8:30 p.m. con una gran son­ri­sa pe­ro con la preo­cu­pa­ción de no ha­ber avi­sa­do. En la sa­la me es­pe­ró mi pa­pá que de un so­lo chan­cle­ta­zo me qui­tó la ale­gría y me cas­ti­gó du­ran­te dos me­ses”, re­la­ta Os­man, quien an­tes de en­trar mi­llo­nes de bo­le­tas son ven­di­das al año en los ci­nes de Ba­rran­qui­lla. en el mer­ca­do del en­tre­te­ni­mien­to se de­di­ca­ba a co­mer­cia­li­zar te­las que trans­por­ta­ba de Me­de­llín a Mai­cao.

“En La Gua­ji­ra ven­día te­las, un ne­go­cio que pros­pe­ró por el colorido y la bue­na ca­li­dad de las mis­mas. En esa zo­na so­lo exis­tía el Tea­tro Eve­lis y el buen tra­ba­jo me per­mi­tía en­trar a ci­ne dia­ria­men­te. Siem­pre he si­do aman­te de las pe­lí­cu­las”, re­me­mo­ra lo vi­vi­do en la dé­ca­da de los 60.

“Era tan­ta mi pa­sión por el ci­ne que el due­ño del tea­tro me di­jo ale­gre­men­te que se lo com­pra­ra, así no ten­dría que pa­gar­le to­dos los días y po­dría se­guir en el ne­go­cio. Tra­ba­jé y aho­rre to­do lo po­si­ble du­ran­te tres años, y fue en­ton­ces

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