Isa­be­lla San­to Do­min­go

Semana (Colombia) - Especial - - Contenido - Adria­na Ta­rud

Con­ver­sa con otra ba­rran­qui­lle­ra, Adria­na Ta­rud, so­bre có­mo man­te­ner in­tac­tas las raí­ces a pe­sar de vi­vir le­jos de la ciudad.

Y no tor­ta, ni pon­qué, co­mo di­rían en el cen­tro del país. Ba­rran­qui­lla tie­ne sus pro­pias pa­la­bras, ta­len­tos y en­can­to. So­bre eso con­ver­san la ac­triz Isa­be­lla San­to Do­min­go y la em­pre­sa­ria y ex­se­ño­ri­ta Co­lom­bia Adria­na Ta­rud.

ISA­BE­LLA SAN­TO DO­MIN­GO: Ten­go mu­chas co­sas pa­ra pre­gun­tar­te pe­ro, an­te to­do, quie­ro apro­ve­char es­te es­pa­cio que nos da SE­MA­NA pa­ra que ha­ble­mos de ba­rran­qui­lle­ra a ba­rran­qui­lle­ra. ADRIA­NA TA­RUD: Cla­ro. Pa­ra mí es un ho­nor po­der char­lar con una ba­rran­qui­lle­rí­si­ma co­mo tú, que con sus pa­pe­les en te­le­vi­sión, sus li­bros y sus pro­pues­tas de stand-up co­medy ha triun­fa­do en tan­tos paí­ses. I.S.D.: ¿Co­men­za­mos por el prin­ci­pio? An­tes de que fue­ras se­ño­ri­ta Co­lom­bia, an­tes de ir a Miss Uni­ver­so, ¿qué recuerdos tie­nes de la ciudad don­de cre­cis­te?

A.T.: Son mu­chos. Ten­dría que ha­blar pri­me­ro de to­dos esos mo­men­tos que pa­sé con mi fa­mi­lia. Aún se­gui­mos la tra­di­ción y nos reuni­mos los sá­ba­dos con mis her­ma­nos, pri­mos, tíos, en la ca­sa de mi abue­la. Ella tie­ne más de 90 años y si­gue ha­cien­do unos ban­que­tes de­li­cio­sos. I.S.D.: La co­mi­da es un te­ma muy im­por­tan­te…

A.T.: Y más si tus raí­ces son ára­bes, por eso nues­tros en­cuen­tros fa­mi­lia­res siem­pre han gi­ra­do en torno a ella. Y, ob­vio, otro de los sím­bo­los que lle­vo con­mi­go es el Car­na­val de Ba­rran­qui­lla, que nun­ca me lo per­día. Creo que lo he vi­vi­do de to­das las for­mas po­si­bles: mon­ta­da en una ca­rro­za, bai­lan­do por la Vía 40, y des­de los pal­cos. Mi ni­ñez y mi ju­ven­tud fue­ron muy fe­li­ces. ¿Tú vi­vis­te al­go pa­re­ci­do? I.S.D.: Yo lo que más re­cuer­do y ex­tra­ño, y no sé si te pa­sa igual, es la dis­po­si­ción de los ba­rran­qui­lle­ros pa­ra crear, cons­truir y ha­cer co­sas jun­tos. Se no­ta en to­dos los cam­pos.

A.T.: Esa co­la­bo­ra­ción la ves en­tre los hom­bres de ne­go­cios de más al­to ni­vel, has­ta en los maes­tros que ela­bo­ran las com­par­sas pa­ra el car­na­val. Y yo aña­di­ría al­go, Isa, y es la ca­pa­ci­dad que te­ne­mos de reiven­tar­nos y de in­no­var. La ciudad es una mues­tra de eso. ¿Te acuer­das que siem­pre nos di­je­ron que ten­dría­mos que apren­der a vi­vir con los arro­yos?

Ba­rran­qui­lla fue la pri­me­ra ciudad que es­tre­nó se­má­fo­ro en Co­lom­bia. Es­te de­sa­rro­llo in­dis­pen­sa­ble pa­ra or­ga­ni­zar la mo­vi­li­dad se ins­ta­ló en 1929.

“Tam­bién creo que la ale­gría for­ma par­te de no­so­tros por­que con ella nos edu­ca­ron”.

I.S.D.: inun­da­da… Cla­ro, de­bía­mos acos­tum­bra­nos a la ciudad A.T.: cam­biar! Pe­ro Y mi­ra, lo que hoy di­ces los es es­tán ver­dad, ca­na­li­zan­do. los ba­rran­qui­lle­ros ¡Se po­día nos I.S.D.: ayu­da­mos. Al­gu­na vez, cuan­do aún es­ta­ba en el co­le­gio, con un gru­po de es­tu­dian­tes hi­ci­mos una con­vo­ca­to­ria pa­ra co­la­bo­rar con va­rias fa­mi­lias dam­ni­fi­ca­das por el in­vierno… A.T.: Tus com­pa­ñe­ros ha­brán he­cho su aporte, ¿no? Aquí nos echa­mos una mano. I.S.D.: Mi­ra, em­pe­za­mos 15 per­so­nas y al fi­nal éra­mos co­mo 500 vo­lun­ta­rios y tu­vi­mos has­ta se­de pro­pia. ¡Có­mo ex­tra­ño eso! Esa so­li­da­ri­dad de Ba­rran­qui­lla, que no en­cuen­tras en otras par­tes. A.T.: Creo que ese es­pí­ti­tu es el que ha ayu­da­do al cam­bio de la ciudad; aho­ra vas por la ca­lle y ves par­ques es­pec­ta­cu­la­res que se re­cu­pe­ra­ron. Lo mis­mo ha pa­sa­do con sec­to­res co­mo los de in­fra­es­truc­tu­ra y edu­ca­ción. I.S.D.: ¡Ba­rran­qui­lla es otra! A.T.: Es otra. I.S.D.: Ya que es­ta es una char­la de mu­je­res, hay una que ha si­do muy re­le­van­te en los cam­bios de la ciudad, El­sa No­gue­ra. A.T.: Así es, fue la pri­me­ra al­cal­de­sa que tu­vo Ba­rran­qui­lla y su aporte fue muy va­lio­so. I.S.D.: Ella es una de las tan­tas ba­rran­qui­lle­ras que han mar­ca­do la di­fe­ren­cia. Ten­go otro nom­bre: Ka­tia Nu­le, que más que pri­me­ra da­ma y es­po­sa del al­cal­de, es una mu­jer cer­ca­na a la gen­te. ¿Qué mu­je­res te ins­pi­ra­ron a ti? A.T.: Del mun­do de la mo­da se me ocu­rren mu­chas, co­mo Sil­via Tche­ras­si y Adria­na Cas­tro (di­se­ña­do­ra de ac­ce­so­rios), con quien es­tu­dié en el co­le­gio. Y no pue­do de­jar de nom­brar a Pau­li­na Ve­ga Diep­pa, nues­tra Miss Uni­ver­so. ¡Tre­men­das mu­je­res! I.S.D.: Y Est­her­ci­ta Fo­re­ro, y Sha­ki­ra y So­fía Vergara y… A.T.: Si se­gui­mos con el lis­ta­do de mu­je­res ba­rran­qui­lle­ras lue­go los de SE­MA­NA nos cor­tan es­te ar­tícu­lo por­que se­ría muy lar­go. I.S.D.: Son mu­chas. Y al­go ha­bre­mos he­cho tú y yo, ¿no? Que además de te­ner nues­tras pro­fe­sio­nes, so­mos ma­dres. Aun­que mi hi­ja Da­nie­la ha cre­ci­do le­jos, me ase­gu­ré de que co­no­cie­ra nues­tra mú­si­ca y nues­tra cul­tu­ra… A.T.: Yo he he­cho lo mis­mo con mi hi­ja Ala­na, aun­que na­ció en Bogotá, sa­be que tam­bién es de Ba­rran­qui­lla. Le en­can­ta la ciudad. In­clu­so ha par­ti­ci­pa­do en even­tos del car­na­val; y su pri­mer dis­fraz, a los 6 me­ses, fue de cum­biam­be­ra. Tra­to de que use al­gu­nas pa­la­bras tí­pi­cas nues­tras. Por ejem­plo, lu­ché pa­ra que no di­je­ra co­mo los ca­cha­cos “tor­ta” o

“pon­qué”, ella ya sa­be que se di­ce ¡pu­dín! Je, je. I.S.D.: ¡Pu­dín! Sí, de eso se tra­ta, de que nues­tros hi­jos no pier­dan nun­ca el or­gu­llo de ser par­te de es­ta ciudad má­gi­ca. A.T.: Ol­ví­da­te, eso siem­pre lo van a te­ner. I.S.D.: No sé si te pa­sa lo que a mí. Sien­to que a pe­sar de que ve­ni­mos de un lu­gar pe­que­ño, al ser un puerto es­tá­ba­mos co­nec­ta­dos con el mun­do. No ha­bía ba­rre­ras ni fron­te­ras. ¿Ten­drá eso que ver con nues­tros lo­gros? A.T.: Creo que sí. Cre­cer ro­dea­das de des­cen­dien­tes de ale­ma­nes, ára­bes e ita­lia­nos ayu­da mu­cho a abrir la men­te. Tam­bién creo que la ale­gría for­ma par­te de no­so­tros por­que con ella nos edu­ca­ron. Y qué de­cir de la crea­ti­vi­dad, que no so­lo se re­fle­ja en el car­na­val. Es in­creí­ble de to­do lo que so­mos ca­pa­ces.

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