Anec­do­ta­rio GALY GA­LIANO El día que can­té pa­ra Pa­blo Es­co­bar

Y OTRAS ANÉC­DO­TAS ME­MO­RA­BLES

SoHo - Censurado (Colombia) - - Anecdotario - JORGE OVIE­DO

El ppri­mer ins­tru­men­to que tu­ve lo fa­bri­qué yo mis­mo. Cuan­do era ni­ño, en Chi­ri­gua­ná (Ce­sar), la mú­si­ca erra pa­ra mí un sue­ño, una es­pe­cie de jue­go. En­ton­ces me en­ca­nen­can­ta­ba es­cu­char los gru­pos que lle­ga­ban a to­car, y oía fas­ci­na­do las fre­cuen­cias del ba­jo. Eso me lle­na­ba. Yo no sa­bía qué ins­tru­men­to era ni pa­ra qué ser­vía, pe­ro se me me­tió en la ca­be­za la idea de ha­cer­me uno. En­ton­ces fui a don­de un car­pin­te­ro y le pe­dí una ta­bla; le di­je que que­ría fa­bri­car­me un ba­jo, y lo pri­me­ro que el ti­po me pre­gun­tó fue que qué era eso. Yo no sa­bía, pe­ro igual lo hi­ce: di­bu­jé el cuer­po del ins­tru­men­to en la ta­bla y lo cor­té; lue­go, con la ayu­da de un ami­go que era ra­dio­téc­ni­co, le me­ti­mos los com­po­nen­tes que ne­ce­si­ta­ba usan­do las par­tes del ra­dio vie­jo de mi abue­la. Cuan­do al fin lo tu­ve, me me­tía en la pie­ci­ta don­de la abue­la —que era bo­ti­ca­ria— pre­pa­ra­ba los re­me­dios y es­cu­cha­ba en su ra­dio­la los dis­cos que me gus­ta­ban. Y así em­pe­cé a sa­car­les los acor­des. Es muy ex­tra­ño, pe­ro to­do lo he apren­di­do así, de ma­ne­ra em­pí­ri­ca. Co­mo al­guien di­jo una vez, re­fi­rién­do­se a mí: “To­do lo ha­ce mal, pe­ro le sa­le bien”.

Mi pri­me­ra ban­da se lla­mó Llos di­dia­man­tes del Ce­sar. Con ellos vi­ví mu­chas co­sas. Un día, por ejem­plo, fui­mos a to­car a un pue­bli­to per­di­do en la Cos­ta, en una ca­se­ta que se lla­ma­ba La Psi­co­dé­li­ca. Hi­ci­mos el show, con po­co pú­bli­co, y ya en la ma­dru­ga­da sa­li­mos a la ca­rre­te­ra a es­pe­rar el bus que nos lle­va­ría de vuel­ta a Chi­ri­gua­ná. Nos acos­ta­mos ahí en un kios­qui­to y, cuan­do llegó el bus, esos be­rra­cos se ol­vi­da­ron de mí y se fue­ron. ¡Y ahí me de­ja­ron! Otra vez, nos fui­mos a to­car a Po­tre­ri­llo y en el ca­mino pa­ra­mos en una tien­di­ta de al­gún lu­gar so­li­ta­rio de la ca­rre­te­ra. Com­pra­mos un gua­ra­po de pi­ña fer­men­ta­do que nos ofre­cie­ron y cuan­do sa­li­mos ha­cia el pue­blo, ba­jo un sol tre­men­do, sen­tí el pri­mer cim­bro­na­zo del re­tor­ci­jón. ¡Nos hi­zo un da­ño esa vai­na! Cuan­do em­pe­za­mos a to­car, yo veía que en ca­da can­ción al­guno del gru­po sa­lía co­rrien­do pa­ra el ba­ño. Y así nos to­có tur­nar­nos, mien­tras du­ró el con­cier­to.

Cuan­do me vi­ne a vi­vir a Bo­go­tá,bo­go­tá mem re­ci­bió en su ca­sa un vie­jo ami­go del pue­blo al que to­da la vi­da le ha­bía di­cho Chá­ca­ra. El día que lle­gué, con mi ba­jo guar­da­do en un es­tu­che de piel de ti­gre, fue a re­ci­bir­me a la es­ta­ción de trenes. Ape­nas me ba­jé, lo vi, y de una le pe­gué un gri­to, emo­cio­na­do: ¡Chá­ca­ra! Él, que ha­bía lle­ga­do a es­tu­diar De­re­cho ha­cía co­mo cin­co años —aun­que no ha­bía pa­sa­do to­da­vía de pri­mer se­mes­tre—, se me vino rá­pi­do y me di­jo: “Te voy a ad­ver­tir una co­sa: aquí tie­nes que de­cir­me doc­tor Sa­muel Za­ca­rías Mar­tí­nez… ¡na­da de Chá­ca­ra, que ya ca­si soy abo­ga­do!”. Esa no­che, en su ca­sa, él sa­có me­dia bo­te­lla de ron de la ca­ja don­de

guar­da­ba la ro­pa y em­pe­za­mos a re­cor­dar. En la ma­dru­ga­da, lue­go de can­tar unas can­cio­nes, me di­jo: “Te voy a lle­var a don­de gra­ban los ar­tis­tas”. Y ahí em­pe­zó to­do.

Mi pri­mer éxi­to gran­de­ran­de fue Frío de au­sen­cia, una de las can­cio­nes con que lle­gué por pri­me­ra vez an­te el pro­duc­tor Ri­car­do Acos­ta, que fue quien cre­yó en mí. Ha­bía gra­ba­do esos pri­me­ros te­mas en el ba­ño del co­le­gio, con una gra­ba­do­ra vie­ja, por­que me en­can­ta­ba el eco que allí se ha­cía cuan­do can­ta­ba. Pe­ro Frío de au­sen­cia tie­ne una his­to­ria bien bo­ni­ta: an­tes de que yo na­cie­ra, mi pa­pá es­cri­bía poe­mas en un cua­derno pa­ra enamo­rar a mi ma­má, y así fue co­mo la con­quis­tó. Vein­te años des­pués, en­con­tré ese cua­derno y le pu­se mú­si­ca a ese poe­ma. Esa es la can­ción. Y hoy si­gue sien­do un éxi­to.

La fa­ma me aga­rró­ró des­pre­des­pre­ve­ni­do. No sa­bía ni si­quie­ra qué era fir­mar un au­tó­gra­fo, y de re­pen­te me to­có dar en­tre­vis­tas y apren­der a li­diar con las mu­cha­chas con car­te­les y ra­mos de flo­res. Una vez, la dis­que­ra hi­zo una re­cep­ción en el lobby de un ho­tel ele­gan­tí­si­mo y yo can­té unas can­cio­nes. Cuan­do ter­mi­na­mos, se me acer­có un se­ñor y me pre­gun­tó cuán­to, más o me­nos, po­día cos­tar un show mío. Era la pri­me­ra per­so­na que me pre­gun­ta­ba eso en la vi­da, y yo no te­nía ni idea qué de­cir. ¡Ni si­quie­ra ha­bía vis­to un dó­lar en la vi­da! En­ton­ces le sol­té una ci­fra ab­sur­da y creo que el ti­po se mu­rió del in­far­to, o to­da­vía de­be es­tar ca­gado de la ri­sa: ¡Le pe­dí 650.000 dó­la­res!

Por la épo­ca en queue Pa­blo Es­co­bar es­ta­ba en La Ca­te­dral, ha­bía una can­ción, Dos co­ra­zo

nes, que le en­can­ta­ba a su es­po­sa, Ma­ría Vic­to­ria. Un día nos con­tra­ta­ron pa­ra can­tar en una fies­ta, pe­ro no nos di­je­ron dón­de; so­lo nos di­mos cuen­ta de que íba­mos pa­ra la Ha­cien­da Ná­po­les cuan­do ya es­tá­ba­mos en los ca­rros que nos ha­bían re­co­gi­do. En el ca­mino, los hom­bres de Es­co­bar se pu­sie­ron a con­tar­nos his­to­rias; nos di­je­ron que una vez una so­bri­na del ca­po, creo, se ha­bía en­ca­pri­cha­do con Paloma San Ba­si­lio, y allá la lle­va­ron. Pe­ro la ni­ña se de­sen­can­tó y a la se­gun­da can­ción di­jo que ya no que­ría más, en­ton­ces le pa­sa­ron a Paloma un pa­pe­li­to di­cien­do que, por fa­vor, de­ja­ra de to­car. Ella ar­mó un escándalo, de­cía que cómo era po­si­ble, que ve­nía de España, sin sa­ber en la que se es­ta­ba me­tien­do, has­ta que al fi­nal se ba­jó y se fue. Llegamos, pues, y em­pe­za­mos a can­tar. No­so­tros no vi­mos a Es­co­bar, pe­ro sí fui­mos testigos de un he­li­cóp­te­ro que ate­rri­zó ahí y en el que de­cían que iba él, que su­pues­ta­men­te ve­nía de la cár­cel. En esas es­tá­ba­mos, can­tan­do, cuan­do… ¡me en­tre­ga­ron el pa­pe­li­to! Asus­ta­do, lo abrí y vi el men­sa­je: “Galy, por fa­vor, que to­que otra vez Dos co­ra­zo­nes”. Su­pon­drán cuál fue la si­guien­te can­ción…

Mi pa­dre y mi ma­dre mu­rie­ron con al­gu­nos años de di­fe­ren­cia, y en las dos oca­sio­nes, pre­ci­so ese día, me to­có can­tar. Es que es­te ofi­cio es así, y si uno ya es­tá com­pro­me­ti­do no pue­de ha­cer na­da. Cuan­do mu­rió mi pa­pá, te­nía­mos una pre­sen­ta­ción en Bo­go­tá; cuan­do le to­có el turno a mi ma­má, era un con­cier­to en Ecua­dor. Jus­to tres días an­tes yo ha­bía es­ta­do en Chi­ri­gua­ná y la ha­bía vis­to muy mal. En­ton­ces sen­tí que ese via­je lo ha­bía he­cho pa­ra des­pe­dir­me, por­que ya es­ta­ba en una si­tua­ción te­rri­ble. La ma­ña­na del con­cier­to me die­ron la no­ti­cia, y por la no­che sa­lí y can­té. Hi­ce el show sa­can­do fuer­zas de don­de no las te­nía, y ya en la úl­ti­ma can­ción, que es siem­pre­me be­bí tu re­cuer­do, de­jé que la gen­te can­ta­ra el co­ro y no pu­de más: me que­bré. Tu­ve que ba­jar­me del es­ce­na­rio.

Una vez, en Vi­lla­vi­cen­cio,ncio, un ti­po­ti se me acer­có y me pi­dió que le die­ra un be­so a su es­po­sa, una mu­jer gua­pí­si­ma. Le di­je que cla­ro, que con mu­cho gus­to, y me acer­qué a dar­le un pi­co en la me­ji­lla. Jus­to en­ton­ces me di­ce el ti­po: “No, se­ñor, ahí no… ¡en la bo­ca!”. ¡Y me to­có dár­se­lo!

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