Tes­ti­mo­nio Yo es­tu­ve cua­tro ve­ces en Bur­ning Man, por Os­wal­do To­ro

¿Cómo es pa­sar una se­ma­na en una ciu­dad que apa­re­ce en me­dio del de­sier­to, en la que el di­ne­ro no exis­te, so­lo se pue­de an­dar en bi­ci­cle­ta, no se oye más que mú­si­ca elec­tró­ni­ca y to­dos se dis­fra­zan? Le pe­di­mos a un pe­rei­rano que no se pier­de el fes­ti­val B

SoHo - Censurado (Colombia) - - Sumario - Tex­to y fo­tos OS­WAL­DO TO­RO

Las re­glas son cla­ras: cual­quie­ra es bien­ve­ni­do, la ro­pa de mar­ca no exis­te, no hay que de­jar ras­tro, to­dos par­ti­ci­pan y na­da se ven­de, se re­ga­la. Si le cues­ta tra­ba­jo ima­gi­nar­se el Bur­ning Man es por­que no hay na­da que se le pa­rez­ca. No es un con­cier­to, tam­po­co un fes­ti­val hip­pie ni una con­ven­ción de fa­mo­sos y mi­llo­na­rios de Si­li­con Va­lley (aun­que van); es vi­vir en pleno de­sier­to, en una ciu­dad que so­lo exis­te du­ran­te sie­te días al año y lue­go des­apa­re­ce.

Las en­tra­das no son tan fá­ci­les de con­se­guir y se com­pran en dos eta­pas. Tie­nen prio­ri­dad las per­so­nas que ten­gan un cam­pa­men­to allá —ya en­ten­de­rá cómo fun­cio­na es­to—; el res­to de la gen­te las de­be com­prar des­pués. Hay una ins­crip­ción pre­via, y el día de la com­pra, uno de­be es­tar co­nec­ta­do por lo me­nos a tres compu­tado­res, pues la de­man­da es al­tí­si­ma y las bo­le­tas se pue­den aca­bar en mi­nu­tos. Es­te año, ca­da bo­le­ta cos­tó 425 dó­la­res (más o me­nos, 1.250.000 pe­sos), aun­que sa­can 4000 bo­le­tas es­pe­cia­les a 190 dó­la­res (unos 550.000 pe­sos) pa­ra aque­llos que de­mues­tren que no tie­nen cómo pa­gar el pre­cio com­ple­to.

Des­de Bo­go­tá, lo me­jor es vo­lar a San Francisco (con es­ca­la en El Sal­va­dor, pues no hay vue­los di­rec­tos), al­qui­lar un ca­rro y lle­gar a Reno (Ne­va­da), la ciu­dad más cer­ca­na al de­sier­to Black Rock, don­de co­bra vi­da Black Rock City, la ciu­dad utó­pi­ca del Bur­ning Man, la que se des­tru­ye des­pués de sie­te días.

En Reno es don­de uno se abas­te­ce de to­do lo que va a ne­ce­si­tar. Lo pri­me­ro que de­be con­se­guir pa­ra so­bre­vi­vir en Bur­ning Man es una bi­ci­cle­ta, el úni­co me­dio de trans­por­te per­mi­ti­do, y un can­da­do. Lue­go, com­pre mu­cha co­mi­da no pe­re­ce­de­ra y agua en can­ti­da­des in­dus­tria­les: to­da la que se quie­ra to­mar y con la que se pien­se ba­ñar. Aun­que ese te­ma de la sed y del ba­ño ya de­pen­de de us­ted; hay gen­te que no lle­va na­da y cree en el di­cho que siem­pre re­co­rre el lu­gar: “La Pla­ya pro­vee­rá”. La Pla­ya es el pun­to cen­tral de Bur­ning Man.

Ya allá, de­be es­tar pre­pa­ra­do pa­ra un Ha­llo­ween per­ma­nen­te. Uno se dis­fra­za to­dos los días, aun­que la des­nu­dez es­tá más que per­mi­ti­da. Yo man­do ha­cer mis pin­tas con unas di­se­ña­do­ras. Es par­te de la fies­ta. Eso sí, co­mo es en un de­sier­to, no le pue­den fal­tar unas bo­tas gue­rre­ras, una más­ca­ra o pa­ño­le­ta y unas bue­nas ga­fas pa­ra pro­te­ger­se du­ran­te las tor­men­tas de are­na, por­que son co­sa se­ria: ha­ce un par de años me to­có una que du­ró 27 ho­ras; no se veía na­da. Ade­más, el cli­ma es des­pia­da­do: no es que ha­ga un ca­lor te­rri­ble, por ahí unos 29 °C, pe­ro en la no­che pue­de en­friar­se du­ro, así que es me­jor lle­var también un buen abri­go.

CUAL­QUIE­RA ES BIEN­VE­NI­DO, LA RO­PA DE MAR­CA NO EXIS­TE, NO HAY QUE DE­JAR RAS­TRO, TO­DOS PAR­TI­CI­PAN Y NA­DA SE VEN­DE.

Apar­te de la en­tra­da, de­be pa­gar un per­mi­so pa­ra lle­gar en ca­rro (cues­ta unos 230.000 pe­sos). Pe­ro lo me­jor pue­de ser com­prar un early arri­val pass (a 120.000 pe­sos, más o me­nos), que le per­mi­te lle­gar un día an­tes y mon­tar su cam­pa­men­to, por­que la ca­ra­va­na que se ar­ma el pri­mer día de Bur­ning Man es im­pre­sio­nan­te: en vez de de­mo­rar­se dos ho­ras pa­ra lle­gar des­de Reno, co­mo en un día cual­quie­ra, pue­de echar­se has­ta ocho ho­ras.

A la en­tra­da le ha­cen una re­qui­sa, en­tre otras pa­ra re­vi­sar que no es­té co­lan­do a na­die en el baúl o en el pi­so del ca­rro, y de ahí se va di­rec­to a mon­tar su cam­pa­men­to. Si es su pri­me­ra vez, le re­co­mien­do que no lo di­ga a la en­tra­da. No le va a pa­sar na­da ma­lo, pe­ro, a mo­do de ri­tual de ini­cia­ción, le pue­den pe­gar la re­vol­ca­da de la vi­da en la are­na. Y co­mo la idea es aho­rrar agua, créa­me que es lo úl­ti­mo que quie­re.

Black Rock City, la ciu­dad utó­pi­ca, es enor­me: el de­sier­to en sí tie­ne 2600 ki­ló­me­tros cua­dra­dos, y a Bur­ning Man en­tran unas 70.000 per­so­nas. Di­cen que si al­guien es­tu­vie­ra en la lu­na du­ran­te esa se­ma­na ve­ría más fá­cil Black Rock City que Las Ve­gas, la otra atrac­ción de Ne­va­da.

Ima­gí­ne­se un círcu­lo, y en el cen­tro que­da La Pla­ya (así, en es­pa­ñol). Ahí es­tá la es­cul­tu­ra del hom­bre, el “hom­bre en lla­mas”, y al­re­de­dor, los es­ce­na­rios; en pro­me­dio se pre­sen­tan 1800 DJ. Des­pués, si­guen unas ca­lles, que van des­de la A has­ta la Z. Ca­da 15 mi­nu­tos us­ted en­cuen­tra un cam­pa­men­to. Mien­tras más tiem­po lle­ve yen­do, su cam­pa­men­to pue­de es­tar más cer­ca de La Pla­ya. Nues­tro cam­pa­men­to tie­ne 18 años yen­do y ya es­ta­mos en la le­tra C.

Hay otras cons­truc­cio­nes ade­más del hom­bre: es­tán el templo y la es­cul­tu­ra del año. To­das, he­chas en ma­de­ra y to­das se que­man al fi­nal del fes­ti­val. La his­to­ria va un po­co así: el pri­mer Bur­ning Man fue en 1986. Era una fies­ta pla­ye­ra en­tre Larry Har­vey, Jerry Ja­mes y otros ami­gos. Ese día, prác­ti­ca­men­te por­que sí, que­ma­ron una es­ta­tua de 2,4 me­tros de al­tu­ra en for­ma de hom­bre. La que­ma se re­pi­tió du­ran­te un par de años y ca­da vez atraía a más asis­ten­tes. Pa­ra­le­lo a es­te even­to, en 1990, Ke­vin Evans y John Law pla­nea­ban una gran que­ma de obras de ar­te con­tem­po­rá­neo en el de­sier­to de Black Rock. Pa­ra re­su­mir la his­to­ria, los dos even­tos se fu­sio­na­ron en 1997, la co­sa cre­ció y cre­ció, y la tra­di­ción se re­pi­te ca­da año.

Hay mu­chas obras de ar­te he­chas en ace­ro y también ca­rros ar­te, que son los úni­cos que pue­den cir­cu­lar por el de­sier­to. Esos ca­rros son al­go fue­ra de es­te mun­do. Si uno quie­re lle­var el su­yo, de­be preins­cri­bir­se, y pue­de que in­clu­so la or­ga­ni­za­ción de Bur­ning Man le pa­tro­ci­ne la crea­ción de su obra.

Ca­da per­so­na se to­ma el fes­ti­val co­mo quie­re. Al­gu­nos pue­den ir a em­pe­par­se y es­tar en­fies­ta­dos to­do el tiem­po; otros leen to­do el día; otros van bus­can­do ami­gos de par­che en par­che, y otros se la pa­san vien­do las obras de ar­te. No hay lí­mi­te de edad y mu­cha gen­te lle­va a sus hi­jos, in­clu­so be­bés, y no pa­sa na­da. Es co­mo la pe­lí­cu­la Mad Max (por el de­sier­to, los au­tos y las pin­tas), pe­ro sin la lu­cha por agua ni por com­bus­ti­ble; por el con­tra­rio, to­do el mun­do es­tá dis­pues­to a re­ga­lar­le al­go a al­guien. Por­que allá na­da se com­pra ni se ven­de, to­do se re­ga­la.

Mi cam­pa­men­to se lla­ma Ofos­ho, tér­mino que re­du­ce a una so­la pa­la­bra la

ES CO­MO MAD MAX (POR EL DE­SIER­TO Y LAS PIN­TAS), PE­RO SIN PE­LEAS: ACÁ, POR EL CON­TRA­RIO, TO­DOS ES­TÁN DIS­PUES­TOS A RE­GA­LAR­LE AL­GO A OTRO.

ex­pre­sión “oh, for su­re” (oh, por su­pues­to). Ha­ce­mos 200 pla­tos dia­rios de ra­men pa­ra re­ga­lar­les a to­das las per­so­nas que va­yan al me­dio­día. A esa ho­ra, to­dos es­ta­mos co­la­bo­ran­do pa­ra la co­mi­da. En mi cam­pa­men­to hay gen­te que tra­ba­ja en la NFL, en Youtu­be, en Goo­gle, in­clu­so hay un ex­vi­ce­pre­si­den­te de J.P. Mor­gan… gen­te con mu­cho ni­vel que uno ve des­cal­za, re­co­gien­do ba­su­ra, pen­dien­te de to­dos los de­ta­lles y en fun­ción de las otras per­so­nas. El Bur­ning Man es una her­man­dad y lo que bus­ca es ha­cer sen­tir a la gen­te lo me­jor po­si­ble.

Mu­chos cam­pa­men­tos re­ga­lan co­mi­da —de he­cho, voy mu­cho a desa­yu­nar al de una ar­gen­ti­na que lle­va más de 100 va­rie­da­des de ce­real y to­do ti­po de le­che—, pe­ro hay otros en los que a uno lo dis­fra­zan, o le ha­cen al­go en el pe­lo, o le dan ma­sa­jes, o le pres­tan pis­tas de pa­ti­na­je… to­do lo que se ima­gi­ne.

Es­tá también el fa­mo­so Domo de la Or­gía. Nun­ca he ido, pe­ro sé que uno tie­ne que lle­gar acom­pa­ña­do por al­guien que es­té dis­pues­to a te­ner al­go de ac­ción. An­tes de en­trar, la gen­te de se­gu­ri­dad exa­mi­na que uno no es­té dro­ga­do o borracho. Y hay una re­gla úni­ca: ha­ga lo que ha­ga allá aden­tro, de­be te­ner el con­sen­ti­mien­to de la otra per­so­na.

Por to­dos la­dos se oye mú­si­ca elec­tró­ni­ca, de to­dos los gé­ne­ros ha­bi­dos y por ha­ber. Por eso, to­dos los DJ quie­ren to­car allá, y lo ha­cen gra­tis. En los es­ce­na­rios hay ba­res y re­ga­lan tra­go to­do el tiem­po. Pa­ra evi­tar el ex­ce­so de ba­su­ra, us­ted tie­ne que lle­var su va­so a to­das par­tes y pe­gar­le su iden­ti­fi­ca­ción. Nun­ca le van a de­cir na­da por pe­dir do­ce cer­ve­zas o diez whis­kies en el mis­mo si­tio, y, sin em­bar­go, na­die abu­sa.

Mu­cha gen­te tra­ta de evi­tar las dro­gas, pe­ro las hay. La ma­yo­ría son sin­té­ti­cas por­que si, por ejem­plo, pren­de un po­rro y lo co­gen, us­ted y su cam­pa­men­to se me­ten en un lío bra­ví­si­mo. Allá hay ran­gers (po­li­cías) en­cu­bier­tos en­tre la gen­te, por si las mos­cas, aun­que la reali­dad es que uno nun­ca ve a una per­so­na ida, de­ma­sia­do bo­rra­cha, di­cien­do una ma­la pa­la­bra o agre­si­va… esa no es la ener­gía de Bur­ning Man.

Y así pa­san los sie­te días en el de­sier­to. El sá­ba­do, el úl­ti­mo día, uno es­tá arro­di­lla­do en el pi­so re­co­gien­do has­ta la úl­ti­ma len­te­jue­la o bo­ro­na que pue­da ha­ber en el cam­pa­men­to, por­que uno de los man­da­tos es no de­jar nin­gún ti­po de re­si­duo. Ese día, la gen­te del fes­ti­val le re­vi­sa que no ha­ya de­ja­do na­da, y lo pue­de cas­ti­gar si de­ja así sea una bol­sa. No­so­tros te­ne­mos un con­tai­ner y ahí guar­da­mos to­do lo que vol­ve­re­mos a usar el otro año, co­mo el cam­pa­men­to y las bi­ci­cle­tas.

Des­pués, ge­ne­ral­men­te va­mos a ver la que­ma del hom­bre, la fies­ta más gran­de de Bur­ning Man (ya en la ma­dru­ga­da han que­ma­do la es­cul­tu­ra del año y al templo le pren­den fue­go el do­min­go). To­dos los ca­rros ar­te ro­dean la que­ma (la fi­la al­can­za co­mo un ki­ló­me­tro), to­dos pren­den sus jue­gos de luces y se for­ma una or­gía mu­si­cal. Cuan­do el hom­bre cae, arran­ca­mos.

Hay un si­tio muy le­jos del de­sier­to don­de uno pa­ga pa­ra que se ha­gan car­go de su ba­su­ra y le guar­den las bi­ci­cle­tas. Pa­ra lle­gar a Reno pue­de de­mo­rar­se unas cua­tro ho­ras, y es im­por­tan­te ha­ber con­se­gui­do un lu­gar pa­ra dor­mir con an­te­rio­ri­dad, por­que lo úni­co que uno quie­re es du­char­se y acos­tar­se en una ca­ma.

Lue­go vie­ne un pe­rio­do de “des­com­pre­sión”, que es el nom­bre téc­ni­co pa­ra el gua­ya­bo o la tu­sa que da des­pués. Uno allá es­tá en una eu­fo­ria to­tal y una vez se aca­ba esa se­ma­na em­pie­za a ex­tra­ñar to­do, por­que a pe­sar de las in­co­mo­di­da­des, siem­pre es in­creí­ble y lo úni­co que uno quie­re es re­pe­tir­lo. ¿Mi con­se­jo? Va­yan lo más pronto po­si­ble.

En ca­da edi­ción de Bur­ning Man hay un hom­bre, una es­cul­tu­ra y un templo. Es­tán he­chos en ma­de­ra y se que­man al fi­nal del fes­ti­val.

Allá, dis­fra­zar­se es ca­si que man­da­to­rio. Ade­más de las bi­ci­cle­tas, el úni­co me­dio de trans­por­te per­mi­ti­do son los ca­rros ar­te, co­mo el de arri­ba.

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