Postales Mar­tín Ca­pa­rrós

SoHo - Censurado (Colombia) - - Sumario - POR MAR­TÍN CA­PA­RRÓS (@mar­ti­n_­ca­pa­rros)

Es­toy en Mé­xi­co; me cuen­tan que úl­ti­ma­men­te un­na Fe­ria Internacional del Li­bro fo­men­ta­ba la leec­tu­ra con un afi­che que de­cía “Cas­tí­ga­me pe­ro dé­ja­me lee­leer” —y mos­tra­ba la es­pal­da de una mu­jer y un lá­ti­go acer­cán­do­se—. El escándalo fue ma­yúscu­lo y de­bie­ron re­ti­rar­lo. Al­go pa­só en el mun­do úl­ti­ma­men­te: cam­pa­ñas de #Niu­name­nos me­dian­te, un te­ma que se ca­lla­ba se vol­vió un te­ma a gri­tos; mu­chas mu­je­res se har­ta­ron de ser víc­ti­mas.

Pe­ro, mien­tras, mi­llo­nes y mi­llo­nes si­guen su­frien­do otra vio­len­cia que ca­si no se no­ta: la que las con­vier­te en má­qui­nas de re­pro­duc­ción y man­te­ni­mien­to. Cuan­do lo pien­so, sue­lo pen­sar en Sug­na. Sug­na era una en­tre tan­tas, pe­ro su ca­ra me vi­si­ta al­gu­nas tar­des. Sug­na, que de­cía que bueno, es una mu­jer.

Aque­lla vez, ha­ce unos años, Sug­na no sa­bía si te­nía 20 o 22 o 19 y, so­bre to­do, no sa­bía por qué yo se lo pre­gun­ta­ba co­mo si im­por­ta­ra. Es­ta­ba sen­ta­da en el sue­lo de tie­rra de la ca­sa de la fa­mi­lia de su ma­ri­do, ado­be y ca­ñas en un pai­sa­je de­sola­do, ári­do. En Khak­had, es­ta­do de Udai­pur, In­dia, ha­cía 45 gra­dos a la som­bra pe­ro no ha­bía som­bra.

Sug­na era tí­mi­da, le cos­ta­ba con­tar­me su his­to­ria: se sor­pren­día, en reali­dad, de te­ner una. Sug­na no fue mu­cho a la es­cue­la; no en­ten­día, se de­ses­pe­ra­ba. Me con­tó que a sus 9 u 11 su fa­mi­lia la man­dó a tra­ba­jar pa­ra un cons­truc­tor en un es­ta­do ve­cino: que se pa­só va­rios años —has­ta sus 15 o 17— car­gan­do pie­dras jun­to con otras chi­cas de su pue­blo; que tra­ba­ja­ba to­do el día y que aun­que se la­va­ra nun­ca es­ta­ba lim­pia y que ape­nas si ga­na­ba pa­ra co­mer y que al fi­nal sus pa­dres la man­da­ron lla­mar y le di­je­ron que te­nían una pro­pues­ta y la iban a ca­sar.

Y que el mu­cha­cho pa­re­cía ama­ble, que le son­reía un po­co tí­mi­do y se lla­ma­ba Pra­kash y le pu­so las guir­nal­das al cue­llo y ella a él y los dos ca­mi­na­ron sie­te ve­ces al­re­de­dor del fue­go y re­za­ron las ple­ga­rias an­ti­guas y ya es­ta­ban ca­sa­dos. Y que ella se fue a vi­vir a la ca­sa de la fa­mi­lia de él: una quin­ce­na de per­so­nas que com­par­tían un cuar­to sin ven­ta­nas ni mue­bles, con su pi­so de tie­rra, el fue­go en un rin­cón, pa­ja en otro pa­ra las ga­lli­nas, al­gún ra­yo de luz que se fil­tra­ba por el te­cho de pal­mas, el olor a le­ña y ani­ma­les.

Y que la vi­da de ca­sa­da le gus­tó, que era más fá­cil que car­gar pie­dras y la tra­ta­ban bien; que su pri­me­ra dis­cu­sión gra­ve fue cuan­do Pra­kash le di­jo que de­bían te­ner su pri­mer hi­jo. Sug­na creía que era de­ma­sia­do pronto, pe­ro él in­sis­tió y ella tu­vo que obe­de­cer­le. —¿Por qué? —Por­que si no me echa­ba de la ca­sa. Me di­jo y, por pri­me­ra vez, se rio. Sug­na te­nía dien­tes blan­quí­si­mos, per­fec­tos. “Y por­que una mu­jer tie­ne que te­ner hi­jos”, di­jo: en esos me­ses que­dó em­ba­ra­za­da. Y que tu­vo a ese be­bé que llo­ra­ba en sus bra­zos y que ser ma­dre le gus­ta­ba y que quién sa­be cuán­tos hi­jos ten­dría. —Se­rán los que quie­ra mi ma­ri­do. —¿Pe­ro tú qué pien­sas? —Creo que dos es­tá bien. Y me pa­re­ce que él di­ce lo mis­mo, así que cuan­do naz­ca el pró­xi­mo, va a ha­ber que ha­cer la ope­ra­ción. —¿Quién se va a ha­cer la ope­ra­ción? —Yo, él no va a que­rer. Los hom­bres nun­ca quie­ren, tie­nen mie­do. —¿Y tú no tie­nes mie­do? —Sí, yo también, pe­ro yo soy mu­jer. Du­ran­te unas ho­ras, Sug­na fue el cen­tro de la aten­ción de unos blan­qui­tos que ve­nían de le­jos: un even­to que quizá re­cuer­de to­da­vía. Ya no es; ya no ten­go si­quie­ra la ma­ne­ra de sa­ber qué ha si­do de ella. Lo más pro­ba­ble es que su vi­da, si vi­ve, si­ga sien­do eso: le­van­tar­se ca­da día con el al­ba, sa­lir a bus­car agua, ca­len­tar­la pa­ra el desa­yuno, co­ci­nar, lim­piar, la­var, cui­dar a los chi­cos, char­lar con las mu­je­res, ir­se a dor­mir tem­prano —al­gu­nos días con ham­bre, otros con mie­do, al­gu­nos con pla­cer—. Sug­na quizá te­nía ra­zón: no tie­ne una his­to­ria —en el sen­ti­do que le da­mos a la pa­la­bra his­to­ria—. Sug­na es la his­to­ria de mi­les de mi­llo­nes que no tie­nen his­to­ria. No son, por su­pues­to, so­la­men­te mu­je­res; so­lo que a las mu­je­res a ve­ces se les no­ta más.

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