UNA TAR­DE CON LAURA, LA WEBCAMER

Es­ta pai­sa es­pec­ta­cu­lar es mo­de­lo y apa­re­ce en va­rios vi­deos mu­si­ca­les, pe­ro, so­bre to­do, se de­di­ca a una la­bor que es fe­ti­che pa­ra mu­chas per­so­nas: tra­ba­ja como webcamer; es de­cir, com­pla­ce los de­seos más oscuros de hom­bres de to­do el mun­do a tra­vés de u

SoHo - Censurado (Colombia) - - Modelo No Modelo - Por DA­NIEL RI­VE­RA

En­tro al apar­ta­men­to de Laura Ro­drí­guez Rol­dán. E He­mos cru­za­do ape­nas un sa­lu­do bre­ve y me di­ce que le va muy bien en el tra­ba­jo, que ga­na en­tre cin­co y seis mi­llo­nes de pe­sos quin­ce­na­les. Laura tie­ne 18 años, el pe­lo ne­gro lar­go has­ta las nal­gas, su ci­ru­gía de se­nos, los ojos ver­des, sus am­bi­cio­nes. Es webcamer; me­jor di­cho, se des­nu­da fren­te a una cá­ma­ra y les cum­ple to­do ti­po de de­seos a los clien­tes, que pa­gan por verla des­de una pan­ta­lla. Tra­ba­ja des­de un pe­que­ño es­tu­dio o des­de un pe­que­ño cuar­to en el apar­ta­men­to don­de nos en­tre­vis­ta­mos, en Me­de­llín. Em­pe­zó como webcamer an­tes de gra­duar­se del co­le­gio, cuan­do re­cién cum­plió los 18…

—Yo siem­pre ha­bía te­ni­do mu­chas ga­nas, por­que mi ex­no­vio tie­ne un es­tu­dio de web­cams, y em­pe­cé a in­sis­tir­le que me de­ja­ra, pe­ro él me de­cía que ha­bía que es­pe­rar a cum­plir los 18. Yo me so­ña­ba de webcam. Cum­plí 18 e in­me­dia­ta­men­te fui a cam­biar el pa­sa­por­te por uno en el que fi­gu­ra­ra la ma­yo­ría de edad, por­que la cé­du­la me la en­tre­ga­ban a los tres me­ses, y yo no me aguan­ta­ba tres me­ses sin tra­ba­jar. A los dos días me en­tre­ga­ron el pa­sa­por­te, y pum, webcam de una. Lle­vo ape­nas ochos me­ses.

Con el no­vio ter­mi­nó ha­ce po­co. Di­ce que no le due­le, que no pien­sa, que so­lo quie­re cum­plir sus sue­ños, que es­ta vi­da es una. Que des­pués de pa­sar por cua­tro co­le­gios y gra­duar­se, lo que ne­ce­si­ta es con­se­guir di­ne­ro pa­ra com­prar sus co­sas: una ca­sa, un ca­rro, ti­que­tes pa­ra via­jar.

Una vuel­ta por su Instagram de­ja ver la vi­da que quie­re, que bus­ca: ca­rros de lu­jo, fies­tas, ca­mas gran­des como can­chas de te­nis, man­sio­nes sa­ca­das de vi­deo de re­gue­tón.

—Des­de los 13 años soy mo­de­lo pro­fe­sio­nal y he es­ta­do en pa­sa­re­las y ca­tá­lo­gos y vi­deos. He he­cho mu­chos vi­deos: de Ñe­jo, de Ke­vin Rol­dán, de Mac­kie, de Ra­yo y Toby, de Jo­well y Randy, me han sa­li­do co­si­tas.

Sus vi­deos son eso: el ex­ce­so de la lu­ju­ria, de la las­ci­via. Los ra­pe­ros di­cien­do que quie­ren te­ner po­der y a una mujer pa­ra dar­le sus usos. Po­co más. Laura ve los vi­deos como una ex­ten­sión de su ofi­cio: ex­po­ner su cuer­po, dis­fru­tar mien­tras lo mues­tra. Siem­pre es­tá el de­sen­fa­do —en lo que ha­bla, en lo que mues­tra— de quien no se de­ja go­ber­nar.

—Yo he si­do muy sexual to­da la vi­da, y que­ría al­go re­la­cio­na­do con el se­xo, pe­ro no me in­tere­sa­ba el porno por­que ten­go co­no­ci­dos que lo ha­cen y

sé que es du­ro. Me gus­ta la webcam por­que na­die me to­ca, ha­go lo que quie­ra, hay días en que no me qui­to ni la ca­mi­sa y gano bue­na pla­ta. Hay gen­te que cree que es ma­no­sear­se to­do el día, y no es así. De pron­to las per­so­nas tie­nen que aden­trar­se más en es­te mun­do pa­ra en­ten­der qué es ser webcam. No es so­lo se­xo, so­lo to­car­se, es te­ner re­la­cio­nes con di­fe­ren­tes per­so­nas. Hay gen­te muy so­la que quie­re ami­gos, quie­re ha­blar, quie­re co­no­cer­te, pre­gun­tar­te qué ha­ces, dón­de vives.

¿Las webcam han cam­bia­do la for­ma de te­ner se­xo?

Sí, le han da­do más jue­go al se­xo. Más ero­tis­mo. Más mor­bo. La pe­ne­tra­ción ya no es tan im­por­tan­te. An­tes te­nías una re­la­ción y ya. A mí me gus­ta más la se­duc­ción y con­si­de­ro que es la ma­ne­ra de en­co­ñar más. Me gus­ta más to­car­me y que mi pa­re­ja vea y que dis­fru­te con eso. Así la ex­ci­ta­ción es más fuer­te. Uno debe pro­bar de to­do.

Aho­ra hay nue­vas ma­ne­ras de ex­ci­tar, ¿no?

Aho­ra hay gen­te lo­quí­si­ma. Quie­ren que uno se ama­rre, me lo pi­den y yo lo ha­go. Hay un fe­ti­che muy ex­tra­ño, muy cha­rro, me pi­den que me pon­ga una bol­sa en la cabeza y me ha­ga la muer­ta, y el man se ex­ci­ta so­la­men­te con ver eso, así se vie­ne. Me han pe­di­do que me pe­gue, que me muer­da. No­so­tras te­ne­mos un ju­gue­te que va aden­tro de la va­gi­na y que cuan­do te po­nen pla­ta, vi­bra… pues hay clien­tes que le di­cen a uno: “Te voy a po­ner 100 dó­la­res, pe­ro quie­ro que cuan­do em­pie­ce a vi­brar te ha­gas la muer­ta”. Al ti­po eso le ex­ci­ta mu­chí­si­mo, y le ex­ci­ta más que vos re­vi­vás con otra vi­bra­ción. Par­ce, es su­per­lo­co. Otros me pi­den que la­ma el re­loj, el co­llar, las pul­se­ras.

¿Siem­pre tie­ne ac­ce­so­rios de­lan­te de la cá­ma­ra?

Yo siem­pre uso el re­loj, a ellos les gus­ta mu­cho, y que se vea fino, ca­ro. Les en­can­ta que sea de mar­ca. Yo siem­pre me arre­glo muy bien las uñas. Es que no es so­lo sen­tar­se y ser lin­da y ser ope­ra­da, no. Hay que te­ner ac­ti­tud, siem­pre usar un co­llar, al­go que lla­me la aten­ción. Una vez, un clien­te me di­jo que me pin­ta­ra ca­da uña de un co­lor di­fe­ren­te, to­do el pri­va­do fue eso, y eso le ex­ci­ta­ba. Des­pués es­co­gió un co­lor y me di­jo que me las pin­ta­ra de un so­lo co­lor. Por eso me pa­gó.

¿Có­mo fun­cio­na lo del pa­go?

La co­sa es que uno tra­ba­ja pa­ra una pá­gi­na, y de la pla­ta que los clien­tes pa­gan, uno se que­da con un por­cen­ta­je. Ahí los clien­tes pue­den ha­cer dos co­sas: o pa­gar al­go de pla­ta pa­ra me­ter­se en web­cams pú­bli­cas, en las que hay otros clien­tes pi­dien­do co­sas e in­clu­so pue­den cha­tear en­tre ellos, o pa­gar más, ge­ne­ral­men­te 100 dó­la­res, y te­ner un vi­deo­chat pri­va­do, en el que ahí sí le pi­den a uno de to­do.

¿Y al­gún clien­te se ha enamo­ra­do de us­ted?

Siem­pre se enamo­ran, la idea es esa. Des­pués de un tiem­po te pi­den ser no­vios y has­ta ma­tri­mo­nio. Te ex­tra­ñan, te ar­man dra­mas. Si al­guien se me­te y te ha­bla muy bo­ni­to o te man­da mu­cha pla­ta, el clien­te em­pie­za a pre­gun­tar­te, y ellos pue­den ha­blar en­tre ellos y ar­man pe­lea. Me ha su­ce­di­do que pa­ra de­mos­trar su amor, em­pie­zan a com­pe­tir por man­dar más y más di­ne­ro.

Laura cree que el éxi­to no de­pen­de so­lo de la be­lle­za y de las ope­ra­cio­nes, tam­bién se ne­ce­si­ta un gol­pe de suer­te. Y ella lo ha te­ni­do más de una vez: ha da­do con clien­tes dis­pues­tos a de­jar buen di­ne­ro, en su ma­yo­ría es­ta­dou­ni­den­ses y es­pa­ño­les.

Cuan­do em­pe­zó, sus pa­dres la apo­ya­ron. Aho­ra, in­clu­so se aso­cia­ron con ella pa­ra em­pe­zar un es­tu­dio de web­cams y con­tra­tar a va­rias mu­cha­chas como ella: jó­ve­nes, dis­pues­tas, ca­pa­ces de me­ter la cabeza en una bol­sa o de usar cual­quier ju­gue­te sexual, se­gún dic­te la or­den del clien­te. Vol­ve­mos a ha­blar de eso, de las ór­de­nes de los clien­tes, pe­ro Laura cor­ta con la en­tre­vis­ta: tie­ne que se­guir con sus ne­go­cios: tal vez la­mer un re­loj, tal vez to­car­se, tal vez ha­cer­se la muer­ta.

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