Así quie­ro que me vea, por Ma­ría del Mar Gu­tié­rrez

Hoy es un día im­por­tan­te. Un día de reunio­nes y cie­rres de pro­yec­tos. Ten­go que bri­llar. Sal­go de la du­cha. En­tre el va­por y los es­pe­jos em­pa­ña­dos, me hue­lo los hom­bros blan­cos y hue­su­dos.

SoHo - Censurado (Colombia) - - Sumario -

Amo esa es­pu­ma de fru­tos ro­jos. Re­vi­so la hora en mi ce­lu­lar. Voy tar­de. Sé que ten­go que ves­tir­me rá­pi­do pe­ro no lo­gro con­cen­trar­me. Es­toy em­pe­zan­do a sa­lir con un hom­bre. Ano­che nos di­mos be­sos en el ca­rro, an­tes de ba­jar­me, fren­te a mi ca­sa. Su bo­ca es gran­de, su len­gua, sua­ve. So­lo se atre­vió a aga­rrar­me el pe­lo un po­co más fuer­te de lo usual y esa fuer­za, ese ti­rón, me dio a en­ten­der que le gus­ta­ría do­mi­nar­me. Sin dar­me cuen­ta me aga­rro un me­chón de pe­lo y lo ti­ro con al­go de fuer­za. No me due­le. Me ex­ci­ta. Ima­gino por unos se­gun­dos cuál va a ser mi ex­cu­sa pa­ra lla­mar­lo. Es vier­nes. Al­go se me ocu­rri­rá. Lim­pio el es­pe­jo y me mi­ro an­tes de po­ner­me los cal­zo­nes ne­gros de en­ca­je. De­jo la toa­lla y me aca­ri­cio la piel, los se­nos pe­que­ños y du­ros, los pe­zo­nes res­pin­ga­dos por el frío… Quie­ro sen­tir su len­gua ahí, fro­tán­do­me des­pa­cio. Me pon­go los cal­zo­nes y so­bre la te­la de se­da me to­co len­ta­men­te la en­tre­pier­na re­cién de­pi­la­da, lim­pia, fres­ca... Me vol­teo pa­ra ver mis nal­gas gran­des. Me aga­cho en cu­cli­llas to­da­vía mi­rán­do­me al es­pe­jo. Me pon­go los ta­co­nes ne­gros que usa­ré hoy. Mis pier­nas es­tán ten­sas y fuer­tes. Así quie­ro que me vea, des­nu­da, con los cal­zo­nes a me­dia pier­na y los ta­co­nes pues­tos. Quie­ro que me vea y que no me to­que. Quie­ro ser yo la que me to­co an­te él. Quie­ro que me chu­pe cuan­do yo di­ga, que me pe­ne­tre cuan­do yo quie­ra. Me pon­go las ma­llas lar­gas y las lle­vo a la cin­tu­ra. Me abo­tono el sos­tén a la es­pal­da y le­van- to los se­nos. La piel sa­le dis­cre­ta por en­tre el en­ca­je. Me sa­le un sus­pi­ro hon­do. Es­toy ex­ci­ta­da. Ten­go ga­nas de ti­rar­me otra vez en la ca­ma, pren­der mi compu­tador y bus­car al­go que me dis­pa­re la fan­ta­sía. Mis pá­gi­nas fa­vo­ri­tas de porno, mis dia­rios eró­ti­cos, mis vi­deos ca­se­ros… Pe­ro no. Hoy no. No ten­go tiempo. Apo­yo el cuer­po con­tra la puer­ta de vi­drio de la du­cha. Mis se­nos se aplas­tan. Si es­tu­vie­ra de­trás de esa puer­ta, des­nu­do, mi­rán­do­me. Sien­to el frío co­mo un co­rrien­ta­zo en las sie­nes. Mi res­pi­ra­ción es más fuer­te. Es­toy a pun­to de ol­vi­dar­me de la hora y dis­fru­tar. Sue­na el te­lé­fono. Es él. No sé qué hacer… Sien­to pu­dor. Al­go de ver­güen­za. Ga­nas de ves­tir­me, sa­lir a la calle y de­jar atrás to­do. Ol­vi­dar- me de él. No vol­ver a ver­lo. El tim­bre si­gue so­nan­do. Me veo dan­do brin­cos ri­dícu­los fren­te al es­pe­jo y ba­tien­do las ma­nos de­ses­pe­ra­da. Me con­vier­to en una ni­ña. Mi du­re­za y mi se­gu­ri­dad se es­ca­pa­ron co­mo agua en­tre el si­fón. De re­pen­te ima­gino que él tam­bién es­tá sa­lien­do del ba­ño y que tam­bién es­tá des­nu­do, pen­san­do en mí. Res­pi­ro. Le con­tes­to. Es la pri­me­ra vez que es­cu­cho su voz por el te­lé­fono. Es du­ra, pe­sa­da, en­tre­cor­ta­da. Es­tá ner­vio­so y eso me gus­ta. Me ha­ce pen­sar que los dos es­ta­mos ex­ci­ta­dos, an­sio­sos por ver­nos. Le con­tes­to con mo­no­sí­la­bos. Me in­vi­ta a sa­lir es­ta no­che. Una co­mi­da con ami­gos. Tan rá­pi­do, pien­so. Pe­ro lue­go me veo al es­pe­jo. No reconozco ese ges­to en mí. Me es­toy chu­pan­do un de­do. Des­cu­bro que ten­go que arre­glar­me el es­mal­te tor­na­so­la­do. ¿Le gus­ta­rán mis ma­nos con es­mal­te? Le con­tes­to a to­do que sí. Me gus­ta­ría que me pre­gun­te qué ten­go pues­to, dón­de es­toy, qué es­toy ha­cien­do. Si tu­vie­ra una cá­ma­ra me gra­ba­ría, pa­ra des­pués mos­trar­le el vi­deo. O se lo po­dría man­dar a su co­rreo. De sor­pre­sa. ¿Qué pen­sa­ría? No me im­por­ta. Él si­gue ha­blan­do, con­tán­do­me su día que aún no em­pie­za. Ha­bla mu­cho. Yo me ol­vi­do de mis ci­tas y me de­jo lle­var por su tono en­fá­ti­co, por sus pa­la­bras ra­ras. Quie­ro que me ha­ble al oí­do. Mis ma­nos ba­jan has­ta los se­nos cu­bier­tos por el en­ca­je ne­gro. Bus­co mi pe­zón er­gui­do y sua­ve­men­te lo to­co en círcu­los. Si me vie­ra... Me pre­gun­ta al­go. No en­cuen­tro mi voz. In­sis­te. Le res­pon­do que sí, que me re­co­ja a las 8:00.

POR MA­RÍA DEL MAR GIRALDO

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