RE­POR­TA­JE

Me­de­llín: cuna del reguetón

SoHo - Censurado (Colombia) - - News -

En 2002 yo te­nía 15 años y el reguetón se nos me­tía por los oí­dos has­ta lle­gar­nos a las vís­ce­ras, a la pel­vis, a las ca­de­ras tan des­co­no­ci­das. Nos vol­vi­mos lo­cos. Fe­li­ces de que nos ati­za­ran las hor­mo­nas con rit­mo, con le­tras que eran el es­cán­da­lo de to­dos los pa­dres. Ese año Te­go Cal­de­rón hi­zo uno de los ál­bu­mes más im­por­tan­tes de la mú­si­ca ca­ri­be­ña, de la mú­si­ca la­ti­noa­me­ri­ca­na –con el per­dón de los dog­má­ti­cos–: El aba­yar­de (Whi­te Lion, 2002), que traía esa can­ción las­ci­va y ma­ra­vi­llo­sa que se ti­tu­la Pa’que re­to­zen –nun­ca ha­bía es­cu­cha­do la pa­la­bra re­to­zar: el reguetón tam­bién hi­zo eso, nos ilu­mi­nó–: “Sin mis­te­rio, llé­nen­se de pla­cer, que se acaba el mun­do y no vi­ne pa’ per­der… Mue­van su pum­pum, cuan­do yo les ti­re mi sun­sun, en la cin­tu­ra trai­go mi tun­tun. Ma­mi, yo quie­ro aga­rrar­te por el pe­lo mien­tras te ti­ro mi len­gua­je obs­ceno”. Éra­mos jó­ve­nes, es­tá­ba­mos ra­bio­sos en nues­tra cla­se me­dia que ni era ri­ca ni era van­dá­li­ca y, no sé por qué, to­dos que­ría­mos te­ner un ai­re ‘ma­lean­to­so’. El reguetón en­tra­ba al mun­do por Me­de­llín y se que­da­ría.

Mi pri­ma Na­ta­lia veía to­dos los sá­ba­dos Jamz, un pro­gra­ma de Te­le­mun­do en el que pa­sa­ban vi­deos de lo que ape­nas em­pe­za­ba a so­nar en las emi­so­ras, por­que na­die que no vi­vie­ra en Puer­to Ri­co o en Mia­mi sa­bía quién era Johnny Prez, Daddy Yan­kee, Héc­tor y Ti­to, Ed­die Dee, Te­go Cal­de­rón, pe­ro en Me­de­llín se abrían pa­so, im­pro­ba­bles. Mi pri­ma se to­ma­ba el tiem­po de es­cri­bir ca­da le­tra en un cua­derno, lo ha­cía rá­pi­do pa­ra no per­der­se ni un ver­so, así apren­día­mos las can­cio­nes y a bai­lar. Es­ta es una his­to­ria que no tie­ne épi­ca: na­da de rock in­de­pen­dien­te, na­da de rock la­ti­noa­me­ri­cano, na­da de ser poe­tas tem­pra­nos, na­da de ser pe­rros ro­mán­ti­cos.

Co­mo éra­mos es­tu­dian­tes res­pon­sa­bles que se pa­sa­ban las tar­des tra­tan­do de sa­car bue­nas no­tas, so­lo nos reunía­mos con los ami­gos los fi­nes de se­ma­na: to­má­ba­mos can­ti­da­des res­pe­ta­bles de aguar­dien­te o cherry­nol; siempre al­guien traía una nue­va can­ción gra­ba­da en un ca­se­te con el anuncio de la emi­so­ra de turno. Así co­no­ci­mos a los gran­des del gé­ne­ro: to­dos con sus mo­ti­la­dos ho­rri­bles, sus ga­fas enor­mes, su ro­pa en la que na­da­ban con su­fi­cien­cia de bu­zo pro­fe­sio­nal. Pe­ro Te­go Cal­de­rón era la mu­sa im­po­si­ble: era mue­co, feo y can­ta­ba sin can­tar, ra­pea­ba sin ra­pear, con su voz bo­tan­do pa­la­bras to­da­vía sin ha­cer, co­mo si ha­bla­ra desde un cas­co lleno de ja­ra­be. Era el me­jor, de le­jos, y la his­to­ria tan cor­ta lo ha de­mos­tra­do. Te­go no so­lo nos lla­ma­ba a res­tre­gar­nos las par­tes, tam­bién traía le­tras que pa­re­cían es­cri­tas en los ba­rrios de Me­de­llín: “Las ga­nas tu­yas can­tar más que yo / con mi pro­duc­ción, lo­co, te hu­mi­llo / a la puer­ta del es­tu­dio pon­le pes­ti­llo /pren­do la alar­ma con­tra los pi­llos / es que por

Es­ta es una his­to­ria que no tie­ne épi­ca: na­da de rock in­de­pen­dien­te, na­da de la­ti­noa­me­ri­cano, na­da de ser poe­tas, na­da de ser pe­rros ro­mán­ti­cos.

ahí hay mu­cho lo­qui­llo / que se en­fu­re­cen cuan­do yo bri­llo / di­cen que tie­nen más quios­co que el lo­qui­llo / y no han ven­di­do ni un cin­qui­llo /con me­dio po­ci­llo / los acri­bi­llo / an­do siempre so­lo sin co­ri­llo / soy sen­ci­llo / nun­ca me gui­llo / a fue­gui­llo /y les pa­so el ras­tri­llo /a tu ca­ta­na suél­ta­le el ca­bri­llo / y saca el de­do del ga­ti­llo /an­tes de que te fun­dan el bom­bi­llo /o que te guar­den en el cas­ti­llo”. Es­cu­char reguetón era es­cu­char nues­tra his­to­ria del cri­men. Te­nía­mos ami­gos que no po­dían sa­lir del ba­rrio San Ja­vier por­que pa­ra­mi­li­ta­res y gue­rri­lle­ros se en­fren­ta­ban no­ches en­te­ras, de­cla­ra­ban to­que de que­da y lue­go el Ejér­ci­to apa­re­cía pa­ra des­apa­re­cer a sus sos­pe­cho­sos. El reguetón tam­bién era una ma­ne­ra de co­no­cer­nos. De co­no­cer a nues­tros muer­tos.

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Lo que gus­ta del reguetón es lo bas­tan­te: las mu­je­res bas­tan­te, la ri­que­za bas­tan­te, los ca­rros bas­tan­te, el rit­mo bas­tan­te, que to­do sa­tu­re. En un ar­tícu­lo pu­bli­ca­do por Lei­la Co­bo, edi­to­ra de Bill­board, se di­ce que Me­de­llín fue ar­tí­fi­ce de la se­gun- da ola del reguetón. Di­ce Co­bo que to­do em­pe­zó con la can­ción La ga­so­li­na, de Daddy Yan­kee, pe­ro se equi­vo­ca. Cuan­do en Me­de­llín so­nó La ga­so­li­na el reguetón ya es­ta­ba con­so­li­da­do, ya era to­do un mo­vi­mien­to que se ex­pan­día por las dis­co­te­cas y, so­bre to­do, en las fies­tas de ca­sas. Del reguetón se sa­be en la ca­lle. Una tar­de, en una tien­da, des­pués de una cer­ve­za, vi una mu­cha­cha de unos 20 años. Era una mu­jer be­lla, con el pe­lo ne­gro, la piel blan­ca, los ojos gran­des, fla­ca, no la típica mu­cha­cha de los vi­deos de reguetón. No era la usual mu­cha­cha ex­pan­di­da por Me­de­llín: pe­lo ru­bio Me­de­llín, te­tas gran­des Me­de­llín, cin­tu­ra apre­ta­da Me­de­llín, na­riz res­pin­ga­da Me­de­llín. Y por eso le qui­se pre­gun­tar.

—Dis­cul­pe –le pre­gun­to–, ¿le gus­ta el reguetón? –la mu­cha­cha se sor­pren­dió un po­co, así que le ex­pli­qué que se tra­ta­ba de una pre­gun­ta pa­ra un ar­tícu­lo.

—A mí me gus­ta el reguetón por el rit­mo.

—Ah, pe­ro eso di­ce mu­cha gen­te, ¿no le pa­re­ce?

—Lo que di­go es que uno sien­te que ese es el rit­mo ori­gi­nal del cuer­po, que así es co­mo se tie­ne que bai­lar y así es co­mo tie­ne que mo­ver­se el cuer­po siempre, sin que se lo ha­yan en­se­ña­do. Ese im­pul­so es­tá ahí. Le po­nen la can­ción a uno y uno ya sa­be lo que tie­ne que ha­cer. —Y las le­tras, ¿qué opi­na de las le­tras? —Son as­que­ro­sas, por eso ha­blo del rit­mo y del bai­le, que no to­do el mun­do lo sien­te. Es una co­sa muy la­ti­na. El reguetón es una co­sa de ca­de­ras, de sa­bor, no de sal­tar o re­bo­tar. Es al­go más apa­sio­na­do, aun­que se bai­le so­lo.

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Pa­ra los puer­to­rri­que­ños El aba­yar­de fue el ál­bum que sa­có el reguetón de la is­la. An­tes de eso eran ellos allá com­par­tien­do el dem­bow –el dem­bow es el ca­den­cio­so rit­mo de la ba­te­ría que iden­ti­fi­ca al reguetón, el “tum­ta­ca­tum­ca, tum­ta­ca­tum­ca” que se re­pi­te pa­ra en­se­ñar­nos que el cuer­po exis­te–, que es un mez­cla ra­ra en­tre reg­gae, cham­pe­ta y hip hop que no pa­re­cía el arri­bo a nin­gún rit­mo sino la es­ta­ción an­te­rior a la ver­da­de­ra

esen­cia. ¿Aca­so no es el punk una es­ta­ción an­tes de un des­tino que no co­no­ci­mos? ¿Y qué de­cir del pop la­tino, que pa­re­ce que na­ció muer­to? El ca­so es que el reguetón tu­vo sus pri­me­ros ini­cios con Vi­co C, au­to­de­no­mi­na­do el Fi­ló­so­fo, y co­no­ci­do por su ál­bum de le­tras re­li­gio­sas Aquel que ha­bía muer­to (1998). Vi­co C sen­tó las ba­ses de to­do en 1989 con La rec­ta fi­nal y las de­ter­mi­nó con Xplo­sión (1993) y, so­bre to­do, con un sen­ci­llo sim­ple y ro­tun­do: Bom­ba pa­ra afin­car. Es­cu­char los pri­me­ros discos de Vi­co C es co­mo ver el pro­ce­so, el na­ci­mien­to de una mú­si­ca que so­na­ba a pis­ta gra­ba­da con las ma­nos, co­mo si la mú­si­ca se hi­cie­ra con are­na, con ce­men­to, con agua. Nin­guno de los fa­ná­ti­cos del reguetón de un país que no sea Puer­to Ri­co pue­den en­ten­der­lo. Es co­mo si se les en­se­ña­ra a los eu­ro­peos que an­tes de Bom­ba Es­té­reo es­tu­vie­ron Los Co­rra­le­ros de Ma­ja­gual.

De­bi­do a su ca­rac­te­rís­ti­ca de Es­ta­do Li­bre Aso­cia­do de Es­ta­dos Uni­dos –co­mo si fue­ra un apén­di­ce ya re­ti­ra­do del cuer­po, pe­ro con el que se tie­ne una co­ne­xión sen­so­rial ex­tra­ña–, la ma­yo­ría de re­gue­to­ne­ros hi­cie­ron vida en Es­ta­dos Uni­dos y cir­cu­la­ron en ba­rrios más bien com­pli­ca­dos don­de los la­ti­nos ha­cían lo que mu­chos otros: vida co­mo po­dían: jun­tán­do­se con otros de la ra­za, ven­dien­do pol­vos, yer­bas, ar­man­do pan­di­llas, co­no­cien­do el hip hop más du­ro, el mis­mo que ha de­ja­do muer­tos de cos­ta a cos­ta. Así que el gé­ne­ro cre­ció con to­das las ma­ne­ras del hip hop y bus­can­do un es­ti­lo de vida pa­re­ci­do al de los ra­pe­ros grin­gos. Por eso en sus can­cio­nes apa­re­cen fra­se­ci­llas ‘gans­te­ri­les’ –por­que to­dos son los gáns­ters, los ‘ma­ta­ta­nes’, los que man­dan, los que di­cen quí­ta­te tu pa po­ner­me yo– co­mo:

“Da­mas y ca­ba­lle­ros / hu­yan a pa­so li­ge­ro / ayer es­ta­ba po­bre y / hoy ca­mino con di­ne­ro / la fa­ma no me im­por­ta, mi hermano soy sin­ce­ro / gra­cias a mi se­ñor que me dio el al­ma de una gue­rre­ro”, di­ce Daddy Yan­kee. “Voy en bus­ca de ti... / Tú no me­tes ca­bra / ¿Tú eres lo­co, pa? / Gua- són... / Tú no me­tes ca­bra / ¿Tú eres lo­co? / Tú eres fe­ca... / Tú no me­tes ca­bra / Tú eres lo­co, ca­brón / ¡Va­mo’a ma­tar­nos, ca­brón! / ¡Va­mo’a ma­tar­nos! / Voy en bus­ca de ti...”, can­ta­ba Héc­tor el Fat­her. Mien­tras tan­to Te­go de­cía en So­pa de le­tras: “Por qué se­rá que el que me­nos pue­de / Es el más gua­sa que ha­bla, pe­ro en­tre­tie­ne / Da­me el chan­ce, que ten­go que com­prar pam­per / Y lo que yo ten­go de blan­co tú tie­nes de gáns­ter”.

El pa­re­ci­do es ob­vio. Con el cre­ci­mien­to del car­tel de Me­de­llín en los años ochen­ta y su lle­ga­da triun­fal a las ca­lles de tan­tas ciu­da­des de Es­ta­dos Uni­dos, Mia­mi se con­vir­tió pa­ra los pai­sas en un pa­raí­so pro­me­ti­do y desde en­ton­ces em­pe­za­ron a lle­gar for­mas ex­tra­ñas de ser ex­tran­je­ro en tie­rras de mon­ta­ñe­ros. Los la­va­do­res de dó­la­res mon­ta­ron negocios con ro­pa hol­ga­da, te­nis de mar­ca, ca­mi­se­tas enor­mes de equi­pos de béis­bol, de fút­bol ame­ri­cano, y esa ro­pa y esos te­nis y esas ca­mi­se­tas traían tam­bién el hip hop y una ma­ne­ra de ver el mun­do, de al­can­zar­los. En los no­ven­ta en Me­de­llín se for­ma­ron los pri­me­ros gru­pos de ra­pe­ros, uno de ellos La Cli­ka, una suer­te de mi­to, se de­cía que an­da­ban ar­ma­dos, que te­nían ba­tes, que te­nía re­vól­ve­res, que ha­cían mú­si­ca.

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Sa­ga es uno de los gran­des pro­duc­to­res del reguetón co­lom­biano, sa­có a Nicky Jam de su ne­bu­lo­sa crea­ti­va, de su des­en­fo­que, que du­ró ca­si diez años. Nicky Jam es­tu­vo en los ini­cios de la ex­pan­sión del reguetón al la­do de Daddy Yan­kee, sin em­bar­go ca­yó en una es­pi­ral de fies­tas y dro­gas

has­ta que, pa­sa­dos los años, lo lla­ma­ron de Me­de­llín, que­rían sa­ber si le in­tere­sa­ba ir a can­tar en al­gu­nas dis­co­te­cas, y co­mo en Puer­to Ri­co era un ol­vi­da­do, di­jo sí. Lle­ga­ba a ca­da con­cier­to en un ta­xi y con un CD en el bol­si­llo don­de guar­da­ba las pis­tas de sus éxi­tos, que ya eran con­si­de­ra­dos clá­si­cos del gé­ne­ro. Cuan­do ya ha­bía gra­ba­do Va­mos a beber se co­no­ció con Sa­ga –Sa­ga Whi­te­black, pa­ra más se­ñas–, con quien ar­mó gru­po de tra­ba­jo y con quien es­ta­lló in­ter­net con la can­ción Tra­ve­su­ras: 300 mi­llo­nes de vi­si­tas en You­tu­be en me­nos de dos me­ses. Des­pués vi­nie­ron más éxi­tos y Sa­ga, según Bill­board, fue el pro­duc­tor del año en 2015 y 2016.

Sa­ga na­ció en Quib­dó, Cho­có, y fue bau­ti­za­do co­mo Crist­hian Me­na. Vi­vió la in­fan­cia en Me­de­llín y la ado­les­cen­cia en Quib­dó. Co­no­ció el reguetón por la épo­ca en que el gé­ne­ro em­pe­zó a pro­fe­sio­na­li­zar­se. Con­tra­rio a lo que se po­dría pen­sar, Sa­ga no tie­ne as­cen­den­cia mu­si­cal, lo úni­co con lo que cuen­ta es con la tra­di­ción afri­ca­na del Cho­có, el mo­tor per­cu­ti­vo. De­cir lo úni­co es tam­bién un ex­ce­so. En su ba­rrio, La Pla­yi­ta, em­pe­zó a ha­cer freesty­le con los ami­gos; to­dos los fi­nes de se­ma­na se la pa­sa­ban tra­tan­do de in­ven­tar nue­vas ri­mas, de im­pro­vi­sar rá­pi­do y con in­te­li­gen­cia.

—Cuan­do ter­mi­né el co­le­gio me fui a es­tu­diar a Me­de­llín y ahí fue que ya me co­rrom­pió el gé­ne­ro. Ya me de­jé ab­sor­ber y me de­di­qué. Em­pe­cé a es­tu­diar In­ge­nie­ría de Sis­te­mas y en el quin­to se­mes­tre mis pa­pás se en­te­ra­ron de que que­ría ha­cer mú­si­ca y me qui­ta­ron el apoyo. Me to­có tra­ba­jar. Tra­ba­jé en Une y en Tel­mex ins­ta­lan­do in­ter­net y te­le­fo­nía. Cuan­do lle­va­ba tres años tra­ba­jan­do me di cuen­ta de que no es­ta­ba ha­cien­do mú­si­ca y de­ci­dí renunciar y con la li­qui­da­ción y los aho­rros pu­de com­prar mis pri­me­ras ma­qui­ni­tas, com­pré lo más ba­ra­to que ha­bía en el mer­ca­do.

Em­pe­zó a tra­ba­jar co­mo pro­duc­tor de ra­pe­ros lo­ca­les, de mu­cha­chos que que­rían ha­cer reguetón en el ba­rrio Aran­juez. Dos ve­ces le gra­bó vo­ces a Nicky Jam, que co­bra­ba en 2012 has­ta 2000 dó­la­res por co­la­bo­rar con otros re­gue­to­ne­ros. Su fa­ma cre­ció rá­pi­da­men­te y le hi­zo una can­ción a Pi­pe Cal­de­rón con Yel­sid.

—Cuan­do lle­gó 2013 na­ció mi hijo y la co­sa es­ta­ba pe­lu­da, yo ha­bía de­ci­di­do sa­lir­me ya de la mú­si­ca y

bus­qué vol­ver a Une. Y fue en ese mo­men­to cuan­do es­ta­ba pen­san­do en re­ti­rar­me que me lla­mó Nicky y me di­jo que que­ría que tra­ba­ja­ra con él. Yo lo co­no­cía por­que él en 2012 se me­tía a cual­quier es­tu­dio a gra­bar fea­tu­ring. Yo lle­gué a gra­bar con él Tra­ve­su­ras, en­tré co­mo su in­ge­nie­ro de gra­ba­ción. Desde el prin­ci­pio me di­jo que si yo le ha­cía una pis­ta bue­na él me la gra­ba­ba, y co­mo al año la primera pis­ta que yo le pre­sen­té for­mal­men­te fue la de El per­dón, que lo ter­mi­nó de ca­ta­pul­tar. De ahí pa­ra allá he te­ni­do otras opor­tu­ni­da­des co­mo Has­ta ama­ne­cer, El aman­te y El fé­nix, dis­co en el que tra­ba­jé más del 60 % y que ahora es­tá no­mi­na­do a me­jor ál­bum en los Grammy.

Sa­ga cuen­ta su his­to­ria sin épi­ca. Pa­ra ha­blar con él no se ne­ce­si­tan in­ter­me­dia­rios, aun­que gra­ba can­tan­tes de pop puer­to­rri­que­ños y me­xi­ca­nos, aun­que si­gue de­trás de la ca­rre­ra de Nicky Jam. Sin em­bar­go la gran pre­gun­ta es có­mo se ha­ce el reguetón, có­mo se fa­bri­can esas pis­tas pe­ga­jo­sas que es­ta­llan in­ter­net.

—Hay un soft­wa­re que usa la ma­yo­ría de pro­duc­to­res, Fruity Loops, lo uso desde la ver­sión 3 y ahora es­ta­mos en la ver­sión 12. Tam­bién hay plu­gins o ins­tru­men­tos vir­tua­les que son los que uno usa pa­ra crear los so­ni­dos. Hay ban­cos de so­ni­dos, de ba­te­rías. Lo que uno ha­ce es com­bi­nar so­ni­dos, ju­gar con el ecua­li­za­dor. Hay que te­ner cier­ta crea­ti­vi­dad y eso se en­tre­na, se en­tre­na ca­da día; si uno pa­ra un año, lue­go es di­fí­cil arran­car. Se de­be es­tar apren­dien­do ca­da día. De eso se tra­ta la mú­si­ca. Hay que ver que el reguetón no es un gé­ne­ro que tie­ne mu­chos es­ti­los y el mis­mo mer­ca­do va cam­bian­do el so­ni­do, y uno co­mo pro­duc­tor tie­ne que es­tar a la van­guar­dia y crear rit­mos nue­vos y es­tar a la par de lo que los de­más es­tán ha­cien­do.

Co­noz­co el soft­wa­re y va­rios ami­gos mú­si­cos –pro­fe­sio­na­les– lo usan tan me­dio­cre­men­te, desde el des­co­no­ci­mien­to ab­so­lu­to. Es­cu­char a Sa­ga es co­mo creer que exis­te un lu­gar de pri­vi­le­gio so­lo pa­ra al­gu­nos po­cos don­de la crea­ti­vi­dad se ex­pan­de desde lo sen­ci­llo. ¿No es el sue­ño de cual­quier mú­si­co ha­cer un éxi­to, una so­la can­ción por lo me­nos que to­dos lle­ven en la ca­be­za, en el co­ra­zón don­de na­ce el rit­mo?

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Juan­cho Va­len­cia, po­cos mú­si­cos tan re­vo­lu­cio­na­rios en Co­lom­bia, hi­zo del chu­cu chu­cu pai­sa una gran mú­si­ca, una re­vo­lu­ción que cru­zó Eu­ro­pa y Amé­ri­ca. Hay vi­deos en los que se ve a los fran­ce­ses, a los ho­lan­de­ses, a los grin­gos, bai­lar sin tan­ta gra­cia. Por el tra­ba­jo con gru­pos co­mo Puer­to Can­de­la­ria y or­ques­tas co­mo La Re­pú­bli­ca, Va­len­cia es con­si­de­ra­do por mu­chos co­mo el Lu­cho Ber­mú­dez con­tem­po­rá­neo. Ade­más, sien­do de Me­de­llín en­tien­de bien có­mo el mo­vi­mien­to ur­bano cre­ció en la ciu­dad.

—Que­ría co­men­zar di­cien­do, co­mo lo di­je en la en­tre­ga de la me­da­lla Juan del Co­rral –que le en­tre­gó el Con­ce­jo de Me­de­llín–, que la mú­si­ca que es­cu­cha una so­cie­dad es el re­fle­jo de su al­ma. El reguetón, más allá de to­do, es el triun­fo de una fi­lo­so­fía y unos va­lo­res que son com­par­ti­dos am­plia­men­te por la cul­tu­ra de Me­de­llín. Los va­lo­res de que­rer ser ri­co, mi­llo­na­rio, te­ner pla­ta abun­dan­te y ma­ni­fes­tar­la por en­ci­ma de los va­lo­res éti­cos, mo­ra­les, el co­no­ci­mien­to o la es­pi­ri­tua­li­dad. Aquí el di­ne­ro es­tá por en­ci­ma de to­do, eso es lo que la ma­yo­ría de per­so­nas quie­ren. El tra­to ha­cia la mu­jer, eso no es una ten­den­cia de to­do el reguetón, son so­lo can­cio­nes, pe­ro si apa­re­ce el tra­to de la mu­jer co­mo ob­je­to, es­to es cul­pa de la so­cie­dad, la so­cie­dad es así, nos fas­ci­na te­ner a la mu­jer co­mo ob­je­to y es una ten­den­cia en Me­de­llín, que pa­re­ce ser la ca­pi­tal de las ci­ru­gías plás­ti­cas; es un jue­go en el que el ma­cho exi­ge a la mu­jer ser un ob­je­to, pe­ro a la vez la mu­jer en­cuen­tra, co­mo úni­ca ma­ne­ra de mos­trar­se, ser ese ob­je­to desea­do por el hom­bre. El reguetón sim­ple­men­te cuen­ta esas his­to­rias.

—Pe­ro el reguetón vie­ne de afue­ra y de afue­ra vie­ne con ese es­ti­lo…

—Sí, al fi­nal tam­bién es un mo­de­lo im­por­ta­do de Es­ta­dos Uni­dos y eso ge­ne­ra un con­flic­to gra­ve, por­que en Es­ta­dos Uni­dos los ra­pe­ros es­pe­cu­lan con lu­jos y di­ne­ro, y en esas so­cie­da­des pue­den ha­cer prés­ta­mos pa­ra pa­gar un Fe­rra­ri o una ca­sa con pis­ci­na, eso aquí no es po­si­ble. Al ser ese el re­fe­ren­te so­cial de los jó­ve­nes, pues em­pie­za una ca­rre­ra por con­se­guir eso, y la úni­ca ma­ne­ra de con­se­guir un ca­rro de 500 mi­llo­nes de pesos es me­ter­se a la ma­fia.

—¿Y có­mo lo­gran con­so­li­dar­se?

—Es que en Me­de­llín hay una gran ca­pa­ci­dad eje­cu­ti­va de tra­ba­jar en equi­po, y es­tas son em­pre­sas muy bien con­so­li­da­das de pro­duc­ción, son cor­po­ra­cio­nes. Con­tra­rio de lo que to­do el mun­do pien­sa, que los re­gue­to­ne­ros son gen­te de ba­rrios po­pu­la­res su­pe­ra­dos por la mú­si­ca, no, son pe­laos de cla­se al­ta con equi­pos po­de­ro­sos de co­lom­bia­nos y nor­te­ame­ri­ca­nos en el la­do eje­cu­ti­vo y co­mer­cial. En Me­de­llín se vuel­ven los for­ti­nes y los epi­cen­tros de es­tas ma­ni­fes­ta­cio­nes por­que son mu­cho más fá­ci­les las prác­ti­cas ile­ga­les de co­rrup­ción mu­si­cal o, co­mo más le­gal­men­te se ha­bla, prác­ti­cas de com­pe­ten­cia des­leal. De ahí la ca­pa­ci­dad que tie­ne de in­ver­sio­nes muy al­tas de mu­chos mi­llo­nes, y la gen­te no se pre­gun­ta de dón­de sa­len 300 mi­llo­nes de pesos pa­ra po­si­cio­nar una can­ción.

—¿Pe­ro qué opi­nás del reguetón co­mo mú­si­ca?

—El reguetón es una mú­si­ca bá­si­ca, muy sen­ci­lla de ela­bo­rar, pe­ro con el tiem­po hay per­so­nas muy ta­len­to­sas. Ha­blo de In­fi­nity Music, que es un par de ta­len­to­sos mú­si­cos de acá que son las es­tre­llas del reguetón en la pro­duc­ción y se sien­te no so­lo su ham­bre por cre­cer en len­gua­je, sino que ha­cen su ta­rea por­que siempre me­jo­ran y es un tra­ba­jo ad­mi­ra­ble mu­si­cal­men­te.

Des­pués, más tar­de, por­que el cam­bio ho­ra­rio o qui­zá un con­cier­to in­te­rrum­pen la con­ver­sa­ción, Juan­cho Va­len­cia ha­bla­rá del Fruity Lopps, di­rá que es uno de los soft­wa­res más sen­ci­llos y que el pro­duc­tor del reguetón es so­lo un gran edi­tor o un gran bi­blio­te­ca­rio que tie­ne ac­ce­so a una li­bre­ría enor­me y di­ver­sa, un mons­truo, y que los gran­des pro­duc­to­res, los bue­nos de ver­dad, sa­ben có­mo sue­na el li­bro A con el M, có­mo se pue­den mez­clar. Eso ha­cen. Co­mo quien di­ce: el ta­len­to su­pre­mo.

* Ver los con­cier­tos de J Bal­vin y Ma­lu­ma que apa­re­cen en You­tu­be es dar­se cuen­ta de que ellos son las nue­vas es­tre­llas del pop. Son con­cier­tos re­ple­tos con mú­si­cos en vi­vo, to­dos do­ta­dos de gran ca­li­dad. El reguetón es­tá lleno de mo­dis­mos del pop, la in­fluen­cia de Me­de­llín –el fa­vor de vuel­ta– so­bre los de Puer­to Ri­co ha arra­sa­do con la ca­den­cia afri­ca­na, esa que per­ma­ne­ce en las can­cio­nes más ru­di­men­ta­rias de Te­go Cal­de­rón o de Daddy Yan­kee, las que ha­cen ol­vi­dar tan­ta teo­ría so­cio­ló­gi­ca, tan­to aná­li­sis, las que per­mi­ten des­cu­brir que la gra­ve­dad su­pre­ma la­te en la mi­tad del cuer­po.

1. Daddy Yan­kee. 2. J Bal­vin. 3. Te­go Cal­de­rón. 4. Nicky Jam. Es­tos son al­gu­nos de los gran­des nom­bres del reguetón. En la actualidad, Co­lom­bia es uno de los ma­yo­res pro­duc­to­res de re­gue­to­ne­ros del mun­do. To­da una po­ten­cia del gé­ne­ro con se­de en Me­de­llín. Dis­co­te­cas es­pe­cia­li­za­das co­mo Nas­sa y Winds Bar, en don­de se to­ma­ron las fotos que acom­pa­ñan es­te ar­tícu­lo, abun­dan en la ca­pi­tal an­tio­que­ña.

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