Com­prar un dios y fun­dar una re­li­gión

El cro­nis­ta chi­leno Juan Pa­blo Me­ne­ses se com­pró un dios en la In­dia, di­se­ñó una igle­sia en Si­li­con Va­lley y fun­dó una re­li­gión en Nue­va York. To­do pa­ra es­cri­bir un li­bro de no fic­ción. Acá ade­lan­ta, por pri­me­ra vez, par­te de uno de los pro­yec­tos más extr

SoHo - Censurado (Colombia) - - En - Bra // Soho - POR JUAN PA­BLO ME­NE­SES

Hoy es Black Fri­day y por Ti­mes Squa­re pa­san mi­les de tu­ris­tas y neo­yor­qui­nos en plan de con­su­mo: es­tán los que co­rren pa­ra ir de com­pras, los que re­cién ter­mi­nan de com­prar y los que deam­bu­lan co­mo car­ne sin alma por no po­der com­prar. Los veo des­de arri­ba, por­que estoy pa­ra­do en una pe­que­ña ta­ri­ma de un me­tro de al­to por uno de an­cho, en el cen­tro de la pla­za más fa­mo­sa de Es­ta­dos Uni­dos. Estoy aquí pa­ra ha­blar­les a ellos, y a un par de se­gui­do­res que me acom­pa­ñan, acer­ca de mi pro­pia com­pra: un dios.

Sí, así co­mo lo leen. Así co­mo sue­na. Ha­ce un tiempo me com­pré un dios en la In­dia. No una fi­gu­ri­ta re­li­gio­sa de sou­ve­nirs, no una re­pli­ca tu­rís­ti­ca de una di­vi­ni­dad: un dios real, mío, que se­rá pa­ra mu­chos. No es fá­cil com­prar un dios, pe­ro hoy, vier­nes 24 de no­viem­bre de 2017, a las 19:00 y du­ran­te el día de Black Fri­day, estoy fun­dan­do en Nue­va York una re­li­gión en ho­nor a mi dios: la Re­li­gión Por­tá­til.

En mis ma­nos ten­go un li­bro de ta­pas blan­cas que por aho­ra se lla­ma ‘li­bro blan­co’, pe­ro que cuan­do es­ta his­to­ria ter­mi­ne ten­drá una por­ta­da, un tí­tu­lo, un có­di­go de ba­rras, el lo­go de una editorial y se ven­de­rá en li­bre­rías. En es­te li­bro blan­co voy to­man­do los apuntes pa­ra es­ta his­to­ria.

No se­rá un lan­za­mien­to com­ple­ta­men­te anó­ni­mo. Ayer, la ca­de­na internacional de dia­rios Me­tro pu­bli­có en va­rios paí­ses un ar­tícu­lo en el que se leía: Juan Pa­blo Me­ne­ses ase­gu­ra que se ha com­pra­do un dios. “Pa­ra lan­zar una re­li­gión en Nue­va York”, di­ce Me­ne­ses a Me­tro. Y así, es­cri­bir el ter­cer li­bro de la tri­lo­gía del Pe­rio­dis­mo cash. La re­li­gión se­rá pre­sen­ta­da es­te vier­nes 24, mis­ma fe­cha que el Black Fri­day.

Y aho­ra estoy aquí. Abro el li­bro blan­co y, an­tes de leer, mi­ro a esa mu­che­dum­bre que se mue­ve por Nue­va York co­mo en un po­go len­to. El vien­to que cru­za la is­la es muy frío y te de­ja las me­ji­llas co­mo de go­ma. Sa­le va­por de las al­can­ta­ri­llas y por la bo­ca de los con­su­mi­do­res de es­te ‘vier­nes ne­gro’. Las pan­ta­llas gi­gan­tes nos ilu­mi­nan con sus anun­cios: aquí so­mos se­res de luz, pe­ro de luz de pu­bli­ci­da­des. Con ese en­torno, co­mien­za la ce­re­mo­nia de fun­da­ción de es­ta re­li­gión. Res­pi­ro hon­do, me fi­jo en que la cá­ma­ra me es­té apun­tan­do y leo en in­glés:

—Na­ce aquí, ofi­cial­men­te, la Re­li­gión Por­tá­til. La que está con­sa­gra­da a un dios por­tá­til. La que se va a ex­pan­dir a tra­vés de la Igle­sia de la Re­li­gión Por­tá­til. Un nue­vo cre­do, di­ri­gi­do a los via­je­ros, a los tras­hu­man­tes, a los nómadas, a los pe­re­gri­nos, a los que no tie­nen na­da fi­jo, a los free­lan­cers de es­te mun­do.

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Lle­gué a la In­dia a com­prar­me un dios,

aun­que en reali­dad es­ta­ba es­ca­pan­do. En San­tia­go de Chi­le era di­rec­tor de un pe­rió­di­co, me ha­bía com­pra­do un de­par­ta­men­to gran­de, vi­vía me­ti­do en abu­rri­das reunio­nes de eje­cu­ti­vo y re­cién ter­mi­na­ba una re­la­ción lar­ga y len­ta. Com­prar un dios, pa­ra es­cri­bir un li­bro, era una bue­na ex­cu­sa pa­ra via­jar y ‘re­se­tear­me’ en el país con más ve­ge­ta­ria­nos del mun­do.

Una ma­ña­na iba ca­mi­nan­do por Be­na­rés y se me acer­có un ven­de­dor ca­lle­je­ro, de esos que se te pe­gan y no te suel­tan:

—¿Quie­res dro­ga? ¿Quie­res ma­sa­jes? ¿Bus­cas se­xo? Ten­go de to­do.

Be­na­rés, la ciu­dad sagrada de la In­dia, es un mar hu­mano de olo­res y co­lo­res ex­tra­ños. Hay mu­chos ti­pos de rui­dos di­fe­ren­tes, de bo­ci­nas, de clá­xo­nes, de trom­pe­tas, de gri­tos, de re­zos, de mú­si­cas, de ple­ga­rias, de mo­to­res. No es fá­cil ca­mi­nar por es­tas ca­lles an­gos­tas, con an­cia­nos dur­mien­do en el sue­lo, va­cas co­mién­do­se la ba­su­ra, mon­jes bai­lan­do so­bre bra­sas, mo­nos sal­tan­do en­tre los te­chos, be­bés de po­cos me­ses con los ojos ma­qui­lla­dos, tu­ris­tas re­cién dro­ga­dos, ve­ci­nos es­qui­zo­fré­ni­cos. To­do lo an­te­rior cu­bier­to por la nu­be de ce­ni­zas de to­dos los ca­dá­ve­res que­ma­dos esa ma­ña­na.

—¿Quie­res dro­ga? ¿Quie­res ha­chís? ¿Ma­rihua­na? ¿Se­xo? ¿Píl­do­ras? ¿Ma­sa­jes? ¿Mu­je­res? Ten­go de to­do.

Al pa­re­cer, me ha­bía con­ver­ti­do en imán de es­te ti­po de pro­fe­tas. Me lo pre­gun­ta­ba

co­mo si es­tu­vie­ra tra­tan­do de ayu­dar­me. Pa­re­cía un de­seo ge­nuino. En­ton­ces le tomé el bra­zo, lo mi­ré a los ojos y le di­je:

—Un dios. Vi­ne a com­prar un dios. ¿Tie­nes un dios pa­ra ven­der­me?

—¿Un dios? —y se que­dó pen­san­do un mo­men­to, co­mo bus­can­do un dios en la bo­de­ga de su memoria. —Sí, un dios. Quie­ro com­prar un dios. El jo­ven, fla­co co­mo un fa­quir y bi­go­tes co­mo Can­tin­flas, se fue co­rrien­do. Apa­re­ció un par de cua­dras más ade­lan­te. Es­ta­ba agi­ta­do, co­mo si vi­nie­ra de ver a un dios real. Es­ti­ró su mano de hue­sos y uñas lar­gas, y me dio su ofren­da:

—Lo que es­ta­bas bus­can­do. Un dios pa­ra ti. A muy buen pre­cio.

Lo que te­nía en­tre las ma­nos era una mi­nia­tu­ra de Ga­nesh, uno de los dio­ses más co­no­ci­dos y ado­ra­dos del pan­teón hin­duis­ta. Tie­ne cuer­po hu­mano y ca­be­za de ele­fan­te, y pa­re­ce ser el hi­jo fa­vo­ri­to de Shi­va y Par­va­ti. Es uno de los más po­pu­la­res en­tre los tu­ris­tas y lo pue­des ver en posters, ca­mi­se­tas, mu­ra­llas, tem­plos. El Ga­nesh que me pa­só es­ta­ba he­cho en un mol­de de de­ta­lles grue­sos y ma­la por­ce­la­na.

—No, no es lo que estoy bus­can­do. Es­to es una es­ta­tua —le di­je, mien­tras to­ma­ba la ré­pli­ca de Ga­nesh en mis ma­nos. Y le re­pe­tí:

—Quie­ro com­prar un dios ver­da­de­ro. ¿Me pue­des ven­der un dios real?

Él to­mó el ele­fan­te y se fue re­sig­na­do. Se per­dió en­tre to­da esa gen­te que pa­re­cía per­der­se jun­to con él.

Des­de que de­ci­des com­prar­te un dios, lo más com­pli­ca­do es ex­pli­car­le a la gen­te que te quie­res com­prar uno de ver­dad, uno real, no una mi­nia­tu­ra. Y es­cu­char que te di­cen que no se pue­de, que es im­po­si­ble, que es­tás lo­co.

En la In­dia, don­de los hin­duis­tas tie­nen mi­llo­nes de dio­ses, una pro­fe­so­ra de la Uni­ver­si­dad de Be­na­rés me di­jo que es co­mún que ca­da fa­mi­lia pue­da te­ner su pro­pio dios. Pe­ro que ella nun­ca ha sa­bi­do de al­guien que com­pre o ven­da dio­ses.

Un teó­lo­go de la Igle­sia ca­tó­li­ca me di­jo en Ro­ma, ca­mi­nan­do ha­cia el Va­ti­cano, que dios era uno so­lo y que él lo sa­be to­do y que es una lo­cu­ra in­ten­tar com­prar­lo.

Un mon­je la­ma me di­jo, en un mo­nas­te­rio de Kat­man­dú, que mi aven­tu­ra de com­prar un dios no ten­dría fi­nal fe­liz. Me to­mó las ma­nos, me mi­ró a los ojos, y me di­jo:

—Pue­des com­prar una ca­ma, pe­ro no pue­des com­prar el sue­ño.

Un maes­tro ca­li­for­niano de yo­ga, que re­co­rre to­do el mun­do en un jet pri­va­do y que acon­se­ja a pre­si­den­tes de va­rios paí­ses ter­cer­mun­dis­tas, me di­jo: —Pue­des com­prar cual­quier co­sa, ami­go. Pue­des com­prar de to­do, el hom­bre in­ven­ta to­do pa­ra ven­der. Pe­ro hay una so­la co­sa que nun­ca po­drás com­prar. Nun­ca: la res­pi­ra­ción.

El es­cri­tor, ar­tis­ta y di­rec­tor de ci­ne Ale­jan­dro Jo­do­rowsky me di­jo du­ran­te el ro­da­je de su más re­cien­te pe­lí­cu­la:

—¿Quie­res com­prar un dios? ¡Tú eres un dios! To­dos te­ne­mos aden­tro un dios que no ne­ce­si­ta­mos com­prar por­que nos per­te­ne­ce.

Un do­ble de El­vis Pres­ley, se­gui­dor de la Igle­sia pres­ley­te­ria­na, me di­jo en la ca­lle prin­ci­pal de Las Vegas que el úni­co dios real era el Rey del Rock. Y uno de los fun­da­do­res de la Igle­sia de Ma­ra­do­na me con­tes­tó, des­de Rosario, Ar­gen­ti­na, que no hay más dios que d10s. Y que no es­ta­ba a la ven­ta.

Un co­rre­dor de la Bolsa de Nue­va York, con mo­vi­mien­tos de mi­llo­nes de dó­la­res al día, me di­jo:

—Si com­pras un dios ver­da­de­ro, llá­ma­me. Me in­tere­sa. Me in­tere­sa mu­cho.

•••

La ce­re­mo­nia de lan­za­mien­to de la Re­li­gión Por­tá­til se­rá bre­ve, aun­que se­gui­rá con va­rias pre­sen­ta­cio­nes. Des­pués de es­ta pri­me­ra pie­dra pues­ta en Ti­mes Squa­re, ven­drán tres fe­chas más. Lo bau­ti­za­mos co­mo el Church of the Por­ta­ble Re­li­gion. Inau­gu­ral Tour / New York 2017, se­gui­rá al día si­guien-

Lo más com­pli­ca­do es ex­pli­car que te quie­res com­prar un dios ver­da­de­ro, no una mi­nia­tu­ra.

te en Brooklyn Brid­ge y el 2 de di­ciem­bre en la Uni­ver­si­dad de Nue­va York. El cie­rre se­rá en el Cen­tral Park el 3 de di­ciem­bre.

Mien­tras leo pa­sa­jes del li­bro blan­co bajo las lu­ces de las pan­ta­llas gi­gan­tes, so­bre una ta­ri­ma de un me­tro de al­to, veo que mu­chos pa­san sin es­cu­char. Una mu­jer, de unos 60 años, con abri­go gris y ore­je­ras pe­lu­das, me in­te­rrum­pe gri­tán­do­me que dios es uno, úni­co, y se va re­ci­tán­do­me un sal­mo. Una de las per­so­nas que es­tán con­mi­go me le­van­ta el de­do de la mano, en se­ñal de que ha gra­ba­do el mo­men­to en que ella se acer­có a in­ter­pe­lar­me.

Sal­vo ese pe­que­ño in­ci­den­te, mien­tras leo el li­bro blan­co la ma­yo­ría de los tran­seún­tes va en­cap­su­la­do en su pro­pio Black Fri­day, el día en el que las ofer­tas de las tien­das de Es­ta­dos Uni­dos son tan gran­des que han lle­ga­do a mo­rir per­so­nas aplas­ta­das tra­tan­do de en­trar a com­prar al­go con des­cuen­to. Cuan­do com­pré mi dios no tu­ve que es­pe­rar que hu­bie­ra al­gu­na ofer­ta, ni ha­cer una lar­ga fi­la an­tes de lle­gar al me­són. Gas­té más tiempo en ne­go­ciar el pre­cio que en lle­gar has­ta el si­tio don­de lo com­pré.

El día en que com­pré mi dios ha­bía más de 35 gra­dos de tem­pe­ra­tu­ra y es­ta­ba ves­ti­do con una camisa suel­ta y pan­ta­lo­nes cor­tos. Aho­ra, en la ce­re­mo­nia de lan­za­mien­to en Nue­va York, estoy ves­ti­do con za­pa­tos ne­gros, pan­ta­lón ne­gro, camisa

ne­gra y abri­go ne­gro. Iba a traer un me­gá­fono chi­co, que cos­ta­ba 77 dó­la­res en una tien­da de Chi­na­town, pe­ro no qui­se te­ner líos con la Po­li­cía. Y acá está lleno de po­li­cías. Un par de tu­ris­tas me ha­ce una fo­to, sin te­ner idea de que es­ta­mos en la ce­re­mo­nia de fun­da­ción de una re­li­gión. Por mo­men­tos pien­so que uno de esos tu­ris­tas pue­de ser un po­li­cía en­cu­bier­to.

¿Có­mo se­rá la Re­li­gión Por­tá­til?, me pre­gun­ta­ron va­rios en los días pre­vios al lan­za­mien­to. Ca­si siem­pre doy la res­pues­ta lar­ga: —No ten­drá fun­da­men­tos, no ten­drá re­glas, no ten­drá man­da­tos ni man­da­mien­tos, no te obli­ga­rá a ser mo­nó­ga­mo, ni po­lí­ga­mo. No te im­pe­di­rá que creas en otros dio­ses, ni que par­ti­ci­pes en otros cre­dos. Se­rá una re­li­gión en la que uno de­ci­da los tiem­pos y pon­ga las re­glas. Se­rá sin ho­ra­rios y bajo tu res­pon­sa­bi­li­dad. Se­rá una es­pi­ri­tua­li­dad por­tá­til. Po­cas ve­ces doy la res­pues­ta cor­ta: —Se­rá igual que una re­la­ción la­bo­ral free­lan­ce. Se­rá una re­la­ción re­li­gio­sa free­lan­ce.

Du­ran­te mi es­ta­día en Be­na­rés me que­dé en el ho­tel Gan­ges View, en la ca­lle Nag­wa, en el As­si Ghatt. Mi ha­bi­ta­ción es­ta­ba en el ter­cer pi­so, con vis­ta al río sa­gra­do. En la puer­ta del ho­tel ha­bía un mú­si­co ca­lle­je­ro con un mono con el cuer­po com­ple­ta­men­te afei­ta­do, lo que lo ha­cía pa­re­cer un ni­ño. Es­ta­ba ro­dea­do de mi­llo­nes de dio­ses, co­mo di­cen los hin­duis­tas, pe­ro yo no po­día com­prar nin­guno.

Co­mo to­dos los días, des­pués de ano­tar al­gu­nos tex­tos en el li­bro blan­co, me que­dé dor­mi­do es­cu­chan­do el Ál­bum blan­co de Los Beatles. En la ma­ña­na me des­per­tó el te­lé­fono de la ha­bi­ta­ción. Me di­je­ron que me bus­ca­ba al­guien en la re­cep­ción. Ba­jé rá­pi­do, sin sa­ber quién me iba a vi­si­tar en ese ho­tel per­di­do de la In­dia. Era el ven­de­dor ca­lle­je­ro del día an­te­rior.

Me sa­lu­dó con su mano de hue­sos y uñas lar­gas y me di­jo que aho­ra sí me traía un dios ver­da­de­ro. En la puer­ta te­nía ama­rra­da una va­ca, fla­ca y chi­ca co­mo un pe­rro, con ca­ra de mal­hu­mor.

—Es una dei­dad real. Es sagrada. Te la pue­do ven­der, pe­ro no le pue­des de­cir a na­die. Ten­dré mu­chos pro­ble­mas si sa­ben que te la ven­dí.

Me pi­dió 400 dó­la­res, en bi­lle­tes, y a los 15 se­gun­dos se ba­jó a 200.

—Mu­chas gra­cias, pe­ro ya me com­pré una va­ca. En el pri­mer li­bro de es­ta tri­lo­gía ya me com­pré una va­ca. —¿El pri­mer li­bro? No me en­ten­dió lo del li­bro, y por un mo­men­to pen­sé en ex­pli­car­le to­do el pro­yec­to. Que me es­ta­ba com­pran­do un dios pa­ra ha­cer un li­bro. Que el li­bro se­rá el ter­ce­ro de una tri­lo­gía que lla­mé Pe­rio­dis­mo cash y que con­sis­te en com­prar con di­ne­ro en efec­ti­vo al pro­ta­go­nis­ta de una in­dus­tria. Que pri­me­ro me com­pré un ser ani­mal, una va­ca, pa­ra con­tar la in­dus­tria de la car­ne, y que ese li­bro se lla­mó La vi­da de una va­ca (2008). Que des­pués re­co­rrí Amé­ri­ca La­ti­na bus­can­do com­prar un ni­ño fut­bo­lis­ta pa­ra ven­der­lo a Eu­ro­pa, y que de ese re­co­rri­do bus­can­do com­prar un ser hu­mano sa­lió el li­bro Niños fut­bo­lis­tas (2013), acer­ca de có­mo es hoy la in­dus­tria del fút­bol. Y que aho­ra es­ta­ba com­pran­do un ser di­vino, una dei­dad, pa­ra ha­cer una re­li­gión y una Igle­sia, y con­tar por den­tro la in­dus­tria de la es­pi­ri­tua­li­dad, de la fe, de creer. Sa­lió más rá­pi­do no ex­pli­car­le na­da: —Una va­ca es un buen in­ten­to, pe­ro no es lo que an­do bus­can­do, mu­chas gra­cias.

Ca­si al fi­nal de la pre­sen­ta­ción en Ti­mes Squa­re, cuen­to que el dios que me com­pré en la In­dia está a unas 50 cua­dras de acá, den­tro de una ma­le­ta ver­de, en el sép­ti­mo pi­so de un edi­fi­cio de la ca­lle 94, en el Up­per West Si­de de Man­hat­tan.

No pue­do con­tar mu­cho más. En es­pe­ra de que el li­bro blan­co se trans­for­me en el li­bro fi­nal de es­ta his­to­ria, to­da­vía no pue­do ade­lan­tar la for­ma que tie­ne, ni el va­lor exac­to en que lo com­pré, ni có­mo fue la ne­go­cia­ción, ni có­mo se lla­ma el ven­de­dor. Re­ve­lo aquí, eso sí, al­gu­nos de­ta­lles es­pe­cí­fi­cos que na­die co­no­ce:

*Lo pa­gué en ru­pias, aun­que el va­lor acor­da­do fue en dó­la­res.

*Se lo com­pré al ven­de­dor de una tien­da de sou­ve­nirs, den­tro del ho­tel Ho­li­day Inn de Be­na­rés.

*El arre­glo in­clu­yó un par de co­ji­nes con bor­da­dos in­dios.

*No me en­tre­ga­ron nin­gu­na es­cri­tu­ra ni do­cu­men­to ofi­cial por el dios. Tam­po­co una bo­le­ta.

*No tu­ve pro­ble­mas pa­ra sa­lir de la In­dia con mi dios, ni pa­ra vol­ver a Chi­le, ni pa­ra en­trar a Es­ta­dos Uni­dos cuan­do me vi­ne a vi­vir a Ca­li­for­nia.

*Mien­tras vi­ví en Ca­li­for­nia pre­sen­té el pro­yec­to de la Church of the Por­ta­ble Re­li­gion en una cla­se del Más­ter de Ne­go­cios de la Uni­ver­si­dad de Stan­ford, pe­ro no lle­ve al dios a esa pre­sen­ta­ción.

—Cuan­do me mu­dé a Nue­va York, don­de vi­vo aho­ra, me vi­ne in­vi­ta­do por la Uni­ver­si­dad de Nue­va York (NYU) pa­ra tra­ba­jar en es­te pro­yec­to li­te­ra­rio. Mi ofi­ci­na es la 555 del Cen­ter for Re­li­gion and Me­dia, de NYU. El dios es­tu­vo seis días com­ple­tos en mi ofi­ci­na, el sép­ti­mo me lo lle­vé a mi ca­sa en el Up­per West Si­de.

Ter­mino la ce­re­mo­nia en Ti­mes Squa­re di­cien­do que que­da fun­da­da la Re­li­gión Por­tá­til, con una igle­sia por­tá­til, que ca­da uno lle­va­rá con­si­go mis­mo, y un dios por­tá­til que los acom­pa­ña­rá a don­de va­yan.

Cuan­do bajo de la ta­ri­ma, y la ce­re­mo­nia ha ter­mi­na­do, la re­li­gión ya está ofi­cial­men­te fun­da­da. Me confirman, po­cos mi­nu­tos des­pués, que ya está abier­to el ac­ce­so de la pá­gi­na: por­ta­ble­re­li­gion.org. Nues­tro úni­co tem­plo ofi­cial. Des­de ese mo­men­to, sien­to que ten­go una de las ca­si 5000 re­li­gio­nes que se es­ti­man hay en el mun­do: aun­que la ma­yo­ría del pla­ne­ta se re­par­te so­la­men­te en 10 cre­dos. En tér­mi­nos le­ga­les, el ca­mino se­rá más lar­go y va a re­que­rir en­tre­vis­tas con abo­ga­dos, con­ta­do­res, ase­so­res y to­do ese ejér­ci­to de bu­ró­cra­tas que ha con­ver­ti­do a la re­li­gión en una in­dus­tria que en es­te país mue­ve más di­ne­ro que Goo­gle y Fa­ce­book jun­tas.

La no­che del 24 de no­viem­bre ter­mi­na con una ve­la­da con ami­gos en el Rai­nes Law Room, una ré­pli­ca de los ba­res spea­keasy de Man­hat­tan que fun­cio­na­ban clan­des­ti­na­men­te en los años trein­ta du­ran­te la ley se­ca. Está en un sub­te­rrá­neo y man­tie­ne to­do el am­bien­te se­cre­to. Ha­ce­mos unos brin­dis. Pien­so en los pri­me­ros se­gui­do­res de es­ta fe por­tá­til, de es­ta es­pi­ri­tua­li­dad free­lan­ce.

El día en que fun­das una re­li­gión te acues­tas tar­de y muy can­sa­do: te des­plo­mas en la ca­ma, co­mo si te hu­bie­ran chu­pa­do las fuer­zas. Al día si­guien­te, cuan­do des­pier­tas, ya to­do es dis­tin­to. Tie­nes tu pro­pio cre­do y te que­da es­cri­bir un li­bro.

“Es una dei­dad real. Es sagrada. Te la pue­do ven­der, pe­ro no le pue­des de­cir a na­die. Ten­dré mu­chos pro­ble­mas si sa­ben que te la ven­dí”.

Me­ne­ses, quien por aho­ra se nie­ga a mos­trar su dios, en la Sal­va­tion Moun­tain (Ca­li­for­nia).

La bús­que­da de su dios lle­vó a Me­ne­ses a la In­dia, en don­de fi­nal­men­te en­con­tró lo que bus­ca­ba: su pro­pia dei­dad.

El día de Black Fri­day de 2017, en me­dio del Ti­mes Squa­re de Nue­va York, tu­vo lu­gar la fun­da­ción de la Igle­sia de la Re­li­gión Por­tá­til.

Niños fut­bo­lis­tas (2013)

La vi­da de una va­ca (2008)

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