Mi abue­lo y la ma­rihua­na

Es­cle­ro­sis, dia­be­tes, ar­tri­tis, es­co­lio­sis, os­teo­pe­nia di­fu­sa e hi­per­ten­sión, esos son ape­nas al­gu­nos de los ma­les que aque­jan a un hom­bre de 83 años que en­con­tró en la ma­rihua­na el ali­vio a sus do­lo­res y un puen­te con su nie­to.

SoHo - Censurado (Colombia) - - Portada - POR:

Mi abue­lo es un ti­po sen­ci­llo. Cru­do hasta la mé­du­la. Po­see­dor de un hu­mor tan os­cu­ro co­mo sus ojos. Pe­que­ño. Va­ni­do­so. De sonrisa gran­de y do­lor profundo. Mi abue­lo es el re­fle­jo de su vi­da. Piel tri­gue­ña con al­gu­nas man­chas so­bre las arru­gas que sur­can su ros­tro. Ju­gue­tón, ale­gre y so­li­ta­rio. Mi abue­lo es un buen con­ver­sa­dor. De do­tes re­mar­ca­bles en la co­ci­na y con una mi­ra­da se­re­na. Mi abue­lo es mu­chas co­sas. Pe­ro hoy, acá, mi abue­lo es mi ami­go.

Es­ta­mos sen­ta­dos en la sa­la de su ca­sa, esa mis­ma en la que co­rrí des­cal­zo des­de que ten­go memoria. Es­ta vez no me cui­da a mí, sino yo a él. Ha­cer una lis­ta con los ma­les que lo aque­jan se­ría in­ter­mi­na­ble, des­de dia­be­tes, ar­tri­tis y un tras­plan­te de ro­di­lla, hasta una mo­les­tia en la ca­de­ra que no lo de­ja tran­qui­lo. No se que­ja, no es su es­ti­lo, pe­ro ca­da vez se le no­ta más al an­dar que el do­lor es de­ma­sia­do gran­de. Ha ido a va­rias con­sul­tas, le di­cen que es al­go nor­mal. Que es la edad. Que in­ten­te con te­ra­pias.

Hace va­rios años vi­ve so­lo, duer­me po­co y ca­mi­na bas­tan­te. Des­de que mi abuela mu­rió, des­pués de ca­si una dé­ca­da en la que el alz­héi­mer la con­vir­tió

NI­CO­LÁS RO­CHA COR­TÉS

en una ex­tra­ña an­te su pro­pia mi­ra­da, él duer­me con un va­cío al la­do. Nos vi­si­ta muy de vez en cuan­do, lle­ga ca­mi­nan­do ler­do, su­bien­do es­ca­lo­nes len­ta­men­te y ha­cien­do chis­tes ca­da vez que pue­de. Hace un año su her­mano mu­rió de cán­cer y des­de ese en­ton­ces so­lo sa­le a la ca­lle pa­ra lle­var el te­lé­fono a arre­glar, com­prar plá­ta­nos, es­ca­bu­llir­se en al­gu­na pa­na­de­ría o ir al mé­di­co. Mi abue­lo vi­ve una vi­da sen­ci­lla.

No lo vi­si­ta­ba hace me­ses. En al­gún pun­to entre la en­fer­me­dad de mi abuela y mi sal­to a la adul­tez de­jé de pa­sar tiem­po con él. Creo que es nor­mal. Des­pués de que mi abuela mu­rió to­dos nos ale­ja­mos, de­ja­mos de re­unir­nos pa­ra co­mer y los cum­plea­ños se con­vir­tie­ron en la úni­ca ex­cu­sa pa­ra le­van­tar el te­lé­fono. Nun­ca su­pe qué sen­tía mi abue­lo y tam­po­co qui­se pre­gun­tar. Es­te año via­ja­mos un par de ve­ces con él. En Na­vi­dad so­lía­mos co­mer jun­tos y en mi cum­plea­ños nun­ca fal­ta su re­ga­lo.

Hace un par de días mi ma­dre en­tró al cuar­to y me di­jo, ex­tra­ña­da, que mi abue­lo que­ría pro­bar ma­rihua­na. El tra­ma­dol no hi­zo efec­to. Es­ta­ba preo­cu­pa­da, lo pu­de sen­tir en su voz. Le ate­rra­ba la idea de que mi abue­lo vi­vie­ra en do­lor cons­tan­te. Lo dis­cu­tí con mis pa­dres, les di­je que yo po­día con­se­guir­la, que un ami­go cul­ti­va­ba y que si mi abue­lo que­ría lo po­día­mos in­ten­tar. Era lo mí­ni­mo que po­día ha­cer por él.

An­tes de ha­cer­lo in­ves­ti­gué bien. Hi­ce un par de lla­ma­das, leí va­rios ar­tícu­los y bus­qué en la Aso­cia­ción Na­cio­nal de In­dus­trias de Can­na­bis Co­lom­bia­na (Aso­col­can­na) al­gún ex­per­to. Con­se­guí unos gra­mos de ‘ín­di­ca’, los mo­lí y em­pa­qué cui­da­do­sa­men­te en una ho­ja de pa­pel.

—Abue­li­to, ¿qué sa­bes so­bre ma­rihua­na?

—La ma­rihua­na es tre­men­da. Pe­ro creo que el pis­co que quie­ra con­su­mir tie­ne que te­ner la fór­mu­la mé­di­ca. Pe­ro en todo el mun­do di­cen que eso es... ¡me­jor di­cho! —¿Quie­res pro­bar? Te tra­je un po­co. —Pues… des­de que no me vuel­va adic­to, no hay pro­ble­ma— di­ce rien­do.

—¿Nun­ca has fu­ma­do?

—No, no. Pe­ro ten­go mucha to­le­ran­cia a las dro­gas. No creo que me ha­ga.

La pri­me­ra bo­ca­na­da es abun­dan­te, la ma­rihua­na se que­ma rá­pi­da­men­te y las as­cuas que vue­lan de la pi­pa en­cuen­tran su fi­nal so­bre la me­sa de la sa­la. No sien­te na­da. As­pi­ra una vez más. El hu­mo le sa­le de la bo­ca y se dis­per­sa por el apar­ta­men­to. Le su­gie­ro abrir una ven­ta­na. Mi abue­lo di­ce que no. Está en su ca­sa y no le im­por­ta que el olor que­de en­ce­rra­do. Cuan­do era ni­ño recuerdo ver­lo es­ca­bu­llén­do­se a la co­ci­na des­pués de co­mer y fu­mar es­con­di­do de­trás de la la­va­do­ra pa­ra que mi abuela no se die­ra cuen­ta. Aho­ra na­die pue­de pe­lear­le.

Le mues­tro có­mo lle­nar la pi­pa. Lo in­ten­ta, pe­ro sus de­dos tor­ci­dos por la ar­tri­tis di­fi­cul­tan la ta­rea. Lle­nar­la le to­ma un minuto. Un minuto más en­cen­der­la. As­pi­ra un po­co y se ato­ra. Es­toy aquí, vién­do­lo, en­se­ñán­do­le al­go que no sa­bía. Es co­mo ir de­trás de la bi­ci­cle­ta en la que está apren­dien­do a pe­da­lear. —¿Có­mo te sien­tes? —Bien, bien. A mí las dro­gas nun­ca me han he­cho efec­to.

—Bueno. Es­pe­re­mos unos mi­nu­tos y me cuen­tas. ¿Có­mo está la ca­de­ra?

—Mo­les­tan­do, co­mo siem­pre —di­ce apre­tan­do los la­bios.

No pa­san más de diez mi­nu­tos cuan­do, al in­ten­tar le­van­tar­se, se tam­ba­lea. Le ofrez­co mi mano co­mo apo­yo y suel­ta una car­ca­ja­da que rom­pe con el silencio se­pul­cral que ha­bi­ta su apar­ta­men­to. —¡Uy, jue­ma­dre, es­toy co­mo ma­rea­di­to! —¿Sí te co­gió? —Sí, sí, uy. No. Men­ti­ra, sí. Lo acom­pa­ño al so­fá más gran­de de to­da la sa­la, me aco­mo­do a su la­do y em­pe­za­mos a ha­blar. Le pre­gun­to por su vi­da. Me cuen­ta que se le da­ñó el te­lé­fono, ha­bla­mos de mi tra­ba­jo, de mi her­ma­na y de mis pa­pás. Me pide un po­co de agua. Sien­te la bo­ca se­ca.

—Ya pue­des de­cir que fu­mas­te ma­rihua­na, abue­li­to. —A los 83 años —di­ce rién­do­se. —Pe­ro bueno, ha si­do una vi­da bien vi­vi­da. —Ya, ya cum­plí. —No, aún te fal­ta. Te que­da ra­to.

cuan­do mi abuela mu­rió en una so­lea­da mañana de no­viem­bre y él llo­ró y echó en­fu­re­ci­do a mi pa­dre de la ca­sa cuan­do in­ten­tó en­trar, cuan­do la cre­ma­ron y tu­vo que vol­ver a su ca­sa a dor­mir so­lo. Él con­fía en mí y yo en él. Por­que eso ha­cen los nie­tos con sus abue­los. Por­que no sé qué más po­dría ha­cer. Y por­que eso es lo que su mano me hace sen­tir.

Cuan­do era ni­ño so­lía al­ter­nar entre las ca­sas de mis dos abue­los en va­ca­cio­nes. La del sur era la del pa­dre de mi ma­dre, allá apren­dí so­bre el Che Gue­va­ra y Ga­briel García Már­quez. Tam­bién ven­dí li­mo­na­da y fui al Par­que Ciu­dad Mon­tes a per­se­guir a mi abue­lo en mi ca­rro na­ran­ja arras­tran­do los pies. La del nor­te es la del pa­dre de mi pa­dre, en don­de es­toy hoy. Acá veía ca­ri­ca­tu­ras y me to­ca­ba ir a mi­sa los do­min­gos. Le pi­do a mi abue­lo que me mi­re, que abra los ojos. Es­tán un po­co ro­jos.

La sonrisa que tie­ne es­tam­pa­da en la ca­ra no tie­ne pre­cio. Está fe­liz. Ya no quie­re ha­blar más, so­lo quie­re es­cu­char. Le cuen­to so­bre los úl­ti­mos via­jes que he he­cho. Siem­pre que ha­bla­mos es so­bre eso. Él me cuen­ta que recorrió Co­lom­bia en tren con mi abuela, que lle­gó muy le­jos. Me di­ce que siem­pre tra­ba­jó y nun­ca fal­tó co­mi­da en la ca­sa. Que era un gran fut­bo­lis­ta. A ve­ces me cuen­ta có­mo fue el Bo­go­ta­zo. Mi abue­lo siem­pre ha que­ri­do lo jus­to, nun­ca fue am­bi­cio­so y ja­más tu­vo más de lo que ne­ce­si­ta­ba. So­lo recuerdo las ri­sas en la in­fan­cia, su bi­go­te que aún in­ten­ta pin­tar cre­yen­do que na­die se da cuen­ta, la pei­ni­lla que car­ga­ba en el bol­si­llo pa­ra no estar des­pei­na­do y los con­cur­sos des­pués de almuerzo pa­ra ver quién po­día sa­car más ba­rri­ga.

Le pre­gun­to una vez más por su do­lor. Responde que no sien­te mo­les­tia al­gu­na. Sus de­dos no es­tán in­fla­ma­dos y ca­mi­na con tran­qui­li­dad. No ha fu­ma­do más ma­rihua­na, no está pas­ma­do. —¿Có­mo vas, abue­li­to? —Bien. Bien. Todo está per­fec­to. Creo que no lo ha­bía es­cu­cha­do de­cir que todo es­ta­ba per­fec­to des­de hace más de diez años. Su ve­jez no ha si­do trau­má­ti­ca, pe­ro ha te­ni­do mo­men­tos com­pli­ca­dos. Cuan­do le diag­nos­ti­ca­ron dia­be­tes la vi­da le cam­bió. Los dul­ces, las ga­seo­sas, el pastel. Cui­dar­se no era al­go que le in­tere­sa­ra, pe­ro tu­vo que apren­der a li­diar con eso. Siem­pre ha si­do des­pis­ta­do. Me lo he en­con­tra­do en la ca­lle ca­mi­nan­do con las ga­fas sin un len­te. Al­gu­na vez lle­gó a la ca­sa y le es­cu­rría san­gre del bra­zo por­que no se ha­bía da­do cuen­ta de que te­nía un cor­te profundo. Cuan­do fui­mos a una pis­ci­na se me­tió con las me­dias en un bol­si­llo y la bi­lle­te­ra y el ce­lu­lar en otro. Que­mo­nes, cor­ta­das, mo­re­to­nes.

Mi abue­lo no es pre­ci­sa­men­te cui­da­do­so. Por eso vi­gi­lo ca­da pa­so que da co­mo si es­tu­vie­ra apren­dien­do a ca­mi­nar. Se si­gue rien­do. Le pre­gun­to cuán­to tiem­po cree que ha pa­sa­do. —No sé. Quin­ce o vein­te mi­nu­tos. —Tres ho­ras, abue­li­to. —¡Ave Ma­ría! —responde abrien­do los ojos y rien­do.

El ham­bre pa­sa. El ma­reo ya no está. El do­lor no vuel­ve. Nos le­van­ta­mos del so­fá y se­gui­mos rién­do­nos de la ex­pe­rien­cia. Ca­mi­na­mos por la ca­sa. Lim­pia­mos un po­co la sa­la, re­co­jo las ce­ni­zas y le de­jo la pi­pa lim­pia. Le de­jo un po­co de ma­rihua­na en­vuel­ta en el pa­pel so­bre un ce­ni­ce­ro de cris­tal. Bus­co mi cha­que­ta y vuel­vo a re­vi­sar­le los ojos.

An­tes de ir­me le di­go que me lla­me si al­go pa­sa y si sien­te que la ma­rihua­na le sir­vió. Al otro día lo hace. Está con­ten­to. Vuel­vo a con­tac­tar a un ex­per­to en el te­ma, que ac­ce­de a vi­si­tar a mi abue­lo pa­ra ha­cer­le un se­gui­mien­to mé­di­co uti­li­zan­do ma­rihua­na co­mo tra­ta­mien­to pa­ra su do­lor. Le cuen­to de la ex­pe­rien­cia con mi abue­lo y se emo­cio­na. Me ex­pli­ca que los efec­tos que vi son pro­duc­to de los com­po­nen­tes del can­na­bis. Men­cio­na tér­mi­nos co­mo anan­da­mi­da, THC y CBD. Me cuen­ta so­bre va­rios pa­cien­tes que tie­ne, al­gu­nos con cán­cer, otros con es­cle­ro­sis múl­ti­ple y un par de epi­lép­ti­cos. De­ba­ti­mos un po­co so­bre la dosis mí­ni­ma y la sa­ta­ni­za­ción de la plan­ta. Tam­bién men­cio­na que se pue­de uti­li­zar en pa­cien­tes con alz­héi­mer. Me gus­ta­ría ha­ber­lo sa­bi­do an­tes.

—Abue­li­ta, ¿fu­ma­rías con no­so­tros? .

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