Lu­cas Mal­do­na­do

Una en­tre­vis­ta con el di­rec­tor co­lom­biano Lu­cas Mal­do­na­do so­bre su pe­lí­cu­la Yo,lu­cas y una vi­da de fies­ta, se­xo, dro­gas y tra­go en Bogotá.

SoHo - Censurado (Colombia) - - News - POR: RI­CAR­DO DÍAZ ELJAIEK FO­TOS: DIA­NA REY ME­LO

Es­ta­mos en un es­tu­dio fo­to­grá­fi­co. En el cen­tro de la ha­bi­ta­ción es­tá Lu­cas Mal­do­na­do ha­cien­do mue­cas que pa­re­cen las de un ni­ño ju­gue­tón. Mues­tra los dien­tes, tuer­ce los ojos, aco­mo­da las pier­nas en po­se de va­que­ro. Se dis­po­ne a ha­blar de se­xo, dro­gas, tra­go y mu­je­res. O, lo que es lo mis­mo, de su pe­lí­cu­la Yo, Lu­cas.

Su pe­lí­cu­la es, en­tre otras co­sas, el tes­ti­mo­nio de un bo­rra­cho. ¿Có­mo fue ser un bo­rra­cho en Bogotá? Re­cuer­do unas épo­cas más bien de dro­ga du­ra, de ba­zu­co, ollas y eso... Pe­ro es­tar bo­rra­cho en Bogotá es al­go más de la ca­sa. Aquí no he en­con­tra­do el pla­cer de la ba­rra que he te­ni­do en otras ciu­da­des don­de he vi­vi­do. Cuan­do es­tá­ba­mos en la uni­ver­si­dad y éra­mos más bo­ni­tos ha­bía fies­tas más or­giás­ti­cas, con más des­nu­dos y eso. Ya aque­llo no apli­ca tan­to.

¿Có­mo lle­ga­ron es­tos par­ches y fies­tas or­giás­ti­cas a me­ter­se en sus raí­ces? Fue una co­sa muy del ba­rrio, de mis pa­pás, de to­do un gru­po de ar­tis­tas, pin­to­res, fo­tó­gra­fos, ci­neas­tas y ar­qui­tec­tos que co­lo­ni­za­ron La Ma­ca­re­na y el Bos­que Iz­quier­do. El fo­tó­gra­fo Her­nán Díaz or­ga­ni­za­ba unas fies­tas tre­men­das, muy de dis­fra­ces. Creo que no eran tan al­cohó­li­cos y tan dro­gos co­mo lo fui­mos la si­guien­te ge­ne­ra­ción de La Ma­ca­re­na y de Las To­rres del Par­que. Pe­ro sí eran unas fies­tas con des­nu­dos, con dis­fra­ces, muy li­be­ra­do­ras. Ten­go re­cuer­dos de ni­ño así co­mo muy (abre los ojos co­mo pla­tos y sus­pi­ra con una bo­ca sor­pren­di­dí­si­ma, imi­tan­do al ni­ño que fue)... De pron­to le­van­tar­me, sa­lir del cuar­to y en­con­trar una fies­ta con mi pa­pá em­pe­lo­to, dis­fra­za­do de rei­na de be­lle­za, co­sas así. Más de vie­jos in­ten­ta­mos se­guir ese lin­do ca­mino.

To­da la vi­da de fies­ta... Un po­co sí. Mi pa­pá era muy bo­rra­chi­to... y yo tam­bién. Siem­pre lo he si­do. Cla­ro, y el pe­ri­co. Eso sí eran una lo­cu­ra de fies­tas de va­rios días... Tre­men­das.

¿Ya no? Eso era an­tes en la ca­sa de mis pa­pás, un apar­ta­men­to muy gran­de. Cuan­do ellos se iban de via­je no­so­tros ha­cía­mos unas fies­tas más gran­des con mi her­mano, pe­ro úl­ti­ma­men­te más tran­qui­li­tos. A mí me dio un in­far­to ha­ce ca­si dos años. Su­pon­go que eso tam­bién me cal­mó un po­co. Es­ta­mos ya vie­ji­tos... 45 cum­plí ya, creo.

¿De dón­de sa­lió la idea de me­ter su vi­da en una pe­lí­cu­la? Fue un po­co por un ami­go que mu­rió de bo­rra­cho. Era un ac­tor, Blas Ja­ra­mi­llo. Em­pe­za­mos a ha­cer una pe­lí­cu­la so­bre él, pe­ro me di cuen­ta de que es­ta­ba ha­cien­do una pe­lí­cu­la so­bre mí. Fue cuan­do em­pe­cé a fil­mar a mis ex­no­vias pa­ra en­tre­vis­tar­las. Ahí di­ji­mos: “Uy, aquí sí que hay una pe­lí­cu­la, es­te ma­te­rial y esas con­ver­sa­cio­nes son bue­nas”. Eran co­sas que sí es­ta­ban pa­san­do de ver­dad fren­te a la cá­ma­ra. No se tra­ta de ha­blar bien de un ami­go muer­to, sino de re­cons­truir co­sas que eran sor­pren­den­tes pa­ra mí, co­sas de las que yo no me acor­da­ba por es­tar bo­rra­cho, o co­sas que nun­ca me ha­bían di­cho. Ellas iban muy de bue­na ga­na a esas te­ra­pias. Les pa­re­cía muy di­ver­ti­do fil­mar y ha­blar mal de mí. En­ton­ces con el tiem­po se pro­du­jo ese ma­te­rial que es co­mo tan ale­gre, por más que me es­tén con­tan­do las bes­tia­li­da­des que hi­ce. Pe­ro es con ca­ri­ño, con dis­tan­cia y ri­sa, ya su­pe­ra­da un po­co la ra­bia del mo­men­to.

Al prin­ci­pio pen­sé que se tra­ta­ba de Blas, lue­go pen­sé que de us­ted, lue­go de sus ex­no­vias, pe­ro al fi­nal pa­re­ce que la pe­lí­cu­la re­tra­ta­ra una ge­ne­ra­ción bo­go­ta­na que vi­vió al­go que aún se sien­te en las ca­lles. Creo que es un re­tra­to de ese ba­rrio, La Ma­ca­re­na, de to­do ese gru­po hu­mano fies­te­ro y li­be­ral. Y un re­tra­to de una ge­ne­ra­ción, por­que tam­bién hay gen­te a la que le en­can­ta y que ape­nas es­tá em­pe­zan­do la uni­ver­si­dad.

¿Có­mo cree que ha cam­bia­do la ciu­dad des­de esa épo­ca? Creo que no mu­cho. La fies­ta si­gue exis­tien­do: esa fies­ta tan des­bo­ca­da, con mu­cha gen­te. No sé si sea per­ti­nen­te ha­blar

es­tas bes­tia­li­da­des, pe­ro ha­ce mu­chos años re­cuer­do un es­cán­da­lo que hu­bo en mi co­le­gio. Uno en el que ha­bía bas­tan­te dro­ga. Se ha­bían in­ven­ta­do un sis­te­mi­ta los alum­nos por el cual en­tra­pa­ban los tam­po­nes en vod­ka y se los me­tían por el cu­lo. ¿Pue­de us­ted creer eso? En­ton­ces se em­bo­rra­cha­ban y no te­nían tu­fo en cla­se. ¡No­so­tros sí éra­mos muy jui­cio­sos, ca­ra­jo! La gen­te hoy es ca­paz de to­do. Yo soy, más bien, un drogadicto clá­si­co, ortodoxo de la co­caí­na.

Ca­mi­la Lo­bo­gue­rre­ro, su ma­dre, es una cineasta re­co­no­ci­da. ¿Có­mo fue te­ner­la en la pe­lí­cu­la? Di­ga­mos que des­de fue­ra, en el de­trás de cá­ma­ras, fue muy bo­ni­to por­que nos acer­có mu­cho. Era una re­la­ción muy di­fí­cil, con pe­leas y gri­tos te­rri­bles. Una vez ter­mi­na­da la pe­lí­cu­la de­bí vol­ver­me más adul­to y me­nos pe­lie­tas. Tal vez ella tam­bién. En to­das las en­tre­vis­tas que hi­ci­mos, las con­ver­sa­cio­nes fil­ma­das y los cor­tes que vio de la pe­lí­cu­la tra­ta­ba siem­pre de opi­nar des­de el pun­to de vis­ta del cineasta, de las co­sas de mon­ta­je y guion. Siem­pre me di­jo: “Me pa­re­ce un error, me pa­re­ce ho­rri­ble, me pa­re­ce es­tú­pi­do ha­cer una pe­lí­cu­la pa­ra que­dar mal. Uno ha­ce las pe­lí­cu­las pa­ra que­dar bien, pa­ra que lo quie­ran, no pa­ra di­fa­mar­se. Pe­ro bueno, us­ted ve­rá. Es su pro­ble­ma”.

Pon­gá­mo­nos mo­ra­lis­tas, ¿us­ted cree que ser bo­rra­cho es ma­lo? Creo que voy a se­guir be­bien­do has­ta el úl­ti­mo de mis días, por­que me en­can­ta, pe­ro sí que trae un mon­tón de pro­ble­mas. Líos co­mo de ca­pa­ci­dad la­bo­ral, por­que uno en­tra en una di­ná­mi­ca en la que si no se em­bo­rra­cha, no se le ocu­rre na­da. Co­mo que el al­cohol pro­du­ce un mon­tón de ideas y uno en­tien­de un mon­tón de co­sas. Pe­ro a uno bo­rra­cho le pa­re­ce in­te­re­san­te una co­sa y de pron­to no lo es tan­to. En to­do ca­so, se en­tra en un círcu­lo vi­cio­so y de­pri­men­te. Esos gua­ya­bos in­so­por­ta­bles y de­pre­si­vos en los que uno di­ce “hu­bie­ra he­cho es­to y lo otro”.

¿Es de los que re­zan pa­ra que se in­ven­ten una cu­ra con­tra el gua­ya­bo? ¡Esa es la bús­que­da eter­na! Aho­ra ha­blá­ba­mos de que tal vez el re­me­dio era, muy temprano en la ma­ña­na, un Al­ka-sel­tzer y chan­gua. Esa es una so­pi­ta bien in­te­re­san­te pa­ra el gua­ya­bo. Pe­ro bueno, los al­cohó­li­cos más se­rios que yo se po­nen sue­ro in­tra­ve­no­so, co­noz­co va­rios que lo ha­cen. A mí me ha pa­sa­do, pues en las bo­rra­che­ras he te­ni­do ac­ci­den­tes va­rios tras los que he des­per­ta­do en una clí­ni­ca. Me han pe­ga­do, por ejem­plo. En una épo­ca lo­gré que en to­das las fies­tas me co­gie­ran a pu­ños por de­cir una bes­tia­li­dad. Y me rom­pían las na­ri­ces. En­ton­ces ter­mi­na­ba en la clí­ni­ca con sue­ro in­tra­ve­no­so. Eso sí es san­to re­me­dio.

Tam­bién apa­re­ce su pa­dre, Ra­fael Mal­do­na­do... Mi pa­pá era un ar­qui­tec­to bueno, ade­más de ac­tor. No es­tu­vo en la pe­lí­cu­la des­de el prin­ci­pio. La pe­lí­cu­la se fil­mó ca­si to­da en un año de abs­ti­nen­cia que tu­ve. Des­pués du­ré co­mo seis o sie­te años montando con un par de mon­ta­jis­tas con los que tra­ba­ja­ba. Fui­mos en­con­tran­do ma­te­ria­les de ar­chi­vo que es­ta­ban en mi ca­sa. En­ton­ces apa­re­ció mi pa­pá co­mo per­so­na­je. To­do el ma­te­rial que te­ne­mos de él es sa­ca­do de una pe­lí­cu­la de Ma­nuel Fran­co que se lla­ma La re­com­pen­sa, en la que ha­ce un per­so­na­je muy tris­te. La his­to­ria es la de un se­ñor que se en­cuen­tra una pla­ta y la de­vuel­ve, en­ton­ces to­do el mun­do se la mon­ta por pen­de­jo. Ter­mi­na sui­ci­dán­do­se al fi­nal de la pe­lí­cu­la. Es to­da exis­ten­cia­lis­ta y él sa­le ma­qui­lla­do con oje­ras. Se la pa­sa de un la­do pa­ra otro arras­trán­do­se. Es tris­tí­si­mo. Ese fue el per­so­na­je de mi pa­pá que que­dó en la pe­lí­cu­la: un se­ñor tris­tí­si­mo. Pe­ro él no era pa­ra na­da así. Era muy, muy pa­ya­si­to, co­mo mi her­mano... mu­cho más que yo.

¿Que­dó al­go de eso en la pe­lí­cu­la? No que­dó na­da. Ahí es cuan­do uno pien­sa ¿qué tan fic­ción se­rá? De to­das ma­ne­ras es una au­to­bio­gra­fía. Aun­que, ¿quién sa­be?, uno po­ne lo que quie­re mos­trar. No es que tu­vie­ra la in­ten­ción de di­fa­mar­me, pe­ro una vez en­tré en la co­sa de las con­fe­sio­nes, ha­bía que ser des­car­na­do pa­ra que la pe­lí­cu­la fue­ra in­te­re­san­te. De­bía ser to­tal­men­te sin­ce­ro.

Es una pe­lí­cu­la fuer­te... A la gen­te le pa­re­ce muy fuer­te. Hay unas co­sas que fue­ron fuer­tes en los se­sen­ta: la ho­mo­se­xua­li­dad, las dro­gas, co­sas que aún

“LA GEN­TE HOY ES CA­PAZ DE TO­DO. YO SOY, MÁS BIEN, UN DROGADICTO CLÁ­SI­CO, ORTODOXO DE LA CO­CAÍ­NA”.

si­guen sién­do­lo. No obs­tan­te, es una pe­lí­cu­la que don­de real­men­te fun­cio­na­ba era aquí en Co­lom­bia. He­mos via­ja­do a mu­chos fes­ti­va­les por fue­ra y ha ha­bi­do mu­cha gen­te a la que le gus­ta. Pe­ro el éxi­to que tu­vi­mos en el Fes­ti­val de Car­ta­ge­na no lo he­mos re­pe­ti­do en nin­gu­na otra par­te. Fue una de­li­cia: fi­las de gen­te pa­ra verla y mu­chas per­so­nas con­ven­ci­dí­si­mas de unas co­sas muy bo­ni­tas que de­cían, co­mo que es un hi­to en el ci­ne co­lom­biano, que mar­ca un an­tes y un des­pués, que tie­ne lar­ga vi­da. A di­fe­ren­cia de los ta­qui­lla­zos que son en un fin de se­ma­na, es una pe­lí­cu­la que me so­bre­vi­vi­rá, je, je.

Des­pués de to­do, ¿cree que sí va­le la pe­na ha­cer una pe­lí­cu­la?

No lo sé. No lo sé to­da­vía. Ha­cer pe­lí­cu­las es lo que a mí más me gus­ta, pe­ro no es tan ale­gre pre­sen­tar­la. Es­ta en par­ti­cu­lar fue muy di­ver­ti­da de ha­cer. Sin em­bar­go, en el es­treno me sen­tía en un en­tie­rro. Así co­mo: “¡Ya es­to se aca­bó!”. Ha si­do to­do muy fe­liz, ha ha­bi­do mu­chos co­men­ta­rios de la gen­te. En­ton­ces uno se ani­ma. No sé si me to­ca­rá ha­cer Lu­cas 2; Lu­cas 3, la sa­ga; Lu­cas en Pe­rú; Lu­cas en el Con­go... por­que he in­ten­ta­do va­rias. Arran­co y des­pués di­go “es­to no va­le la pe­na”. Tan lar­go que es ha­cer una pe­lí­cu­la pa­ra que que­de bien he­cha. Esos son mu­chos años y uno desis­te. Pe­ro no, sí va­le la pe­na. Es apa­sio­nan­te..

Lu­cas Mal­do­na­do du­ró ocho años ha­cien­do es­te, su pri­mer lar­go­me­tra­je.

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