Ile­ga­les, pe­ro no in­do­cu­men­ta­dos

Pa­ra mi­les de in­mi­gran­tes que bus­can tra­ba­jar en Es­ta­dos Uni­dos, fal­si­fi­car do­cu­men­tos es la úni­ca op­ción. Es­te es un via­je a las en­tra­ñas del ne­go­cio de los pa­pe­les ‘chi­via­dos’ en el co­ra­zón la­tino de Nue­va York.

SoHo - Censurado (Colombia) - - News - POR: JUAN SE­BAS­TIÁN SA­LA­ZAR PIEDRAHÍTA

La Ave­ni­da Roo­se­velt en el ba­rrio Jack­son Heights, en Queens, Nue­va York, es un bazar la­tino. Se ha­bla y se gri­ta en es­pa­ñol. Una co­lom­bia­na ofre­ce obleas y, a unos pa­sos, un me­xi­cano le res­pon­de que tie­ne pe­lí­cu­las en es­pa­ñol; en la otra ca­lle,un chino su­su­rra que ven­de ma­sa­jes. Sue­na a re­gue­tón, sal­sa y va­lle­na­to. Hay pe­lu­que­rías, tien­das de es­ta­tuas de vír­ge­nes co­lo­ri­das y ofi­ci­nas de abo­ga­dos que ofre­cen sus sa­be­res en de­por­ta­ción, di­vor­cio, ban­ca­rro­ta o pro­ble­mas con in­qui­li­nos. Hue­le a gra­sa y tor­ti­lla. La lí­nea sie­te del me­tro, que co­nec­ta Man­hat­tan con Queens, se al­za en­tre la mu­che­dum­bre que ca­mi­na por la ave­ni­da; sue­na un tu­cu­tú-tu­cu­tú ca­da vez que pa­san los va­go­nes. En las es­qui­nas, es­con­di­dos de­ba­jo de los se­má­fo­ros o de los lo­ca­les de piz­za, hay per­so­nas que ven­den So­cial Se­cu­rity

Cards, li­cen­cias de con­duc­ción y Green Cards: do­cu­men­tos fal­sos pa­ra po­der tra­ba­jar en el país. Ahí na­ce la ma­yo­ría de in­mi­gran­tes ile­ga­les de Nue­va York. —¿Ve a ese que es­tá en la es­qui­na? Pre­gun­ta Cé­sar, un co­lom­biano que lle­va más de sie­te años en Es­ta­dos Uni­dos. Se­ña­la a un hom­bre apo­ya­do en una pa­red: tie­ne el bi­go­te li­so-li­so y los ojos achi­na­dos; en su nu­ca, una co­la le ama­rra el pe­lo:

—Ese man ven­de las so­cial... Ven­ga le mues­tro.

Ca­mi­na­mos ha­cia el hom­bre de bi­go­te y cuan­do es­ta­mos a su la­do se es­cu­cha suea­ve “So­cial. So­cial”. No nos mi­ra. Se­gui­mos de­re­cho y Cé­sar son­ríe: –¡Sí ve! Da­mos unos pa­sos y Cé­sar apun­ta con la qui­ja­da ca­da tan­to: por ca­da mo­vi­mien­to re­pi­te, una y otra vez, “Es­te las ven­de. Es­te las ven­de. Es­te las ven­de”. Ellos res­pon­den: “So­cial. So­cial. So­cial”. Un co­ro de más de vein­te “So­cial. So­cial. So­cial”. So­pra­nos. Te­no­res. Ba­rí­to­nos. Ba­jos. “So­cial. So­cial. So­cial”.

En una cua­dra pue­den es­tar cua­tro ven­de­do­res de do­cu­men­tos fal­sos. Tra­tan de pa­sar inad­ver­ti­dos: mi­ran a su al­re­de­dor, al ce­lu­lar, a las uñas. Lim­pian sus te­nis, cam­bian el pie de apo­yo so­bre la pa­red, usan au­ri­cu­la­res. Son los que es­tán quie­tos, pa­ra­dos o sen­ta­dos en las es­qui­nas. El tra­ba­jo es mo­nó­tono. El ne­go­cio es en dó­la­res. —Par­ce, ¿a cuán­to la so­cial? Pre­gun­ta Cé­sar exa­ge­ran­do un acen­to pai­sa que no es su­yo. Al fren­te hay un hom­bre con ca­ra de ma­las in­ten­cio­nes. Tie­ne un ta­tua­je en el an­te­bra­zo iz­quier­do: un pis­to­le­ro con som­bre­ro ran­che­ro y una pa­ño­le­ta que le ta­pa la bo­ca y la na­riz. —A 50 la so­cial y a 120 la li­cen­cia. —¿Y qué tal la ca­li­dad del pa­pel? Es pa­ra tra­ba­jar co­mo cho­fer en un par­king.

—Sí. Sí. Es bien bueno. Eso ha pa­sa­do en par­kings.

Res­pon­de con afán y mirando a los la­dos. No hay po­li­cías. Tie­ne en­tre 30 y 40 años. Co­ge al­go de con­fian­za:

—Tam­bién ten­go una li­cen­cia de con­duc­ción de Nue­va Jer­sey que es­tá bien chin­go­na, tie­ne los bri­llan­tes. Te la doy en 220.

Se re­cues­ta en la pa­red. Fren­te a él hay otras dos per­so­nas que sir­ven de cor­ti­na. Vi­gi­lan. Nos vi­gi­lan.

—Par­ce, ¿y en cuán­to me de­ja la so­cial y la li­cen­cia de con­duc­ción de Nue­va York? —Te de­jo las dos en 150. Si­len­cio. —¿Cuán­to tiem­po se de­mo­ra? El hom­bre se de­ses­pe­ra. Mi­ra de nue­vo a los la­dos.

—Va­mos, ¿cuán­to me das pues? Da­me 110 y te las ba­jo en una ho­ra.

***

Com­prar un do­cu­men­to fal­so en Queens es sen­ci­llo: un par de pre­gun­tas, un par de ti­tu­beos, un pre­cio, el re­ga­teo, el pre­cio fi­nal y ok-ok. En­ton­ces el com­pra­dor —el in­mi­gran­te— le da una fo­to ti­po visa al ven­de­dor (si la per­so­na no la tie­ne, es­te se la to­ma con su ce­lu­lar en cual­quier pa­red blan­ca). El com­pra­dor tam­bién tie­ne que dar su nom­bre, su fe­cha de na­ci­mien­to y su na­cio­na­li­dad. Con la fo­to y los da­tos, el ven­de­dor en­vía un men­sa­je de tex­to y le di­ce al

com­pra­dor que en una ho­ra el do­cu­men­to es­ta­rá lis­to, que lo lla­ma­rá. Le pi­de la pla­ta. Mi­ran a los la­dos pa­ra com­pro­bar que la po­li­cía no es­tá. Tra­to he­cho.

Mien­tras tan­to, a unos pa­sos del lu­gar don­de se con­cre­ta el ne­go­cio, en un apar­ta­men­to o en una bo­de­ga, un par de per­so­nas re­ci­ben el pe­di­do. Escriben los da­tos del com­pra­dor y co­mien­zan el pro­ce­so de fal­si­fi­ca­ción; uti­li­zan im­pre­so­ras pa­ra tar­je­tas de iden­ti­fi­ca­ción de plás­ti­co, im­pre­so­ras pa­ra pa­pel alu­mi­nio, tar­je­tas blan­cas, tin­tas ul­tra­vio­le­ta y pro­gra­mas pa­ra edi­tar. Aun­que las tar­je­tas no que­dan idén­ti­cas a las ori­gi­na­les, tie­nen las for­mas bá­si­cas: los co­lo­res, los diseños y, lo más im­por­tan­te, los diez nú­me­ros de la se­gu­ri­dad so­cial (So­cial Se­cu­rity) es­co­gi­dos al azar. Es­ta se­rie nu­mé­ri­ca per­te­ne­ce, ge­ne­ral­men­te, a ciu­da­da­nos es­ta­dou­ni­den­ses le­ga­les.

Se­gún la Ofi­ci­na del fis­cal del dis­tri­to de Queens, hay cer­ca de diez fá­bri­cas de do­cu­men­tos fal­sos en me­nos de vein­ti­cin­co cua­dras. En pro­me­dio ga­nan más de un mi­llón de dó­la­res anua­les por el ne­go­cio.

En una o dos ho­ras el ven­de­dor apa­re­ce con los pa­pe­les. La en­tre­ga se ha­ce ge­ne­ral­men­te en un lu­gar ce­rra­do, en un Bur­ger King o en un Mcdonald’s. Con los do­cu­men­tos en la mano, el com­pra­dor —o in­mi­gran­te o alien, co­mo se les di­ce en Es­ta­dos Uni­dos— ya pue­de em­pe­zar su sue­ño ame­ri­cano. Se dan la mano. Gra­cias. Bye.

Cuan­do Cé­sar lle­gó al ae­ro­puer­to John F. Ken­nedy, de Nue­va York, un guar­dia lo pa­ró y lo lle­vó al cuar­to de in­mi­gra­ción. Es­ta­ba tran­qui­lo. No era la pri­me­ra vez que iba a Es­ta­dos Uni­dos: an­tes via­jó pa­ra ha­cer ne­go­cios en la com­pa­ñía de te­le­vi­sión de su her­mano, ese día vol­vía pa­ra que­dar­se co­mo in­mi­gran­te ile­gal.

—Dé­je­me ver su ma­le­ta —le or­de­na­ron. El agen­te bus­có en­tre la ro­pa. —Quí­te­se los za­pa­tos. Cla­vó una na­va­ja pe­que­ña en la sue­la una y otra vez. —¿Dón­de tie­ne la dro­ga? —En nin­gún la­do, re­vi­se. Y re­vi­sa­ron por dos ho­ras. Va­cia­ron su ma­le­ta, le hi­cie­ron más pre­gun­tas, lo re­qui­sa­ron. No en­con­tra­ron na­da. Lo de­ja­ron ir. Cuan­do ca­mi­na­ba ha­cia la sa­li­da lo pa­ra­ron dos agen­tes en­cu­bier­tos. Ahí per­dió la pa­cien­cia:

—¿Otra vez? Es por ser co­lom­biano, ¿cier­to?

SE­GÚN LA OFI­CI­NA DEL FIS­CAL DEL DIS­TRI­TO DE QUEENS, HAY UNAS 10 FÁ­BRI­CAS DE DO­CU­MEN­TOS FAL­SOS EN ME­NOS DE 25 CUA­DRAS. EN PRO­ME­DIO GA­NAN MÁS DE UN MI­LLÓN DE DÓ­LA­RES ANUA­LES.

Cé­sar re­cuer­da: “Ape­nas se reía el hi­juepu­ta”. Si­len­cio. To­ma un sor­bo de cer­ve­za. Ya han pa­sa­do sie­te años des­de en­ton­ces. Frun­ce las ce­jas y agu­za la mi­ra­da. Tres ac­ce­so­rios cuel­gan en su cuer­po: un ro­sa­rio en el cue­llo, una pul­se­ra de pla­ta en la mu­ñe­ca de­re­cha y un pier­cing en el ló­bu­lo iz­quier­do. Otro sor­bo:

—Mi­re, Juan­cho. Yo no ve­nía de pa­seo, ve­nía a tra­ba­jar, a ser más in­de­pen­dien­te y vi­vir más tran­qui­lo... Por lo me­nos eso fue lo que me di­je­ron cuan­do es­ta­ba en Co­lom­bia, que aquí uno te­nía más opor­tu­ni­da­des.

Por fin sa­lió del ae­ro­puer­to. Lle­gó a Nue­va Jer­sey, a dos ho­ras en tren de la ciu­dad de Nue­va York. Allí vi­vía su tío, que tra­ba­ja­ba en un ho­tel, y ahí se que­dó la pri­me­ra no­che y la se­gun­da. Cuan­do se des­per­tó, el tío le pre­gun­tó qué iba a ha­cer. En otras pa­la­bras, ¿has­ta cuán­do se iba a que­dar en su ca­sa?

Cé­sar se fue a Jack­son Heights, al bazar la­tino, bus­can­do una res­pues­ta. En­tró a un res­tau­ran­te co­lom­biano y allí ha­bló con un des­co­no­ci­do que es­ta­ba to­mán­do­se un ca­fé; le ex­pli­có su si­tua­ción: no co­no­cía a na­die, ne­ce­si­ta­ba dón­de vi­vir en la ciu­dad y te­nía que tra­ba­jar: “A eso vi­ne”, le ex­pli­có. El hom­bre —co­lom­biano— le di­jo que sa­bía de al­guien que es­ta­ba arren­dan­do una ha­bi­ta­ción en un só­tano por 500 dó­la­res men­sua­les más un de­pó­si­to de 200. En cuan­to al tra­ba­jo, di­jo el hom­bre, lo pri­me­ro que ha­bía que ha­cer era bus­car a los “in­dios” y com­prar una So­cial Se­cu­rity y una li­cen­cia de con­duc­ción o una Green Card. Sim­ple.

—Cuan­do fui a com­prar los do­cu­men­tos por pri­me­ra vez me di­je­ron que no me los ven­dían por­que te­nía pin­ta de po­li­cía. Cé­sar ha­ce una mue­ca y ríe: —¿Ten­go ca­ra de tom­bo o qué? Vuel­ve a reír. Sí, sí tie­ne ca­ra de po­li­cía: ga­fas Ray-ban, pe­lo cor­to y pin­ta­do de ca­nas gri­ses; en la pun­ta tie­ne un co­pe­te —co­mo una ola de surf— que se man­tie­ne tie­so por el gel. Tie­ne esa mi­ra­da acu­sa­do­ra que aprie­ta los pár­pa­dos y es­con­de los ojos. Sí, po­li­cía.

—Dos per­so­nas más di­je­ron que era po­li­cía.

Y na­da que le ven­dían los do­cu­men­tos. Lue­go co­no­ció al ‘Ve­ne­co’, un ti­po que cam­bia­ba de nú­me­ro ce­lu­lar ca­da se­ma­na; él le ven­dió la So­cial Se­cu­rity. Días des­pués em­pe­zó a tra­ba­jar en un par­quea­de­ro de Man­hat­tan.

—Mi­re, lo di­fí­cil no es sa­car los do­cu­men­tos, lo di­fí­cil es el mie­do que uno tie­ne los pri­me­ros días. Cuan­do com­pré la so­cial mi­ra­ba a to­do la­do y cuan­do veía un po­li­cía me po­nía tie­so, ca­mi­na­ba de­re­cho.

Una vez, cuen­ta Cé­sar, es­ta­ba tra­ba­jan­do y le to­có lle­var el ca­rro de unos clien­tes a un ho­tel. Ese ti­po de co­sas no le gus­ta­ban por­que se ex­po­nía, sa­lía a la ca­lle y en una de esas, a lo me­jor, un po­li­cía lo aga­rra­ba. Acep­tó con re­ce­lo. El ho­tel es­ta­ba a un par de cua­dras. Con­du­jo unos me­tros y un se­má­fo­ro en ro­jo lo de­tu­vo: “¡Juepu­ta!”. Es­ta­ba ner­vio­so. Mi­ró el es­pe­jo re­tro­vi­sor y vio, jus­to, una pa­tru­lla de po­li­cía. De re­pen­te pren­die­ron las lu­ces y so­na­ron las si­re­nas: “Me co­gie­ron. ¿Qué ha­go? ¿Ace­le­ro? ¡No!”, su ma­má le en­se­ñó a no huir de la au­to­ri­dad, y más en Nue­va York, re­cor­dó. Par­queó el ca­rro a un la­do, pe­ro la si­re­na y la po­li­cía si­guie­ron de­re­cho, no pa- ra­ron. Res­pi­ró. Si lo hu­bie­ran co­gi­do con los pa­pe­les fal­sos le hu­bie­ra to­ca­do pa­gar una mul­ta de 275 dó­la­res co­mo mí­ni­mo, o 5500 dó­la­res má­xi­mo. O peor, hu­bie­ra ido a la cár­cel mien­tras es­pe­ra­ba la de­por­ta­ción a Co­lom­bia:

—Ese es el ries­go que uno de­be to­mar pa­ra sa­lir ade­lan­te en es­te país. Res­pi­ra hon­do. Des­car­ga: —¿Có­mo putas tra­ba­ja uno acá si no se pue­de? Si­len­cio. —Si uno quie­re tra­ba­jar, de­be te­ner la So­cial Se­cu­rity fal­sa... To­do el mun­do lo ha­ce.

En la pre­si­den­cia del re­pu­bli­cano Ro­nald Rea­gan, en 1986, el Con­gre­so es­ta­dou­ni­den­se apro­bó una re­for­ma que se lla­mó IRCA (Im­mi­grant Re­form and Act Con­trol); es­ta prohi­bió, por ley fe­de­ral, la con­tra­ta­ción de in­mi­gran­tes ile­ga­les o in­mi­gran­tes no au­to­ri­za­dos pa­ra ejer­cer cual­quier tra­ba­jo. La idea era, se­gún Rea­gan, “eli­mi­nar los in­cen­ti­vos pa­ra la in­mi­gra­ción ile­gal”.

Des­de en­ton­ces, la Green Card (tar­je­ta de re­si­den­cia per­ma­nen­te), la So­cial Se­cu­rity Card y la li­cen­cia de con­duc­ción, en­tre otros, son los do­cu­men­tos que ava­lan a una per­so­na pa­ra tra­ba­jar

“¿ CÓ­MO PUTAS TRA­BA­JA UNO ACÁ SI NO SE PUE­DE? SI UNO QUIE­RE HA­CER­LO DE­BE TE­NER LA SO­CIAL SE­CU­RITY FAL­SA”.

en Es­ta­dos Uni­dos. Si us­ted los tie­ne, tra­ba­ja; si no los tie­ne, no tra­ba­ja.

Se­gún el Cen­tro de Es­tu­dios de Mi­gra­ción (CMS, en in­glés) hay más de on­ce mi­llo­nes de per­so­nas que vi­ven en el país de for­ma ile­gal (bien sea por­que en­tra­ron por la fron­te­ra sin nin­gún per­mi­so o por­que su es­ta­tus de tu­ris­ta se ven­ció y si­guie­ron en el país). Más del 72 por cien­to de es­tas per­so­nas tra­ba­ja ile­gal­men­te, y de es­tos, el 75 por cien­to, apro­xi­ma­da­men­te, usa do­cu­men­tos fal­sos. El res­to es con­tra­ta­do fue­ra de los li­bros de ca­ja; o sea, les pa­gan me­nos del mí­ni­mo y tra­ba­jan has­ta 17 ho­ras.

—Aquí no es fá­cil. En mi país yo era el je­fe, aquí soy el pu­to mesero —di­ce Lean­dro Ma­rot­ti, un bra­si­le­ño que lle­gó de Sao Pau­lo a Nue­va York y a los po­cos días de ate­rri­zar se postuló a un tra­ba­jo en un ho­tel. Dio su ho­ja de vi­da, hi­zo la en­tre­vis­ta, lo en­tre­na­ron co­mo bo­to­nes y pa­só. A los tres días, la ad­mi­nis­tra­do­ra le di­jo que ne­ce­si­ta­ba sus do­cu­men­tos pa­ra ha­cer el con­tra­to. Lean­dro fue a Queens a com­prar la Green Card fal­sa:

—Los que ven­den los pa­pe­les pa­re­cen drug dea­lers, pe­ro son pa­per dea­lers. Es gen­te que es­tá en la ca­lle ha­cien­do na­da —le di­jo un ami­go.

La tar­je­ta le cos­tó 70 dó­la­res y en es­ta sa­le su fo­to, pe­ro no su ape­lli­do exac­to, por si lo aga­rran. El cam­bio es su­til, una vo­cal.

Cuan­do lle­gó al ho­tel con el do­cu­men­to es­ta­ba ner­vio­so. La ad­mi­nis­tra­do­ra lo lla­mó y le pi­dió la Green Card. Se la dio. Ella la to­có, la mo­vió. “Es fal­sa”, di­jo.

—No se ima­gi­na cuán­ta ver­güen­za sen­tía... Ella tra­tó de ayu­dar­me. Me di­jo que tra­je­ra una car­ta de per­mi­so de la es­cue­la don­de es­ta­ba apren­dien­do in­glés... Pe­ro ellos no ha­cían eso.

Lean­dro mi­ra el pas­to del Cen­tral Park, en Man­hat­tan, allí con­ver­sa­mos. Tie­ne los ojos co­lor miel, los pár­pa­dos es­tán hin­cha­dos y ro­jos. Su na­riz pa­re­ce una ram­pa en pi­ca­da. Tie­ne 33 años.

La se­ma­na si­guien­te fue a un res­tau­ran­te. Pa­só su ho­ja de vi­da, hi­zo las prue­bas y lo acep­ta­ron. Co­mo en el ho­tel, le pi­die­ron la Green Card pa­ra ha­cer el con­tra­to. Es­ta vez en­tre­gó el do­cu­men­to sin ner­vios. El je­fe es­cri­bió su nom­bre y los nú­me­ros de la se­gu­ri­dad so­cial en una pla­ni­lla. Ni si­quie­ra re­vi­só la au­ten­ti­ci­dad del pa­pel. Cuan­do ter­mi­nó de es­cri­bir le di­jo que fir­ma­ra el con­tra­to.

Lean­dro re­ci­be se­ma­nal­men­te, gra­cias a la Green Card fal­sa y a su tra­ba­jo, cer­ca de 900 dó­la­res. De ese to­tal el em­plea­dor des­cuen­ta cer­ca del 10 por cien­to en im­pues­tos pa­ra pen­sión, se­gu­ro mé­di­co (Me­di­ca­re), sub­si­dio de in­va­li­dez, sub­si­dio a los fa­mi­lia­res por muer­te o sub­si­dio por des­em­pleo. Unos 90 dó­la­res. To­do va pa­ra las ar­cas del Es­ta­do. Es de­cir, Lean­dro —y to­dos los tra­ba­ja­do­res ile­ga­les— no ga­nan se­ma­nal­men­te lo que ga­nan: la ci­fra dis­mi­nu­ye pa­ra pa­gar los pro­gra­mas de se­gu­ri­dad so­cial pa­ra los ciu­da­da­nos es­ta­dou­ni­den­ses. Esos apor­tes no van a ser re­cla­ma­dos nun­ca por Lean­dro o Cé-

MÁS DEL 72 POR CIEN­TO DE ES­TAS PER­SO­NAS TRA­BA­JA DE MA­NE­RA ILE­GAL EN ES­TA­DOS UNI­DOS. DE ES­TOS, EL 75 POR CIEN­TO, APRO­XI­MA­DA­MEN­TE, USA DO­CU­MEN­TOS FAL­SOS.

sar o por cual­quier tra­ba­ja­dor ile­gal por­que, pre­ci­sa­men­te, no son ciu­da­da­nos.

El Ins­ti­tu­to de Im­pues­tos y Con­trol Eco­nó­mi­co (Ins­ti­tu­te on Ta­xa­tion on Eco­no­mic Po­licy), una or­ga­ni­za­ción sin fi­nes de lu­cro de Es­ta­dos Uni­dos, es­ti­ma que to­dos los tra­ba­ja­do­res ile­ga­les del país apor­tan más de 11.000 mi­llo­nes de dó­la­res anua­les en im­pues­tos —in­clu­yen­do los tri­bu­tos por sus sa­la­rios, im­pues­tos de ven­ta, gas­tos en arrien­do o con­su­mo, en ge­ne­ral—.

Un ejem­plo. Cuan­do el tra­ba­ja­dor re­ci­be su sa­la­rio en una cuen­ta ban­ca­ria los ban­cos des­cuen­tan al­gún mon­to por el uso de sus ser­vi­cios y, cla­ro, por los im- pues­tos. Si el em­plea­do no tie­ne cuen­ta ban­ca­ria y re­ci­be un che­que, al cam­biar­lo por efec­ti­vo en cual­quier lo­cal de Cash Back es­te se que­da con un por­cen­ta­je ( por los ser­vi­cios) y el Es­ta­do se que­da con otra par­te ( por los im­pues­tos). Si el tra­ba­ja­dor tie­ne un che­que de 1000 dó­la­res, la ca­sa de cam­bio le des­con­ta­rá 20,10 dó­la­res, el 2,10 por cien­to.

Cu­rio­so. El pre­si­den­te de Es­ta­dos Uni­dos, Do­nald Trump, di­jo en 2016 que el mu­ro que di­vi­di­ría fi­si­ca­men­te a Mé­xi­co y su país cos­ta­ría unos 8000 mi­llo­nes de dó­la­res. Sí, se­gún esas cuen­tas, to­dos los in­mi­gran­tes ile­ga­les po­drían pa­gar el su­so­di­cho mu­ro que re­afir­ma­ría su con­di­ción.

Ele­na Lan­gour­de na­ció en Fran­cia y es his­to­ria­do­ra de ar­te. Ha­ce un año lle­gó a Es­ta­dos Uni­dos y des­de la pri­me­ra se­ma­na ya es­ta­ba tra­ba­jan­do con una Green Card y una So­cial Se­cu­rity Card fal­sas que com­pró en Queens.

Ele­na to­ma un mar­ga­ri­ta y son­ríe. Re­cuer­da la pri­me­ra vez que cam­bió su che­que en un ne­go­cio de Cash Back. Mos­tró sus pa­pe­les y pa­só el che­que por una ven­ta­na. La tra­ba­ja­do­ra de­trás del cris­tal la mi­ró de arri­ba a aba­jo y ob­ser­vó la Green Card. Su ape­lli­do en el do­cu­men­to no co­rres­pon­día con exac­ti­tud, pe­ro el cam­bio era su­til. La tra­ba­ja­do­ra le pi­dió un so­por­te pa­ra con­fir­mar la in­for­ma­ción del do­cu­men­to y ella, por error, dio su pa­sa­por­te. La mu­jer di­jo que ya vol­vía y se fue a un cuar­to. Los ape­lli­dos de uno y otro pa­pel no con­cor­da­ban: Ele­na Lan­gour­de-ele­na Lan­gor­de. Es­pe­ró diez mi­nu­tos y la mu­jer no apa­re­cía. “Es­tán lla­man­do a in­mi­gra­ción”, pen­só. Pa­sa­ron otros cin­co mi­nu­tos y la mu­jer lle­gó. Le di­jo que lis­to, que ellos con­fir­ma­ron; ha­bía lla­ma­do al ad­mi­nis­tra­dor del res­tau­ran­te don­de tra­ba­ja­ba pa­ra ve­ri­fi­car sus da­tos.

Ele­na ba­ja la ca­be­za, to­ma un tra­go y con la co­pa en los la­bios son­ríe:

—La ma­yo­ría de per­so­nas en los res­tau­ran­tes de Nue­va York son ile­ga­les.

Vol­tea y ob­ser­va al mesero del bar don­de es­ta­mos: son­ríe. Lue­go al bar­ten­der: son­ríe. Apun­ta ha­cia la co­ci­na y son­ríe. To­dos son ile­ga­les.

—So­lo que ellos (ad­mi­nis­tra­do­res, ban­cos, Cash Backs, con­su­mi­do­res o el mis­mo Es­ta­do y sus pre­si­den­tes) no quie­ren sa­ber­lo. To­do es un ne­go­cio...

Otro sor­bo y pien­sa por unos segundos:

—No soy una cri­mi­nal... Ok, sí, sí lo soy. Soy una cri­mi­nal por­que le es­toy co­la­bo­ran­do a es­te sis­te­ma hi­pó­cri­ta.

Di­ce Ele­na mien­tras me­nea la co­pa del coc­tel en­tre los de­dos. Vuel­ve a son­reír, es­ta vez sin tan­to áni­mo. Lla­ma al mesero —al ile­gal— y pa­ga su cuen­ta. In­clu­ye dos dó­la­res de pro­pi­na. .

El pre­si­den­te Do­nald Trump pre­ten­de en­du­re­cer las me­di­das con­tra los in­mi­gran­tes, a pe­sar de la pre­sión so­cial que bus­ca la le­ga­li­za­ción de los in­do­cu­men­ta­dos.

En una cua­dra pue­de ha­ber has­ta cua­tro ven­de­do­res de do­cu­men­tos fal­sos. Se que­dan ahí por ho­ras mien­tras in­ten­tan pa­sar des­aper­ci­bi­dos.

Con lo que le apor­tan al Es­ta­do, los ile­ga­les po­drían fi­nan­ciar el fa­mo­so mu­ro de Do­nald Trump en la fron­te­ra con Mé­xi­co.

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