Tes­ti­mo­nio Car­ta a mi hi­ja tran­se­xual, por Nacho Vidal

Es uno de los ac­to­res porno más co­ti­za­dos del pla­ne­ta y, sin em­bar­go, po­cos co­no­cen una de las fa­ce­tas más im­por­tan­tes de su vi­da: ser pa­pá de una hi­ja tran­se­xual. En es­ta emo­ti­va car­ta, es­te va­lien­te es­pa­ñol ha­bla del te­ma sin ta­pu­jos y mues­tra una ca­ra

SoHo (Colombia) - - Sumario - Por NACHO VIDAL Te quie­ro mu­cho, hi­ja. Nacho.

Que­ri­da hi­ja:

Te es­cri­bo es­ta car­ta pa­ra que se­pas, de mi pu­ño y le­tra, lo que sien­to y lo que pien­so so­bre ti, Vio­le­ta. Re­cuer­do per­fec­ta­men­te el día en que na­cis­te: es­tá­ba­mos en ca­sa de mi gran ami­go Mi­guel Bosé, pa­san­do unos días con tu ma­dre, y de re­pen­te qui­sis­te sa­lir. Eras ocho­me­si­na, por lo que re­sul­ta­ba bas­tan­te pe­li­gro­so (al pa­re­cer, es mu­cho más de­li­ca­do que na­cer sie­te­me­si­na).

Al na­cer, te tu­vi­mos en una in­cu­ba­do­ra, y ma­má no pa­ra­ba de llo­rar por­que no po­día to­car­te. Al fi­nal, por for­tu­na, to­do sa­lió muy bien y cre­cis­te nor­mal, co­mo cual­quier ni­ña. O co­mo cual­quier ni­ño, pues por aquel en­ton­ces to­dos pen­sa­mos que ha­bía­mos te­ni­do un ni­ño y te lla­má­ba­mos Nacho, co­mo yo. Con el tiem­po nos di­mos cuen­ta de que eras una per­so­na muy fi­na, muy sen­si­ble; co­rrías di­fe­ren­te a los ni­ños, ha­bla­bas di­fe­ren­te, te gus­ta­ban las co­sas di­fe­ren­tes a las que ha­cían los ni­ños. No te gus­ta­ban las pe­lo­tas, sino las mu­ñe­cas; no te gus­ta­ban las za­pa­ti­llas, sino los ta­co­nes; no te gus­ta­ban los pan­ta­lo­nes, sino las fal­das. Por aquel en­ton­ces, lle­gué a pen­sar que te­nía un ni­ño y que po­si­ble­men­te se­ría ho­mo­se­xual, pe­ro nun­ca se me cru­zó por la ca­be­za que po­días ser una ni­ña.

Pa­sa­ron los años y, un día, tu ma­má y tú vis­teis un do­cu­men­tal en la te­le­vi­sión en el que sa­lía una ni­ña tran­se­xual. Cuan­do ter­mi­nó, le di­jis­te a tu ma­dre que eso era lo mis­mo que te pa­sa­ba a ti. Ella te pre­gun­tó qué que­rías de­cir con eso, y tú res­pon­dis­te que lo mis­mo que le pa­sa­ba a esa ni­ña de la te­le­vi­sión era lo que te su­ce­día a ti. Que eras una ni­ña que ha­bía na­ci­do con el cuer­po de un ni­ño. Ahí sal­ta­ron to­das las alar­mas; tu ma­dre me lla­mó, me di­jo que tú que­rías ha­blar con­mi­go, y tú me di­jis­te que no que­rías ves­tir­te más co­mo un ni­ño, por­que eras una ni­ña. Te­nías so­lo 6 años. En ese mo­men­to me di un tor­ta­zo de reali­dad y en­ten­dí lo que es­ta­ba pa­san­do. Au­to­má­ti­ca­men­te, te di­je que al otro día iría­mos a com­prar to­da la ro­pa que qui­sie­ras, pa­ra cam­biar tu ar­ma­rio de ni­ño a ni­ña. Con mu­cho mie­do, cla­ro, por­que vi­vi­mos en una so­cie­dad que no to­le­ra, que no res­pe­ta ni em­pa­ti­za; una so­cie­dad que no en­tien­de es­ta si­tua­ción… y yo, con ese mie­do a que te pu­die­ra pa­sar al­go, a que te hi­cie­ran da­ño, a que lo pu­die­ras pa­sar mal.

Ti­ra­mos pa­ra ade­lan­te con to­do es­to, aun­que tu ma­dre su­frió mu­cho por ha­ber­te he­cho ves­tir de ni­ño to­dos esos años. El pri­mer año, to­do el mun­do pen­sa­ba que ya se te pa­sa­ría, pe­ro ya cuan­do te­nías 7 u 8, re­cuer­do es­tar co­gi­do de la mano con­ti­go, an­dan­do por la ca­lle, y de re­pen­te me ha­blas­te; en­ton­ces sen­tí una ener­gía que re­co­rría to­do mi bra­zo y lle­ga­ba a mi co­ra­zón, a mi ca­be­za y a mi al­ma, y me di­je… ¡ten­go una hi­ja!, ¡ten­go una hi­ja! Y ahí me di cuen­ta de que eras una ni­ña. De que lo eres.

Des­gra­cia­da­men­te, la gen­te no es co­rrec­ta con es­tas co­sas, y no te creas que va a ser fá­cil pa­ra ti. Pe­ro en es­ta vi­da na­die lo tie­ne fá­cil: siem­pre van a ha­blar mal de ti, pe­ro lo úni­co que te tie­ne que im­por­tar es la gen­te que te quie­re, la que te ro­dea. No pue­des es­pe­rar que to­do el mun­do te acep­te; tú tam­po­co acep­tas a to­do el mun­do. In­for­tu­na­da­men­te, vi­vi­mos en una so­cie­dad que no acep­ta di­fe­ren­cias: to­do lo que se sal­ga de la nor­ma es ma­lo o es­tá en­dia­bla­do o es feo o es obs­ceno.

Le gus­te a quien le gus­te, o no le gus­te a quien no le gus­te, existes. Has na­ci­do. Eres. Y vas a ser siem­pre lo que eres: una ni­ña. No va­mos a lu­char por ab­so­lu­ta­men­te na­da por­que en la vi­da no hay que lu­char, hay que ser fe­liz. No hay que lu­char con­tra la gen­te que no te res­pe­ta; por el con­tra­rio, tie­nes que acer­car­te a la gen­te que te quie­re. A la gen­te que no te res­pe­ta sim­ple­men­te hay que apar­tar­la, hi­ja mía. En la vi­da, la gen­te di­ce que hay que lu­char, y yo creo que no: en la vi­da hay que ser fe­liz y tie­nes que ha­cer to­do lo que te ha­ga fe­liz. Apar­tar­se de lo ma­lo y acer­car­se a lo bueno.

Con es­to quie­ro de­cir­te que siem­pre voy a es­tar a tu la­do, que to­dos va­mos a es­tar a tu la­do, y que va­mos a ser fe­li­ces en es­ta si­tua­ción que Dios nos ha da­do, y que pa­ra mí es una ben­di­ción. Te­ner­te es una ben­di­ción. Eres un án­gel caí­do del cie­lo pa­ra no­so­tros, eres un ser úni­co: muy ca­ri­ño­sa, in­te­li­gen­te, no­ble… y con eso es con lo que se de­be­ría que­dar la gen­te. No quie­ro ha­cer las co­sas pen­san­do que eres tal o eres cual; quie­ro ha­cer las co­sas pen­san­do en que eres mi hi­ja y, co­mo tal, quie­ro lo me­jor pa­ra ti.

Nun­ca me va a con­di­cio­nar la gen­te, ni lo que pien­sen. Por­que ima­gí­na­te… yo, quien soy, ¡qué me va a im­por­tar lo que di­ga la gen­te! Vi­vi­mos de­ma­sia­do ocu­pa­dos en lo que di­rán y no en lo que no­so­tros de­ci­mos. Así que gra­cias por ha­ber na­ci­do, gra­cias por dar­me lo que me es­tás dan­do, y quie­ro que se­pas que has­ta muer­to siem­pre es­ta­ré a tu la­do.

LE GUS­TE A QUIEN LE GUS­TE, O NO LE GUS­TE A QUIEN NO LE GUS­TE, EXISTES. HAS NA­CI­DO. ERES. Y SIEM­PRE VAS A SER LO QUE ERES: UNA NI­ÑA.

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