me­gus­ta­de Lo que la rum­ba

SoHo (Colombia) - - ESPECIAL - POR DA­NIEL PA­CHE­CO Fo­to Ale­jan­dra Quin­te­ro

La fies­ta, la fies­ta fies­ta, la de car­na­val o pi­có, la de su­dor y sal­sa, la de ta­ke ta­ra­ke ta­ke, la rum­ba; de esa fies­ta es­ta­mos ha­blan­do. Y esa fies­ta in­vo­lu­cra ne­ce­sa­ria­men­te al me­nos dos co­sas, dos ele­men­tos cla­ves e im­pres­cin­di­bles: gen­te y mú­si­ca. Y cuan­do hay gen­te y hay mú­si­ca, ge­ne­ral­men­te hay tra­go u otra dro­ga.

No es que se ne­ce­si­te es­tar bo­rra­cho pa­ra ir­se de fies­ta. Hay gen­te que lo­gra lan­zar­se en ese tran­ce de go­zo pu­ro a pa­lo se­co. Ben­di­tos ellos. Otros gus­ta­mos de sus­tan­cias pa­ra ali­men­tar ese go­zo pu­ro, pa­ra en­trar en ese tran­ce. Pe­ro no siem­pre fue así.

La pri­me­ra vez que me fui de fies­ta de­bía ser un ni­ño. El apar­ta­men­to de mis pa­pás, lleno de gen­te de no­che. Los re­cuer­dos son bo­rro­sos y fe­li­ces. To­do ocu­rría des­de esa pers­pec­ti­va de me­nos de un me­tro. Era una sel­va en mo­vi­mien­to de pier­nas, me­dias ve­la­das y za­pa­tos ele­gan­tes, de ma­nos con ci­ga­rri­llos que es­qui­va­ban mi in­fan­cia tras­no­cha­da, ca­mi­nan­do por ahí asom­bra­da, sor­pren­di­da por bo­cas ali­co­ra­das que des­cien­den pa­ra dar be­sos apre­ta­dos de aguardiente y per­fu­me. La mú­si­ca so­nan­do fuer­te, po­drían ser los Gipsy Kings, “Djo­bi, Djo­ba, ca­da día yo te quiero más”, y ahí me fui, me de­jé ir, en un abra­zo, en una vuel­ta con mi pa­pá o mi ma­má, con al­gún ami­go de ellos, en la se­gu­ri­dad del clan, me fui de fies­ta.

Por­que uno se “va” de fies­ta, se “va” de rum­ba. Y ese ir­se no ha­bla tan­to de des­pla­zar­se a al­gún lu­gar fí­si­co, de sa­lir a la ca­lle, a uno u otro bar, sino de sa­lir del es­ta­do men­tal con­ven­cio­nal. El lu­gar a don­de uno se va de fies­ta es un lu­gar siem­pre muy pa­re­ci­do, más allá de que sea al Go­ce Pa­gano, a las fies­tas de Pink, a Quie­bra Can­to los miér­co­les, a Ar­man­do, a Vi­deo Club, a un apar­ta­men­to con unos par­lan­tes de compu­tador. Por eso, el si­tio es ca­si irre­le­van­te si es­tá la gen­te y es­tá la mú­si­ca, si es­tán ali­nea­das las emo­cio­nes pa­ra de­jar­se ir.

Pre­sien­to que Li Sau­met no va a po­der dar­me una me­jor fies­ta con Bom­ba Es­té­reo que la que me dio en una ca­sa por allá a las afue­ras de Bo­go­tá, cuan­do era des­co­no­ci­da y can­ta­ba en Mis­ter Go­mes en Bom­bay. Ese día hu­bo ma­gia, creo. Y creo, por­que más que un re­cuer­do pre­ci­so, es co­mo una re­mi­nis­cen­cia de una sen­sa­ción enaje­nan­te, en la que no es­ta­ba yo, es­ta­ba fue­ra de mí, no era ri­co, no era po­bre, no era blan­co ni era ne­gro: na­die lo era, es­tá­ba­mos de fies­ta.

Y es que la fies­ta bien lo­gra­da ca­re­ce de len­gua­je, de his­to­ria y de me­mo­ria. Su­ce­de ahí mis­mo y se es­fu­ma. Se vi­ve en el mo­men­to y si de ella que­da al­go, es más bien un po­co de cul­pa pos­te­rior (nun­ca si­mul­tá­nea­men­te, nun­ca hay fies­ta y cul­pa al mis­mo tiem­po) y se­gu­ra­men­te un li­ge­ro tra­jín neu­ro­nal.

Por eso la fies­ta es cri­ti­ca­da. Por­que, di­cen a los que acu­sa­mos de abu­rri­dos, es un des­per­di­cio de in­te­li­gen­cia y de tiem­po. Es una crí­ti­ca que abar­ca a ve­ces al es­pí­ri­tu na­cio­nal, al co­lom­biano que de­ja en una no­che el suel­do del mes. To­do en ex­ce­so es ma­lo, pe­ro la bue­na fies­ta siem­pre es un ex­ce­so. Y ese ex­ce­so, en su me­di­da jus­ta, es uno de los ali­men­tos de la vi­da. Esas fies­tas, cuan­do el fi­nal es­té cer­ca –y pa­ra los que cree­mos que la muer­te lle­ga sin un más allá–, se­rán la acu­mu­la­ción del pla­cer que lo­gra­mos ex­pri­mir­le al pa­so por es­te mun­do. Lo bai­la­do no lo qui­ta na­die, di­cen. Pe­ro co­mo la fies­ta, la vi­da tam­bién se aca­ba, y más va­le que cuan­do eso pa­se uno pue­da de­cir que es­tu­vo bue­na, que lo­gra­mos ir­nos de fies­ta an­tes de ir­nos del to­do.

* Pe­rio­dis­ta. Di­rec­tor del pro­gra­ma Zo­na fran­ca, del ca­nal Red Más, y co­lum­nis­ta de El Es­pec­ta­dor.

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