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La Nacion (Costa Rica) - Revista Dominical - - PORTADA - 0 $

ar­te es­tá en la Tie­rra. Es­pe­cí­fi­ca­men­te en Ha­wai. O, cuan­do me­nos, lo es­tá el pro­yec­to de si­mu­la­ción marciana más am­bi­cio­so que ha desa­rro­lla­do la NASA has­ta aho­ra.

Se lla­ma Mar­te Si­mu­la­do (Mar­teS), una mi­sión in­te­gra­da por seis in­di­vi­duos, to­dos ellos miem­bros de la or­ga­ni­za­ción es­pa­cial de Es­ta­dos Uni­dos, que se tras­la­da­ron a un cam­pa­men­to ubi­ca­do en las la­de­ras del vol­cán Mau­na Kea.

Allí, en medio de un in­hós­pi­to en­torno y con re­cur­sos li­mi­ta­dos, un ar­qui­tec­to es­pa­cial, un in­ge­nie­ro, tres cien­tí­fi­cos y un mé­di­co de la tri­pu­la­ción, es­tán lle­van­do a ca­bo prue­bas de to­do ti­po que po­drían ofre­cer re­sul­ta­dos que ace­le­ren po­ten­cia­les ex­pe­di­cio­nes al pla­ne­ta ve­cino en un fu­tu­ro no-tan-le­jano.

“Du­ran­te to­do es­te año te­ne­mos una de­mo­ra de 20 mi­nu­tos en las co­mu­ni­ca­cio­nes en am­bas di­rec­cio­nes, lo que re­fle­ja el tiem­po má­xi­mo de via­je de la luz en­tre Mar­te y la Tie­rra. Pa­ra bien y pa­ra mal, no po­de­mos aten­der lla­ma­das ni man­te­ner en­tre­vis­tas a tra­vés de Sky­pe; no se nos pue­de fil­mar, fo­to­gra­fiar o gra­bar de nin­gún mo­do, sal­vo que lo ha­ga­mos no­so­tros mis­mos”, es­cri­bió Shey­na Gif­ford, mé­di­co de la tri­pu­la­ción, en un tex­to pu­bli­ca­do en el si­tio web ofi- cial de la mi­sión.

El re­tar­do tem­po­ral ha­ce que la vi­da allí sea más pre­ca­ria. En ca­so de una ca­tás­tro­fe, pa­sa­rán ho­ras an­tes de que el equi­po pue­da re­ci­bir ayu­da. Por tan­to, ¿qué ocu­rre en ca­so de desas­tre mé­di­co? So­lu­cio­nar­lo de­pen­de de los miem­bros de la mi­sión.

Como lo se­ría en el pla­ne­ta ro­jo, la vi­da en Mar­teS es ele­men­tal. Las prin­ci­pa­les preo­cu­pa­cio­nes son las más bá­si­cas tam­bién: sol, ai­re, agua, ro­cas y, so­bre to­do, lo que los miem­bros del equi­po pue­den ha­cer con di­chos ele­men­tos si se com­bi­nan de for­ma co­rrec­ta.

La ener­gía es de ge­ne­ra­ción so­lar. Con di­cha ener­gía, se ge­ne­ra ilu­mi­na­ción ar­ti­fi­cial pa­ra co­se­char plan­tas con ma­yor ve­lo­ci­dad. Es­tas plan­tas ab­sor­ben agua y cre­cen en­tre las ro­cas, has­ta fi­nal­men­te ge­ne­rar fru­tos.

Ca­si si­guien­do la lí­nea de la pe­lí­cu­la El marciano, a pun­ta de cien­cia se derrota el ham­bre.

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Cuan­do la mi­sión con­clu­ya, el 28 de agos­to pró­xi­mo –un año y un día des­pués de ha­ber co­men­za­do–, los seis miem­bros del equi­po ha­brán so­bre­vi­vi­do a la si­mu­la­ción de vi­da en Mar­te más lar­ga de la his­to­ria.

Eso sí, el ver­bo so­bre­vi­vir no se uti­li­za aquí en vano.

En efec­to, la lu­cha pa­ra man­te­ner­se con vi­da ha si­do com­ple­ja pa­ra to­dos.

Man­te­ner­se cuer­do tam­bién lo es.

“A los cin­co me­ses de nues­tra ex­pe­di­ción, es­ta­mos echan­do en fal­ta co­sas del medio ambiente te­rres­tre en las que ha­bi­tual­men­te no re­pa­rá­ba­mos. Re­pro­du­cir la ex­pe­rien­cia marciana im­pli­ca que la luz di­rec­ta del sol o el vien­to no nos den en la ca­ra du­ran­te to­do un año; y la lluvia, tam­po­co. In­clu­so aque­llos de no­so­tros que so­mos del sur de Ca­li­for­nia es­ta­mos acos­tum­bra­dos a ver llo­ver de vez en cuan­do”, es­cri­bió Gif­ford.

Cuen­ta Gif­ford que la mi­sión ha de­mos­tra­do ser un desafío a las mis­mas fuer­zas que im­pul­san el com­por­ta­mien­to en la Tie­rra: la fuer­za psi­co­ló­gi­ca de ca­da per­so­na y la di­ná­mi­ca del co­lec­ti­vo. Es de­cir, que la men­te es más fuer­te que el cuer­po, y que la unión ha­ce la fuer­za: los cli­chés apro­ba­dos por la cien­cia. “Có­mo nos lle­va­mos en­tre no­so­tros y con no­so­tros mis­mos es lo que per­mi­te que nues­tras mi­sio­nes de ex­plo­ra­ción ten­gan éxi­to o lo que las con­de­na al fra­ca­so. A di­fe­ren­cia de la tem­pe­ra­tu­ra o la hu­me­dad, los es­ta­dos men­ta­les no pue­den ga­ran­ti­zar­se por ade­lan­ta­do”.

Aun­que la po­si­bi­li­dad de tras­la­dar­se has­ta Mar­te es, de mo­men­to, re­mo­ta to­da­vía, la mi­sión del Mar­teS es prever có­mo nos com­por­ta­ría­mos en el ca­so de que lo­grá­ra­mos lle­gar has­ta allá.

De ca­mino, el equi­po de la mi­sión ha des­cu­bier­to otra co­sa: que las lec­cio­nes de con­vi­ven­cia y sanidad men­tal pen­sa­das pa­ra otro mun­do bien po­drían me­jo­rar la for­ma en que pa­sa­mos nues­tro tiem­po en es­te pla­ne­ta.

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