MIS AMI­GOS EN EL KA­RAO­KE

HE OCUL­TA­DO LO QUE SOY SIN MIS AMI­GOS SIN MI GEN­TE, QUE EN ESEN­CIA ES NA­DA.

La Nacion (Costa Rica) - Revista Dominical - - TINTA FRESCA -

Oh­baby,baby. So­lo to­mo el mi­cró­fono una vez en la no­che: cuan­do sue­na la can­ción de Brit­ney, que me sé de me­mo­ria, la que mis ami­gos pi­den por mí por­que sien­ten que la no­che no es­ta­ría com­ple­ta si yo no can­ta­ra Baby, one mo­re ti­me, la que yo de­jo que ellos pi­dan por mí por­que los sien­to, a mis ami­gos, más cer­ca­nos que an­tes.

To­mo el mi­cró­fono, úni­ca vez en la no­che, y lo sos­ten­go con más que fir­me­za: ca­si con enojo, co­mo si al­guien me lo fue­ra arre­ba­tar. Eso es, pre­ci­sa­men­te, lo que sien­to en el fon­do: que al­guien me va a arre­ba­tar es­te mo­men­to, pron­to o tar­de.

No re­cuer­do cuán­do co­men­za­mos a ir al ka­rao­ke de Jes­sie, la chi­na, con la re­li­gio­si­dad –que se­ría ru­ti­na si no la pa­sá­ra­mos tan bien, sá­ba­do tras sá­ba­do– de aho­ra, pe­ro no pu­do ha­ber si­do ha­ce mu­cho, por­que es­te gru­po de ami­gos no era gru­po cuan­do es­te año co­men­zó.

He ahí por qué sos­ten­go el mi­cró­fono con enojo: ¿ha­brá gru­po de ami­gos cuan­do es­te año se ter­mi­ne? La his­to­ria me di­ce que no. Mi his­to­ria me di­ce que no.

Ya no me río con Eu­ni­ce, ya no jue­go Fifa con Die­go, ya ni si­quie­ra voy a la ro­co­la con Ste­ven. To­do tan efí­me­ro, tan pa­sa­je­ro. My lo­ne­li­ness is ki­lling me. Mis ami­gos se van a mar­char, y eso no es al­go tris­te: es al­go que alien­to, por­que sé que se­rá bueno pa­ra ellos. Ch­ris­tian se ca­sa­rá y se re­pro­du­ci­rá en múl­ti­plos im­pa­res; Pe­ra­za des­apa­re­ce­rá en la jun­gla su­da­me­ri­ca­na; An­gé­li­ca se con­ver­ti­rá en una es­ta­tua mi­le­na­ria en al­gún tem­po de Ne­pal; An­drea ha­rá di­bu­jos en al­gu­na ur­be pri­mer­mun­dis­ta.

Ya no can­to: gri­to Brit­ney y pien­so en los des­ti­nos de mis ami­gos, y me sien­to ge­nui­na­men­te fe­liz por ellos, aun­que sé que eso im­pli­ca­rá cam­bios que me asus­ta­rán. Pe­ro más me asus­ta pen­sar que por to­do lo cla­ro que veo el fu­tu­ro de mis ami­gos, el mío no exis­te. No es bo­rro­so, ni com­pli­ca­do. Es inexis­ten­te.

Be­bo otro tra­go de cer­ve­za y aga­rro el mi­cró­fono con pá­ni­co, por­que sien­to que de no ha­cer­lo me hun­di­ría des­pa­ci­to pe­ro sin po­der evi­tar­lo, sos­ten­go el mi­cró­fono y can­to y bai­lo mi me­tó­di­ca, li­mi­ta­da co­reo­gra­fía que mis ami­gos apre­cian y en­ga­ño el pul­so: ima­gino que es­toy tran­qui­lo pa­ra po­der tran­qui­li­zar­me.

Show me how you want it to be.

Ya no re­cuer­do los sá­ba­dos en que no íba­mos don­de Jes­sie, la chi­na, a can­tar y be­ber, ni tam­po­co re­cuer­do los sá­ba­dos cuan­do no ha­bía un no­so­tros que fue­ra a can­tar y be­ber don­de Jes­sie, la chi­na. Lo que no sé es si no re­cuer­do por­que he ol­vi­da­do, o no re­cuer­do por­que he ocul­ta­do. He ocul­ta­do lo que soy sin mis ami­gos, sin mi gen­te, que en esen­cia es na­da.

No sé por qué en oca­sio­nes, mien­tras su­je­to el mi­cró­fono con pa­vor y can­to tell me baby cau­se I need to know now, ro­dea­do de mis ami­gos y de los ami­gos que he­mos he­cho, y de des­co­no­ci­dos, y de Jes­sie, la chi­na, me sien­to más so­lo que nun­ca. O, más bien, co­mo al bor­de de la so­le­dad: co­mo si yo es­tu­vie­ra de pie fren­te a un pre­ci­pi­cio, uno en el que sé que, en al­gún mo­men­to u otro, voy a caer. O voy a sal­tar. No sé.

Pa­sa es­to: que los nu­dos más fuer­tes de mi vi­da, to­dos, uno por uno, por ra­zo­nes dis­tin­tas, se han desecho con el tiem­po.

Tal vez no he su­pe­ra­do que mi ma­má se mu­rie­ra. Tal vez no he su­pe­ra­do que, ini­cian­do oc­ta­vo año, me se­pa­ra­ran de mis com­pa­ñe­ros del co­le­gio y ya nun­ca más vol­vie­ra a for­mar par­te de un gru­po de ami­gos es­ta­ble. Tal vez no he su­pe­ra­do que Fa­bio la tu­vie­ra no­vio cuan­do la co­no­cí, o que yo tu­vie­ra no­via cuan­do co­no­cí a Ma­fe.

Tal vez esas co­sas no se su­pe­ran. Tal vez uno so­lo apren­de a ocul­tar­lo to­do, a pen­sar en otras co­sas, a afe­rrar­se al mi­cró­fono co­mo si fue­ra la úl­ti­ma co­sa en el mun­do que lo man­tie­ne a uno vi­vo, lo man­tie­ne a uno cuer­do.

Hit me, baby, one mo­re ti­me.

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