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La Nacion (Costa Rica) - Revista Dominical - - TINTA FRESCA - ( 0 ó 1 ( % í

e gus­ta ro­bar y men­tir. Pue­do ro­bar­me un cho­co­la­te del su­per­mer­ca­do y pue­do men­tir si me pre­gun­tan en una fies­ta si la es­toy pa­san­do bien. Por lo ge­ne­ral la res­pues­ta que me gus­ta­ría dar es que pre­fe­ri­ría es­tar en otro lu­gar, cual­quie­ra, en mi ca­ma tal vez. Me gus­tan mu­cho las pi­ya­mas, creo es es­pe­cial usar ro­pa es­pe­cí­fi­ca­men­te pa­ra dor­mir. Có­mo si dor­mir fue­ra al­go tan pre­cia­do que de­be­mos usar un tra­je di­fe­ren­te al del res­to del día, co­mo ir a una ga­la. Mi ma­má se pei­na an­tes de dor­mir; y hay gen­te que se per­fu­ma y se po­ne tal­cos.

La ma­yo­ría de no­ches ten­go pro­ble­mas pa­ra que­dar­me dor­mi­da (no pa­ra dor­mir). Re­cu­rro a se­dan­tes co­mo prac­ti­car en­tre­vis­tas ima­gi­na­rias en mi ca­be­za. Me sien­to en la ca­ma y pien­so que al otro la­do es­tá al­gún con­duc­tor ha­cién­do­me pre­gun­tas y yo le cuen­to y nos reí­mos. Me en­tre­vis­tan en in­glés. En ge­ne­ral, en la vi­da, ha­blo mu­cho, sin con­trol y sin vo­ca­les.

Otra co­sa es que amo y odio a las per­so­nas y no se có­mo vi­vir en paz con es­ta con­tra­dic­ción. Creo en la gen­te, pe­ro no co­mo lo di­ría al­gún po­lí­ti­co nues­tro, sino que de ver­dad creo en no­so­tros, en las per­so­nas que ca­mi­nan to­dos los días pa­ra su­bir­se a un bus, en la se­ño­ra que ven­de me­di­ci­nas na­tu­ra­les en el mer­ca­do. En la gen­te, en to­da la que veo cuan­do pa­san por una ven­ta­na.

Pe­ro a ve­ces, de­tes­to es­tar en­tre es­ta hu­ma­ni­dad. Me re­clu­yo a mi mo­do, pue­do lle­gar a ser muy er­mi­ta­ña.

Tam­bién soy muy ter­ca,

>dis­traí­da, no me gus­tan las ga­lle­tas y no me gus­tan los ga­tos. Tam­bién ten­go eso que un mon­tón de hom­bres —con pro­ble­mas de ego— lla­man daddy is­sues. Esos pro­ble­mas de con­fian­za, y de amar. Pue­de ser, no lo sé. Mi pa­pá se fue de mi ca­sa cuan­do yo era pe­que­ña, no re­cuer­do pa­sar con él una na­vi­dad o un 31 de di­ciem­bre. Pe­ro en es­te ca­so, mi pa­dre fue de­ma­sia­do bueno pa­ra ser ver­dad; y en­ton­ces miis­sue es que no creo que pue­da es­tar con al­guien que no ten­ga la ca­pa­ci­dad de amar co­mo él la tu­vo. No tie­nen una idea lo di­fí­cil que es­to ha si­do.

Tam­bién me enojo por co- sas que no se có­mo ex­pre­sar, co­mo eso que es­cri­bí de los hom­bres con po­co ego.

No creo que me en­tien­dan pe­ro es que de­tes­to los hom­bres que ha­blan muy al­to y que se bur­lan de to­do, y que usan ca­mi­sas con las mangas apre­ta­das. Con­fie­so que a ve­ces no pon­go aten­ción cuan­do me ha­blan, y no so­por­to te­ner las uñas lar­gas, que por lo ge­ne­ral, tie­nen al­go de tie­rra, pe­ro no sé por qué, siem­pre me la­vo las ma­nos des­pués de ir al ba­ño o cuan­do en­tro a una ca­sa. No en­tien­do có­mo abrir blogs, pe­ro ju­ro que lo in­ten­to ca­da mes, ya ten­go un mon­tón de esos. No me gus­tan las ham­bur­gue­sas de McDo­nald's, pe­ro amo las ham­bur­gue­sas, pe­ro no me gus­ta la idea de co­mer car­ne. He tra­ta­do de ser ve­ge­ta­ria­na la mis­ma can­ti­dad de ve­ces que he in­ten­tan­do en­trar a un gim­na­sio. No sé si es pe­re­za, es más que no sé co- sas. No sé co­ci­nar so­pa mi­so o qué te­nis com­prar, y me mo­les­ta es­tar tan ex­pues­ta con otros ex­tra­ños, pe­ro a ve­ces sue­ño que co­rro mu­cho y me des­pier­to con una ex­tra­ña ne­ce­si­dad por su­dar.

A ve­ces me di­cen que pa­rez­co de esa gen­te que no le ha­ría da­ño a na­die, pe­ro no es cier­to. Cuan­do era muy pe­que­ña le pe­ga­ba a una ni­ña que me caía mal, y cuan­do vi­si­ta­ba su ca­sa la en­ce­rra­ba en el cló­set. Hay per­so­nas a las que les de­seo que to­do les sal­ga mal, por­que me pa­re­ce in­jus­to que hu­ma­nos que no tie­nen una go­ta de em­pa­tía pue­dan ca­mi­nar por la ca­lle sin caer­se en un hue­co. Lue­go lo de­jo de pen­sar por­que creo mu­cho en el kar­ma.

No me gus­ta la­var ro­pa pe­ro si lim­piar ca­sas aje­nas. A ve­ces, si ca­mino mu­cho me hue­len los pies, pe­ro ri­co, co­mo a su­dor de be­bé. Amo los be­bés y los ni­ños, po­dría vi­vir en una co­mu­na con ni­ños, en pi­ya­mas, sin usar des­odo­ran­te ni per­fu­me.

Tam­bién dis­fru­to de al­gu­nos olo­res cor­po­ra­les —míos y de ex­tra­ños—, co­mo el su­dor eu­ro­peo.

Es­cu­cho la mis­ma mú­si­ca una y otra vez, no he vis­to Brea­king Bad ni me gus­ta Star Wars. Pue­do ser co­bar­de, im­pul­si­va y tan con­tra­dic­to­ria, que creo que en mí ha­bi­tan unas cin­co mu­je­res más. To­da­vía no sé co­mo ha­cer pa­ra vi­vir con to­das ellas, hay una que no me cae ni bien.

Ha­go lis­tas de lis­tas de co­sas que de­bo ha­cer y ca­si nun­ca las ha­go. Ten­go mu­chos li­bros que no he leí­do. Soy emo­cio­nal­men­te ines­ta­ble (to­dos los días). Su­fro por co­sas que no sé co­mo re­sol­ver, me com­pli­co sin ne­ce­si­dad, a ve­ces soy gro­se­ra con mi ma­má, ca­si nun­ca lla­mo a mi abue­la, me han di­cho mu­jer lo­ca, guar­do va­sos con agua en el cuar­to que nun­ca me to­mo, no sé co­mo ha­cer ami­gas, llo­ro por to­do, pe­ro so­bre to­do, me gus­ta to­mar lar­gas ca­mi­na­tas por la pla­ya, mien­tras mi­ro el ocaso.

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