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La Nacion (Costa Rica) - Revista Dominical - - TINTA FRESCA -

ntré a un In­ter­net ca­fé a las 3 p. m. pen­san­do que era una ma­la idea. Un lu­nes sin es­tar en la ofi­ci­na es un re­ga­lo de la vi­da. Pe­ro ha­bía que en­trar, a pe­sar de que afue­ra el cli­ma era di­ciem­bre en se­tiem­bre.

A las 5 p. m. apa­gué el mo-

ni­tor, y sa­lí. Afue­ra to­do ha­bía cam­bia­do. To­do era di­fe­ren­te. En el te­cho, en el sue­lo, en­tre los ado­qui­nes, en las me­sas de KFC, en los an­te­ojos de la se­ño­ra que ven­de chan­ces, en la ca­ra de to­dos, en la en­tra­da de Che­lles, en los man­gos de la es­qui­na.

A mi de­re­cha una se­ño­ra ba­ta­lla­ba con una som­bri­lla, por­que ade­más de la ce­ni­za, el vien­to nos ata­ca­ba. La som­bri­lla era pa­ra que un ni­ño con short azul y ca­mi­sa blan­ca so­bre­vi­vie­ra.

Pe­ro en la otra mano, la se­ño­ra car­ga­ba una bol­sa que no po­día po­ner en el sue­lo. El ni­ño en­ton­ces apro­ve­chó pa­ra co­rrer y mi­rar ha­cia arri­ba.

En las ban­cas de con­cre­to, den­tro de los elec­tro­do­més­ti­cos de Go­llo, en­tre de los em- pa­ques de con­fi­tes de men­ta, en el bus, en las tuer­cas que mue­ven el ró­tu­lo lu­mi­no­so de Co­ca Co­la.

Den­tro de una far­ma­cia el caos im­pe­ra­ba. En­tré a com­prar pas­ti­llas pa­ra la aler­gia, el res­to de clien­tes im­plo­ra­ba por un ta­pa­bo­cas, pe­ro es­ta­ban ago­ta­dos. Un se­ñor con an­te­ojos grue­sos pe­día al­go, lo que fue­ra. "No so­por­to es­to". Le die­ron ser­vi­lle- tas. La so­lu­ción pa­ra la su­per­vi­ven­cia.

En el som­bre­ro del ma­ria­chi, en­ci­ma de las pa­lo­mas, den­tro del ba­ño de Mc'Do­nalds, en­tre los ár­bo­les de cor­cho, en la pi­ña que com­pra el se­ñor del bus, en­tre los rie­les del tren.

La ce­ni­za sa­lía del es­tó­ma­go del Tu­rrial­ba.

Una vez una mu­jer ru­bia que vi­ve cer­ca del Me­di­te­rrá­neo me di­jo que no com­pren­día por­qué aquí cuan­do llue­ve na­die se vis­te con bo­tas de hu­le, con ga­bar­di­nas y ca­pas im­permea­bles, y que en cam­bio vis­ten san­da­lias y ves­ti­dos en in­vierno.

Le res­pon­dí que no te­nía idea, pe­ro vien­do to­do lo que pa­só ese lu­nes: con­duc­to­res ma­ne­jan­do co­mo si la ce­ni­za fue­se la­va, sin dar­les cam­po a los pea­to­nes que ape­nas se po­dían cu­brir con las ma­nos los ojos y la na­riz que san­gra­ban ce­ni­za, po­dría de­cir que to­da­vía no es­ta­mos pre­pa­ra­dos pa­ra re­ci­bir lo que ya­ce den­tro en las en­tra­ñas de nues­tra tie­rra.

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