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La Nacion (Costa Rica) - Revista Dominical - - TINTA FRESCA -

e ni­ño, te­nía una gra­ba­do­ra ne­gra, del ta­ma­ño de un atún re­cién ex­traí­do del mar; te­nía dos ca­se­te­ras, an­te­na pa­ra ra­dio y era ca­paz de re­pro­du­cir dis­cos com­pac­tos. Fue ape­nas el se­gun­do apa­ra­to mu­si­cal que conocí, y el pri­me­ro que po­día aco­mo­dar en mi cuar­to, a di­fe­ren­cia del equi­po de so­ni­do en­cla­va­do en la sa­la de la ca­sa.

Con la gra­ba­do­ra desa­rro­llé una re­la­ción dual: un yin­yang so­no­ro. Gra­cias a ella, me enamo­ré de la mú­si­ca y co­men­cé una prác­ti­ca que a la fe­cha sos­ten­go: apa­gar las lu­ces del cuar­to y ti­rar­me a la ca­ma a no ha­cer otra co­sa más que es­cu­char una can­ción, un dis­co, un so­ni­do en par­ti­cu­lar.

Al tiem­po, sin em­bar­go, caí en una adic­ción ines­pe­ra­da. Una tan su­til que no me per­ca­té de ella sino has­ta ha­ce unas se­ma­nas: la adic­ción al rui­do. O, lo que es lo mis­mo: el te­mor al si­len­cio.

Pa­sé ca­si to­da mi vi­da con au­dí­fo­nos pues­tos, siem­pre es­cu­chan­do mú­si­ca que me per­mi­tía –o me con­de­na­ba a, se­gún el ca­so– ais­lar­me del en­torno. Me ba­ña­ba es­cu­chan­do mú­si­ca, ca­mi­na­ba por la ca­lle es­cu­chan­do mú­si­ca, via­ja­ba en bus es­cu­chan­do mú­si­ca.

Al acos­tar­me, po­nía al­gún dis­co, al­gu­na can­ción o in­clu­so al­gún vi­deo de YouTu­be con so­ni­dos de lluvia; al des­per­tar, po­nía can­cio­nes enér­gi­cas que me obli­ga­ban a abrir los ojos.

En el tra­ba­jo, los au­dí­fo­nos se con­vir­tie­ron en una he­rra­mien­ta in­dis­pen­sa­ble –no es fá­cil es­cri­bir con 500 per­so­nas al­re­de­dor–; no era ra­ro pa­sar to­das las ho­ras há­bi­les de un día con los au­dí­fo­nos en­te­rra­dos en me­dio de las ore­jas.

Es­tá cla­ro: en al­gún mo­men­to, los au­dí­fo­nos de­ja­ron de ser con­duc­tos pa­ra es­cu­char mú­si­ca y se con­vir­tie­ron en ta­po­nes pa­ra de­jar de es­cu­char a los de­más. Co­mo en­fren­tar rui­do con más rui­do, una batalla cu­yo es­ce­na­rio era mi ce­re­bro.

Ha­ce unas se­ma­nas, ba­jé los bra­zos y me ren­dí. Ago­ta­do an­te una pá­gi­na en blanco, in­ca­paz de es­cri­bir una so­la pa­la­bra más –así me gano la vi­da– mien­tras la mú­si­ca y el rui­do de años se acu­mu­la­ba en mi ca­be­za, me qui­té los au­dí­fo­nos y me re­té a pa­sar al me­nos un día en el ma­yor si­len­cio po­si­ble –sin que eso sig­ni­fi­ca­ra ais­lar­me en mi ha­bi­ta­ción–. La sa­na­ción fue in­me­dia­ta.

El si­len­cio es un lien­zo en blanco. Cuan­do abun­da el si­len­cio, ca­da so­ni­do es pre­cio­so. Cuan­do abun­da el si­len­cio, ca­da can­ción es una ex­pe­rien­cia me­mo­ra­ble y ca­da con­ver­sa­ción un even­to que no se di­lu­ye en el tiem­po.

Más im­por­tan­te aún, eso sí, ha si­do com­pren­der que no im­por­ta cuán pro­fun­do se co­lo­quen los au­dí­fo­nos ni cuán­do al­to es­té el vo­lu­men de la mú­si­ca, na­da va­le pa­ra aca­llar el rui­do in­terno, el que se lle­va den­tro de la ca­be­za. La úni­ca so­lu­ción es es­cu­char­lo y pa­ra ello se ne­ce­si­ta, iró­ni­ca­men­te, si­len­cio.

El rui­do es una for­ma de aca­llar las vo­ces den­tro de la ca­be­za. Tal vez sea me­jor es­cu­char­las y con­ver­sar con ellas.

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