TRÁ­GI­CO FI­NAL

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Va­le acla­rar que Ju­dith lle­gó a ga­nar $100 mil anua­les, con lo que sus pa­dres com­pra­ron una am­plia ca­sa en el lu­jo­so re­si­den­cial de West Hill, en Los Án­ge­les, ciu­dad don­de na­ció el 6 de ju­nio de 1977.

La pe­que­ña ac­triz pa­ga­ba con su tra­ba­jo las fac­tu­ras fa­mi­lia­res. Eso pa­ra na­da le ha­cía gra­cia a Jo­seph, un al­cohó­li­co vio­len­to y abu­si­vo, que aban­do­nó Hun­gría en bus­ca del sue­ño ame­ri­cano.

Pe­ro de­je­mos –por un ins­tan­te– al ho­mi­ci­da, pa­ra con­tar có­mo fue que un ca­za­ta­len­tos des­cu­brió a Ju­dith, cuan­do ella fri­sa­ba los cin­co años. Una tar­de fue a pa­ti­nar con su ma­dre; su dul­zu­ra y en­can­to cap­tu­ra­ron a un pro­duc­tor de anun­cios te­le­vi­si­vos, que de in­me­dia­to le con­si­guió un con­tra­to con una ca­de­na de co­mi­das rá­pi­das.

Así lle­ga­ron más clien­tes: ju­gue­te­rías, ali­men­tos, man­te­qui­lla de ma­ní y uno de sopa de to­ma­tes, que la de­jó em­pa­cha­da.

Co­mo era muy me­nu­di­ta apa­ren­ta­ba me­nos edad y eso la ha­cía lu­cir más tier­na y na­tu­ral. De los avi­sos pa­só a la te­le­vi­sión en los años 80, en se­ries co­mo Cheers, Cag­ney & La­cey y en al­gu­nos epi­so­dios de Punky Brews­ter.

El des­pe­gue ci­ne­ma­to­grá­fi­co ocu­rrió con la sa­ga de Ti­bu­rón; le die­ron un pe­que­ño pa­pel, pe­ro mos­tró un ta­len­to pre­coz; to­dos le au­gu­ra­ban una ca­rre­ra me­teó­ri­ca ha­cia el es­tre­lla­to.

La pe­que­ña pro­me­sa fíl­mi­ca pa­de­cía de un mal con­gé­ni­to que afec­ta­ba es­pe­cial­men­te a la hor­mo­na del cre­ci­mien­to, lo que re­tra­só su desa­rro­llo. A los diez años co­men­zó a re­ci­bir tra­ta­mien­to mé­di­co con­tra ese pa­de­ci­mien­to.

Du­ran­te las se­sio­nes mé­di­cas la ni­ña em­pe­zó a re­ve­lar cam­bios en su es­ta­do de áni­mo: fre­cuen­tes ata­ques de his­te­ria, au­men­tó de pe­so, se arran­có las ce­jas, el pe­lo y las pes­ta­ñas; se mor­día las uñas has­ta la piel y un día le cor­tó los bi­go­tes a uno de sus cin­co ga­ti­tos.

Cre­cer due­le.

La in­va­sión so­vié­ti­ca a Hun­gría, en 1956, ex­pul­só a mu­chas per­so­nas. Entre ellas a Jo­seph Bar­si, quien lle­gó a Ca­li­for­nia – a los 24 años– con un vio­lín a cues­tas. En­con­tró tra­ba­jo de fon­ta­ne­ro y co­no­ció en un res­tau­ran­te a Ma­ría Vi­ro­vacz, una vi­vaz ca­ma­re­ra bas­tan­te piz­pi­re­ta.

Era un sol de hom­bre, con un pa­sa­do os­cu­ro. En su tie­rra na­tal de­jó a una es­po­sa La ma­yo­ría de los ni­ños re­cuer­dan a Bas­tian, per­so­na­je de La his­to­ria sin fin. Es­te era en­car­na­do por Jo­nat­han Bran­dis. Tam­bién in­ter­pre­tó a Bill, un jo­ven­ci­to aco­sa­do por el sa­tá­ni­co pa­ya­so Penny­wi­se, en la pe­lí­cu­la

Sus ojos azu­les, mi­ra­da inocen­te y ca­li­dad in­ter­pre­ta­ti­va le abrie­ron los pa­si­llos de la fa­ma en Holly­wood. Lue­go, cre­ció. De­pri­mi­do por la fal­ta de con­tra­tos ca­yó en el al­coho­lis­mo; de­ci­dió ahor­car­se en su de­par­ta­men­to de Los Án­ge­les en el 2003. Te­nía so­lo 27 años. y a dos hi­jos, pe­ro tra­jo en la mo­chi­la su adic­ción al li­cor y una ira acu­mu­la­da, que desata­ba con fre­cuen­cia.

Le cos­tó aco­mo­dar­se al es­ti­lo de vi­da ame­ri­cano, so­bre to­do por­que su fuer­te acen­to hún­ga­ro y tos­cas ma­ne­ras oca­sio­na­ban las bur­las de sus co­no­ci­dos.

In­ten­tó eva­dir la de­pre­sión en la can­ti­na y más bien desa­rro­lló una per­so­na­li­dad pa­ra­noi­ca, que con los años se acen­tuó. Creía que to­dos es­ta­ban en con­tra su­ya.

Con la pri­me­ra fa­mi­lia se por­tó po­se­si­vo con sus dos re­to­ños; abu­só de ellos y los mal­tra­tó. Uno, Bar­na, de­ge­ne­ró en un al­cohó­li­co y se col­gó de un puen­te en Ari­zo­na. La an­te­rior mu­jer hu­yó de la ca­sa cuan­do in­ten­tó rom­per­le la ca­be­za con una sar­tén.

De nue­vo so­lo, y en un país ex­tra­ño, de­ci­dió pro­bar suer­te en Ca­li­for­nia. Ahí co­no­ció a Ma­ría, con­ge­nia­ron de in­me­dia­to por­que los dos eran hún­ga­ros y com­par­tían las mis­mas nos­tal­gias por el te­rru­ño. Ape­nas na­ció Ju­dith el idi­lio se trans­for­mó en in­fierno.

Lo que más en­dia­bla­ba a Bar­si era que la ni­ña ga­na­ra más di­ne­ro que él; así in­cu­bó un odio ne­gro con­tra ella y la ma­dre, quien es­ti­mu­ló el ta­len­to de la pe­que­ña y la im­pul­só a so­bre­sa­lir en la ac­tua­ción.

Un día no aguan­tó más y le es­tam­pó un pu­ñe­ta­zo en la ca­ra a Ma­ría e in­ten­tó es­tran­gu­lar­la. Ella de­nun­ció la agre­sión; hu­bo un jui­cio rá­pi­do y, por fal­ta de prue­bas, lo ab­sol­vie­ron.

A par­tir de ese mo­men­to co­men­zó a fra­guar la muer­te de Ju­dith y de la ma­dre, an­tes de que las dos lo aban­do­na­ran.

Du­ran­te una au­di­ción Ju­dith se des­plo­mó por los cons­tan­tes ata­ques fí­si­cos y men­ta­les de su padre; in­ter­vino el Ser­vi­cio de Pro­tec­ción a Me­no­res y se abrió una in­ves­ti­ga­ción.

La ma­dre acep­tó ini­ciar los trá­mi­tes de di­vor­cio y al­qui­lar un apar­ta­men­to, pe­ro el mie­do a las re­pre­sa­lias del ma­ri­do le im­pi­dió huir y sal­var­se.

La ma­ña­na del cri­men los ve­ci­nos vie­ron a Ju­dith pa­sear por la ace­ra en bi­ci­cle­ta y ju­gar en el jar­dín.

En la no­che Eu­ni­ce Daly –una ve­ci­na– es­cu­chó un es­ta­lli­do, se aso­mó por la ven­ta­na y vio otro des­te­llo. No le dio im­por­tan­cia. Al se­gun­do día no­tó hu­mo en la ca­sa. Lla­mó a los bom­be­ros.

Los equi­pos de emer­gen­cia ha­lla­ron a Ju­dith y a Ma­ría a me­dio que­mar y en fa­se de des­com­po­si­ción; Jo­seph ya­cía en el ga­ra­je.

So­bre la lápida de Ju­dith gra­ba­ron: “A nues­tro án­gel”.

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