Pablo Pi­cas­so EL MINOTAURO QUE DE­VO­RÓ A SUS MU­JE­RES

Ge­nio ar­tís­ti­co del si­glo XX, vi­vió una exis­ten­cia con­tra­dic­to­ria con las mu­je­res que lo ro­dea­ron; ellas su­frie­ron de amor y lo­cu­ra, por­que él les cla­vó una es­ta­ca en el co­ra­zón.

La Nacion (Costa Rica) - Teleguia - - TELEGUÍA RECOMIENDA - Jor­ge Her­nán­dez S. jor­geher­nan­dezs@hot­mail.es

Des­tru­yó to­do lo que amó. Pin­tó to­ros y mu­je­res. Con ellas, ni cor­tés, ni va­lien­te. Tu­vo dos es­po­sas y cin­co aman­tes, a to­das las re­tra­tó y tra­tó sin pie­dad y con ho­rror.

Al prin­ci­pio le pro­du­cían un en­tu­sias­mo dio­ni­sía­co, des­pués se abu­rría de las mis­mas cur­vas y –si es­ta­ba de bue­nas– las con­ver­tía en es­per­pen­tos; si no, las gol­pea­ba has­ta la in­cons­cien­cia.

Ca­bal­gó en­tre guerras –la ci­vil en España y las dos Guerras Mun­dia­les– y sus de­fen­so­res ase­gu­ran que eso le des­cua­dró el se­so; otros –co­mo su bió­gra­fa Arian­na Stas­si­no­pou­los– cuen­tan que lo amar­gó la en­fer­me­dad de su her­ma­na Con­chi­ta.

Le pi­dió a Dios que la sa­na­ra; pe­ro la ni­ña mu­rió. Por eso con­ci­bió a la dei­dad co­mo una fuer­za ma­lig­na, en­car­na­da en el cuer­po y ros­tro de las mu­je­res y las des­pre­ció.

Ellas ocu­pa­ron un gran por­cen­ta­je de sus pin­tu­ras; a ve­ces lu­cen dul­ces, her­mé­ti­cas, áci­das o ro­tas. Lo acom­pa­ña­ron des­de el ama­ne­cer de sus días bohe­mios en Mont­mar­tre, has­ta la úl­ti­ma luz de su vi­da el 8 de abril de 1973, a los 91 años.

Apar­te del ego, lo que te­nía enor­me era su nom­bre: Pablo Die­go Jo­sé Fran­cis­co de Pau­la Juan Ne­po­mu­ceno Ma­ría de los Re­me­dios Cris­pi­niano de la San­tí­si­ma Tri­ni­dad Ruiz y Pi­cas­so… en au­tos Pablo Pi­cas­so.

So­lo un sa­crí­le­go in­ten­ta­ría re­su­mir esa vi­da en unas lí­neas. Pe­que­mos. Pi­cas­so na­ció el 25 de oc­tu­bre de 1881 en Má­la­ga –España– hi­jo ma­yor de Jo­sé Ruiz y Blas­co y de Ma­ría Pi­cas­so Ló­pez, una ma­tro­na a la que ve­ne­ró Pablo.

En pin­tu­ra no hay ge­nios pre­co­ces, sal­vo es­te que a los ocho años reali­zó su pri­me­ra obra –El pi­ca­dor ama­ri­llo –de la cual nun­ca se se­pa­ró.

Des­de el Re­na­ci­mien­to nin­gún ar­tis­ta fue ca­paz de mon­tar una re­vo­lu­ción es­té­ti­ca co­mo la que des­ple­gó Pi­cas­so, y sal­vo los exé­ge­tas que se de­va­nan los se­sos in­ter­pre­tan­do sus obras cu­bis­tas y las re­ci­tan co­mo las le­ta­nías, el res­to de los mor­ta­les so­lo es ca­paz de ci­tar dos pin­tu­ras me­mo­ra­bles: Las se­ño­ri­tas de Avig­non y El Guer­ni­ca.

Si el lec­tor es in­ca­paz de di­fe­ren­ciar el pe­rio­do ro­sa del ver­de o el azul; el cu­bis­mo del su­rrea­lis­mo; y po­le­mi­zar con la na­riz res­pin­ga­da so­bre el cro­ma­tis­mo y el sim­bo­lis­mo, en­con­tra­rá más di­ge­ri­ble aden­trar­se en la psi­que de un hom­bre con­tra­dic­to­rio, tra­ba­ja­dor in­fa­ti­ga­ble y una le­yen­da del ar­te del si­glo XX.

Mu­sas do­lien­tes. Lo acom­pa­ñó cuan­do no era na­die. Fer­nan­de Oli­vier fue la pri­me­ra que vi­vió con Pablo –de 1904 a 1911– en un ca­se­rón en Mont­mar­tre, una bar­ca­za de cinc y vi­drios su­cios. Se ilu­mi­na­ban con un bom­bi­llo; en el ve­rano era un horno y en el in­vierno un con­ge­la­dor.

Ella te­nía 22 años, ojos ver­des, cor­pu­len­ta y fo­go­sa. La de­jó ape­nas co­men­zó a ser fa­mo­so, por­que que­ría una mu­jer dó­cil y un ho­gar es­ta­ble.

Ca­yó en los bra­zos de Eva Gouel. La apo­dó “Ma Jo­llie”; era me­nu­di­ta y be­lla. A pe­sar del cán­cer que la car­co­mía com­pla­ció a Pi­cas­so; es­te le co­rres­pon­dió con una aman­te se­cre­ta, Gaby De­pre­ye. Los dos pa­sa­ron juntos la Na­vi­dad del 1915; Eva mu­rió 15 días an­tes.

La ilu­sión con Gaby aca­bó el día que co­no­ció a la bai­la­ri­na ru­sa Ol­ga Ko­klo­va, una mu­jer am­bi­cio­sa, ne­cia y tris­te. Por ella des­pa­chó a dos aman­tes con las que ali­via­ba su so­le­dad.

Con Ol­ga se ca­só y tu­vie­ron a Pablo. Se so­por­ta­ron 12 años –de 1917 a 1929en me­dio de bron­cas y celos; has­ta que Pi­cas­so co­no­ció a Ma­ría Te­re­sa Wal­ter, de 17 años, a la sa­li­da del me­tro de las Ga­le­rías La­fa­yet­te.

Era otro es­ti­lo: sui­za, ru­bia, ale­gre, de tra­to sua­ve y con una fuer­za eró­ti­ca que ace­le­ró las hor­mo­nas del ar­tis­ta. To­do lo opues­to a Ol­ga.

Aquel co­mu­nis­ta, re­vo­lu­cio­na­rio y enemi­go de la mo­ral bur­gue­sa ocul­tó su re­la­ción con una jo­ven­ci­ta 33 años me­nor. La vi­si­tó a es­con­di­das en un cam­pa­men­to in­fan­til, la dis­fra­zó de cho­fer y so­lo unos ami­gos ín­ti­mos es­ta­ban al tan­to del ro­man­ce.

Du­ran­te años ne­gó el amo­río y Ol­ga exi­gió el di­vor­cio a cam­bio del 50 por cien­to de los bie­nes del pin­tor. Al fin pu­do se­pa­rar­se y vi­vir con Ma­ría.

Pron­to se abu­rrió de la ru­ti­na ho­ga­re­ña, de los llo­ri­queos de la hi­ja –Ma­ya– y se la en­do­só a la ma­dre, pa­ra se­guir con su vi­da bohe­mia. En 1977 Ma­ría se pe­gó un ti­ro; la “ni­ña de Pi­cas­so” nun­ca pu­do su­pe­rar la se­pa­ra­ción.

Des­pués co­no­ció a Do­ra Maar, una jo­ven­ci­ta con quien man­tu­vo una pa­sión vio­len­ta e hip­no­ti­zan­te du­ran­te diez años. En 1943 Pablo se can­só y ella des­cen­dió a los abis­mos de la lo­cu­ra y mu­rió –sin re­cu­pe­rar la ra­zón– so­la a los 89 años.

Eso le va­lió un chu­rro por­que, ca­si a la vez, se en­ro­lló con otras dos: Fran­co­ise Gi­lot y Ge­ne­vie­ve La­por­te. La pri­me­ra le dio dos hijos, Clau­de y Pa­lo­ma, fue la úni­ca que lo aban­do­nó, en 1953, y por eso so­bre­vi­vió.

A Ge­ne­vie­ve la co­no­ció a los 16 años cuan­do lo en­tre­vis­tó pa­ra un pe­rió­di­co es­co­lar; ella nun­ca acep­tó ir­se a vi­vir con el ar­tis­ta por­que co­no­cía sus ac­ce­sos de fu­ria, ade­más de que de­bía com­par­tir­lo con una fi­la de as­pi­ran­tes se­xua­les.

La úl­ti­ma de la se­rie fue Jac­que­li­ne Ro­que, co­mo to­das 40 años más jo­ven. Lu­cía siem­pre bien aci­ca­la­da, ab­ne­ga­da y se con­vir­tió en la se­cre­ta­ria, men­sa­je­ra, enfermera, ama de lla­ves, es­cla­va y car­ce­le­ra de Pi­cas­so, a quien de­bía lla­mar “Mon­se­ñor”.

Com­par­tió los años fi­na­les del ar­tis­ta y se pe­leó con to­da la fa­mi­lia por la he­ren­cia del ge­nio, has­ta que no aguan­tó más y se pe­gó un ti­ro en 1986.

Igual que el Minotauro de Cre­ta, Pablo Pi­cas­so he­chi­zó y de­vo­ró el al­ma de sus jó­ve­nes mu­je­res a cam­bio de in­mor­ta­li­zar­las en sus re­tra­tos.

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