EL CLON DE BET­TE DA­VIS

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a su vez fue un “clon” de Bet­te Da­vis, en El Aniver­sa­rio, uno de sus úl­ti­mos fil­mes.

Al mar­gen de las en­vi­dias, to­dos los exé­ge­tas de los fo­lle­ti­nes te­le­vi­si­vos coin­ci­die­ron en que la Rubio dio vi­da a la ma­dre de to­das las vi­lla­nas; des­de ese día to­da su ca­rre­ra se fue al tras­te, por­que nun­ca pu­do des­ha­cer­se de Ca­ta­li­na y adon­de iba la con­fun­dían y le ar­ma­ban plei­to.

Por más de 30 años los te­le­vi­den­tes ol­vi­da­ron que Ma­ría ac­tuó en más de 32 te­le­no­ve­las; al­gu­nas de ellas to­da­vía sa­can sus­pi­ros: Im­pe­rio de cris­tal, Ama­da enemi­ga, Amor gi­tano y Sa­lo­mé. ¡Cla­ro! No era Sa­rah Bern­hardt, pe­ro tam­po­co hay que ser ma­lin­chis­tas.

Nun­ca se to­mó en se­rio la fa­ma y bro­mea­ba con las pa­ro­dias que hi­cie­ron de su per­so­na­je; sobre to­do en Cu­na de pe­rros, don­de Héc­tor “Cho­lo” He­rre­ra sa­có tri­pas y llan­tos a la ca­na­lla con Pa­ta­li­na Cruel de Va­rios.

La muer­te de Ma­ría ocu­rrió ca­si un año des­pués de la de su hi­jo Clau­dio Re­yes, un re­co­no­ci­do di­rec­tor tea­tral. La ca­mio­ne­ta que él con­du­cía cho­có con­tra un ca­mión de ba­su­ra; en el per­can­ce mu­rió la ac­triz Ma­ru Dueñas y cin­co per­so­nas más.

Dar­le la no­ti­cia fue di­fí­cil por su avan­za­da edad y al oir­la ex­cla­mó: “¿Por qué él y no yo?” Le per­dió el gus­to a la vi­da y so­lo an­he­la­ba “re­unir­me con mi hi­jo.” Su sa­lud de­ca­yó len­ta­men­te. Una ami­ga de la fa­mi­lia, Ce­ci­lia Ga­brie­la, ex­pre­só: “no trans­cu­rrió mu­cho tiem­po; hay que ce­le­brar, más que es­tar tris­te.”

El dra­ma­tur­go fue el pri­mer hi­jo de su ma­tri­mo­nio con Luis Re­yes, quien le ayu­dó a re­crear mu­chos de sus per­so­na­jes. La pa­re­ja se di­vor­ció tras 40 años de con­vi­ven­cia.

Quie­nes com­par­tie­ron ta­blas con Ma­ría abun­da­ron en elo­gios. “Era la rei­na de la ma­na­da”, ase­gu­ró Diana Bra­cho. “Una ac­triz muy que­ri­da, al­guien que no se da­ba im­por­tan­cia a sí mis­ma, te­nía mu­chos ras­gos de hu­mil­dad pro­pios de quien sa­bía quién era.”

Do­ble ca­ra

La in­fan­cia de Ma­ría Jesús Rubio Te­je­ro tu­vo un to­que de te­le­no­ve­la. El di­plo­má­ti­co y em­pre­sa­rio Ola­yo Rubio, y su mu­jer, Ma­ría Te­je­ro, la adop­ta­ron re­cién na­ci­da el 20 de se­tiem­bre de 1934, y se crió co­mo hi­ja úni­ca.

Apren­dió las pri­me­ras letras en su ca­sa, por­que a los cua­tro años le de­te­ca­quel El per­so­na­je de Ca­ta­li­na Creel de La­rios, re­crea­do por Ma­ría Rubio, fue una adap­ta­ción de Mrs. Tag­gart, una dés­po­ta ma­triar­ca de un clan fa­mi­liar de­di­ca­do a la cons­truc­ción, en la cin­ta El aniver­sa­rio. La pe­lí­cu­la fue un éxi­to por­que le asig­na­ron ese pa­pel a Bet­te Da­vis, que ya era per­ver­sa por si mis­ma y en­ci­ma se co­lo­có un par­che ne­gro en el ojo de­re­cho, pa­ra ins­pi­rar más que mie­do: ¡Es­pan­to! El guio­nis­ta Car­los Ol­mos co­pió a la per­fec­ción el per­so­na­je; es­co­gió a Ma­ría Rubio, gran ac­triz me­xi­ca­na, pa­ra tro­pi­ca­li­zar­lo con el éxi­to que ya co­no­ce el 99 por cien­to de la hu­ma­ni­dad. ta­ron una gra­ve ano­ma­lía car­día­ca. Has­ta los nue­ve años hi­ber­nó en su ca­ma. "Nun­ca es­tu­ve hos­pi­ta­li­za­da y no pu­de ha­cer lo que cual­quier ni­ño co­mún.”

Los pa­dres se la lle­va­ron de via­je a Es­pa­ña, pe­ro es­ta­lló la Gue­rra Ci­vil en país y por diez años que­da­ron va­ra­dos en la ca­sa de los abue­los.

La en­fer­me­dad y el ex­ce­so de mi­mos fa­mi­lia­res mar­ca­ron su par­ti­cu­lar ado­les­cen­cia, ya que pre­fe­ría que­dar­se en la ca­sa y ju­gar con las mu­ñe­cas, en lu­gar de sa­lir a fies­tas con jó­ve­nes de su edad.

A los 14 años vol­vió a Mé­xi­co y con­ti­nuó su edu­ca­ción en los más res­pe­ta­dos co­le­gios ca­tó­li­cos; la ma­tri­cu­la­ron en la Es­cue­la de Ar­tes Tea­tra­les del Ins­ti­tu­to Na­cio­nal de Be­llas Ar­tes y pro­bó el veneno de la ac­tua­ción, sin que le hi­cie­ra ma­yor efec­to.

Co­mo si fue­ra el guion de una te­le­no­ve­la, a los 21 años co­no­ció a un jo­ven y se enamo­ró; pe­ro es­te la de­jó y se ca­só con otra. Ella hi­zo lo mis­mo y con­tra­jo nup­cias con Luis Re­yes.

Has­ta aquí su vi­da ape­nas se di­fe­ren­ció de al­gu­nos de sus fu­tu­ros per­so­na­jes: Li­via Arizmendi de Lom­bar­di, en Im­pe­rio de Cris­tal; Cle­men­cia del Jun­co, en El de­re­cho de na­cer; o Ra­fae­la Mi­ran­da y Cas­tro viu­da de Zu­bi­za­rre­ta, en Ri­na.

El lec­tor ha­brá no­ta­do que na­da ha­cía pre­su­mir el ru­ti­lan­te des­tino re­ser­va­do a Ma­ría. La luz se hi­zo cuan­do cum­plió 22 años y ac­tuó en su ópe­ra pri­ma El por­tal de Be­lén. An­tes pro­bó suer­te en el Tea­tro Fantástico de Ca­chi­ru­lo, de En­ri­que Alonso.

Un año des­pués –en 1957– se ma­tri­cu­ló en la na­cien­te in­dus­tria te­le­vi­si­va, con un pro­duc­to que la ca­ta­pul­ta­ría a los al­ta­res: las te­le­no­ve­las. Por eso fue con­si­de­ra­da una de las ma­triar­cas de es­te sub­gé­ne­ro de la pan­ta­lla me­nor.

Pa­sa­ron ca­si 30 años en los que de­mos­tró su ta­len­to pa­ra dar ca­ri­ño fá­cil a la au­dien­cia, y en 1986 ga­nó el pre­mio gor­do de la lotería con Cu­na de Lobos.

En es­ta em­ble­má­ti­ca te­le­se­rie creó a la vi­lla­na por an­to­no­ma­sia y oca­sio­nó una re­vo­lu­ción en la ma­ne­ra de pro­du­cir es­tos cu­le­bro­nes, que fue­ron una reac­ción a las “soap ope­ras” nor­te­ame­ri­ca­nas, que por en­ton­ces in­va­dían las no­ches ca­se­ras con mal­va­dos hi­per­bó­li­cos: Bla­ke Ca­rring­ton, en Di­nas­tía; o, el de­mo­nio he­cho car­ne de J.R. Ewing, en Da­llas.

Los pro­duc­to­res nun­ca le en­con­tra­ron pa­pe­les su­pe­rio­res al de Ca­ta­li­na Creel de La­rios. Ma­ría ja­más bus­có la glo­ria ac­to­ral; dis­fru­ta­ba la vi­da y so­lía ro­dear­se de jó­ve­nes ac­to­res, por­que: “lo más feo de ser vie­ja es ver que tus ami­gos se mue­ren y tú te vas que­dan­do so­la.”

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