Des­de el co­ra­zón de un árbol

Vivir y Comer - - Cita - POR AnA YA­ncY FlO­Res M. Fo­tos Ma­ye­la ló­pez

Tree House Lod­ge es un pro­yec­to tu­rís­ti­co lo­ca­li­za­do en Pun­ta Uva. Aquí, cin­co ca­sas con per­so­na­li­dad pro­pia cons­trui­das de for­ma sos­te­ni­ble en­tre vegetación in­ten­sa, vis­tas al mar, igua­nas, con­gos y pe­re­zo­sos, re­ga­lan una so­bre­do­sis de na­tu­ra­le­za que es­ti­mu­la a las vi­si­tas.

Lo de las ca­sas del árbol se dio de for­ma or­gá­ni­ca, cuando Ed­sart Be­sier ad­qui­rió un za­ca­tal. Por ins­tin­to y por ne­ce­si­dad se le ocu­rrió cons­truir un ba­ño asen­ta­do en un árbol, mien­tras vi­vía en un vie­jo au­to­bús es­co­lar que to­da­vía hoy es­tá a la en­tra­da de Tree House Lod­ge.

Cuando Ed­sart Be­sier visitó por pri­me­ra vez el Ca­ri­be de Cos­ta Ri­ca su­po que ese era el lu­gar donde que­ría pa­sar el res­to de sus días. Se enamo­ró de la cul­tu­ra ca­ri­be­ña y se ca­só con la idea de una vi­da de aven­tu­ras, que su­po­nía el vi­vir en tie­rras de gran in­ten­si­dad bio­ló­gi­ca.

Eso fue hace más de 20 años, cuando cons­truir un pro­yec­to tu­rís­ti­co co­mo de Tree House en Pun­ta Uva ni si­quie­ra pa­sa­ba por su ca­be­za.

Lo de las ca­sas del árbol se dio de for­ma or­gá­ni­ca cin­co años des­pués cuando el ho­lan­dés ad­qui­rió un za­ca­tal ha­bi­ta­do por va­cas. Por ins­tin­to y tam­bién por ne­ce­si­dad se le ocu­rrió cons­truir un ba­ño asen­ta­do en un árbol, mien­tras vi­vía en un vie­jo au­to­bús es­co­lar que to­da­vía hoy es­tá a la en­tra­da de Tree House Lod­ge, nom­bre del lu­gar.

Así co­men­zó un pro­yec­to de eco­tu­ris­mo cons­ti­tui­do por cin­co ca­sas que no es­tán pro­pia­men­te asen­ta­das en las co­pas de los ár­bo­les, pe­ro que sí se in­te­gran den­tro de es­tos de for­ma sos­te­ni­ble con el am­bien­te.

“Sin­ce­ra­men­te, nun­ca ha­bía es­ta­do en un tree house, no sa­bía có­mo era. Pe­ro lla­mé al mío así por­que es­tá in­ser­ta­do de for­ma muy natural den­tro de un árbol. No soy ar­qui­tec­to, pe­ro des­cu­brí que te­nía crea­ti­vi­dad pa­ra es­to”, di­ce Be­sier.

Lo que hay en la ac­tua­li­dad en Pun­ta Uva es un com­ple­jo de ca­sas abiertas con mag­ní­fi­cas vis­tas al co­ra­zón del Ca­ri­be. Tan so­lo el acos­tar­se en una ha­ma­ca es re­la­ja­ción pu­ra. Des­de ellas se pue­de avis­tar el es­pe­so fo­lla­je ca­rac­te­rís­ti­co de Li­món, mien­tras un pe­re­zo­so cuel­ga de un árbol, una gua­tu­sa cru­za de un la­do a otro y un con­go se oye a lo le­jos. To­do su­ce­de al uní­sono.

Ca­da Ca­sa, un Con­Cep­to

Las vi­vien­das es­tán se­pa­ra­das unas de otras por un buen tre­cho. Eso les da la in­ti­mi­dad ne­ce­sa­ria, y a to­das se pue­de ac­ce­der ca­mi­nan­do o en ca­rro. Guar­dan en­tre sí las si­mi­li­tu­des de que son muy es­pa­cio­sas y es­tán edi­fi­ca­das con ma­te­ria­les na­tu­ra­les y re­ci­cla­dos, co­mo ma­de­ra, pa­ja y bo­te­llas. Sin em­bar­go, ca­da una tie­ne su pro­pio ma­tiz.

El Tree House, así se lla­ma, es un ran­cho to­tal­men­te abier­to, cons­trui­do al­re­de­dor de un árbol San­gri­llo de unos 80 años.

Esa fue la pri­me­ra vi­vien­da que se cons­tru­yó, y aún con­ser­va el ba­ño original in­crus­ta­do den­tro del árbol. Lo se­pa­ra de la sa­la una puer­ta y una pa­red, pe­ro por den­tro es co­mo si es­tu­vie­ra al ai­re li­bre, ya que da al bos­que.

Cuen­ta con un dor­mi­to­rio que sí es ce­rra­do y con otro ubi­ca­do en lo al­to de un árbol, al que se lle­ga me­dian­te un puen­te de ha­ma­ca.

En Beach House, otro pro­yec­to ha­bi­ta­cio­nal, las no­ches se arru­llan con el cá­li­do so­ni­do que pro­du­cen las olas del mar. Es la ca­sa más cer­ca­na a la pla­ya.

Por cier­to que la experiencia en es­ta pla­ya es bas­tan­te ex­clu­si­va. Es el lí­mi­te en donde ter­mi­na pla­ya Chi­qui­ta y co­mien­za Pun­ta Uva y allí se lle­ga en­tran­do por Tree House Lod­ge y por otros ho­te­les cer­ca­nos.

Cuando la ma­rea es­tá ba­ja, en el agua se di­bu­jan pis­ci­nas na­tu­ra­les en las que un ba­ño tran­qui­lo es inevi­ta­ble, ya que los co­ra­les for­man una ba­rre­ra natural que im­pi­de que en­tren co­rrien­tes.

pro­pie­ta­rios. Ed­sart Be­sier y Pamela Ro­drí­guez vi­ven en una de las ca­sas del árbol.

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