EL SORPRESIVO RE­TORNO DE NEL­SON VIL­LALO­BOS

Art On Cuba - - Sp - Or­lando Hernán­dez

Siem­pre pensé que el open stu­dio era cosa de gente joven, de ado­les­centes, una ocasión para que los artistas re­cién ini­ci­a­dos mostraran sus nuevas y egolátri­cas crea­ciones a los mucha­chos y

muchachas de su edad en un am­bi­ente ín­timo, casero, más in­for­mal que el de las galerías, donde pudieran cono­cer gente nueva, to­mar unos tra­gos y quizás com­par­tir unas tóx­i­cas o en­rareci­das bo­canadas de humo. Pero parece que me equiv­o­qué. El joven artista Nel­son Vil­lalo­bos está a punto de cumplir 60 años (aunque en re­al­i­dad parece de 80 de­bido a su larga barba blanca), y acaba de in­vi­tarme a un open stu­dio en su vieja ca­sona de Apo­daca 260 entre Fac­toría y Aponte, en La Ha­bana Vieja, a solo unas cuadras de la Ter­mi­nal de Trenes y de la Fuente de las In­dias.

A primera vista no ten­dría por qué asom­brarme. No es nada raro que Vil­lalo­bos o quien sea or­gan­ice un evento artís­tico casero (que no hay por qué lla­mar siem­pre “al­ter­na­tivo” o un­der­ground) en vez de una ex­posi­ción más se­ria en una galería (algo que por cierto, tiene pro­gra­mado hacer en el Cen­tro Cul­tural His­panoamer­i­cano, frente al Malecón ha­banero). Y digo que no es raro porque en ver­dad los open stu­dio han ex­is­tido siem­pre, aunque sin ese nom­brecito en inglés. To­dos los que acos­tum­bramos a vis­i­tar a los artistas en su propia casa y no a en­con­trar­los ya vesti­dos de limpio en las in­au­gu­ra­ciones pode­mos dis­fru­tar allí de ese mar­avil­loso es­pec­táculo donde por primera vez lo pri­vado comienza a hac­erse público, donde las obras comien­zan a co­quetear tími­da­mente con la mi­rada de los otros, con la opinión de los otros, con el “me gusta” o “no me gusta” a que se re­duce luego todo el asunto. Se trata quizás del único in­stante en que uno puede ver obras reales, autén­ti­cas, viv­i­tas y cole­ando, en es­tado de evolu­ción, de efer­ves­cen­cia; cosas real­mente artís­ti­cas pero que to­davía no lo saben, que aun no se han con­ver­tido com­ple­ta­mente en obras artís­ti­cas, donde no ha comen­zado aun ese pro­ceso de ox­i­dación y de­te­ri­oro que sufren al en­trar en con­tacto con las opin­iones, las es­pec­u­la­ciones, las defini­ciones, las teorías, las bue­nas y malas críti­cas, pues to­davía care­cen de con­sagración, de ese barniz de ir­re­al­i­dad, de ese falso halo mís­tico que adquieren cuando son colo­cadas so­bre una pared blanca y bien ilu­mi­nada. Pode­mos con­tem­plar bo­ce­tos ge­niales que no lle­garon nunca a ser otra cosa que bo­ce­tos; proyec­tos que desde el ini­cio se declararon defini­ti­va­mente ir­re­al­iz­ables, y desde luego, tam­bién obras feas, frustradas, mal­ogradas, que se sal­varon de la de­struc­ción porque tenían “algo”, un “no sé qué”, así como obras her­mosas que a pe­sar de eso nunca lle­garon a cruzar el um­bral, porque pertenecían ex­clu­si­va­mente a esos es­pa­cios ín­ti­mos. En esos mo­men­tos es que uno puede ser tes­tigo del Uni­verso artís­tico en su es­tado puro, de mayor per­fec­ción, antes del Big Bang, pre­vio a la for­ma­ción de los plan­e­tas y satélites, es de­cir, de los críti­cos, cu­radores, asis­tentes, rep­re­sen­tantes, ne­go­ciantes, pub­licis­tas, fun­cionar­ios, es­pías, poli­ti­queros, char­la­tanes, cen­sores, parási­tos, faran­d­uleros y demás as­ter­oides y ba­sura cós­mica que com­ple­tan el sis­tema del arte. Allí las obras pue­den con­tem­plarse en el más per­fecto y democrático caos, re­costadas a la cama, con un pulóver o unas me­dias encima, llenán­dose de polvo so­bre un es­caparate, clavadas detrás de una puerta, o al lado del es­pe­jito del baño, mien­tras desde la cocina el artista te grita que si quieres un buche de café (“Es Pilón, asere, lo traje de Mi­ami”) o un batido (“¿De mango o de guayaba?”), lo cual te per­mite el priv­i­le­gio de ob­ser­var al cala­mar (o a la cala­mara) movién­dose go­zosa­mente den­tro de su tinta. Pero no sé si es eso lo que po­damos ver en casa de Vil­lalo­bos o si será algo más or­de­nado y pre­vis­i­ble. Pero, ¿no es la sor­presa uno de los in­gre­di­entes de es­tos en­cuen­tros cer­canos que prop­i­cian los open stu­dio? (…) ƒ

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