LEGOPAINTING / NÉS­TOR ARE­NAS EXPONE

Art On Cuba - - Grethel Morell Otero - Aldo Menéndez

En la vis­tosa galería del Cen­tro Cul­tural de Es­paña en Mi­ami ex­hiben a menudo lati­noamer­i­canos y cubanos que, como Nés­tor Are­nas (Hol­guín, Cuba, 1964), han vivido y con­sol­i­dado su obra durante lar­gos años en la penín­sula ibérica. Es en este marco que Are­nas re­cién pre­sentó su ex­posi­ción tit­u­lada Paisajes Trans­form­ers, ter­cera de la saga que in­cluye una primera mues­tra en La Ha­bana, durante la más re­ciente Bienal, to­das el­las cu­radas por su com­pa­tri­ota el desta­cado crítico de arte Den­nys Matos.

Los con­tenidos de esta etapa de tra­bajo de Nés­tor han es­tado en­fo­ca­dos en de­sar­rol­lar prop­ues­tas de cómo mane­jar artís­ti­ca­mente, con proyec­ción de fu­turo, los es­com­bros (ru­inas, fan­tas­mas, ob­je­tos de con­sumo del ayer y es­fin­ges; su­per­heroes, y ar­qui­tec­turas del pasado, etc.) que de­jan atrás cier­tos sis­temas so­cio políti­cos al de­sa­pare­cer. Ha es­tado es­pe­cial­mente con­cen­trado en las más re­cientes ex­tin­ciones, la del co­mu­nismo real del Este de Europa y la del cap­i­tal­ismo in­dus­trial, al igual que la de los restos de la utopía cubana, re­pub­li­cana (neo colo­nial) y de la Guerra Fría.

“Con esos ma­te­ri­ales he de­sar­rol­lado mi pro­pio ‘man­ual ilustrado’ de cómo re­ci­clar es­tos frag­men­tos del pasado, per­son­ajes y restos de arqui­tec­tura, que se de­finen mejor como su­per­héroes, y es­cul­turas, para in­ter­ac­tuar den­tro de mis ren­o­va­dos paisajes. En la con­ver­gen­cia que provoco el sen­tido ar­qui­tec­tónico se pierde, en fa­vor del es­cultórico.”

(…) “No tengo predilec­ción por ningún héroe en par­tic­u­lar, mod­ernista o de ahora; me siento atraído lo mismo por el Tio Stiopa y el Oso Misha, que por Betty Boop y Su­per­man. Algo pare­cido me sucede –con­tinúa ex­pli­cando Nés­tor– con los es­ti­los; me emo­cio­nan del mismo modo el con­struc­tivismo y el pro­duc­tivismo so­viético, el fu­tur­ismo ital­iano, el neogótico, etc. Será que vivo en plena edad de la fusión. Me gusta la difí­cil tarea de in­te­grar po­los op­uestos que fun­cio­nen en una in­es­per­ada di­rec­ción (…)”

Nés­tor vis­lum­bra los es­pa­cios que dis­eña a man­era de dio­ra­mas, donde afirma de­sar­rol­lar sus nar­ra­ciones. “Sin de­jar que las es­ce­nas in­tro­duci­das allí pertenez­can solo a un pe­ri­odo, a de­ter­mi­nada época –ar­gu­menta–; el­las tam­bién deben ser vari­ables, in­ter­cam­bi­ables, sus­cep­ti­bles de co­hab­itar con otros tiem­pos y nuevas icono­grafías, planteadas in­cluso desde el posco­mu­nismo y den­tro de la era posin­dus­trial que per­mite que en­caje ese sen­timiento que los ale­manes en la ac­tu­al­i­dad han ba­u­ti­zado como Ostal­gie1. En las tres ex­posi­ciones el es­pec­ta­dor ha po­dido ver desde fon­dos que vir­tual­mente se­me­jan telones teatrales, que re­cuer­dan ma­que­tas, hasta ma­que­tas propi­a­mente dichas (…). Con­tex­tos y pro­tag­o­nistas pueden afin­carse a la vez en el pasado y en la época tec­nológ­ica pre­sente, de suerte que con­sidero lo que hago como trans­form­ers, algo pare­cido a un sis­tema Lego abierto al por­venir.”

Lo an­te­rior ex­plica la pres­en­cia en las pin­turas de esta colec­ción de su­per­héroes vi­gentes –Vegeta, Su­per Mario, Poké­mon, Bob Esponja, Pikachu, Kagome, etc. Nés­tor es un ser fa­mil­iar, tran­quilo y muy prác­tico, un pri­sionero vol­un­tario de su es­tu­dio, que sin as­pavien­tos, ni gran­des eclo­siones in­t­elec­tuales, con sen­cillez y fan­tasía “Parece como si el in­di­viduo mod­erno sin­tiera la necesi­dad sec­reta de per­manecer fuera de sí mismo, de ser trans­portado, de verse en­vuelto en un am­bi­ente es­tim­u­lante o em­bria­gante, con la con­cien­cia agrad­able­mente aneste­si­ada”, in­siste el sac­er­dote es­pañol José An­to­nio Pagola. La vida en la so­ciedad con­tem­poránea tran­scurre sumergida en el ruido ator­men­ta­dor que provoca el con­stante “flasheo” de imá­genes, tex­tos y sonidos a nue­stro alrede­dor. La me­tralla pub­lic­i­taria y la in­for­ma­tiva –a ve­ces tan frívola como la primera– no dan sosiego a nue­stros cansa­dos ojos y nos con­ducen hasta la taza de café, o di­rec­ta­mente al bo­tiquín.

Muchas teorías com­pren­den este fenó­meno den­tro de una ad­min­is­tración oblicua –pero cal­cu­lada, ex pro­fesso– del tiempo y el es­pa­cio del pue­blo desde el poder. Lo que otrora podía ser la abierta frus­tración de la pal­abra, en la ac­tu­al­i­dad muta ha­cia mecan­is­mos mu­cho más re­fi­na­dos. Se trata de aban­donar el ran­cio mod­elo Panóp­tico por vías de con­trol mu­cho más su­tiles como la supuesta gestión per­sonal de los pro­pios in­tere­ses y gus­tos, con­s­abida treta del mer­cado –in­sti­tu­ción que fun­ciona bajo lóg­i­cas que con­tribuyen a con­ser­var las de­sigual­dades so­ciales, la ex­plotación y el con­sum­ismo.

Miles de for­mas de en­treten­imiento han surgido para no de­jarnos a so­las con nues­tra con­cien­cia, con nue­stro si­len­cio. Em­bria­ga­dos en él pode­mos quitarnos las más­caras que es­ta­mos forza­dos a ll­e­var día a día, pode­mos lib­erar los dolores ocul­tos, las es­per­an­zas e in­con­formi­dades. Es en el si­len­cio que nos hace­mos, en defini­tiva, las pre­gun­tas in­evita­bles: ¿de dónde ven­i­mos, quiénes so­mos, a dónde va­mos? Es en­tonces que pen­samos, y nada más peli­groso

–por sub­ver­sivo y rev­olu­cionador– que un ser hu­mano con el in­ge­nio de­spierto. El si­len­cio para aque­l­los in­tere­sa­dos en cono­cer la lib­er­tad, a con­tra­cor­ri­ente de la so­ciedad en la ac­tu­al­i­dad, es una necesi­dad im­poster­gable.

De raíz, la cul­tura occidental a la que pertenece­mos ha preferido la plaza, el foro, el ago­b­i­ado aje­treo, a la dis­ten­ción y la med­itación car­ac­terís­ti­cas de Ori­ente. Por supuesto que esta apre­ciación bi­na­ria no dis­tingue aquí los in­nu­mer­ables mat­ices, in­ter­fer­en­cias y de­splaza­mien­tos que ocur­ren hoy día y que pro­mueven la tem­prana ca­duci­dad de los con­cep­tos y defini­ciones, tor­nando ris­i­bles las gen­er­al­iza­ciones. Se pro­pone solo ser una dé­bil co­or­de­nada.

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