Buick Wildcat 1966 so­lo el amor en­gen­dra la ma­ra­vi­lla

Tras años re­la­cio­na­do al au­to clá­si­co en Cu­ba, aún me ma­ra­vi­llan las his­to­rias de es­tas jo­yas. A ve­ces la amis­tad, otras el ca­pri­cho y mu­chas el amor, ha­cen el mi­la­gro. Es­ta vez un no­viaz­go de ado­les­cen­tes, con ese amor lleno de inocen­cia y que re­cor­da­mos

Excelencias del Motor - - Leyendas / Legends - TEX­TO Y FOTOS POR/BY: JOR­GE ESTÉNGER WONG

Ha­ce al­gu­nos años el hi­jo de José Luis Ga­rran­dés co­men­zó uno de esos no­viaz­gos de ado­les­cen­cia que tan­to so­bre­sal­tan a los pa­dres, pe­ro más ilu­sio­nan a los jó­ve­nes. Co­men­zó así un víncu­lo en­tre am­bas fa­mi­lias y fue la vía pa­ra re­des­cu­brir el ex­tra­or­di­na­rio au­to­mó­vil que trae­mos hoy a nues­tra sec­ción.

Lle­gó a Cu­ba en los se­sen­ta, su­po­ne­mos a tra­vés de un di­plo­má­ti­co ca­na­dien­se, pues ya no se ven­dían au­tos nor­te­ame­ri­ca­nos en la Is­la, y que­dó re­le­ga­do al pa­tio de los pa­dres de la no­via, en me­dio de una suer­te de ta­ller de me­cá­ni­ca, que ellos te­nían. Allí lo des­cu­brió José Luis, en una de sus tan­tas vi­si­tas. Se en­con­tra­ba «pa­ra­do» por años, con mu­chas de sus pie­zas en su in­te­rior, in­clu­yen­do el pa­ra­bri­sas tra­se­ro, al­gu­na ven­ta­ni­lla y su mo­tor des­ar­ma­do.

El Wildcat en­can­tó a José Luis de in­me­dia­to. Gra­cias a las ex­ce­len­tes re­la­cio­nes en­tre am­bas fa­mi­lias, lo­gró ad­qui­rir el Buick, tal cual es­ta­ba. A par­tir de ahí co­men­zó su res­tau­ra­ción. Pri­me­ro fue el mo­tor, el cual re­pa­ra­ron en­tre to­dos. Ob­tu­vo al­gu­nas pie­zas ori­gi­na­les y uti­li­zó ca­mi­sas de Avia –mar­ca es­pa­ño­la de fur­go­ne­tas y ca­mio­nes– que «da­ban» la me­di­da.

Lue­go se en­fo­có en re­to­ques de cha­pis­te­ría, que por suer­te no fue­ron mu­chos. Re­pa­ró los me­ca­nis­mos de las ven­ta­ni­llas y el mar­co del pa­ra­bri­sas tra­se­ro que co­lo­có in­tac­to y res­pi­ró ali­via­do, pues es­te era uno de los mo­men­tos más de­li­ca­dos.

Pa­só en­ton­ces a la pin­tu­ra, te­nien­do cui­da­do con re­ti­rar to­das las pla­cas y lo­gos con gran cui­da­do. Lo­gró el re­sul­ta­do que ve­mos en las fotos, don­de po­de­mos apre­ciar ca­da em­ble­ma en su si­tio ori­gi­nal.

Man­te­ner un au­to así es muy cos­to­so. El gi­gan­tes­co V8, aco­pla­do a la trans­mi­sión au­to­má­ti­ca, con­su­me. El re­na­cer del tu­ris­mo en Cu­ba, y el nue­vo en­fo­que de la eco­no­mía cu­ba­na, han per­mi­ti­do a José Luis con­tra­tos con las agencias tu­rís­ti­cas Cu­ba­na­cán y Ha­va­na­tur. Aho­ra, el fa­bu­lo­so au­to­mó­vil es atrac­ción pa­ra quie­nes de­ci­den va­ca­cio­nar en Cu­ba.

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