CAN­TO A MA­TAN­ZAS

Excelencias Turísticas del caribe y las Américas - - Infotur - CA­RIL­DA OLI­VER LA­BRA

Por el Pom­pón don­de be­bo, por el Ca­ní­mar que cru­za ha­cia el mar des­de mi blu­sa; por es­ta pe­na que mue­vo, lo ju­ro por Pue­blo Nuevo –que es de ro­di­llas ju­rar–: qui­sie­ra ha­cer­te un can­tar con versos, con mar­ga­ri­tas, con jar­cias y es­ta­lac­ti­tas

ro­ba­das a Be­lla­mar. Ma­tan­zas len­ta: yo ado­ro los lí­que­nes pu­tre­fac­tos, tus ra­yo­ne­ros, tus pac­tos con cre­púscu­los de oro; y si­go aquí, no de­mo­ro mi ca­ri­ño en to­ros va­lles. Des­de la Pla­ya a Ver­sa­lles te re­pi­to co­mo un cuen­to y soy un ci­clón vio­len­to de so­le­dad por tus ca­lles. ¿Y qué de­cir de mi he­ri­da que por la hier­ba se me­te? ¿Qué de­cir de es­te ju­gue­te en que ha pa­ra­do mi vi­da? ¿Qué de­cir, tie­rra que­ri­da don­de aca­ba­ré es­te via­je

sin destino ni equi­pa­je, de aquel hom­bre, de aquel hom­bre que de­jó ro­to mi nom­bre en me­dio de tu pai­sa­je? Te quie­ro por­que eres tris­te,

tris­te co­mo la tris­te­za; te quie­ro por tu po­bre­za

de ca­na­rio sin al­pis­te. Te quie­ro por­que tra­jis­te el ver­de jus­to en la sien; pe­ro te quie­ro tam­bién por tu pan que tie­ne sue­ño, por tu por­ve­nir pe­que­ño de fós­fo­ro y he­ne­quén. Te quie­ro por­que me asom­bro de tu ma­jes­tad hu­mil­de,

y te quie­ro por la til­de del nom­bre con que te nom­bro; por es­to que ba­jo el hom­bro me de­fien­de y me com­ba­te; por mi co­ra­zón, que la­te re­bel­de­men­te in­con­for­me co­mo un cam­pa­na­rio enor­me so­bre el tiem­po, en Mon­se­rra­te. Pa­re­ces so­la una pal­ma. Ex­hi­bes en ca­da es­qui­na

tu acua­re­la re­pen­ti­na. Cuan­do ma­dru­gas en cal­ma mi car­ne se vuel­ve al­ma. Tus cie­gos se sien­ten mal, pues no ven la Ca­te­dral ni el va­lle ver­de y abier­to ni el Ten Cents: frí­vo­lo in­jer­to

de mu­cha­chas y cris­tal. Ma­tan­zas: ben­di­go aquí tus ma­le­co­nes mojados, los ár­bo­les des­te­rra­dos

del Pa­seo de Mar­tí y el eco en el Yu­mu­rí. Y van mis lá­gri­mas, van co­mo perlas con imán o co­mo es­pe­jos co­bar­des a va­ciar to­das las tar­des sus aguas en el San Juan. Sé quie­ta, sé so­li­da­ria, sé ami­ga de la ma­rea; sue­ña, sue­ña que pa­sea Plá­ci­do con su Ple­ga­ria. Sé bue­na, sé le­gen­da­ria; oye un vio­lín al re­vés, oye el si­len­cio; tal vez cuan­do sue­na así la bri­sa es­tá llo­ran­do por Isa el al­ma de Milanés. Aun­que a tu par­que me­jor –ese be­llo co­mo un cuar­zo– lo lla­man al­go de Mar­zo* (que es lla­mar­le lo peor), la gen­te que tie­ne ho­nor, la gen­te azul de ver­dad, la gen­te con cla­ri­dad, le si­gue lla­man­do: Me­lla, por­que ri­ma con es­tre­lla, con ver­güen­za y li­ber­tad.

Ma­tan­zas: siem­pre me cu­ras des­pués que el amor me en­fer­ma. Si ten­go la di­cha yer­ma y las pa­lo­mas os­cu­ras me das tus ven­das se­gu­ras… Si me so­bra el co­ra­zón, si mis la­bios be­sos son y no le en­cuen­tro re­me­dio

voy a la ca­lle del Me­dio y me com­pro una ilu­sión. Tu pa­sa­do tie­ne un bri­llo que no pa­ra de cre­cer, ¡qué pe­na da re­co­ger en tu his­to­ria al­go ama­ri­llo, pe­ro pien­so en el Mo­rri­llo aun­que no quie­ro pen­sar! ¡Qué pe­na da re­cor­dar! De le­jos ca­si se aca­ba:

allí Gui­te­ras ju­ga­ba con un ri­fle y con el mar. Ma­tan­zas –mi­sa en mis ve­nas–: be­so tus pa­tios con flo­res, tus ne­gros es­ti­ba­do­res, tus puen­tes y tus are­nas. Ma­tan­zas –dro­ga en mis ve­nas–: be­so tus mu­je­res ma­las, be­so el rui­do de las pa­las de tus obre­ros her­ma­nos y be­so tus ve­te­ra­nos pa­ra be­sar­te las alas. Fui a tu ci­ne, fui a tu es­cue­la, fui a tu par­que ado­les­cen­te, y ca­yó amo­ro­sa­men­te tu tie­rra so­bre mi abue­la. Te de­bo la luz que vue­la, una ci­ta en el re­cuer­do, mi­la­gros que nun­ca pier­do y un do­lor co­mo una ele que ape­nas sé si me due­le de­ba­jo del seno iz­quier­do. Te de­bo, Ma­tan­zas, ra­tos de bohe­mia y de lo­cu­ra, te de­bo una no­che pu­ra y unos ni­ños sin za­pa­tos y te de­bo aque­llos ga­tos al fon­do de mi ale­gría,

la Pla­za de la Vi­gía, mu­chos versos en la fren­te, el te­dio de ser de­cen­te y es­te azul de la bahía. To­do te de­bo, Ma­tan­zas:

la Bi­blio­te­ca, el es­te­ro, te­ner al­ma y no di­ne­ro… Te de­bo las es­pe­ran­zas. A mi pe­cho te aba­lan­zas con una pa­sión tan fuer­te que no bas­ta con sa­ber­te en mi san­gre, de­te­ni­da: ya que te de­bo la vi­da te quie­ro de­ber la muer­te.

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