ÁR­BO­LES Y FLO­RES EN LA POE­SÍA

Aldaba - - JARDINES EXTERIORES -

Las emo­cio­nes pro­vo­ca­das por el sa­mán al­can­zan a in­sig­nes hom­bres de le­tras, co­mo An­drés Be­llo, un eru­di­to ve­ne­zo­lano-chi­leno:

Ex­tien­de sa­mán tus ra­mas sin te­mor al ha­do fie­ro, y que tu som­bra ami­ga­ble al ca­mi­nan­te pro­te­ja.

Mien­tras en Re­pú­bli­ca Do­mi­ni­ca­na, a Tam­bo­ril la co­no­cían co­mo el Pue­blo de los Sa­ma­nes, y Tomás Her­nán­dez Fran­co, el au­tor de Ye­li­dá, es­cri­bía un poe­ma a un sa­mán que cre­cía en la ex­pla­na­da fron­tal de su ca­sa, se­gún cita en su blog el edu­ca­dor Do­min­go Ca­ba Ramos. Es­te es uno de los ver­sos:

Es un be­llo sa­mán, de lu­cien­tes ho­jas, que de re­pen­te se han ido a vo­lar, co­mo mis pen­sa­mien­tos.

A su vez, he aquí una de las mu­chas men­cio­nes que a las flo­res ha­ce Fe­de­ri­co García Lorca:

Ma­dre, llé­va­me a los cam­pos Con la luz de la ma­ña­na A ver abrir­se las flo­res Cuan­do se me­cen las ra­mas.

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