De­se­ret Ta­va­res

Estilos - - De Tú A Tú - Tex­to: ES­TI­LOS Fo­to: BAYOAN FREITES

Es­tu­dió fi­nan­zas y sa­be cua­tro idio­mas. Pe­ro, lo que ella lla­ma su “don”, la lle­vó por ca­mi­nos que ja­más ima­gi­nó y no pu­do eva­dir. La in­ten­ción de es­ta cla­ri­vi­den­te es “mos­trar a la gen­te que no so­mos unos ig­no­ran­tes, ni unos la­dro­nes ni un frau­de, y cree­mos en lo que ha­ce­mos”. ¿Có­mo te das cuen­ta de que tie­nes un don? Bueno, en reali­dad me doy cuen­ta de que la gen­te no lo tie­ne. En mi fa­mi­lia to­dos te­ne­mos do­nes di­fe­ren­tes. Des­de an­tes de que pu­die­ra ha­blar, es­cu­cho una voz que me da in­for­ma­ción y me di­ce even­tos que van a pa­sar; tam­bién me ha en­se­ña­do di­fe­ren­tes téc­ni­cas de me­di­ta­ción, a tra­ba­jar y ma­ne­jar la ener­gía. Es co­mo un maes­tro que me aler­ta, me da in­for­ma­ción y me en­se­ña.

¿Te ha­cía sen­tir ex­tra­ña? ¿Có­mo te acos­tum­bras? Lo em­pie­zo a ver co­mo al­go ma­lo, anor­mal. No en­tien­do có­mo es que na­die es­cu­cha ni ve. En­ton­ces, em­pie­zo a ha­blar con di­fe­ren­tes ti­pos de per­so­nas, in­clu­yen­do psi­có­lo­gos, pá­rro­cos, obis­pos de igle­sias, y les pre­gun­to si lo mío era anor­mal. Ahí me doy cuen­ta de que no es ma­lo, sino que vie­ne de di­fe­ren­tes fuen­tes de es­pi­ri­tua­li­dad.

¿Có­mo lla­mas a lo que te su­ce­de? Es mi guía es­pi­ri­tual.

Una vez tie­nes más cla­ro lo que te su­ce­de, ¿qué ha­ces? En EEUU to­mé unas cla­ses de ta­rot y des­pués cla­ses de ca­na­li­za­ción pa­ra sa­ber có­mo pren­der y apa­gar esa voz por­que era al­go es­pon­tá­neo que ve­nía y me ha­bla­ba. Con el ta­rot apren­do de sim­bo­lo­gía y as­tro­lo­gía.

La gen­te siem­pre ha te­ni­do mu­cha cu­rio­si­dad por lo que va a su­ce­der, por el fu­tu­ro. ¿Por qué? Mie­do y fal­ta de fe pro­pia. Es una in­cer­ti­dum­bre por­que no creen en ellos mis­mos y no en­tien­den que ellos ma­ni­fies­tan el re­sul­ta­do de su vi­da. Siem­pre pien­san que es una fuer­za ex­ter­na la que ha­ce que pa­sen co­sas. Si en la pre­dic­ción te di­cen que vas a mo­rir, ¿qué ha­ces? Em­pie­zas a cui­dar tu sa­lud, a orar, a co­rre­gir los pro­ble­mas. Si no lo sa­bes, no lo pue­des ha­cer.

¿Quie­res de­cir que, si tie­nes una vi­sión de una ca­la­mi­dad, hay una po­si­bi­li­dad de que se re­vier­ta? Cla­ro. Eso se lo­gra ba­sa­do en la ener­gía, en la ora­ción y en la fe. Uno tie­ne el po­der de cam­biar su pro­pio des­tino. Y si eso no se re­fie­re a una per­so­na, sino a una si­tua­ción… Pa­ra cual­quier co­sa. Si veo que vie­ne gue­rra, y to­do el mun­do en­tra a una ora­ción por los pre­si­den­tes y cam­bia la ener­gía cons­cien­te, cam­bia­mos el even­to. La gue­rra pue­de ser que se atra­se o no ven­ga, por­que de­pen­de de no­so­tros.

Hay per­so­nas que no sa­ben ma­ne­jar la an­sie­dad por el fu­tu­ro. ¿Te pa­re­ce po­si­ti­vo que lo co­noz­can a pe­sar de ello? Las pre­dic­cio­nes y las lec­tu­ras, o las per­so­nas co­mo yo, es­ta­mos aquí pa­ra po­der mos­trar­te lo que pue­de pa­sar, pe­ro tú pue­des cam­biar­lo. Tú eli­ges ese ca­mino o con­ti­núas en otro rum­bo. Las pre­dic­cio­nes es­tán he­chas con la idea de que cam­bies el des­tino.

¿Có­mo ha­ces pa­ra que la gen­te crea en ti? Siem­pre ha­blo con la ma­yor sin­ce­ri­dad, no di­go al­go que no vea. Y bueno, ma­lo o feo, lo di­go, co­mo tam­bién di­go las co­sas bue­nas. Y con­fío en la in­for­ma­ción del guía. Yo so­lo soy un ca­nal y com­par­to la in­for­ma­ción que me com­par­ten a mí.

¿Es una per­cep­ción o, por lo ge­ne­ral, las pre­dic­cio­nes sue­len ser ne­ga­ti­vas? No, yo he da­do pre­dic­cio­nes acer­ta­das muy po­si­ti­vas, co­mo re­sul­ta­dos de par­ti­dos de fút­bol, pre­si­den­tes que to­man el po­der, el pre­mio No­bel de San­tos. Úl­ti­ma­men­te es­tán pa­san­do co­sas pe­sa­das por­que es­ta­mos pa­san­do por un cam­bio, pe­ro a mis clien­tes pri­va­dos les sa­len co­sas es­pec­ta­cu­la­res.

“Las pre­dic­cio­nes es­tán he­chas con la idea de que tú cam­bies el des­tino”

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