GLAMOUR GLOBAL: VIAJES AL ES­TI­LO KEN­NEDY

Mu­chos ase­gu­ran que, a pe­sar de los com­pa­ñe­ros sen­ti­men­ta­les de la be­lla Jac­que­li­ne Ken­nedy Onas­sis, esta no fue fe­liz en nin­gu­na de sus relaciones co­no­ci­das.

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Du­ran­te su tiem­po en la Ca­sa Blan­ca y fue­ra de ella, una de las gran­des pa­sio­nes de Jackie Ken­nedy fue co­no­cer el mun­do.

Uno de los ro­les por lo cual más se dio a co­no­cer la inigua­la­ble Jackie Ken­nedy fue, sin du­da, el de es­po­sa. De he­cho, se le re­cuer­da más por ser la ab­ne­ga­da mu­jer del presidente nú­me­ro 35 de los Es­ta­dos Uni­dos. Es­te pa­pel de pri­me­ra da­ma, le ha va­li­do las más di­ver­sas opi­nio­nes. Lo que no es­tá en du­da ni en jue­go es el ex­ce­len­te tra­ba­jo que reali­zó des­de la Ca­sa Blan­ca, apor­tan­do aires de fres­cu­ra, ele­gan­cia y mo­der­ni­dad. Jackie lle­gó a la Pen­sil­va­nia 1600 en Was­hing­ton con ape­nas 31 años de edad. Fue ado­ra­da por los nor­te­ame­ri­ca­nos de su épo­ca y por los que ha­brían de ve­nir has­ta el pun­to de que, tan­tos años des­pués, se con­ti­núe ha­blan­do de esta em­ble­má­ti­ca fi­gu­ra.

John F. Ken­nedy y Jac­que­li­ne Bou­vier se co­no­cie­ron en una fies­ta que or­ga­ni­za­ron dos de sus ami­gos, Char­les y Mart­ha Buck Bartlett. La cena, muy al es­ti­lo preppy, fue ce­le­bra­da en Geor­ge­town, en Was­hing­ton D. C. Am­bos per­te­ne­cían al mis­mo círcu­lo so­cial, por lo que se po­dría de­cir que se hi­zo más fá­cil su en­cuen­tro. A par­tir de es­te even­to, John, quien en el mo­men­to es­ta­ba en la con­tien­da por un pues­to en el Se­na­do, y Jackie co­men­za­ron a sa­lir. Dos años des­pués, John pi­dió ma­tri­mo­nio a esta her­mo­sa chi­ca. Lo hi­zo con un ani­llo de Van Cleef & Ar­pels – fir­ma que si­gue sien­do nú­me­ro uno en­tre las ce­le­bri­da­des– que te­nía un dia­man­te de 2.88 qui­la­tes y es­me­ral­da de 2.84 qui­la­tes. Se di­ce que la jo­ven es­ta­ba com­pro­me­ti­da con fe­cha de bo­da con el co­rre­dor de bol­sa John Hus­ted, pe­ro tras co­no­cer al mi­llo­na­rio y apues­to ca­ba­lle­ro per­te­ne­cien­te a la in­flu­yen­te di­nas­tía Ken­nedy, rom­pió su com­pro­mi­so. Esta am­bi­ción, qui­zás he­re­da­da de su ma­dre, quien tam­bién se le co­no­cía por que­rer per­ma­ne­cer en la más al­ta cla­se de aque­lla épo­ca, que­ría pa­ra su hi­ja un es­po­so adi­ne­ra­do que pu­die­ra se­guir pa­gan­do los lu­jos y co­mo­di­da­des a los que Jackie es­ta­ba acos­tum­bra­da.

La bo­da fue el acon­te­ci­mien­to del mo­men­to. Tu­vo lu­gar el 12 de sep­tiem­bre de 1953, en Rho­de Is­land. La ce­re­mo­nia fue ce­le­bra­da por el otro­ra ar­zo­bis­po de Bos­ton, Ri­chard Cus­hing, con la asis­ten­cia de unos 700 in­vi­ta­dos. A la re­cep­ción se unie­ron unas 500 per­so­nas más que no que­rían per­der­se el acon­te­ci­mien­to. Hoy se con­ser­va el

ele­gan­te ves­ti­do de no­via en la Biblioteca y Mu­seo Pre­si­den­cial de John F. Ken­nedy.

Ken­nedy en Bos­ton

An­tes de ins­ta­lar­se en lo que se­ría su ni­do de amor, la pa­re­ja pa­só dos se­ma­nas en Aca­pul­co, México, en una lu­na de miel con cli­ma cá­li­do, le­jos de las ba­jas tem­pe­ra­tu­ras del no­roes­te de los Es­ta­dos Uni­dos. A su lle­ga­da, se ins­ta­la­ron en Vir­gi­nia.

An­te es­te pa­no­ra­ma per­fec­to, de un real cuen­to de ha­das, el des­tino le te­nía guar­da­do al­gu­nos re­ve­ces que po­cos co­no­cen. Por ejem­plo, por es­tos años, Ken­nedy su­fría de un fuer­te do­lor de es­pal­da de­bi­do a una he­ri­da de gue­rra. De igual mo­do fue diag­nos­ti­ca­do con la en­fer­me­dad de Ad­di­son, una de­fi­cien­cia hor­mo­nal cau­sa­da por da­ño a la glán­du­la adre­nal. Un año des­pués de la bo­da fue so­me­ti­do a va­rias ope­ra­cio­nes muy de­li­ca­das que casi re­sul­ta­ron ser fa­ta­les. Co­mo si es­to fue­ra po­co, Jackie su­frió un abor­to na­tu­ral en 1955, tiem­po des­pués dio a luz a una ni­ña muer­ta, la cual lla­ma­ron Ara­be­lla. Qui­zás un pre­sa­gio de to­do lo que es­ta­ba por ve­nir.

La pa­re­ja pron­to de­ci­dió cam­biar de do­mi­ci­lio y su ni­do de amor fue ven­di­do al her­mano de Ken­nedy, Ro­bert Fran­cis Ken­nedy, co­no­ci­do por sus ami­gos co­mo “Bobby”. En cam­bio la pa­re­ja se mu­dó a Geor­ge­town y has­ta allí le si­guió la mala ra­cha, pues lue­go del na­ci­mien­to de su hi­ja Ca­ro­li­ne, en 1957, y el inol­vi­da­ble Joh­nJohn, en 1960, un se­gun­do ni­ño, Pa­trick, na­ció con pro­ble­mas de sa­lud en 1963, mu­rien­do dos días des­pués de su na­ci­mien­to. Sus bió­gra­fos re­sal­tan que no fue fe­liz con su ma­tri­mo­nio con Ken­nedy, qui­zás na­die le ad­vir­tió que ser es­po­sa de un Ken­nedy era un ofi­cio. To­dos los hom­bres de esta fa­mi­lia, ya te­nían fa­ma de ser mu­je­rie­gos e in­fie­les. Hu­bo un mo­men­to en que la del­ga­da y de­li­ca­da mu­jer de­ci­dió po­ner fin a su mar­ti­rio, im­pi­dién­do­lo Joe, pa­dre de John F. Ken­nedy, con la frio­le­ra de un mi­llón de dó­la­res. Es­to fue más que su­fi­cien­te

Sus bió­gra­fos re­sal­tan que no fue fe­liz con su ma­tri­mo­nio con Ken­nedy, qui­zás na­die le ad­vir­tió que ser es­po­sa de

un Ken­nedy era un ofi­cio.

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