Su in­fan­cia

Su pa­sa­do fue lo que ori­gi­nó que, de adul­ta, se in­vis­tie­ra de po­der y re­vo­lu­cio­na­ra la moda de la al­ta cos­tu­ra.

Ritmo Platinum - - Personal Style -

Jean­ne De­vo­lle fue el nom­bre de su ma­dre; se desem­pe­ña­ba co­mo lavandera. Era una mu­jer de es­ca­sos re­cur­sos, sol­te­ra y muy en­fer­mi­za. En 1883 da a luz a Ga­brie­lle Bon­heur Cha­nel, en el Hos­pi­tal de Ca­ri­dad de las Her­ma­nas de la Pro­vi­den­cia en Sau­mur, Fran­cia. Al na­cer, fue de­cla­ra­da con el ape­lli­do Chas­nel, di­cen que por error de la per­so­na que trans­cri­bió, sus padres ale­ga­ban que no te­nían tiem­po pa­ra co­rre­gir el error del ac­ta de na­ci­mien­to. Una de las mon­jas del centro mé­di­co le pu­so el nom­bre de Ga­brie­lle y ase­gu­ró que quien lo lle­va­ra ten­dría un bri­llo du­ra­de­ro; su sig­ni­fi­ca­do es de fuer­za y po­der. Jean­ne vi­vió enamo­ra­da de Al­bert Cha­nel, su pa­dre, un mu­je­rie­go y ven­de­dor am­bu­lan­te que co­mer­cia­ba ro­pa in­te­rior y uni­for­mes en los cen­tros co­mer­cia­les. En oca­sio­nes des­apa­re­cía por ser acu­sa­do de ven­der mer­can­cía fal­sa. En 1884 los padres de Cha­nel de­ci­die­ron unir­se en ma­tri­mo­nio, pe­ro siem­pre la mal­tra­ta­ba, aún cuan­do era una mu­jer en­fer­ma.

Ga­brie­lle Cha­nel fue la se­gun­da de seis hi­jos; Ju­lia Bert­he que na­ció en 1882, Alp­hon­se en 1885, An­toi­net­te en 1887, Lu­cien en 1889, Au­gus­tin na­ce 1891 y Pie­rre que na­ce en 1891 y mue­re el mis­mo año. La sa­lud de De­vo­lle, la ma­dre de los ni­ños, em­peo­ró y, en 1895, mu­rió. A sus 31 años, la in­ci­den­cia de as­ma le cau­só una bron­qui­tis se­ve­ra, y le qui­ta la vi­da. Sus con­di­cio­nes de vi­da no le fa­vo­re­cían a su sa­lud. Al­bert, el pa­dre de los ni­ños, en­ten­día que no po­día ha­cer­se car­go y en­vió a sus hi­jos a tra­ba­jar co­mo obre­ros agrí­co­las, con una fa­mi­lia cam­pe­si­na y a sus hi­jas a un con­ven­to de Au­ba­zi­ne. Cha­nel con so­lo 12 años, jun­to a su her­ma­na for­ma­ban par­te de una fundación la Con­gre­ga­ción del Sa­gra­do Co­ra­zón de Ma­ría, que te­nía el ob­je­ti­vo de asis­tir a los po­bres y ha­cían la ges­tión de ho­gar pa­ra ni­ñas huér­fa­nas y aban­do­na­das. Su pa­dre mu­rió en 1909.

El or­fa­na­to fue su ca­sa por mu­chos años, aun­que nun­ca su­po lo que se sen­tía ser ama­da, en oca­sio­nes qui­so mo­rir; siem­pre su­po que a su vi­da le fal­ta­ba al­go, pe­ro su or­gu­llo, la sed de cre­cer y ser al­guien im­por­tan­te, le da­ba mo­ti­vos pa­ra se­guir ade­lan­te y apren­der a ha­cer de to­do. Apren­di­do cos­tu­ra du­ran­te seis años en Au­ba­zi­ne. En el or­fa­na­to re­ci­bió mucha dis­ci­pli­na; asis­tía a cla­ses de bor­dar a mano y se ocu­pa­ba de ha­cer las la­bo­res de ca­sa: la­var, co­ci­nar y plan­char. Cuan­do cum­plió sus 18 años, fue tras­la­da­da al in­ter­na­do re­li­gio­so No­tre Da­me; allí vi­vió has­ta los 21. Sus an­sias de ser in­de­pen­dien­te la hi­cie­ron apren­der a ela­bo­rar som­bre­ros y se de­di­có al tra­ba­jo de cos­tu­re­ra; más tar­de se pre­pa­ra pa­ra ser can­tan­te de ca­ba­ret. Du­ran­te los días que vi­vió en el re­cin­to, in­ven­tó mi­les de historias que con­ta­ran su pa­sa­do, lleno de fan­ta­sías y al estilo no­ve­las. Nun­ca acep­tó su pa­sa­do. Di­cen que le lle­gó a pa­gar a sus her­ma­nos pa­ra que fin­gie­ran que nun­ca se co­no­cie­ron. Lo que sí es una reali­dad es que Cha­nel tu­vo una in­fan­cia muy du­ra y tris­te, que con el pa­sar de los años la vol­vie­ron fuer­te, ego­cén­tri­ca y va­ni­do­sa. RP

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