CUCHY, SHA­RON Y PA­ME­LA SUED

TE IN­VI­TA­MOS A DIS­FRU­TAR DE UNA EMO­TI­VA EN­TRE­VIS­TA A LA MA­DRE DE DOS TA­LEN­TO­SAS MU­JE­RES. ELLA NOS RE­LA­TA SO­BRE SU EX­PE­RIEN­CIA CO­MO MA­MÁ POR PRI­ME­RA VEZ CON SHA­RON, LAS TRA­VE­SU­RAS DE PA­ME­LA Y UNA DE SU MA­YOR BEN­DI­CIÓN: SER ABUE­LA.

Ritmo Social - - Sumario.entrevistas - En­tre­vis­ta Mi­la­gros De Je­sús fo­tos Ro­bert Vás­quez ves­tua­rio Oscar de la Ren­ta agra­de­ci­mien­tos Frank Elías y Claudia de Rai­nie­ri ma­qui­lla­je y pei­na­do Ba­na Sa­lón Pun­ta­ca­na

MATERNALES

El ra­dian­te sol y el cá­li­do mar de la es­plen­do­ro­sa Pun­ta Ca­na fue­ron los alia­dos per­fec­tos pa­ra que la tar­de se tor­na­ra ma­ra­vi­llo­sa y así se dis­fru­ta­ra de una ame­na en­tre­vis­ta con es­tas tres her­mo­sas da­mas que son las pro­ta­go­nis­tas de es­ta edi­ción es­pe­cial de ma­dres.

Dios, en su in­men­sa be­ne­vo­len­cia y mi­se­ri­cor­dia, creó a los se­res más es­pe­cia­les y su­bli­mes que pue­den exis­tir en la faz de la tie­rra, las mu­je­res, por­que po­seen el don más pre­cia­do que un ser hu­mano pue­da te­ner: el ser ma­dres. Ellas lle­nan de luz al mun­do, cuan­do en su in­fi­ni­to amor de­ci­den re­ga­lar­nos la vi­da sin es­pe­rar na­da a cam­bio. Son se­res ab­ne­ga­dos ca­pa­ces de des­pren­der­se de to­do por el bien de no­so­tros, se en­tre­gan en cuer­po y al­ma y de­di­can to­do su tiem­po pa­ra brin­dar­nos un cui­da­do y pro­tec­ción de ca­li­dad, pe­ro so­bre to­do, se ol­vi­dan has­ta de su pro­pia exis­ten­cia con tal de dar­nos lo me­jor se­gún con­si­de­ren. Des­pués del amor de Dios pa­ra con no­so­tros, el amor más gran­de e in­con­di­cio­nal que exis­te en el mun­do es el que pro­fe­san las ma­dres. Ben­de­ci­dos y bie­na­ven­tu­ra­dos so­mos los que aún te­ne­mos la opor­tu­ni­dad de que ellas for­men par­te de nues­tras vi­das.

RS: Dios y la vi­da la pre­mió con dos en­can­ta­do­ras hi­jas. ¿Có­mo se sien­te al ver­las con­ver­ti­das en mu­je­res de bien pa­ra la so­cie­dad? CUCHY SUED: Pa­ra mí, el he­cho de ser ma­dre ya es una gran ben­di­ción. Siem­pre mi ma­ri­do y yo pen­sa­mos en edu­car a nues­tras hi­jas pa­ra que fue­ran fe­li­ces y sien­do cons­cien­tes de que lo me­jor era de­jar que hi­cie­ran lo que qui­sie­ran cuan­do ellas cre­cie­ran. Dios le dio un don a ca­da una y des­de tem­pra­na edad ellas sa­bían ya lo que que­rían ha­cer, por eso siem­pre las apo­ya­mos, hi­ci­mos to­do lo que estaba a nues­tro al­can­ce pa­ra que ellas fue­ran ex­ce­len­tes pro­fe­sio­na­les, pe­ro a la vez, y so­bre to­do, les in­cul­ca­mos ha­cer las co­sas lo me­jor que uno pue­da y que sean fe­li­ces. Yo me sien­to su­per­ben­de­ci­da y agra­de­ci­da con Dios por ha­ber­me ele­gi­do pa­ra ser ma­dre de ellas, por­que son dos se­res her­mo­sos, que tie­nen unas con­di­cio­nes y cua­li­da­des ex­cep­cio­na­les.

RS: ¿Qué re­cuer­dos pre­ser­va de cuan­do se con­vir­tió en ma­dre por pri­me­ra vez?

CUCHY SUED: Sha­ron fue un em­ba­ra­zo muy desea­do y bus­ca­do por no­so­tros, por eso cuan­do lle­gó, yo re­cuer­do que es­tá­ba­mos to­dos fe­li­ces y más por par­te de mi fa­mi­lia, ya que iba a ser la pri­me­ra nie­ta. Yo me ca­sé jo­ven­ci­ta, real­men­te yo me pu­se a ju­gar mu­ñe­ca y de ma­dru­ga­da me des­per­ta­ba a po­ner­le la ro­pa que ha­bía­mos com­pra­do en la capital, por­que vi­vía­mos en San­tia­go, y cuan­do la cam­bia­ba yo le ha­cía fo­tos a la ni­ña, en ese en­ton­ces, yo te­nía 20 años de edad. Pa­ra mí, Sha­ron vino pa­ra que yo ju­ga­ra a la ma­má. Cuan­do su­pi­mos que estaba em­ba­ra­za­da de Pa­me­la, pues fue una gran sor­pre­sa, ya que en ese mo­men­to no la estaba bus­can­do, pe­ro lue­go en­ten­dí que ella lle­gó a com­ple­tar esa ar­mo­nía que ha­cía fal­ta, de­bi­do a que ellas son her­ma­nas que es­tu­vie­ron jun­tas des­de pe­que­ñas, por­que su di­fe­ren­cia de edad es de un año y cin­co me­ses, ellas cre­cie­ron que to­do el mun­do pen­sa­ba que eran ge­me­las.

RS: ¿Có­mo re­cuer­da a sus hi­jas de ni­ñas, có­mo eran ellas?

CUCHY SUED: Con per­so­na­li­da­des las dos muy di­fe­ren­tes, las cua­les fue­ron desa­rro­llan­do y que hoy día las man­tie­nen. Yo les di­go que ellas son no­che y día, por­que sus gus­tos y exi­gen­cias son di­fe­ren­tes, pe­ro se com­ple­men­tan a la vez, ya que son me­jo­res her­ma­nas y siem­pre han si­do muy uni­das al criar­se co­mo ge­me­las por su edad.

RS: Co­mo ma­dre, ¿qué fue lo más di­fí­cil por lo que tu­vo que atra­ve­sar? CUCHY SUED: La ado­les­cen­cia, y es­pe­cial­men­te con Pa­me­la, por­que fue muy ex­tro­ver­ti­da des­de ni­ña, ya que le gus­ta­ba to­do, así mis­mo co­mo es ella aho­ra con su per­so­na­li­dad que es muy arrai­ga­da, por lo que le gus­ta mu­cho go­zar, que a ve­ces no tie­ne lí­mi­tes pa­ra ella dis­fru­tar, pe­ro en la ado­les­cen­cia a ve­ces re­sul­ta un po­co di­fí­cil tú te­ner que con­tro­lar y ma­ne­jar­te con eso. Te pue­do de­cir que mien­tras ella es­tu­vo en la eta­pa de la ado­les­cen­cia, yo me man­tu­ve a su la­do, de­bi­do a que ella no co­no­cía los lí­mi­tes de una ho­ra y has­ta dón­de po­día lle­gar, y en­ton­ces, al ser una jo­ven, ha­bía que con­tro­lar­le to­do.

RS: ¿Re­cuer­da al­gún de­ta­lle que ha­ya re­ci­bi­do de sus hi­jas que la ha­ya mar­ca­do de por sí?

CUCHY SUED: Cla­ro, hay mu­chas co­sas que te mar­can. Pa­me­la fue la pri­me­ra que me hi­zo abue­la y pa­ra mí eso fue inol­vi­da­ble, cuan­do ella me co­mu­ni­có que estaba em­ba­ra­za­da y lo re­cuer­do co­mo aho­ra que fue en la no­che, cuan­do ella me lla­mó que se hi­zo la prue­ba y ha­bía sa­li­do po­si­ti­vo, des­de ahí ya el mun­do me cam­bió, o sea me hi­zo la ma­dre más fe­liz del mun­do.

RS: Y ha­blan­do de esa eta­pa, cuén­te­nos có­mo ha si­do su ex­pe­rien­cia sien­do abue­la.

CUCHY SUED: Es una eta­pa di­fe­ren­te a la de ma­dre, yo siem­pre le di­go a mis ami­gas que pa­ra mí es una de las eta­pas más her­mo­sas que se pue­de vi­vir. Dios es per­fec­to y en su per­fec­ción lo hi­zo en una edad en la que uno pue­de dis­fru­tar y de­di­car­le mu­cho tiem­po a los ni­ños, o sea yo soy una abue­la al cien por cien­to. Por ejem­plo, Alon­so se que­da con­mi­go to­dos los fi­nes de semana, por­que es más gran­de y tie­ne que cum­plir un ho­ra­rio en el co­le­gio los días de semana, y la pe­que­ña de Sha­ron por igual, cuan­do su ma­dre tie­ne que ir­se de via­je al ex­te­rior, pues se que­da con­mi­go en ca­sa. Yo soy fe­liz cuan­do es­toy con ellos y suel­to to­do pa­ra de­di­car­me por com­ple­to a mis nie­tos.

RS: ¿Cuál con­si­de­ra que fue la lec­ción más pre­cia­da que us­ted re­ci­bió de su ma­dre, y que le sir­vió pa­ra la for­ma­ción de sus dos hi­jas?

CUCHY SUED: Yo ven­go de un ho­gar muy dis­ci­pli­na­do, mis pa­dres fue­ron muy exi­gen­tes y yo soy la ma­yor de cin­co her­ma­nos. Mi pa­dre era su­ma­men­te ce­lo­so y au­to­ri­ta­rio, es tan­to así, que una semana an­tes de yo ca­sar­me con Jo­sé Gui­ller­mo, no me de­ja­ron sa­lir al ci­ne con él, en­ton­ces yo di­je siem­pre, que cuan­do tu­vie­ra a mis hi­jas no iba a ser así con ellas, sino que ellas go­za­rían de más li­ber­tad, pa­ra que to­do fue­ra más flui­do y que fue­ran mis com­pa­ñe­ras y ami­gas y así ese pa­trón de an­tes, de que los pa­dres siem­pre con esa so­bre-pro­tec­ción de que tú allá y yo aquí no se vol­vie­ra a re­pe­tir, por­que eso me mar­có mu­cho y yo qui­se rom­per esos es­que­mas con la crian­za de mis hi­jas y creo que me ha fun­cio­na­do muy bien.

RS: ¿Có­mo des­cri­bi­rías a tu ma­dre? SHA­RON SUED: Co­mo una mu­jer sen­ci­lla con cua­li­da­des asom­bro­sas. Ella es ge­nui­na, ale­gre, cá­li­da y a la vez fría al mo­men­to de to­mar de­ci­sio­nes. Des­de un pa­pel dis­cre­to, ella pue­de lle­nar­nos de op­ti­mis­mo y ener­gía po­si­ti­va. Es una gran fuen­te de apo­yo, pa­ra no­so­tras y nues­tras fa­mi­lias, ya que siem­pre es­tá ahí dis­pues­ta a ayu­dar­nos y a co­la­bo­rar en nues­tros ho­ga­res.

RS: ¿Qué sig­ni­fi­ca ella pa­ra ti?

SHA­RON SUED: ¡To­do! No­so­tras so­mos muy in­de­pen­dien­tes y a la vez siem­pre con­ta­mos con el res­pal­do emo­cio­nal y los con­se­jos de nues­tra ma­má. Creo que esa con­fian­za y apo­yo cons­tan­te nos hi­zo adul­tas tan se­gu­ras e in­de­pen­dien­tes.

RS: ¿Cuál ha si­do el mo­men­to más di­ver­ti­do que has pa­sa­do con tu ma­dre? SHA­RON SUED: Nues­tros días jun­tas es­tán lle­nos de mo­men­tos di­ver­ti­dos, ya que nos go­za­mos y re­la­ja­mos unas a las otras y te­ne­mos mu­chos re­cuer­dos de los cua­les reír­nos.

RS: En los pa­sa­dos Pre­mios So­be­rano su hi­ja Pa­me­la re­ci­bió el ga­lar­dón en la ca­te­go­ría "Pro­gra­ma Se­ma­nal de Va­rie­da­des". ¿Có­mo se sin­tió al ver­la ob­te­ner ese im­por­tan­te re­co­no­ci­mien­to?

CUCHY SUED: Esa es una de las gran­des ben­di­cio­nes que uno pue­de vi­vir. Mi es­po­so y yo es­tá­ba­mos vien­do el So­be­rano y era es­pe­ran­do el mo­men­to, ob­via­men­te, en el que se pre­sen­ta­ra la ca­te­go­ría en la que ella estaba no­mi­na­da. Yo siem­pre pongo las co­sas en ma­nos de Dios y pi­do lo me­jor pa­ra ella en el tiem­po del Se­ñor. De ver­dad eso fue una emo­ción muy gran­de, esa no­che yo no dor­mí y en­tre los be­ne­fi­cios que uno re­ci­be de sus hi­jos es­tá que al otro día cuan­do fui a ejer­ci­tar­me al Jar­dín Bo­tá­ni­co, yo era la más po­pu­lar, to­dos em­pe­za­ron a fe­li­ci­tar­me; mis ami­gas me de­cían que yo te­nía la mis­ma po­pu­la­ri­dad que Pa­me­la; y ahí es cuan­do uno di­men­sio­na las co­sas has­ta el pun­to de que la gen­te te quie­re, o sea que pa­ra mí esos son mo­men­tos inol­vi­da­bles y to­da­vía yo lo re­cuer­do y me emo­cio­na de ver­dad, por­que esas son si­tua­cio­nes por las que se tie­nen que pa­sar y vi­vir­las. Por eso yo me sien­to muy pri­vi­le­gia­da de te­ner­la a ella.

RS: ¿Qué con­se­jo le da­ría a esas mu­je­res que desean con­ver­tir­se en ma­dres?

CUCHY SUED: To­do en su mo­men­to y en su tiem­po lle­ga; siem­pre he di­cho que no es na­da man­te­ner a los hi­jos, lo más di­fí­cil es edu­car­los, de­bi­do a que se edu­ca con el ejem­plo y ellos van ha­cer lo que tú les mues­tres, por lo que re­sul­ta ser un com­pro­mi­so muy gran­de que mu­chas ve­ces no se di­men­sio­na y so­lo se quie­re te­ner hi­jos; lo más im­por­tan­te es el amor y la edu­ca­ción que ca­da pa­dre le pue­da dar des­de pe­que­ños, ya que ayu­da­rá a que, co­mo adul­tos, sean unos se­res hu­ma­nos ex­tra­or­di­na­rios.

RS: ¿Có­mo us­ted vi­sua­li­za el pa­no­ra­ma en re­fe­ren­cia al tra­to que re­ci­ben las mu­je­res hoy día en los di­fe­ren­tes es­ce­na­rios de la so­cie­dad?

CUCHY SUED: He­mos avan­za­do mu­chí­si­mo, ya las mu­je­res es­tán li­de­ran­do mu­chas ins­ti­tu­cio­nes, pe­ro to­da­vía fal­ta más. Las mu­je­res de aho­ra se pre­pa­ran, an­tes so­lo eran edu­ca­das pa­ra que fue­ran es­po­sas y ma­dres, aho­ra se ca­san más tar­de que tiem­pos atrás. Es un gran avan­ce y se­gui­re­mos avan­zan­do en ese as­pec­to, ya que aho­ra se les da más im­por­tan­cia y que bueno que sean bue­nas pro­fe­sio­na­les, prin­ci­pal­men­te ma­dres, es de­cir, que es una res­pon­sa­bi­li­dad ma­yor que la de los hom­bres.

RS: Aho­ra vea­mos la otra ca­ra de la mo­ne­da, en las no­ti­cias se ve a dia­rio mu­je­res que son agre­di­das fí­si­ca­men­te y en lo peor de los ca­sos mue­ren a ma­nos de sus pa­re­jas sen­ti­men­ta­les. ¿Cuál es su pa­re­cer so­bre es­te mal so­cial que es­tá afec­tan­do en gran ma­ne­ra a la mu­jer do­mi­ni­ca­na? CUCHY SUED: Que hay que se­guir tra­ba­jan­do con eso, yo con­si­de­ro que el Go­bierno de­be abrir ins­ti­tu­cio­nes pa­ra que ins­tru­yan a esas mu­je­res que vie­nen de ho­ga­res abu­sa­dos, por­que ese mis­mo pa­trón se re­pi­te y es muy tris­te. A mí me due­le mu­cho cuan­do yo veo esa si­tua­ción, me da pe­na al ver que a una mu­jer le se­guen la vi­da por ce­los o por otras ra­zo­nes.

RS: Di­cen que a los nie­tos se les quie­re el do­ble, por ellos y los hi­jos... ¿có­mo us­ted des­cri­bi­ría su re­la­ción con ellos?

CUCHY SUED: Yo no creo que se quie­ran más, es que se es­tá en una eta­pa de la vi­da en la que uno de­ja que to­do flu­ya, por­que cuan­do se es jo­ven y se tie­nen los hi­jos, se es­tá pro­du­cien­do, pe­ro cuan­do se lle­ga ya a cier­ta edad, so­lo se dis­fru­ta de los ni­ños; por eso se di­ce que se quie­ren más, pe­ro es que real­men­te uno se de­di­ca com­ple­ta­men­te a ellos, y lo más chu­lo de es­to es la re­la­ción que se crea con los nie­tos por­que, al fi­nal, eso se les que­da a ellos en sus men­tes cuan­do se vuel­ven adul­tos.

RS: Ya ma­ña­na en Re­pú­bli­ca Do­mi­ni­ca­na se ce­le­bra el Día de las Ma­dres. ¿Có­mo sue­le ce­le­brar­lo? CUCHY SUED: Siem­pre nos reuni­mos y, co­mo fa­mi­lia, te­ne­mos mu­chos mo­men­tos en los que vi­vi­mos ce­le­brán­do­lo a dia­rio. Pa­ra no­so­tros el día es­pe­cial de las ma­dres no es el que to­dos sue­len ce­le­brar, por­que re­gu­lar­men­te sa­li­mos dos ve­ces al año de via­je y tam­bién los fi­nes de semana, ya que he­mos si­do des­de siem­pre una fa­mi­lia muy uni­da y re­gu­lar­men­te to­do lo ha­ce­mos en co­mu­ni­dad, por eso to­dos los días son es­pe­cia­les y de no­so­tros.

RS: ¿Có­mo de­fi­ni­rías a tu ma­dre?

PA­ME­LA SUED: Mi ma­má es una mu­jer fuer­te, no por­que sea de ca­rác­ter ra­di­cal, sino fuer­te, por­que ella es el sos­tén de no­so­tros co­mo fa­mi­lia. Ella es una mu­jer que siem­pre tie­ne el con­se­jo ade­cua­do, tú pue­des con­tar con ella, tú pue­des en­ta­blar, en el ca­so mío, más que una hi­ja, en ella en­cuen­tro apo­yo pa­ra cual­quier si­tua­ción que yo ten­ga la­bo­ral o per­so­nal; es una abue­la ex­tra­or­di­na­ria que pa­ra mí ha si­do par­te im­por­tan­te en la eta­pa ac­tual de mi vi­da co­mo mi sos­tén en ese as­pec­to, que ama a su fa­mi­lia, que se de­di­ca jus­ta­men­te a eso, a man­te­ner­la uni­da. No­so­tros te­ne­mos una di­ná­mi­ca de siem­pre es­tar jun­tas, fre­cuen­te­men­te es­ta­mos en con­tac­to, in­ci­di­mos mu­cho una en la vi­da de la otra y nos di­ver­ti­mos mu­cho jun­tas.

RS: ¿Cuál con­si­de­ras que ha si­do la en­se­ñan­za más sig­ni­fi­ca­ti­va que has re­ci­bi­do de tu ma­dre y que ha si­do efi­caz en la crian­za de tu hi­jo?

PA­ME­LA SUED: Yo creo que la en­se­ñan­za más gran­de ha si­do la del amor in­con­di­cio­nal. Pa­ra mi ma­má, no­so­tras siem­pre he­mos si­do las pro­ta­go­nis­tas de su vi­da. Des­de que yo ten­go uso de ra­zón, ella ha es­ta­do in­vo­lu­cra­da en ab­so­lu­ta­men­te to­do y el he­cho de que hoy en día yo me sien­ta una per­so­na tan se­gu­ra de mí mis­ma, tan con­fia­da, tan ple­na, yo con­si­de­ro que en par­te se lo de­bo enor­me­men­te al tra­ba­jo que hi­cie­ron mis pa­dres, y ma­mi muy es­pe­cial­men­te, por­que era ella la que se in­vo­lu­cra­ba en to­das nues­tras co­sas, en­ton­ces de ella yo apren­dí eso. Si yo quie­ro que mi hi­jo sea un re­sul­ta­do co­mo el mío, ten­go que imi­tar esa di­ná­mi­ca en­tre ma­dre e hi­jo, es­tar pre­sen­te en to­das sus co­sas, que él no sien­ta mi fal­ta aún cuan­do yo no es­toy por cues­tio­nes de tra­ba­jo, o sea que él sien­ta que es­toy pen­dien­te de sus co­sas y eso yo lo apren­dí de ella, que siem­pre ha es­ta­do pen­dien­te de mí.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Dominican Republic

© PressReader. All rights reserved.