SER POE­TA CON­VER­SAR EN LA MáS PRO­FUN­DA IN­TI­MI­DAD CON UN YO QUE GOL­PEA LA REALI­DAD.

Zona E - - RINCÓN CULTURAL -

En es­ta nues­tra ver­sión na­vi­de­ña de ser poe­ta, te­ne­mos como in­vi­ta­do al jo­ven Juan Hernández Ini­rio quien na­ció en La Ro­ma­na en 1991. Es poe­ta, com­po­si­tor, guio­nis­ta y ac­tual­men­te es­cri­be su pri­me­ra no­ve­la. Aparte de rea­li­zar sus es­tu­dios en Edu­ca­ción, men­ción Li­te­ra­tu­ra, tam­bién in­cur­sio­na en es­tu­dios ci­ne­ma­to­grá­fi­cos. Ha pu­bli­ca­do tres poe­ma­rios; su úl­ti­ma pu­bli­ca­ción es “El orácu­lo ar­dien­do”. Ha ob­te­ni­do ga­lar­do­nes por su tra­ba­jo poé­ti­co y, de vez en cuan­do, co­la­bo­ra con ar­tícu­los li­te­ra­rios en re­vis­tas de la zo­na. Ha pro­lo­ga­do va­rios li­bros y par­ti­ci­pa­do en in­fi­ni­dad de even­tos li­te­ra­rios. Muy ama­ble­men­te, Juan com­par­te con no­so­tros uno de sus pro­fun­dos poe­mas.

Ba­ja la voz, me­dia luna. Quie­ro oír el dis­pa­ro, lar­go como una pi­pa, y atri­buir­me de la muer­te la vil pri­mo­ge­ni­tu­ra. La ciu­dad que me ha­bi­ta es de trans­pa­ren­te sal, en­cie­rra en su pu­ño lo pre­té­ri­to, los tro­zos de mi es­ta­tu­ra. El pro­nom­bre que sa­le de mí no es yo, sino una con­fluen­cia de al­mas. Soy su­ma de de­mo­nios en un con­tex­to de luz.

Ven a tu úni­co es­pe­jo, ciu­dad de mí mis­mo, car­ne de mis sen­ti­dos y de un nue­vo si­glo que rei­na en las co­sas nun­ca di­chas. Los pá­ja­ros lim­pian el es­pa­cio, sin pe­dir na­da a cam­bio al por­ve­nir.

Só­lo se in­ter­po­ne la si­lue­ta del ai­re en­tre el pró­ji­mo y yo. Lle­vo un ba­ga­je de paz en el ric­tus y doy gracias a la no­che por re­ve­lar su in­som­nio ba­jo mis ce­jas. Ca­da vez que la gen­te in­vo­ca el rui­do fren­te a mi puer­ta, ca­da vez que los de­más tiem­blan de vida, me re­co­noz­co en sus hue­llas.

To­do lo que han si­do otros, tie­ne el sín­dro­me de mi vi­vir. Pa­ra ser irre­pe­ti­ble como un di­bu­jo sin lám­pa­ra, vi­ne a ha­bi­tar el ra­yo de de la vida, caí­do de cual­quier cie­lo. Ven a tu úni­co es­pe­jo, ciu­dad de mí mis­mo. Es­con­de tu bio­gra­fía en la cue­va de mi nom­bre.

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