Lo hi­ce por ti

Que ben­di­ción en­trar a un nue­vo año de la mano con Dios.

Zona E - - FRESCAS -

TAl ins­tan­te te amé. Era no­to­ria tu sed, era evi­den­te tu ne­ce­si­dad. So­lo que no sa­bías que a quién ne­ce­si­ta­bas era a mí.

Te vi.

Ha­cías in­ten­tos de so­lu­ción, to­cas­te puer­tas, pe­dis­te ayu­da, has­ta que­dar sin op­ción y yo aquí.

Ni te fi­jas­te en mí.

Y fue así como ini­ció tu in­ten­sa ca­rre­ra en pos de la fe­li­ci­dad.

Buscabas ale­gría donde so­lo ha­bía tris­te­za, bus­cas­te paz en lu­ga­res car­ga­dos de tor­men­tas. Un error tras otro, una nue­va equi­vo­ca­ción po­nien­do de ma­ni­fies­to que, aun­que se vea bien, el ca­mino pue­de ser tu per­di­ción.

Y te vi.

Ya no po­días más.

No ha­bía for­ma de que te pu­die­ras le­van­tar. No lo pen­sé más.

Tu si­tua­ción ame­ri­ta­ba de mí un ur­gen­te ac­cio­nar

Y fue así como el án­gel lle­gó donde María. Era una hu­mil­de jo­ven­ci­ta que ha­lló gra­cia ante Dios y fue fa­vo­re­ci­da con un al­to ho­nor. El án­gel le dio el más ma­ra­vi­llo­so de los anun­cios: que Dios se acer­ca­ría a tra­vés de su hi­jo, que ven­dría como un be­bé y que es­te sal­va­ría al mun­do de su pe­ca­do, y que ella era la ele­gi­da pa­ra car­gar en su vien­tre ese re­ga­lo. Lle­na de mie­do y de pre­gun­tas, del cie­lo re­ci­bió va­lor y, como el án­gel lo di­jo, to­do así acon­te­ció…

Án­ge­les que dan con­cier­tos, pas­to­res que les es­cu­cha­ron can­tar, ma­gos que vie­ron es­tre­llas que los guia­ron has­ta el lu­gar, mu­cha gen­te en los ca­mi­nos por­que se te­nían que em­pa­dro­nar, los “ho­te­les ocu­pa­dos” y lle­gó la ho­ra de María alum­brar, te­nien­do que to­mar lo úni­co que ha­bía en el lu­gar, alo­jar­se en un es­ta­blo y en su hu­mil­de pe­se­bre al Me­sías re­cos­tar.

Y allí na­cí Yo.

En­vuel­to en­tre la po­bre­za pa­ra traer­te ri­que­zas. Con mi­lla­res de án­ge­les que die­ron las bue­nas nue­vas, que con ter­nu­ra y dul­zu­ra can­ta­ban de mi gran­de­za, glo­ria a Dios en las al­tu­ras y que ha­ya paz en la tie­rra.

Hoy ce­le­bran es­te acon­te­ci­mien­to, ador­nan­do sus ca­sas; re­crean el even­to con un cos­to­so pe­se­bre, pe­ro el que me vio na­cer era muy di­fe­ren­te. Cuel­gan luces en las ca­sas, sin po­der re­co­no­cer que lle­gó la luz del mun­do, que la os­cu­ri­dad se fue, que pue­den ser alum­bra­dos los que me mi­ran con fe.

Hoy te vi.

Si­gues en afa­nes y an­sie­da­des. Si­gues bus­cán­do­me en lu­ga­res equi­vo­ca­dos, y tyo aquí, fren­te a ti, mi­ran­do que los “ho­te­les” con­ti­núan ocu­pa­dos como en aque­lla oca­sión, que en tu her­mo­so pe­se­bre ya no que­po yo, por­que aun­que es­ta muy bien ela­bo­ra­do, lo que yo quie­ro es tu co­ra­zón.

Y vol­ví y te vi.

So­lo quie­ro pre­gun­tar­te: ¿Me mi­ra­rías tú a mí? Hi­ce un lar­go re­cu­rri­do des­de el cie­lo has­ta aquí, pa­ra de­cir­te te amo, que ya pa­res de su­frir, que no es­toy en el pe­se­bre que en la cruz ya mo­rí, y que pa­ra que tú fue­ras lim­pio, to­da mi sangre ver­tí.

Esa sangre no te man­cha, em­blan­que­ce y te em­be­lle­ce, y te tras­la­da se­gu­ro ha­cia ese an­he­la­do lu­gar que por tan­to tiem­po has bus­ca­do sin po­der­lo en­con­trar. To­da esa ma­ra­tó­ni­ca ten­drá su fi­nal, cuan­do te en­cuen­tres con­mi­go y re­ci­bas mi paz.

Ten­drás sal­va­ción y vida, y mu­cho amor pa­ra dar, por­que en­con­trar­te con­mi­go es la real Navidad.

Hoy te vi y son­reí. Hi­ce un lar­go re­co­rri­do des­de el cie­lo has­ta aquí. Lo hi­ce por­que te amo.… To­do lo hi­ce por ti.

Je­sús

Fe­liz Navidad. Dé­ja­me sa­ber de ti. fran­cia­te­je­ra@gmail.com

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