LA NUE­VA MO­DA DE INCRUSTAR -LI­TE­RAL­MEN­TE- LA JO­YA DE COM­PRO­MI­SO EN EL DE­DO

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La ma­yo­ría de las mu­je­res, en al­gún mo­men­to de sus vi­das, han so­ña­do con en­con­trar al hom­bre de sus vi­das y que és­te les pro­pon­ga ma­tri­mo­nio con un be­llo ani­llo de com­pro­mi­so. Sin em­bar­go, el pen­sa­mien­to de la sor­ti­ja con la gran jo­ya ha si­do re­em­pla­za­do por la mo­da de so­lo te­ner la pie­dra pre­cio­sa co­mo un pier­cing en el de­do.

Es­ta nue­va ten­den­cia ha co­bra­do fuer­za de­bi­do a que pue­de ser uti­li­za­da tam­bién por los hom­bres, he­cho que en­glo­ba, ade­más, la idea de ir jun­tos a in­crus­tar­se sus res­pec­ti­vas jo­yas, com­par­tir el do­lor de la per­fo­ra­ción, los cui­da­dos y el tiem­po de ci­ca­tri­za­ción, y así crear un víncu­lo aún más fuer­te con el ser ama­do.

Pe­ro más allá de la cues­tión sen­ti­men­tal, es­ta nue­va mo­da de alian­zas ma­tri­mo­nia­les o de com­pro­mi­so es muy pe­li­gro­sa, pues, se­gún los mé­di­cos ex­per­tos, si la per­fo­ra­ción no se ha­ce de ma­ne­ra pro­fun­da, co­men­za­rá a mo­ver­se, y si se co­lo­ca muy aden­tro, la piel co­men­za­rá a cre­cer so­bre la zo­na que se ha per­fo­ra­do..

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