SER POE­TA

CON LA AMA­BI­LI­DAD QUE LO CA­RAC­TE­RI­ZA JUAN HER­NÁN­DEZ INIRIO HA COM­PAR­TI­DO CON NO­SO­TROS DOS POE­MAS DE SU LI­BRO REEDITADO EL ORÁCU­LO AR­DIEN­DO. DIS­FRU­TEN. DOS MIL DIE­CI­SÉIS

Zona E - - RINCÓN CULTURAL -

El nue­vo mi­le­nio lle­ga a la pu­ber­tad co­mo quien me­di­ta so­bre el vacío des­de un bal­cón, in­te­rrum­pi­do por la agre­sión del ai­re.

No sé có­mo so­na­rá la men­ción de es­te año cuan­do la ne­gra nieve de otra épo­ca cai­ga so­bra la dia­fa­ni­dad del día de hoy.

El dos mil die­ci­séis es una ni­ña con bom­bas en los pe­zo­nes o con una lá­gri­ma oceá­ni­ca fun­dien­do los he­mis­fe­rios.

Pron­to se­ré ha­bi­tan­te de un es­pe­jo bo­rra­do, con el re­tra­to de­fi­ni­ti­vo del pol­vo. Co­mo los de­más, no ten­go más re­me­dio que en­san­char ca­da día el mis­te­rio del ca­len­da­rio.

Si el mar ha de de­san­grar­se con la he­ri­da del mun­do,

¿quién me lle­va­rá la no­ti­cia cuan­do mis hue­sos ha­yan que­da­do atrás?

En­de­cha por Amy Wi­nehou­se

Ni­ña de la os­cu­ra son­ri­sa ta­tua­da en tus años, la luz fa­ti­ga­da de ju­lio me dio la no­ti­cia de que tu voz se ha­bía es­fu­ma­do, allá en Londres, don­de to­do em­pe­zó, in­clu­so el flash de las cá­ma­ras y tu des­truc­ción.

Yo es­ta­ba en mi is­la ar­dien­te, don­de de vez en cuan­do el sol es una ve­la en­cen­di­da pa­ra ti, y a mu­chos ki­ló­me­tros de don­de la muer­te te se­du­jo, los re­ta­zos de tu his­to­ria ca­ye­ron co­mo ca­ta­ra­tas so­bre mis hom­bros.

Ese día, cuan­do to­das las som­bras con­flu­ye­ron en el al­tar de tu es­pí­ri­tu, ha­bría que­ri­do po­ner un li­món de paz en tu bo­ca, y en­ju­gar­te la lo­cu­ra, Amy.

Por fa­vor, ya no si­gas per­dién­do­te en el in­de­ci­ble abis­mo.

Tú guar­da­bas una lu­na en el cló­set, y aho­ra esa luz no se se­pa­ra­rá de tu si­len­cio.

Aho­ra so­lo can­ta, can­ta con las ve­nas cu­ra­das de tan­ta muer­te que ro­cias­te en la es­tre­chez de tus días.

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