Sa­lu­dos Cor­dia­les

Zona E - - FRESCAS -

Se­ré bre­ve, pe­ro per­mí­te­me fe­li­ci­tar­te. Me to­có vi­vir en una épo­ca di­fí­cil en que la so­cie­dad de en­ton­ces ha­bía ex­tra­via­do sus va­lo­res. Por to­das par­tes ha­bía vio­len­cia. Sé lo que es la preo­cu­pa­ción por una lar­ga no­che don­de tus hi­jos se tar­dan en lle­gar; ex­pe­ri­men­té los apa­sio­na­dos días en que de­ci­die­ron ca­sar­se, y sé qué se sien­te cuan­do tus hi­jos son par­te de una so­cie­dad pro­mis­cua y per­ver­ti­da.

No te­nía a quién re­cu­rrir; las au­to­ri­da­des ha­bían su­cum­bi­do an­te el de­seo y el placer. En oca­sio­nes pen­sé que per­de­ría el con­trol, pe­ro fui sos­te­ni­do por mi fe; es­ta evi­ta que te des­en­fo­ques, en­rum­ba tu ca­mino. Te man­tie­ne en Dios.

Un día me ha­bló Dios. Me con­tó que la vio­len­cia de los hom­bres lo te­nía mo­les­to y que la co­rrup­ción lo ha­bía he­cho eno­jar tan­to, que to­mó la de­ci­sión de des­truir to­do lo que exis­tía; has­ta me con­fió que se arre­pin­tió de lo que ha­bía crea­do

¡Me sen­tí tan aver­gon­za­do por la ac­ti­tud del hom­bre ha­cia Dios! Pe­ro a la vez pri­vi­le­gia­do por­que me es­ta­ba con­tan­do sus co­sas, a mí, un mortal. Dios me con­tó sus pla­nes. Me ha­bló de la for­ma en que yo po­día sal­var a mi fa­mi­lia; no­té que le dolía lo que iba a ha­cer, de­ci­dió que su tra­to se­ría con­mi­go... me di­jo: “Yo voy a es­ta­ble­cer pac­to contigo”. Es­to me pu­so en un gran com­pro­mi­so: ten­dría que sal­var a los míos, me lo en­co­men­dó a mí. ¡Oh Dios! Sen­tí te­mor. ¡Cla­ro que sen­tí te­mor! ¿Y si no ha­cía las co­sas bien y mi fa­mi­lia pe­re­cía? Pe­ro me tran­qui­li­za­ron sus pa­la­bras.

Me or­de­nó cons­truir un ar­ca que era una es­pe­cie de bar­co gran­de. Me sor­pren­dí, ¿pa­ra qué un bar­co? Me ex­pli­có que en­via­ría un di­lu­vio de agua del cie­lo y que es­to des­trui­ría to­da car­ne. La ta­rea no era fácil, pe­ro se tra­ta­ba de dos co­sas que pa­ra mí eran in­ne­go­cia­bles, “obe­de­cer a Dios y pro­te­ger a mis hi­jos”. Lo es­cu­che aten­ta­men­te, me dio me­di­das, el ma­te­rial que de­bía usar, me dic­tó el di­se­ño, me or­de­nó que de­bía lle­var pa­ra la tra­ve­sía, que ti­po de ali­men­to al­ma­ce­nar pa­ra que sir­vie­ra de sus­ten­to.

No fue fácil. Me pa­re­ce que la gen­te pen­só que yo es­ta­ba lo­co. Tra­ba­jé en si­len­cio. Me de­cían co­sas. No res­pon­día. Dios no me man­dó a ha­blar, so­lo a cons­truir un ar­ca. Ha­blar es bueno, pe­ro a ve­ces no ayu­da. Lo que Dios me ad­vir­tió no se veía, era com­pren­si­ble que no en­ten­die­ran la cons­truc­ción, no te­nían la re­ve­la­ción que a mí me ha­bía da­do. Ni mis hi­jos com­pren­dían bien, no siem­pre en­ten­de­rán nues­tra po­si­ción, pe­ro cuan­do es­tán fren­te a un pe­li­gro in­mi­nen­te, que en­tien­dan no es lo prio­ri­ta­rio, si no que se sal­ven, y pa­ra eso es­ta­ba yo ahí, pa­ra obli­gar­los, si fue­ra ne­ce­sa­rio, a que en­tra­ran al ar­ca.

No eran ni­ños, es­ta­ban ca­sa­dos, pe­ro al­go que he apren­di­do con es­ta ex­pe­rien­cia es que los hi­jos po­drán cre­cer, pe­ro la pa­ter­ni­dad es una con­di­ción per­pe­tua, siem­pre se­ré pa­pá y mi res­pon­sa­bi­li­dad co­mo tal va más allá de la in­fan­cia o la adul­tez. Aun­que no com­pren­dan muy bien, lue­go te lo agra­de­ce­rán.

Hi­ce to­do co­mo me di­jo Dios. No omi­tí nin­gún de­ta­lle. Cuan­do con­cluí con el ar­ca, me or­de­nó en­trar con mi fa­mi­lia y en­tra­mos. Has­ta las es­po­sas de mis tres hi­jos me obe­de­cie­ron. Dios mis­mo nos ce­rró la puer­ta. Lle­gó el di­lu­vio. Y es­tá­ba­mos a sal­vo. Te ha­go lle­gar es­ta no­ta hoy, por­que aun­que mis preo­cu­pa­cio­nes eran si­mi­la­res a las tu­yas, no par­ti­ci­pé de lo que los de­más ha­cían pa­ra es­tar en mo­da, por eso mi mo­ral de­lan­te de mis hi­jos era ele­va­da y, aun­que no en­ten­dían to­do lo re­fe­ren­te al ar­ca, me creían a mí y obe­de­cían a lo que les di­je­ra. Sé que es di­fí­cil, pe­ro tú es­tás a tiem­po, por­que Dios es el mis­mo, te ama y tie­ne com­pro­mi­so con los pa­dres. él tam­bién es pa­pá, sa­be qué se sien­te. Si lo lla­mas él te res­pon­de­rá y al igual que a mí te en­se­ña­rá co­sas que no sa­bes. No quie­re que te sor­pren­da la po­li­cía alla­nán­do­te la ca­sa y que tú seas el úl­ti­mo en en­te­rar­te que tu hi­jo es miem­bro de una pan­di­lla, de na­cio­nes, que ro­bó en el ban­co don­de tra­ba­ja o da­ñó a una chi­ca inocen­te. Si cla­mas, él te en­se­ña­rá lo que tú no sa­bes. ¿Qué ha­rás con esa in­for­ma­ción? ¿Dar­le gol­pes? ¿Mal­tra­tar­lo? ¿Aver­gon­zar­te de ellos? ¿Con­tár­se­lo to­dos? No, es­cu­cha a Dios ha­blar­te, él te di­rá qué ha­cer, con­fía mu­cho en la ca­pa­ci­dad que pu­so en ti, te da­rá ins­truc­ción es­pe­cí­fi­ca. No sé qué te di­rá a ti, pe­ro con esa ins­truc­ción pue­des cons­truir al­go, qui­zás un es­pa­cio par­ti­cu­lar pa­ra la pre­sen­cia de Dios en tu ca­sa. Cuan­do ha­gas ese es­pa­cio y lo que sea ne­ce­sa­rio pa­ra que el co­ra­zón de tus hi­jos se vuel­va a Dios, Dios mis­mo se ha­rá car­go, lo hi­zo con­mi­go, El mis­mo ce­rró la puer­ta.

Aun­que fui­mos la bur­la de to­dos, cuan­do lle­gó el agua, se su­po la di­fe­ren­cia que hay en­tre obe­de­cer a la pa­la­bra de Dios y se­guir sus pro­pios im­pul­sos. Es­to es un ré­cord, ocho de ocho, nos sal­va­mos to­dos. Dios hi­zo la di­fe­ren­cia.

Oja­lá ce­le­bres es­te día pa­san­do ba­lan­ce de lo que es­tá ocu­rrien­do en tu so­cie­dad; tal vez no pue­das sal­var a tu na­ción, pe­ro si sal­vas a tu fa­mi­lia ya es una ga­nan­cia, quién sa­be, tal vez otros pa­dres vean el re­sul­ta­do y de­ci­dan imi­tar­te.

Fe­liz Día del Pa­dre, que Dios te ben­di­ga jun­to a los tu­yos.

Con amor, Noé.

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