Es­pi­ri­tual: ¿Cuán­to tiem­po du­ra el amor?

"no so­lo FOR­MÓ e hizo dios la tie­rra, sino que es­ta­ble­ció el or­den de su fun­cio­na­mien­to".

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Dios quie­re que el ma­tri­mo­nio du­re to­da la vi­da. ¿Pue­de el amor du­rar to­da la vi­da? ¿Có­mo su­ce­de es­to? Je­sús, en el evan­ge­lio de San Ma­teo, re­cor­dó la pri­me­ra de­cla­ra­ción de amor que se le dio a la pri­me­ra pa­re­ja en el Jar­dín del Edén: “Por es­to el hom­bre de­ja­rá pa­dre y ma­dre, y se uni­rá a su mu­jer, y los dos se­rán una so­la car­ne. Así que no son ya más dos, sino una so­la car­ne; por tan­to, lo que Dios jun­tó, no lo se­pa­re el hom­bre” (Ma­teo 19:5-6). Dios quie­re que el amor per­du­re to­da la vi­da. Él nos ha da­do to­do lo que ne­ce­si­ta­mos para sos­te­ner la re­la­ción ma­tri­mo­nial en to­do el sen­ti­do de la palabra. De­sa­for­tu­na­da­men­te, vi­vi­mos en una so­cie­dad que pro­mue­ve la men­ta­li­dad “lo que no sir­ve, se bo­ta” o “re­em­pla­ce­mos lo vie­jo por lo nuevo”. Bí­bli­ca­men­te, es­ta ac­ti­tud no es la co­rrec­ta en el ma­tri­mo­nio por­que He­breos 13:4 di­ce: “Sea el ma­tri­mo­nio hon­ro­so en to­dos, y el le­cho ma­tri­mo­nial sin man­ci­lla, por­que a los in­mo­ra­les y a los adúl­te­ros los juz­ga­rá Dios”. El ma­tri­mo­nio no es una idea cul­tu­ral o una cons­truc­ción so­cial, el ma­tri­mo­nio es una ins­ti­tu­ción crea­da por Dios.

Hay quie­nes creen que el amor lle­ga por arte de magia; sin em­bar­go, el amor se cul­ti­va, cre­ce y se ex­tien­de. Ve­mos las flores y ár­bo­les cre­cer y eso nos re­cuer­da que Dios nu­tre el amor en no­so­tros. El amor no es una sim­ple emoción, es más que un sen­ti­mien­to. El amor es prác­ti­co y se de­mues­tra con ac­ción. El ma­tri­mo­nio de éxi­to re­quie­re enamo­rar­se mu­chas ve­ces y siempre de la mis­ma per­so­na. No es amor a pri­me­ra vis­ta, sino amor que cre­ce después de ha­ber vis­to a esa per­so­na por mu­chos años. El pro­pó­si­to del amor en el ma­tri­mo­nio es en­con­trar un com­pa­ñe­ro de por vi­da que va a com­ple­men­tar­te y coope­rar con­ti­go en los asun­tos de la vi­da para que es­tén uni­dos en pen­sa­mien­to, pla­nes y es­fuer­zos. Mu­chas per­so­nas hoy se pre­gun­tan có­mo pue­den sa­lir de su re­la­ción para ini­ciar otra. La pre­gun­ta co­rrec­ta de­be ser có­mo pue­den bus­car la so­lu­ción para que la re­la­ción fun­cio­ne y si­ga ade­lan­te. El amor es exac­ta­men­te lo que pro­me­tis­te en el al­tar. Si sien­tes que ya no amas a tu cón­yu­ge, cla­ma a Dios. ¡El amor pue­de ser re­no­va­do! Tú no ne­ce­si­tas una nueva pa­re­ja, tú ne­ce­si­tas una nueva vi­da. ¡No te rin­das! Lu­cha por tu ma­tri­mo­nio.

Los jó­ve­nes tie­nen que co­no­cer el va­lor del ma­tri­mo­nio. Es­ta­dís­ti­cas re­ve­lan que los que se abs­tie­nen del se­xo an­tes del ma­tri­mo­nio tie­nen más sa­tis­fac­ción se­xual cuan­do se ca­san. Una en­cues­ta he­cha por el Was­hing­ton

Post re­ve­ló que las pa­re­jas que con­si­de­ran in­co­rrec­to te­ner re­la­cio­nes se­xua­les fue­ra del ma­tri­mo­nio, son más es­ta­bles y fe­li­ces en su vi­da ma­tri­mo­nial. Los que vi­ven jun­tos an­tes de ca­sar­se tie­nen un 50 % más al­to en la ta­sa de di­vor­cio y tie­nen más pro­ba­bi­li­dad de co­me­ter adul­te­rio cuan­do se ca­sen.

Sin em­bar­go, aque­llos que se abs­tie­nen de te­ner re­la­cio­nes se­xua­les an­tes del ma­tri­mo­nio tie­nen los más al­tos ín­di­ces de fi­de­li­dad ma­tri­mo­nial. Dios ha es­ta­ble­ci­do un or­den y te­ner re­la­cio­nes pre­ma­tri­mo­nia­les trae se­ve­ras con­se­cuen­cias. El ma­tri­mo­nio es un ac­to hon­ro­so y la nueva ge­ne­ra­ción de­be co­no­cer el va­lor que con­lle­va es­ta sa­gra­da ins­ti­tu­ción de Dios.

¿Cuán­to du­ra el amor? El amor du­ra to­da la vi­da cuan­do Dios es el cen­tro y su Palabra es la re­gla que dirige nues­tras vi­das. So­lo po­de­mos amar ver­da­de­ra­men­te a nues­tro cón­yu­ge cuan­do el al­tar de nues­tro co­ra­zón es­tá ren­di­do a Dios y no a nues­tros de­seos egoís­tas. En la me­di­da que nos com­pro­me­ta­mos con Dios, Él nos ayu­da­rá a com­pro­me­ter­nos los unos a los otros. Ese com­pro­mi­so nos lle­va­rá a que se cum­pla lo que di­jo Je­sús: “lo que

Dios jun­tó, no lo se­pa­re el hom­bre”.

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